dimanche 23 mars 2008

Winston MANRIQUE SABOGAL/ El gran viaje de la cultura


REPORTAJE:
El gran viaje de la cultura
Por Winston MANRIQUE SABOGAL

El tema de la inmigración, tratado habitualmente en el cine y la música, se hace cada vez más visible en el teatro y las artes plásticas y coge fuerza en la literatura

De la calle del Desengaño a la calle Mayor hay siete años culebreros: trabajos insospechados, una escuela de mentiras, una ligera transformación física y los sueños sordos de Lilián Pallares ante el zumbido de preguntas mutantes venidas de: "¿Quién diablos me mandó a mí aquí?". Hasta que tres años después de llegar a Madrid mandó al carajo esas preguntas, cuando una noche se vio contando el dinero de una de las tiendas de piercings y tatuajes donde trabajaba y la asaltó su propia voz: "¡Yo no quiero contar billetes!, ¡yo lo que quiero es contar historias!".

Y mientras ella intentaba reconducir su destino, el tema de la inmigración entraba sigiloso en el imaginario y la inspiración de las artes españolas. Un desembarco temático más antiguo y visible en el cine, que ha ido aumentando su volumen en la música y ganando imagen en la pintura, la fotografía y el teatro, y más páginas en la literatura, donde aún tiene una presencia discreta.

Obras que recuerdan que España es una tierra de cruce de caminos desde que se hiciera tierra. Un territorio que también ha pasado a la historia por ir en busca de El dorado y que ahora muchos ven como el mismo El dorado.

Mezcla de colores y culturas de inmigrantes que aún no se ha trasladado a las artes en proporción a lo que significa como fenómeno en España, reconoce José Guirao, director del centro social y cultural La Casa Encendida, de Madrid. ¿Dónde queda, entonces, la función oteadora de las artes frente a la realidad? "Un tema importante no tiene necesariamente por qué ser motivo de inspiración artística. La creación tiene sus propios códigos y la sociedad otros. No siempre arte y problema social tienen que ir aparejados", explica Guirao. Al contrario, aclara que la creación lo que hace es descubrir fenómenos que no están a la vista, o que pasan desapercibidos. "El arte tiene más capacidad de sacar a la luz lo que no es obvio ni está claramente identificado, pero digiere mal los temas masivos con una presencia tan fuerte como el de la inmigración".

Cinco años habían pasado desde esa mañana del 8 de enero de 2001 cuando Lilián Pallares llegó al aeropuerto Barajas, de Madrid, con 24 años cómodamente vividos en Barranquilla (Colombia) y la sola compañía de las palabras de su padre: "Sólo te pago el pasaje y la escuela, pero allí te buscas tú la vida". Era el precio que había aceptado por no estudiar el máster de Producción Audiovisual que él quería y empecinarse en ser escritora, porque estaba convencida de que sí era un sueño valioso y no como esos de pipiripao. Entonces ya aumentaban los inmigrantes que llegaban a España. Hoy son la décima parte de sus 45 millones de habitantes, y en algunas comunidades, como Madrid, representan el 13%. En total, son 4,5 millones de personas, la mayoría latinoamericanas (36%), que han sido necesarias para el impulso del país, pero casi invisibles para muchos y convertidas en mercancía política en los últimos meses.

Menos por artistas y escritores como Lilián Pallares. Pese a que a ella nunca se le pasó por la cabeza que escribiría sobre la inmigración. Menos aún cuando vivía en la madrileña y céntrica calle del Desengaño donde estuvo los primeros meses tras su llegada, mientras estudiaba creación literaria en la Escuela de Letras y hacía un máster de castings para entrevistas de trabajo corriendo por toda la ciudad. Lo empezó tras leer un anuncio en Segundamano: "Se necesita bailarina para una orquesta". Fue el comienzo de una serie de trabajos tras el cual siguieron el de cuidadora de un tetrapléjico, profesora de baile tropical para prostitutas, cajera en una tienda donde hacían tatuajes y piercings, instructora de aeróbic, guionista de monólogos, cronista de una revista latina, metida a pequeña empresaria y escritora y ganadora de dos concursos de cuentos en sus ratos felices.

Un tropel de cambios que embolataron su futuro y que también llegaron de súbito a España a finales de los años noventa. La inmigración empezó a ser tenida más en cuenta por los artistas que querían contar, inspirarse o denunciar la nueva realidad, sobre todo la de aquellos inmigrantes cuyo camino está lleno de trampas, tramposos y trampantojos.

Mientras las artes plásticas y el teatro recibieron el siglo XXI con el tema in crescendo y la cartelera de teatros lo anuncia cada vez más, la literatura ha empezado a mirarlo de frente, tanto por parte de autores españoles como extranjeros. Las razones de esa débil presencia son múltiples, según José Ovejero, que aborda el tema en Nunca pasa nada (Alfaguara). Y cita cuatro razones: que la inmigración masiva es reciente en España y la literatura suele reaccionar con lentitud a los cambios sociales; que en España, al menos en los medios intelectuales, el realismo social está muy desprestigiado; que muy pocos escritores tienen trato con inmigrantes ("es verdad que tampoco tienen trato con asesinos a sueldo y, sin embargo, se cultiva la novela negra: pero hay muchos referentes literarios que te permiten hacer esto último sin salir de tu casa"). Y, por último, que al ser un fenómeno nuevo tampoco hay una literatura escrita por la segunda generación como en Francia o Inglaterra.

"Uno de los secretos mejor guardado de la literatura es el de la importancia que tiene el hecho de no pertenecer para escribir bien. No pertenecer a lo que sea (la lengua literaria, el país, la clase dominante, la religión, las costumbres aceptadas) de manera radical, frontal, sostenida", afirma Jesús Aguado. Para el poeta y traductor se trata de "un acto de ruptura mental y física que define la vida y la obra de la inmensa mayoría de los grandes escritores, que lo fueron por su talento para las palabras y las historias tanto como para la distancia, la crítica y la duda. Escribir es, o debería ser, negarse a aceptar las directrices del centro, exiliarse del centro, borrar el centro. En este sentido, cualquier escritor de verdad es una suerte de inmigrante: un mestizo que extrae de los sufrimientos que le provoca esa impertinencia a cualquier centro su fuerza expresiva, sus imágenes, sus ideas, sus temas o sus personajes. Algo que, pasando de la explicación teórica a la sociología en acto, se comprueba en las naciones en las que la inmigración real ha acabado haciéndose un hueco, quizás por las buenas pero en más ocasiones a gritos y a codazos, en las culturas de acogida, en las literaturas de llegada".

Cuando Lilián se plantó en España en 2001 esa presencia de la inmigración en la literatura era testimonial. Ella se preocupaba por adaptarse, estudiar creación literaria y sobrevivir. Buscar trabajo. Cada día hacía colas para los castings. El primero que le dio resultado fue el de bailarina para el Trío Bravo. Un trabajo en el que duró menos que una fiesta de boda en el Hotel Palace. Fue el debut laboral en España de una caribeña morena, de melena larga y ensortijada y no muy alta, encaramada en unos tacones, mientras sus brazos y manos improvisaban sevillanas por aquí y naturales movimientos de caderas y hombros salseros por allá. Y fue el final de su estrellato cuando en medio del ritmo se deslizó, y adiós vestido...

Vuelta a los castings. Vuelta a enterarse de otras experiencias en las horas de espera y comprobar que su situación era privilegiada comparada con la de ellos. "Vivimos rodeados de personas de otros países. Compartimos con ellos un banco en el parque... Pero ¿qué sabemos de ellos, de su situación, de sus países, de su cultura? Nada o casi nada", reflexiona la autora jienense Carmen Jiménez, ganadora del Premio de Novela Café Gijón 2007 por Madre mía que estás en los infiernos (Siruela), cuya protagonista es una inmigrante a través de la cual narra cómo los afectos y lazos familiares pueden convertirse en una atadura mortal. Para ella, esa desinformación sobre esa nueva realidad y su falta de mezcla en España es una de las claves de su poca presencia en la literatura.

Cinco años después de su llegada empezaría a hacerlo Lilián. Pero al principio andaba a la brega por sobrevivir. En esas búsquedas, aprendió a acomodar mentiras para conseguir trabajos; como decir que en Colombia había hecho de enfermera de su abuela y así poder atender a un tetrapléjico. El primer día pensó que no aguantaría cuando tuvo que llevarlo al cuarto de baño y luego ducharlo y ver que él parecía sobrepasarse con un besemaniculitanteo amparado en su invalidez. Aguantó una semana. Pero él se convirtió en su primer lector de relatos surgidos del desvelo.

"Es que escribir un libro requiere, fundamentalmente, tres cosas: capacidad, capacitación y tiempo. La inmensa mayoría de los inmigrantes que llegan a España carecen de las dos primeras, y el proceso de escritura de un libro puede durar años", reconoce el escritor de Guinea Ecuatorial Donato Ndongo, que en la novela El metro (El Cobre) describe las razones que llevan a los africanos a dejar sus tierras y viajar a Europa. Y sentencia: "Por desgracia para escribir hay que tener dinero".

Justo lo que no tenía Lilián y que la llevó a una entrevista para dar clases de baile a domicilio en un tal Kinder Garden. Apuntó la dirección del periódico, y cuando se dio cuenta estaba timbrando en un chalet de lujo. Una vez abierta la puerta se percató de lo que era. La mujer que la recibió le dijo que sólo tenía que enseñar a bailar a sus chicas. Dudó. Pero la paga no era cualquier chichigua por dos mañanas a la semana. Con eso se las apañó unos cuantos meses. Para entonces, ya había cambiado Desengaño por Lavapiés.

Por esa misma época, hacia 2003, los inmigrantes empezaron a interesar más a los escritores. No es para menos, asegura José Ovejero: "Se trata del fenómeno que más está alterando las sociedades europeas -desde un punto de vista social, político y cultural-. Ya no se trata sólo de la criada filipina que aparecía en un segundo plano en novelas de los años ochenta. Hoy esa presencia es tan fuerte que empieza a reclamar cierto protagonismo". Destaca que, además, aportan a la imaginación colectiva nuevas historias, lo exótico, "que no debe entenderse como lo pintoresco ni lo típico sino aquello que trae lenguajes, significados y experiencias de fuera, a menudo distintas de las nuestras. Y el escritor, por mucho que se base en su propia experiencia para escribir, tiende a absorber las de los demás".

Sin darse cuenta, Lilián también lo hacía. Sobre todo cuando en sus clases de baile a la veintena de chicas de diferentes nacionalidades del Kinder Garden descubrió que ellas, más que bailar, querían hablar. De sus vidas y sus planes.

Pliegues emocionales que un autor no debe olvidar y que cuentan en sus libros escritores como Donato Ndongo. "En El metro sentí la necesidad de recordar que los inmigrantes somos personas como las demás, con una historia, una cultura, una familia, unos paisajes, que tenemos que abandonar en busca de nuevos horizontes. A menudo, en nombre de una integración que no es sino una extensión del dominio, se nos obliga a arrojar toda esa vida por el borde del cayuco al desembarcar. Había que dotar de personalidad, de humanidad, a ese vendedor ambulante para que no sea una sombra que pasa a nuestro lado. Llegar a las costas europeas no es el problema; la cuestión principal es por qué se emigra", afirma.

¿Pero por qué una realidad tan transformadora no saltaba a las páginas de la literatura española? Ndongo no duda en reconocer que para España es un fenómeno reciente comparado con países como Inglaterra o Francia donde ya hay inmigrantes de tercera o cuarta generación y el tema se ha incorporado a la literatura, tanto por personas que vienen por necesidades económicas como por quienes lo hacen en busca de conocer y aprender. Por eso prevé que en España también será cada vez más notorio el tema de la inmigración en los libros.

Ya se empieza a notar con inmigrantes como Lilián. Ella se graduó en Colombia en periodismo y producción y aquí ha tenido que trabajar en todo. Un día dejó la enseñanza en el Kinder Garden y trabajó como secretaria y consiguió regularizar su situación. Después, para poder trabajar en una tienda de tatuajes y piercings debió cambiar de estilo: teñirse el pelo, modernizar el vestuario y ponerse a tono para que los clientes se creyeran lo que ella estaba vendiendo. Y escribiendo en sus recreos laborales. Comprobó que el tema de la inmigración lo abordaban los escritores españoles. "Aquí es pronto para que surja una literatura hecha por inmigrantes y, sobre todo, descendientes de inmigrantes", dice el gallego Suso Mourelo, autor de La frontera Oeste (Caballo de Troya), libro sobre la inmigración de Europa oriental en España. Recuerda que los emigrantes siempre han existido y siempre se ha hecho literatura con ellos, "lo novedoso es que en pocos años han llegado millones de ellos, de gente en busca de una nueva vida". Y un futuro.

El que tenía extraviado Lilián después de cuatro años y que reencontró una noche cuando en la tienda de tatuajes y piercings hacía caja y se escuchó exclamando: "¡Yo no quiero contar billetes!, ¡yo lo que quiero es contar historias!". Al poco tiempo, en 2004, se enteró de un concurso de monólogos y se presentó. Escribía pero no actuaba, así es que le dijo a un estudiante a actor que leyera sus monólogos. Era en el Palacio de Gaviria. El jurado no los eligió, pero el administrador del local se dio cuenta de que había gustado al público y la contrató para los Miércoles de Cabaret. Un compatriota suyo dice ignorar el motivo de por qué en España no se ha desarrollado una literatura de la inmigración escrita por inmigrantes. "Pero puestos a buscar motivos, podría estar relacionado con el hecho de que no existe una tendencia clara hacia la literatura de compromiso social", reflexiona Mauricio Bernal, que también ha tenido su travesía y ahora trabaja en El Periódico de Catalunya y ha escrito La dificultad de las cosas (Villegas Editores). Según Bernal, esto no quiere decir que a los escritores inmigrantes no les importe el drama de la inmigración; "les importa, pero utilizan otras tribunas, como la prensa, para expresarse o denunciar. No hay indicios de que haya un escritor dedicado hoy a dejar constancia de las miserias de los extranjeros en una especie de Germinal moderno, pero también es cierto que, sin ser la columna vertebral de sus novelas, algunos autores tocan el tema de soslayo. O escriben de España. En ese sentido son identificables como novelas de la inmigración, o novelas de inmigrantes".

O de literatura oral, como la de Los monólogos de Biocomicoides, nombre que Lilián puso a su primer intento de compañía de monologuistas. Pero insuficiente para vivir. Y pronto estuvo dando saltos en un gimnasio como monitora de aeróbicos. Ocho meses después empezó a trabajar en la revista latina Mas in que cerró a los siete meses. Tuvo claro que no quería volver a ser empleada tras haber tenido cerca de una quincena de jefes en cinco años. En 2006 montó la agencia de eventos Twenty Four Seven.

Toda esta presencia de los inmigrantes, señala Carmen Jiménez, "es una inyección de vitalidad para nuestra narrativa. Nuevas voces, nuevas miradas, nuevas culturas. ¿Refrescante, no? A veces mis amigos y yo hemos compartido la misma sensación de cansancio ante los temas recurrentes de nuestra literatura: Guerra Civil o novela histórica. Me gusta la diversidad en el arte y en la literatura. Ojalá veamos, también, más novelas que incorporen visiones de nuestra sociedad de hoy". Se refiere a los mileuristas, las parejas homosexuales o a los problemas del medioambiente.

Sentada en la orilla de ese tiempo que la misma Lilián ha ayudado a forjar, empieza una nueva y renovada concepción estética en España. "Una que hace visible todo lo que está oculto y la gente no quiere ver. El arte borra las cifras y vuelve a los inmigrantes humanos", afirma Luz Ángela Lizarazo que ha inaugurado la exposición elDorado, en la galería Magda Belloti, de Madrid.

Cambios estéticos que se aprecian en concursos literarios donde el tema es la inmigración. Dos de ellos los ha ganado Lilián Pallares, el último en noviembre pasado. Lo convocó la revista Fusión Latina, con jurados como Santiago Gamboa, Santiago Roncagliolo y Antonio Caballero, todos reconocidos escritores latinoamericanos e inmigrantes. Servicio anónimo, título con el que ganó, narra la persecución a un inmigrante del top manta en el centro de Madrid. Una carrera diferente que ha vivido la propia Lilián. Ahora, siete años separan la calle del Desengaño de la calle Mayor donde hoy vive y escribe convencida de que su ilusión no era un sueño de pipiripao.


Articulo :
http://www.elpais.com 22/03/2008


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