dimanche 16 mars 2008

Mariano ESTRADA VÁZQUEZ/Cuento: Las Raíces del Lirio



Mariano Estrada Vázquez Nací en 1947, en un pueblo de Zamora llamado Justel. Es natural de Muelas de los Caballeros (Zamora) y ha publicado los poemarios «Mitad de amor, dos cuartos de querencias» (1984), «El cielo se hizo de amor» (1986), «Tierra conmovida» (1987), «Trozos de cazuela compartida» (1991), el ensayo «Paco Llorca, semblanzas del arte» (1993) y «Azumbres de la noche» (1993).
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Ha publicado en papel los poemarios "Desde la flor del almendro" (1995), "Hojas lentas de otoño" (1997) y "Amores colaterales".

Por otra parte, algunos libros que han sido parcial o totalmente publicados en Internet, como "Vientos de soledad", "El limón hespérico" y actualmente escribe "Gotas de hielo" y también un ensayo titulado "Aguablanca, caminos de ida y vuelta", otro titulado "La patrias de dulcinea", junto ha algunos cuentos y numerosos artículos de variada índole.
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Sitio :
http://www.mestrada.net/
E-mail : maritos@telefonica.net


Las Raíces del Lirio
Por Mariano Estrada Vázquez

En los confines de La Carballeda, allí donde la piedra limita con el barro y el roble se transforma en anchos montes de brezo, tiene su enclave Quintanilla de Justel, un pueblo que, además de ser hermoso, ha sabido serlo en las terribles circunstancias que, desde los años de la emigración al más actual presente, han causado auténticos estragos en la zona.

Al igual que otros pueblos de La Carballeda, Quintanilla es una herida que sangra: sangra por la arteria de sus calles, que ya no son de barros inclementes sino asepsias de frío y hormigón; sangra por sus viejos, cuyos ojos se hielan en la soledad de un invierno sin esperanza; sangra por su escuela sin recreo ni pupitres de griterío; por sus balcones de roble avejentado e impensable carpintería; por sus molinos de harina que han perdido blancura...

Sangra, en fin, por su cuerpo de bellas apariencias y habitaciones sin pulso.
- ¡Qué triste! – susurró Isidro, tras una visita dolorosa y realmente emotiva.

En realidad, Isidro no era de Quintanilla, sino de Muelas de los Caballeros, pero la voluntad de su padre –que era buena y mucha- lo había llevado a la escuela de aquel pueblo pequeño, donde había un maestro de reconocida probidad y dilatada sabiduría, aquel pueblo rojo del que dicen que votaba “no” en los plebiscitos de Franco, aquel pueblo entrañable en el que había una niña que llenaba de temblores su corazón.

D. Ignacio Cilleros Bueno, el maestro, hacía muchos años que había llegado allí, por suerte para alumnos como Isidro, desde algún rincón lejano de Extremadura, una tierra enigmática que, para él, se reducía a conquistadores y bellotas. Sin embargo... No, no, con embargo: “Señol Juez, pasi usté más alanti”...

La muchacha era un manojo autóctono de flores sobre las que se posaban las abejas del burbujeante amor de los niños. Se llamaba Inés, Inés, Inesita, Inés.
- Qué triste –repitió, mirando las calles solitarias y la belleza persistente de los tejados y de los balcones.

Y entonces se dio cuenta de que, detrás de tanto abandono, los recuerdos fluían sin interrupción, como el agua de aquella fuente de piedra donde, unos años antes, la gente vaciaba sus anhelos a la vez que llenaba sus cántaros. El agua estaba fría, como entonces, y, como entonces, su transparencia dejaba ver un fondo de limo sosegado, con algún guijarro blanco y dos o tres salamandras.

El día 15 de agosto de 1997, a las doce del mediodía, el agua de la fuente gozaba del sabor de la intemporalidad, pero muchas casas del pueblo, en su mayoría abandonadas, ofrecían a los ojos de los visitantes un atisbo de ruina.


II

1959, dicen, fue el año en que se helaron las castañas. No es que eso fuera importante, de no haber sido porque el granizo ya había arruinado los cereales y las hortalizas, acaso también los corazones. Estos hechos, sumados a la endémica pobreza de la Comarca, tenían la gravedad suficiente como para que algunos vecinos del lugar, contemplando el vacío de sus paneras y la oscuridad del invierno y del futuro, decidieran dejar sus posesiones para emprender una vida mejor. A ello contribuyeron determinados cazadores de poca monta que, procedentes de las Vascongadas, recorrían cada año los montes carballeses, puesto que habían dado a entender que, en Bilbao, los duros rodaban a pares por las aceras.

El padre de Inés, Inés, Inesita, Inés, se llamaba Francisco, a secas:
- Coño –dijo-, pues iremos nosotros a cogerlos, no hay más que hablar.

Poco tiempo después empezaban una nueva vida en Oyonax, Francia, departamento de Ain, donde los duros eran francos y los francos se mandaban a España para hacerlos duros. ¿Comprí, mesieur? Oui, Oui, en La España tener Franco y ser duro.

Como era de esperar, empezaron a mermar los habitantes y, por tanto, mermaron los alumnos de la escuela. La tarde en que Inés, Inés, Inesita, Inés, se despedía, Isidro dejó en el encerado de la misma una muestra de su hasta entonces insospechada sensibilidad.
- Hermosa flor –le dijo don Ignacio, haciendo con los labios un gesto de aprobación y de sorpresa.

Él se puso rojo.
- Esas dotes tuyas de dibujante –prosiguió el maestro- pueden llevarte muy lejos. Muy lejos.


III

En los tejados de Muelas brillaba un sol de pizarra humedecida. La torre de la Iglesia exhibía un alto silencio de campanas y una esbelta belleza de granito. Un reguero de humo salía de las chimeneas como signo de humanidad y de vida. La primavera había roto en el corazón de los árboles y a sus ramas asomaban unas tímidas yemas con el sueño de futuros esplendores.
- Cuarenta y cuatro años desparramados por estas tierras –se dijo Juan- Veinte de ellos con Ana. Aquí han crecido tus hijos: Javier, Mercedes e Isidro. ¿Van a ser en balde?

Juan pensaba estas cosas sentado en una roca de frío del Piñedo, cuyos enfaldos estaban adornados por líquenes negruzcos y amarillos. A sus pies se había acomodado un lagarto que competía con ellos en inmovilidad y en colores. En el cielo planeaba una joven pareja de aguiluchos y el barrio de Matalera, donde él vivía, era un canto enfervorecido de vencejos.
- ¡No! –gritó sin darse cuenta- Ellos no se irán de aquí. Francia es cosa mía...

Se puso de pie con decisión y miró intensamente hacia el Este, donde a él le parecía que quedaba el territorio de los gabachos: ese territorio en el que Leandro Fernández de Moratín había hecho admirarse a un portugués.

De frente, el río Fontirín se extendía por el hondo vértice de dos laderas de roble: el escajo de Peñalavega hacia San Andrés y las brañas de Villarrío y el Frañedo; luego se perdía en los meandros sinuosos de Tijera. Desde allí, hacia un lado, quedaban las llanuras de pino de Perilla y, hacia el otro, los bellos cuestos de roble que culminan en el teso de Capillinos...
- Cinco años, Juan –pronosticó finalmente- Después está el futuro y el futuro es esta tierra. Irás a Francia tú sólo.

Las nubes ennegrecieron de golpe. Tanto fue así que, antes de llegar a su casa, ya se habían resquebrajado los cielos. Una lluvia recia y prolongada trajo la noche a deshora.
-Va a haber carta –dijo Ana, con una sonrisa de satisfacción.
-Sí –repuso Juan, contemplando el revoloteo de una mariposa en torno a la bombilla de la cocina- Será de Isidro...


IV

Un día, sin saber muy bien cómo, pero hacía ya dos años, había aparecido por Muelas de los Caballeros un promotor de vocaciones, se entiende que de vocaciones sacerdotales. Se dijo que venía de San Esteban, un prestigioso convento que los dominicos poseen en Salamanca, que es ciudad de culturas, monumentos, inquisiciones y sabios. A propósito de la Inquisición, dice Borges que los inquisidores españoles “padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser mártires”. Del promotor no dice nada, pero siendo de la Orden de Predicadores, precisamente, tendría que pechar con esa cruz que, acaso con cumplido merecimiento, les ha colgado la Historia. Y hacerlo con la misma naturalidad con la que llevaba un hábito blanco y una capa negra. Además, en aquella España sumisa y confesional, por inquisidor y por legionario no le echaban a nadie los perros. Bastante había ya con tenérselos que echar a los comunistas, que andaban por los sótanos oscuros de una más que difícil revolución.

Era, pues, buscón, pero había ido a buscar a mal sitio: hubo dos probaturas solamente, y acaso fueron ranas.
- ¿Cuántos dioses hay, Isidro?
- Qué sé yo, padre, aquí se dice que hay un feije de ellos.

Cosa que era muy cierta, pero tal vez el promotor no la entendió. Entendió, eso sí, que un feije era un mañizo, es decir, un número abultado de pajas. O de yerbas.
- Un feije, ¿eh? Vaya, vaya...

Comió de la comida de sus padres, pecando de ansiedad y de gula, puesto que el guiso que había preparado Ana aquel día era de amor y tentaciones. Y tenía rabo. Estuvo halagador con Isidro, pero pecó de falsedad, porque el informe que emitió posteriormente no se correspondía con los ungüentos.
- Demonio de cura –enfatizó luego su padre- Se podía haber ahorrado los responsos. Cuando ingreses donde tengas que ingresar, que ha de ser pronto, tendrás que refrescarle la memoria, para que empiece a darse cuenta de que los caminos de Juan son infinitos.

Pero en esta recomendación, Isidro no le hizo caso.


V

La Virgen del Camino está a un tiro de piedra de León, y a sólo 100 km. de Muelas. Allí hay un Santuario Mariano cuya financiación corrió a cargo del hacendado Pablo Díez Fernández, vulgo don Pablo, no se sabe si para ganarse los cielos o simplemente para lavar sus miserias. El caso es que había sido emigrante, en Méjico, y parece que le había ido muy bien. El arquitecto del Conjunto (hay también un convento y un colegio) es el padre Curro, es decir, don Francisco Coello de Portugal. Al lado del Santuario hay una altísima torre de hormigón que apunta directamente hacia el cielo con sus campanas en fila. El frontispicio del templo es un bronce múltiple de José María Subirachs, el escultor catalán que, finalmente, ha tenido su apoteosis en Barcelona, con la Sagrada Familia. Las vidrieras son de Roberto Rafols Casamala, con aportaciones de Fray Domingo Iturgáiz. Éste, cuyos mosaicos se reparten profusamente por el Colegio, era profesor de Isidro cuando fue a verle su padre. Con su padre le dejó, y con sus nuevas, algunas de ellas tristes:
- Me voy a Francia, Isidro, vengo a despedirme de ti.

Cruzaron el Bernesga con parsimonia y, gozándose mútuamente, pasearon por Papalaguinda y por Ordoño II; después comieron congrio con patatas en un restaurante que había frente a la Casa de los Botines, un edificio modernista, situado junto al Palacio de los Guzmanes, cuyo arquitecto es Gaudí. Al restaurante, según recuerda Isidro, se entraba por la Plaza de San Marcelo, donde había muchas palomas.
- Don Ignacio dice que tienes unas notas muy buenas.

Claro que eran muy buenas, pero eso no le daba alicientes ni emociones. Lo que a él le hubiera gustado es que le llevara noticias de Inés, Inés, Inesita, Inés. ¿Dónde estaba ahora, qué hacía, quién la amaba en silencio?...Y él no tuvo el coraje de preguntarle por ella porque ¿cómo declarar sus sentimientos amorosos, si estaba en un colegio apostólico y, según declaraba la evidencia, iba a ser sacerdote?

Contra este mortificante silencio se le rompía el corazón, pero era un muro insalvable.


VI

Ana, la madre de Isidro, sacaba agua del pozo de Matalera cuando éste apareció de repente por el camino de Astorga, tal como si fuera un fantasma.
- ¡Hijo...! Pero... ¿qué haces tú aquí?

Tenía 17 años y se había dado cuenta de que la vida era algo más que las paredes de un Colegio de Dominicos, incluidas las vallas de los campos de deportes. Las calles le invitaban a correr. Los montes se le mostraban abiertos e inacabables. La primavera había dejado en los robles unas hojas tiernas y enternecedoras. Las golondrinas habían sacado a sus pollos de los aleros. Y, sobre todo, los paisajes humanos se ofrecían a sus ojos sin la amputación dolorosa de la mujer, que es medida del hombre y da aliciente al mundo. Cinco años hacen estragos en un joven, por mucho que las noches tuvieran rostro de Inés, Inés, Inesita, Inés, que lo tenían, lo tenían, lo tenían...
- Tenemos que ir al ramajo –le dijo al día siguiente su madre.

Y, después, en días posteriores: “hay que ir a la hierba, hay que segar el pan, mañana empezamos el acarreo, hoy tendemos la trilla, hay que limpiar la parva, vamos a cargar los mañizos...”

En la cabeza de Isidro penetraron nuevamente las dudas.

Las hojas de los robles eran tiernas y enternecedoras, pero al hacerse ramajo se encallecían. La guadaña no sólo representaba la muerte, sino también la hernia y el quebranto. La hierba en el pajar era una fábrica de estornudos, también la paja menuda. La espiga madura era dorada y hermosa, pero la caña del trigo era un preciso tundidor de riñones...
- He decidido irme a Zamora –le dijo un día a su madre.
- La bien cercada –respondió ésta un tanto mecánicamente, como si esperara la revelación.

Zamora tiene en el Duero -y en la leyenda- el agua que no hay que beber, pero Isidro debía pasar sobre ella todos los días. El barrio de Pinilla quedaba un tanto lejos de la academia de D. Ignacio Sardá, donde más que ir a griego, a lo que iba era a ver a una joven que le había hecho tilín. Se lo hacía desde cualquier sitio en el que se sentara, dando igual los gestos y la postura. Ello sin enturbiar lo más mínimo su devoción absoluta por Inés, Inés, Inesita, Inés. Bien es verdad que una tarde, al principio, paseando entre la Plaza de Viriato y el Arco de doña Urraca, tuvo una cierta conciencia de traición, que luego disolvió en adrenalina. La joven era rubia y era hermosa. Además, tenía el agravante de que, al mirarla, la memoria de Isidro entraba en trance de olvido. Y también en trance de Olvido, pues hay que llamar a las cosas por su nombre. Y ése era el nombre de la chica. La invitó a ir al Barrueco, que en Zamora es un nombre del cine, pero ella prefería ir a la feria, allá por la plaza de toros, y quedarse sola en el baile, que lo baile, que lo baile, que lo baile, donde una y otra vez sonaba una canción de Los Brincos: “Si me preguntas adónde voy...”
- Directamente a la ruina –se dijo Isidro, desangelado y roto.

Miraba el agua del Duero, río que él sí visitaba, en las inmediaciones del Puente de Piedra. Apuntaba el ocaso, el del día y el de su estancia en Zamora. “Amor mío, si te vas...” ¿Y cómo no iba a irse? No sólo no tenía ni un duro, sino que el griego, pese a la amable opinión de don Ignacio, dejaba mucho que desear. Lo dejaba todo. “Déjalo todo y ven”, parecía decirle alguien desde un Madrid lejano y atrayente, parada y fonda en Muelas. Adiós, Zamora. Adiós, Olvido. Hola, mamá, he bebido agua del Duero...


VII

Para Isidro, Madrid era sólo una estación de Ferrocarril en el largo camino hacia Granada: la Estación de Atocha. A partir de Estambul 65, película que, protagonizada por Horst Buchholz, vio en el Coliseum de la Gran Vía, Madrid fue la ciudad acogedora que siempre había sido y que nunca ha dejado de ser: la que en la calle Ponzano, por un módico precio, le ofreció una residencia fija. La viuda que la llevaba era un pedazo de humanidad, una humanidad sin exprimir que, como no podía ser menos, se ofrecía por las noches de tapadillo. Con pregonero y bocinazos, ciertamente, porque la casa era un auténtico xilófono de baldosas: pocas había que no estuvieran sueltas. Luego estaban los muelles de la cama, que se acercaban al climax de los amantes con el impulso telúrico de la Gravitación Universal. Finalmente, se unían al concierto los gemidos incontenibles de aquella buena mujer, a través de los que quedaba bien patente la calidad de su amante. “Tómame, Roque”.
- No sé cómo puedes estudiar en esta casa –le dijo un día a Pedro, compañero de pensión que, al igual que el niño de Alberti, iba para piedra nocturna, aunque él decía que iba para ingeniero industrial.
- ¿Que cómo puedo estudiar? –repuso Pedro, en tono que no dejaba duda- A base las abstracciones, muchacho. La mente es una estructura domesticable. ¿No lo sabías?

Claro que la hija de la patrona y él ya se habían domesticado hasta el mango, secreta y mutuamente, por lo que había un mayor aguante y entendimiento. Además, él aplicaba sus vastos conocimientos de ingeniería a la amortiguación de los muelles de la cama y al silenciamiento de las baldosas del pasillo: "pasemisí, pasemisá, esta no la pises que sonará”. Rosario, la hija de la patrona, era una explosión de carne en primavera que, para más abundamiento, tenía en la cara la belleza de las valquirias, aunque Isidro poco sabía de las valquirias, salvo su declarada condición de escanciadoras en la mitología escandinava.

De manera que, aprovechando que llegaba el verano, Isidro dejó la pensión. Estaba un poco harto de las abstracciones mentales recomendadas por un futuro ingeniero que, de momento, daba clases variadas a alumnos descolgados o suspendidos. Por otro lado, era evidente que las abstracciones mentales no funcionaban en absoluto si, a la vez, no iban acompañadas por la opresión mantenida de las mandíbulas. Y esto era realmente difícil, porque detrás del tabique de su habitación jadeaba con un dejo de azucena no la Venus de un parnaso lejano e inconcebible, sino una chulapona de Madrid con todos los pertrechos en las gualdrapas.

Su hermano Lucas, en cambio, era un proyecto de artista sin solución. Y también un poco panoli. El chorvo mandaba constantemente sus fotografías de caramelo y plexiglás a los estudios Cea de cine. Le gustaba Elvis Presley, pero tenía más a tiro al actor Fernando Sancho, que vivía en el siguiente portal, aunque éste se había limitado a ofrecerle una tarjeta de recomendación, que no era poco. Con ella iba tirando y presumiendo: con ella y con los besos que le arrimaba su mamá, salpicados de baba y monería. La chica de la limpieza hacía visos por él, pero su cama no tenía muelles; por otra parte, los gozos que compartían no originaban decibelios tan altos que traspasaran los muros. Hay que apercibirse de que el día, en Madrid, amortigua mucho los ruidos que proceden del interior, o sea los pedos y las exclamaciones del alma. Además, parece ser que a Lucas se le iban los merengues a la velocidad del relámpago. Del relámpago vallecano, se entiende, que es realeza pobre. Y ella ¿qué iba a hacer, sino pasar la bayeta para disolver de alguna forma el desasosiego?Isidro, después de mucho embrollo con las convalidaciones, se acabó matriculando por libre en el Instituto Ramiro de Maeztu con objeto de acabar un bachiller superior que, no obstante, sin saber bien por qué, terminó en el Calderón de la Barca. Tal vez le resultara más ameno el Gran Teatro del Mundo que la encendida Defensa de la Hispanidad.

Se despidió de una joven con la que iba a veces al cine y a Rosales y a oír los silbos del viento en el nemoroso Parque del Oeste, fueran o no fueran vulnerados. Se llamaba Julia. Era mayor que él y tenía libros de Alberti y de Miguel Hernández, en ediciones clandestinas, seguramente gauchas. Isidro le tenía ley y afecto. De hecho, se le había pegado un poco al corazón. Del bolsillo que tapa el corazón, precisamente, extrajo él un libro de poemas en el que, a modo de dedicatoria, había garabateado estas palabras: “Para Julia, con gratitud y cariño”. Lo cual anticipaba a Goytisolo, con quien el libro no tenía alianza ninguna. La alianza la tenía con Claudio Rodríguez, poeta zamorano a quien ella conocía por Conjuros. A Goytisolo lo conocía por Claridad. Era precoz y devoradora. También era rubia y bonita.

De regreso a Muelas, en Julio, Isidro se volvió a encontrar con su padre, que había vuelto de Francia. Y, aunque quiso disimularlo, la emoción le puso el llanto en los ojos. Habían sido cinco años. Cinco largos años en los que no le había podido abrazar.


VIII

La emigración dejó a aquellos pueblos diezmados. Pocas familias había que no tuvieran a alguien fuera, ya en Bilbao ya en el extranjero (Bilbao quiere decir Madrid o Barcelona y el extranjero eran Francia y Alemania, con las salvedades pertinentes). En el año 68, las labores del campo se habían reducido a la mitad, quizás a la mitad de la mitad. Tierras en holganza, raleos en las eras, merma de ganados, menor algarabía, menos fiesta, menos niños...
- Antonio: ¿tú no te decides a marchar?
- Uno como tú, Juan, bien puede meterse en laberintos. Pero uno como yo, ¿adónde va a ir con sus huesos?
- ¿Y dónde ves tú la diferencia, pazguato? Yo te llevo diez años, si nos ponemos a ver.
- Ya, hombre, ya... Pero uno como yo anda más tundido, más para el arrastre.

Antonio no salió nunca de Muelas, pero fue de los pocos. Y nunca se ha tenido que arrepentir, dice. Lo malo era el invierno, que había que pasar con soledad, también con lumbre y con vino. El vino enciende las tripas, y así caldea a los monstruos interiores, que son muchos y grandes. La lumbre se te mete entre las piernas, que es donde se forjan las pasiones y las cabras. Titas tenía en las piernas dos rebaños de cabras:
- Más temo yo a los sabañones.
- Ya, mujer, y al lobo.

El verano era otra cosa, especialmente para los que, por un motivo u otro, eran aliados de la desocupación. Para ellos era la vida. Y el río, con todos sus humeros, con todos sus remansos de belleza, con sus cuchillos de dolor y de agua. Y también con sus jolgorios y despelotes. Las chicas se quitaron de pronto el camisón y se pusieron el traje de baño. Después vino el bikini y las francesas, que se quitaban la parte de arriba.
- Bueno, alguna lo intentó, pero se lo tuvo que volver a poner. Los ojos le rodaban sobre las tetas. No los suyos, claro, y no sólo los ojos.

Los ojos de la carne, el mundo, la nerviación sensitiva, los pálpitos, los pensamientos, los malos pensamientos, las pasiones. Pero también el contraste, la divinidad hecha río, la desnudez, la transparencia, los reflejos en el agua, las irisaciones de sol y de vida. La luz, los carrizos enhiestos y orillados, los troncos humedecidos, las ramas de los árboles haciendo puente y sombra, puente y luz. Irradiación, irrigación, frescura, turbulencia, juncos de humedad, piedras, agua sobre las piedras, agua y sonoridad, forma de mujer, armonía, comunión, silencio, cuerpo de perfecta naturaleza en la soledad de un paisaje de río en el verano.
- Isidro, ¿sabes que le gustas a Isabelle, la chica que se quitó el sujetador?

Así habló Zaratustra, pero fue por boca de Juan, el padre, que estaba acostumbrado a levantar liebres de monte, aunque no truchas de río y mucho menos sirenas. Ni el río las tenía ni él era Ulises. Pero había oído rumores en el bar, donde unas muchachas alborozadas, entre risas y nubes de cigarro, entablaron conversaciones que incluían el nombre de su hijo, el sujetador de “Isabelle, mon amour” y los ojos mesopotámicos que tenían últimamente los hombres.
- Tú has oído campanas, papá, pero no entiendes la música, –medió Mercedes- A quien le gusta de verdad es a la otra, a la que ha venido con ella...

Música o susurro, lo cierto es que a Isidro, después de oír aquel canto de agitación y celestineo, le quedó amarrado el cuerpo, con todas sus potencias y dimensiones, a un palo mayor que el de mesana, el palo de una ansiedad desconocida y de una desapacible incertidumbre que pronto se hizo obsesión. Ya no había robles ni pámpanos ni golondrinas, sólo había un silencio proceloso y una ráfaga íntima de imágenes con la imposible velocidad de la luz.
- La que ha venido con ellaaaaaaa... –decía un eco interior, con un repique insistente y alargado- La que ha venido con ellaaaaaaa... La que ha venido con ellaaaaaaaa...

Rubia y luminosa, cuerpo de mujer, no de sirena. Ojos de dulce de membrillo, risa clara, labios frágiles, tonos de lumbre y caramelo. No, no era un fantasma. Era un pensamiento repetido, era un largo deseo, era un sueño constante y consistente, era el alba y la noche, las albas y las noches. Era la luz. Era el amor. Era Inés, Inés, Inesita, Inés. Era un lirio extenso e indestructible que, en una tarde aciaga, diez años atrás, Isidro había dibujado con lágrimas en la pizarra de la escuela de Quintanilla.


Ilustracion: Pintura de Van Gogh

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