dimanche 16 mars 2008

SECH/ Wilfredo CASTRO – Cuento: Noches de Perro


Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH)

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Cuento
Noches de Perro
Por Wilfredo Castro

El oscuro callejón termina en una suave pendiente. Lo flanquean destartalados tabiques forrados con latas oxidadas y tablas cubiertas de polvo. Dos o tres hileras de alambre de púas herrumbrado coronan los toscos paneles. Tras ellos se alzan aquí y allá unas rústicas construcciones levantadas con madera, láminas viejas y materiales diversos.

Oculto entre unos matorrales, apenas iluminada por la luz biliosa de un farol, el hombre de la gruesa chaqueta de cuero, sumido en una actitud de acecho y amenaza lleva casi una hora esperando. Permanece inmóvil e invisible tras el ramaje áspero. Lo único que alcanza a notarse son unas botas de recia manufactura.

Los focos de un vehículo virando en la esquina iluminan por unos segundos la callejuela. A la luz de las febles gavillas se puede, entonces, apreciar algún detalle del arrabal: un portón de goznes carcomidos, una ventana de hojas blancuzcas donde falta un vidrio, un lebrel tiñoso y raquítico cagando sobre un túmulo de arena, más allá volcados tarros con basura donde hurgan dos o tres gatos.

En su escondite el hombre se mueve inquieto. Un ramalazo de brisa abofetea su rostro. El vaho de la veintena de pozos negros cavados en los patios se apodera del aire que respira. Un par de sujetos que asoman por una portezuela derrengada ponen al hombre en máxima tensión. Los dos tipos salen a la calle intercambiando palabras de despedida con voces guturales. Los dos individuos terminan de despedirse alejándose en direcciones opuestas. Uno de ellos, después de arrojar una botella vacía entra a trastabillones en una casucha ploma y chata.

El otro, a quien se le aprecia un elegante abrigo, busca en sus bolsillos y saca algo que por el tintineo seguramente es un llavero, con paso vacilante camina hacia un automóvil último modelo, que desentona por completo con la miseria del entorno. Precisamente es allí donde permanece alerta el individuo de la chaqueta de cuero.

La luna comienza a salir tras las montañas. Se oyen los ladridos furiosos de un perro y, en un tejado vecino, las amenaza de dos gatos a punto de sacarse los ojos. El ebrio farfulla un par de maldiciones al tropezar con unas piedras. El hombre que permanece oculto sale decidido.

Con el primer paso saca las manos desde los bolsillos de la casaca. Se ve el relámpago acerado de un cuchillo cazador de amplia sangría. El corazón acelera su ritmo. Una gota de sudor o adrenalina le escurre por la espalda. Un tropel de gatos en celo pasa como una estampida haciendo retumbar las techumbres. Ese es el momento preciso para embestirlo. Le acierta un certero puñetazo en el estómago. Antes que caiga, con un movimiento brutal le agarra de los cabellos obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. El cuchillo brilla una vez más para luego cortar de lado a lado la garganta.

¡¿Te gusta violar niñas, no?! ¡¡ Púdrete, desgraciado!!

Luego, una silueta se escurre en la oscuridad. Al cabo de unos minutos un perro receloso y hambriento se acerca a lamer la sangre que brilla sobre los pedruscos. En la callejuela nadie ha visto nada.


Del libro “Secreto Profesional”

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