dimanche 16 mars 2008

Rafael NUÑEZ FLOREN/ «La gran tentación» de Manuel ROS AGUDO

La gran tentación. Franco, el Imperio colonial y los planes de intervención en la Segunda
Por Rafael NUÑEZ FLOREN

Verano de 1940. Hace ya nueve meses –septiembre del año anterior– que se produjo la ocupación alemana de Polonia. Fue la gota que colmó el vaso de las contemporizaciones francesas y británicas con Hitler. Con la invasión había comenzado por fin la guerra que tantos auguraban o temían, una guerra que presentaba ya todos los visos de catástrofe sin precedentes.


No se sabía bien hasta qué punto. Es importante, sin embargo, para lo que luego se debe argumentar, que no adelantemos acontecimientos ni enjuiciemos desde hoy sino todo lo contrario, que hagamos un esfuerzo para mirar la situación a ras de época. Y lo primero que salta entonces a la vista es el carácter de acometida feroz e imparable de la maquinaria del Tercer Reich. Nada se le resiste, todas las barreras se derrumban a su paso. A uno y otro lado van cayendo países como fichas de dominó: Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y, finalmente, la propia Francia. Un paseo militar, como suele decirse, y en esto caso, nunca mejor aplicado.

En cuestión de pocos meses buena parte del continente europeo se halla directamente bajo la bota nazi, mientras otros países adoptan la forma sumisa de gobierno títere o aliado. Sólo Gran Bretaña se perfila desafiante y parece decidida a resistir el huracán, pero a esas alturas y con tales antecedentes son mayoría los que apuestan por su rendición, más temprano que tarde. En este contexto y bajo dichas circunstancias hay que entender los acontecimientos e ideas que se desmenuzan en este libro de Manuel Ros Agudo, autor del que conocíamos estimables trabajos sobre espionaje y servicios secretos en el período 1936-1945 como La guerra secreta de Franco (Crítica, 2002) y, en colaboración con Morten Heiberg, La trama oculta de la guerra civil (Crítica, 2005).

Con el rescoldo de la guerra civil aún humeante, España se halla completamente exhausta, sea cual sea el aspecto que se considere. No es etapa especialmente propicia para aventuras exteriores, simplemente porque apenas hay fuerzas para ello. Una larga tradición política e historiográfica ha presentado a Franco como el estadista consciente, el mandatario sensible al pulso alicaído de la nación que sabe resistir las presiones –fundamentalmente germanas– para entrar en la II Guerra Mundial. En esa senda, la imagen más difundida y aceptada en los ambientes conservadores incidía en la “clarividencia” del Generalísimo en la evaluación global del escenario bélico y, por lo que atañe a su táctica, la “astucia” de gallego con la que supo torear los apremios de Hitler para que España se incorporara inmediatamente a las potencias del Eje. Según este planteamiento, la prudencia de Franco habría salvado a España de la hecatombe y, de paso, también habría servido a sus propios intereses, logrando la supervivencia del régimen.

Pues bien, esa interpretación es la que cae por tierra con la documentación aportada en este libro. Es verdad que habría que rebajar un tanto el marchamo de originalidad que el autor anuncia en su introducción porque, frente a la interpretación conservadora antes esbozada, ya existía una –aún más poderosa– corriente historiográfica que sostenía, grosso modo, que Franco no había participado en la II Guerra Mundial al lado de los otros grandes dictadores por motivos ajenos a su voluntad, derivados en último término de la irrelevancia de España en el tablero mundial en aquellas circunstancias. Lo que este libro aporta es una documentación inédita –básicamente de archivos militares españoles– que esboza el pensamiento de Franco en esa coyuntura y que, sobre todo, perfila sin margen de duda los objetivos del régimen, los medios para conseguirlos y hasta las acciones (bélicas) que estaban en marcha. Nada menos que cuatro planes distintos: entre junio y diciembre de 1940, ocupación del Marruecos francés, ataque a Gibraltar e invasión de Portugal; en junio de 1942, ofensiva desde Cataluña sobre el mediodía francés.

¿Cómo es posible que una España exánime alimentara tan ambiciosos designios bélicos? Franco sabía que la nación no podía mantener una guerra larga pero... ¿y si se tratara de una audaz y sorpresiva operación de seis meses, como máximo? Aquí es donde entra el factor apuntado al principio: desde la atalaya de 1940 la victoria de Hitler parecía segura, casi al alcance de la mano. ¿Cómo resistir la tentación de apuntarse al carro del vencedor con un mínimo coste y la perspectiva de un gran imperio colonial en el norte africano? El autor subraya el peso de la mentalidad africanista en la cúpula político-militar de la época: Vigón, Yagüe, Varela, el propio Franco... Era la ocasión de conseguir la gran revancha frente a la odiada Francia, podía ser el momento de un nuevo reparto colonial en el que España podría sacudirse tantas humillaciones acumuladas desde el 98... Por otro lado, la mentalidad falangista no veía mal el desarrollo de la denominada “musculatura nacional”con una acción agresiva en el exterior, como por otra parte, realizaba la Italia de Mussolini y Ciano.

Para conseguir ese nuevo Imperio español, los grandes enemigos a batir eran incuestionablemente Francia e Inglaterra. La primera parte de este estudio tiene como centro la ciudad de Tánger y un protagonista indiscutible, el coronel Beigbeder, Alto Comisario de la zona primero y Ministro de Exteriores después (entre agosto de 1939 y octubre de 1940). Tánger era el “primer paso hacia el imperio”. La incorporación de dicha ciudad al Protectorado español, que se consumó en junio de 1940 (violando su Estatuto, dicho sea de paso), iba a ser el comienzo de la plena ocupación del Marruecos francés. En esos momentos, como se dice para titular la segunda parte, parecía “la oportunidad de oro, el imperio posible”. Franco esperaba por esas fechas las mínimas garantías de Hitler para entrar en la contienda: el primer plan diseñado era el ataque al Peñón, que debía complementarse con la ocupación preventiva de Portugal para evitar que los ingleses, en su respuesta bélica, se establecieran en la vecina República.

¿Por qué finalmente no se llevaron a cabo las acciones previstas? Franco era consciente de la debilidad militar española, sabía que un paso en falso era suicida. Quiso asegurar diplomáticamente la aventura bélica y fue aquí, en este punto, donde Vichy y Londres supieron jugar sus cartas pero, sobre todo, fue la renuencia de Hitler a dar garantías expresas lo que disuadió al dictador español (aunque no de modo definitivo, como prueban el proyecto de 1942 antes citado). El hecho de que los propósitos aquí expuestos no se materializaran no significa que su consideración y análisis no sean importantes. Sobre todo porque, como insiste con buenas razones el autor, no se trataba de meros ejercicios de Estado Mayor sino de auténticas y minuciosas “directivas de operaciones”. Esta aportación no sólo arroja luz sobre la otra cara de la historia –lo que pudo haber sido e incluso estuvo a punto de ser– sino que sirve también para poner en tela de juicio algunos mitos: frente a las tesis de neutralidad consciente del régimen y, más concretamente, las pretendidas virtudes del Caudillo en este terreno (sagacidad y previsión), Ros Agudo pone en evidencia con documentos irrefutables “la verdadera disposición de Franco a entrar en guerra”.


Leer extracto
De «la gran tentación» de Manuel Ros Agudo
Styria. Barcelona, 2008. 415 páginas, 19’50 euros


Serrano Súñer en Berlín: reivindicaciones españolas y peticiones alemanas

El ministro de la Gobernación llegó a Berlín el 16 de septiembre acompañado de un numeroso séquito, entre los que se encontraba como asesor principal Tomás García Figueras, renombrado africanista y secretario general de la Alta Comisaría en el Protectorado de España en Marruecos. No vamos a tratar aquí con detalle los avatares de la negociación española para entrar en la guerra, muy conocidos y estudiados en profundidad por otros autores.18 Nos limitaremos a señalar tan sólo aquellos aspectos relevantes sobre Marruecos y el norte de África.

En su primera conversación con Ribbentrop el mismo 16 de septiembre, Serrano admitió que el memorándum del 19 de junio con las demandas españolas no había sido presentado de forma correcta por el embajador Magaz, pero aprovechó para hacer notar que todavía no se había recibido una respuesta concreta y oficial de Alemania. El Gobierno español temía especialmente por el desarrollo de los acontecimientos en Marruecos. Sobre el futuro de este territorio, Serrano apeló al sentido de justicia de Alemania, dejando claro que España aspiraba a tomar en sus manos la totalidad del Marruecos francés. Argumentó extensamente esta pretensión explicando que era una zona que pertenecía al "espacio vital" de España y que desde el punto de vista económico compensaba ciertas deficiencias de la producción agrí cola española. Su abundancia en fosfatos proporcionaría los necesarios fertilizantes para la empobrecida agricultura peninsular. Además la división política de Marruecos en Tánger, la zona francesa y la española era algo totalmente opuesto a lo natural. Marruecos tendría que ser una unidad bajo protectorado español. Puesto que su población era incapaz política y administrativamente de gobernarse a sí misma, necesitaba de un pueblo europeo que ejerciese una supervisión general. Por razones geográficas y de tradición, sólo España era la nación señalada para esta labor. Por otro lado, por motivos de seguridad era esencial para España adquirir la totalidad de Marruecos, puesto que la zona francesa representaba una frontera muy vulnerable de 300 kilómetros de longitud. España quería hacer la frontera marroquí absolutamente segura llevándola hasta el Sahara. Además, Serrano reclamaba la región de Orán, en Argelia, puesto que la población de allí era española, y como complemento una rectificación al sur de la colonia española de Río de Oro hasta la Bahía del Galgo.

El ministro español se refirió a que, aunque la riqueza mineral de Marruecos en fosfatos, plomo, cobalto y otras materias primas había sido muy exagerada, el Gobierno español estaba dispuesto a conceder un tratamiento especial a Alemania en este terreno.

Tras dedicar unas palabras a Portugal, Serrano entregó a Ribbentrop un mapa, sobre el que explicó las demandas territoriales españolas, que parece ser coincidían en su mayor parte con las representadas por los alemanes en su propio mapa de reparto.20 El ministro alemán dijo que en principio se podía estar de acuerdo con las peticiones españolas, pero que más tarde, señaló, habría que tratar ciertos detalles importantes. Con ayuda del referido mapa mostró a Serrano las respectivas áreas de influencia de Italia, España y Alemania en África, señalando que el Reich reclamaba para sí todo el África Central.

Se habló de la difícil situación por la que atravesaba Inglaterra y de los suministros que España necesitaría para entrar en la guerra en su última fase. De nuevo valiéndose de un mapa, Ribbentrop pasó a exponer algo que debió sorprender sobremanera a Serrano: las demandas territoriales que Alemania pedía a España en compensación por proporcionarle un imperio colonial. Hitler quería que se le cediera una de las islas Canarias para establecer allí una base aeronaval. También deseaba establecer bases militares en la costa atlántica marroquí, concretamente en Agadir y Mogador, con un apropiado hinterland. En cuanto a las demandas económicas, Alemania deseaba que se le pagara la deuda generada por España durante la guerra civil, seguridad sobre las materias primas de Marruecos en particular (cobre, hierro y fosfatos) y participación en las empresas francesas y británi cas a liquidar en España. Serrano se mostró dispuesto a aceptar las peticiones económicas, pero opuesto a la cesión de una isla en Canarias. Por lo demás, las cuestiones económicas quedaron aplazadas para una discusión posterior entre los expertos de las dos delegaciones, en presencia del embajador Stohrer.

Serrano salió de esta primera entrevista (de más de tres horas de duración), muy contrariado por la inesperada petición alemana de una de las islas Canarias, redactando al respecto un informe urgente para Franco que llegaría por avión a Madrid de la mano de Tomás García Figueras.

Al día siguiente Serrano Súñer se entrevistó por primera vez con el dictador alemán durante una hora, en presencia de Ribbentrop. La mayor parte del tiempo lo empleó Hitler en explicar a su interlocutor los pormenores del ataque conjunto a Gibraltar.23 Serrano expuso brevemente las reivindicaciones españolas en el norte de África en idénticos términos a los empleados el día anterior con Ribbentrop. Éste debía de haber dado cuenta a Hitler de la mala acogida del ministro español ante la petición de una base en Canarias, puesto que el Führer no insistió en el tema, y tan sólo se refirió a la necesidad de preparar la defensa de las islas del Atlántico ante la amenaza de Gran Bretaña y en el futuro, posiblemente de Estados Unidos. Para ello se necesitarían bases en las islas y en la costa africana. Serrano subrayó en dos ocasiones que la mejor manera de defender esta zona era mediante una alianza militar entre Alemania, Italia y España. Con este comentario daba a entender que no sería necesaria la cesión de esas bases, puesto que Alemania, como aliada, podría contar con todo el territorio español en apoyo de operaciones militares. Hitler en esta primera conversación no hizo observación alguna sobre las peticiones territoriales españolas, un tema espinoso que prefirió dejar a su ministro de Asuntos Exteriores.

Efectivamente, el mismo día 17 de septiembre Serrano tuvo una segunda conversación con Ribbentrop, esta vez en presencia del secretario de Estado Von Weizsäcker. Ante la reticencia del alemán por considerar excesiva la demanda española de 56.000 toneladas mensuales de gasolina, Serrano argumentó que esa cantidad se había establecido teniendo en cuenta la posibilidad de tener que luchar en Marruecos tras la toma de Gibraltar. Ribbentrop quitó importancia al asunto, pues no creía que fueran a ser necesarias operaciones en Marruecos o la costa Atlántica. En ese momento Serrano utilizó como réplica un argumento que unos meses más tarde sería esgrimido por los propios alemanes para no acceder a las reivindicaciones españolas. El ministro español dijo textualmente:

[...] Incluso en el caso de que Gibraltar fuera capturado el Estrecho no estaría completamente cerrado y existía la posibilidad de que parte de la escuadra inglesa escapara del Mediterráneo al Atlántico, especialmente si lo hacía durante la noche, amenazando la costa española desde allí. España deseaba en cualquier casoestar preparada para tal eventualidad. El Norte de África también podría ser amenazado por la flota inglesa y por posibles intentos de desembarco. Así mismo era de temer que el Marruecos francés se uniera a De Gaulle y por tanto a los ingleses, creando así una situación extremadamente complicada.

Serrano temía una reacción francesa en Marruecos como consecuencia de la toma de Gibraltar. Los alemanes, sin embargo, mostrarían en los meses siguientes que lo que verdaderamente les preocupaba era la reacción francesa una vez que se filtrara la decisión alemana de ceder esos territorios a España tras la firma de la paz. Pero por entonces -mediados de septiembre- los alemanes todavía no habían detectado este peligro y simplemente aspiraban a que España entrara en la guerra, tomar Gibraltar y dejar en la indefinición el cumplimiento de las reivindicaciones españolas.

Volviendo al curso de la conversación, Ribbentrop trató de disipar los temores de Serrano, diciendo que, una vez tomado Gibraltar, bastaría la presencia de aviones torpederos en la zona para que no se vieran buques enemigos en un amplio radio. A continuación trató de nuevo los temas territoriales. Ribbentrop aseguró que Alemania obtendría de Francia su zona de Marruecos en el tratado de paz y que se la entregaría a España, con la excepción de las bases de Agadir y Mogador, su hinterland y ciertos intereses económicos a determinar en negociaciones posteriores. Insistiendo de nuevo en la necesidad de una defensa conjunta del espacio euro-africano frente a América, preguntó a Serrano si España estaba dispuesta a ceder a Alemania una de las Canarias. Ribbentrop, en un alarde de ignorancia, debía considerar estas islas como un territorio más africano que español, por lo que no estimaba tan difícil su cesión. Se permitió decir a Serrano que "las islas africanas situadas en el límite del bloque Euro-Africano deben ser equipadas para su defensa inmediatamente". Serrano dijo que las Canarias constituían una parte de España, a la que pertenecían históricamente, y que era absolutamente imposible cederlas. Repitió su argumento de que la defensa del bloque euro-africano se aseguraría mejor mediante una alianza militar germano-italo-española. Trató de desviar la atención alemana -siguiendo instrucciones de Franco- hacia las islas portuguesas de Madeira y hacia San Luis en Senegal, desde donde se podría establecer -dijo- un sistema defensivo tan bueno como el de las Islas Canarias, Agadir y Mogador. Daba a entender así, que la cesión de bases en Marruecos tampoco agradaba a los españoles. Mogador era necesario como puerto para esa zona, añadiendo que, si no se concedían a España las materias primas más importantes y además se le privaba de esas dos bases, Marruecos quedaría despojado de gran parte de su valor. Cuando Ribbentrop indicó que después de todo Marruecos iba a caer en manos españolas gracias a la victoria alemana sobre Francia, Serrano replicó diciendo que España estaba bien dispuesta para conquistar Marruecos con su propia sangre, y que podría reclamar sus derechos sobre el territorio mediante su participación en la guerra y el sacrificio de vidas humanas que comportaría. Entonces Ribbentrop expuso otra oferta a España, pero que no mejoraba en mucho la anterior. El Reich estaba dispuesto a quedarse con la Guinea española y las islas circundantes, como Fernando Poo, a cambio de Marruecos que pasaría íntegro a España. Serrano no quiso discutir esta nueva idea, escudándose en que no tenía autorización para tratar más que los problemas descritos en el memorándum español del 19 de junio. Informaría a Franco de los deseos alemanes, pero por su parte tenía serias dudas de que aquél pudiera acceder a la cesión de una de las Islas Canarias u otros territorios. Tras una hora de discusión, las posturas respectivas no se habían acercado en lo más mínimo, sino que parecían más alejadas que al principio. Naturalmente ello era debido a las sorprendentes exigencias alemanas.


Encuentro Franco-Hitler en Hendaya

Tras los afectuosos saludos de rigor y pasar revista a las tropas que rendían honores, los dos dictadores, acompañados de sus ministros de Exteriores, entraron en el vagón de Hitler para comenzar las conversaciones.

Tomó la palabra Franco para expresar su alegría por conocer al Führer y poder expresarle personalmente su agradecimiento por la ayuda pres tada en la guerra civil, seguidamente le expuso las dificultades económicas por las que atravesaba España. Hitler hizo un esbozo optimista de la situación bélica y preparó el camino para abordar la cuestión principal. Le expuso al Caudillo que, obteniendo ahora la cooperación de Francia, la guerra sería más corta, pero habría que hacerse a la idea de que "los resultados territoriales de la guerra podrían no ser tan grandes". Si con la ayuda francesa, Alemania podía triunfar antes, estaba dispuesto a proporcionar a cambio a Francia, una paz en mejores términos. En cualquier caso, Hitler "estaba convencido de que Alemania, Italia y España saldrían de la guerra como aliados, y todavía habría ocasiones para rectificaciones más adelante". Alemania estaba dispuesta a abandonar en parte sus demandas a Francia, ya que un rápido final del conflicto "constituiría un éxito mayor para todos los participantes que una victoria después de una lucha más prolongada [...]. Por encima de la carga militar estaba la carga económica, y pudiera ocurrir que el éxito más grande pudiera [al final] no suponer una ganancia económica". Con este tipo de argumentaciones trató Hitler de llevar a Franco al terreno que deseaba, hacer compatibles los deseos de España con las esperanzas francesas de conservar gran parte de su imperio colonial.

Tras esta primera conversación entre los dos dictadores, se reunieron los respectivos ministros de Asuntos Exteriores en el vagón de Ribbentrop. Serrano Súñer expresó su sorpresa por el nuevo curso que tomaban las cuestiones africanas, pues la actitud de Alemania hacia Francia había cambiado. Comprendía las razones para ello, pero "tenía que hacer notar con pesar que esto vaciaba de contenido las máximas reclamaciones españolas". El plan que tenía el Caudillo para la entrada de España en la guerra y asegurarse sus demandas en Marruecos y Orán, tenía también en cuenta el peligro que podría surgir si los franceses conocieran los acuerdos germano-españoles. Para evitar este peligro, Franco "había pensado no en un Protocolo sino en un intercambio de cartas en las que figuraran con la más estricta confidencialidad las demandas españolas (incluyendo el Marruecos francés y Orán)". Ribbentrop se mostró conforme con el sistema de intercambio de cartas, pero añadió que las peticiones a Francia tendrían que ser rebajadas para facilitar la creación del bloque euro-africano. Serrano dijo que, a pesar de tener cierto recelo, "España deseaba estar de acuerdo en principio sobre esta nueva base, pero se preguntaba qué recompensa recibiría a cambio". Refiriéndose al punto 5 del Protocolo que le había entregado Ribbentrop, dijo que la fórmula allí empleada, después de todo, trataba el asunto muy vagamente. En un alarde de humor y fina ironía, Serrano dijo sonriendo, "quizás la compensación para Francia pudiera ser incluso más grande que la ganancia territorial española". En cualquier caso, para justificar la entrada en guerra ante su propio pueblo, España necesitaba definir con más exactitud los frutos de su victoria. Por ello, dijo Serrano, se "tomaría la libertad de sugerir cambios en el borrador del Protocolo, que no modificarían grandemente el plan del Führer".

Ribbentrop repitió que las demandas que se hicieran a Francia en Europa y África debían ser reducidas en parte para asegurar su participación en la lucha contra Inglaterra. Comprendía muy bien las peticiones españolas, pero "puesto que nadie sabe cómo iba a ser concluida la paz, nada concreto se podía decir todavía sobre la asignación final de las posesiones francesas". No se sabía cómo se iba a repartir el Imperio británico y la misma Alemania no podía dar una respuesta exacta a la pregunta sobre sus futuras posesiones en África.50 Por ello Ribbentrop acabó diciendo explícitamente que "era muy difícil hacer una definición exacta de las áreas que en cualquier circunstancia serían asignadas a España".51 Con esta frase quedaba suficientemente claro que los alemanes aspiraban a conseguir la entrada de España en la guerra con la única seguridad para ella de obtener Gibraltar, pero dejando las ganancias en África relegadas a un indefinido reparto del Continente a acordar en las negociaciones de paz.


Articulo:
http://www.elcultural.es 13/03/2008

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