dimanche 23 mars 2008

SECH/ Bernardo TAPIA ROJO – Cuento: La Llorona


Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
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La Serena – Chile


Cuento :
La Llorona
Por Bernardo Tapia Rojo

La voz urgencia pero al mismo tiempo contenida, cruzaba el corto espacio que separaba las camas en el único dormitorio de la casa.

Gerardo dormía con dos de sus hermanos en una estrecha cama. La voz llamó de nuevo haciéndose más urgente, había adquirido un extraño temblor; Gerardo, Gerardo.

Saliendo pesadamente de entre los espesos vapores del sueño, el niño contestó con voz soñolienta. ¿Qué pasa mamá?

Ven, pásate a mi cama, con cuidado, sin despertar a tus hermanos; con un gesto automático, bajó de la cama, el contacto con el piso de tierra húmeda terminó por despejarlo, en un par de saltos cubrió el corto espacio entre las camas, su madre entreabrió las tapas, y el niño se hundió con placer en la calidez del regazo materno, ella lo abrazó como para protegerlo de algún peligro, pero el abrazo tenía un ligero temblor, como si ese seno que acogía , a su vez, buscara protección.

El niño intuyó que algo perturbaba a su madre y se despertó de golpe, sintiéndose el hombre de la casa, abrazó a su madre como queriendo protegerla.

¿Qué pasa mama, tienes miedo? No, no, duérmete; pero la orden queriendo ser imperativa, no pudo ocultar una velada inflexión de temor, que puso en guardia a Gerardo.

En ese preciso instante sintió el llanto; lastimero, profundo, desgarrador. Nunca en su corta vida había sentido un llanto tan desesperadamente triste. Su madre lo abrazó con fuerza intentando cubrirle la cabeza con la ropa de cama, pero el niño se deshizo con fuerza del abrazo y en un gesto instintivo, saltó de la cama para pegar su cara a la ventana, la curiosidad venció al miedo y ahí estaba aguzando el oído y mirando a la calle con los ojos desmesuradamente abiertos como tratando de penetrar las tinieblas para descubrir a la autora de ese llanto de ultratumba; éste se hacia cada vez mas nítido y distintivo, la llorona parecía venir avanzando desde el norte, por la calle de tierra que enfrentaba la ventana, la mujer llamó de nuevo al niño, intentando apartarlo y traerlo de nuevo a la cama; pero éste parecía hipnotizado y a pesar del terror que experimentaba, como un frió extraño recorriéndole la espalda, era incapaz de moverse. Todos sus sentidos estaban extraordinariamente alertas y enfocados hacia la oscura calle por la cual se acercaba el escalofriante llanto, después del primer instante de observación, pudo distinguir con claridad la ominosa sombra de los cipreses que enfrente de la casa formaban el cierre vivo de la escuela de señoritas Nº 25, agitados por el fuerte viento otoñal, que soplaba desde el norte presagiando lluvias.

La madre percibiendo la imposibilidad de convencer al niño de que volviese a la cama, se levantó aproximándose a su hijo cubriéndolo con un chal.

Afuera viento y llanto se volvían cada vez más fuertes. La llorona parecía estar a unos pocos pasos de la ventana, el viento ululaba con fuerte rumor de mar embravecido, de pronto destacándose nítidamente contra el fondo oscuro de los cipreses, una figura blanca, etérea, fantasmal les arrancó un grito ahogado de terror y sorpresa, la mujer lucía un vestido blanco, fosforescente que flotaba agitado violentamente por el fuerte viento, la cabellera larga y ondulada le caía libremente sobre los hombros, en su rostro, de lividez extrema destacaban los grandes ojos que reflejaban una pena profunda y el mas absoluto desconsuelo, esos ojos les miraban suplicantes, como en busca de ayuda.

A pesar del miedo que les mantenía rígidos junto a la ventana, no podían apartar los ojos de esa visión de ultratumba, ésta redobló su lastimero llanto y comenzó a moverse hacia ellos desde el otro extremo de la calzada, cuando la doliente mujer estaba en medio de la calle a solo algunos pasos de los despavoridos observadores, un rayo azul fulgurante que iluminó el entorno con su luz deslumbrante, cayó sobre la aparición.

El violento destello azul consumió en una corta fracción de tiempo, la etérea figura, acallando instantáneamente el lastimero llanto, luego sobrevino un silencio profundo que fue roto instantes después por el bramido de un formidable trueno, precursor de la copiosa lluvia que comenzó a caer con ruido apagado de tambores húmedos sobre as tejuelas de la casa.

Solo entonces mujer y niño recobraron la calma, se volvieron a la cama y fundiéndose en un estrecho abrazo se durmieron acompasados por el canto monocorde del agua.


Del Libro “Cabeza de Fuego”


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