samedi 23 août 2008

Alexander SOLZHENISTYN/Homenaje


Solzhenitsyn, profeta y escritor
Por Ignacio Valente

La voz de Alexander Solzhenitsyn (1918-2008) resonó primero por todo Occidente como la del eximio narrador que renovaba la mejor tradición de la novela rusa. Galardonado con rara justicia por el Premio Nobel en 1970, su estatura se nos agigantó como el gran disidente del comunismo ruso, a la vez que denunciaba la pobreza de alma del mundo occidental.

Si tres décadas atrás me hubieran adelantado que Solzhenitsyn, ese gigante del espíritu, moriría por estas fechas subvalorado y sumido casi en el olvido, me habría costado creerlo. Solzhenitsyn: el que abrió los ojos a Occidente sobre los horrores de la Rusia soviética mientras vivía en medio de ellos, el exiliado que, ya entre nosotros, denunció la vaciedad espiritual de nuestras sociedades libres, el ensayista lúcido y valiente, el narrador de primera fila, que escribió novelas de la calidad y grandeza de "Pabellón de cancerosos"...

Es que este escritor soberano, este hombre de la denuncia profética, al final había llegado a ser una presencia incómoda a uno y otro lado del antiguo telón de acero. En Europa se estimó reaccionaria su crítica del liberalismo, y en Rusia seguía siendo un marginal. Cuando retornó a su patria "libre", ya sin su corona de héroe, encontró menos cristianismo renaciente y más capitalismo mafioso del que hubiera querido. En los medios literarios, por último, la falta de innovación formal de su narrativa -su realismo tradicional- le quitó adhesiones, y agregó una nueva nota arcaizante a su imagen pública.


Mundo soviético y mundo occidental

La denuncia de la asfixiante opresión del comunismo es un motivo recurrente de la obra de Solzhenitsyn, si bien opera de modo distinto en sus ensayos, cartas abiertas, discursos, etc., que en su narrativa, donde el asunto es menos temático y frontal, y más oblicuo y sutil. Hoy, ya caído el imperio soviético, y con él la filosofía marxista -que era entonces el ídolo de vastos sectores de la intelligentsia occidental-, nos resultan un tanto fuera de contexto sus afirmaciones de este tipo: "la esencia del comunismo está enteramente más allá de los límites de la comprensión humana", en cuanto misterio del mal profundo. Pero quien así hablaba lo hacía desde el corazón de la ideología imperial, y con la voz de padecimientos inenarrables sufridos en carne propia, no desde la cátedra del académico. Europa no estaba preparada para entenderle.

Fue necesario el espantable testimonio biográfico y documental de "El archipiélago Gulag" (1973 a 1976) para sacudir la modorra de Occidente de cara a esa terrible red de campos de concentración del terror soviético.

Nuestro hombre, que había sido recluido a trabajos forzados durante ocho años en 1954, escribiría que los prisioneros más valerosos e indomables de esas catacumbas ya no vuelven al mundo exterior: "jamás se les muestra nuevamente al mundo, porque contarían relatos tales que la mente humana no puede aceptar". Dirá también sobre ese peligro mundial que amenazaba con tragarse al mundo entero: "Yo mismo fui tragado. Yo he estado dentro de la panza roja y ardiente del dragón. No fue capaz de digerirme. He venido a ustedes cual un testigo de cómo es estar dentro."

Sin embargo, tras su llegada a Occidente -expulsado de Rusia en 1973-, su aclamación como un auténtico héroe en las universidades, en la prensa y en la opinión pública, no duró mucho tiempo, pues él no tardó en hacer pública su desilusión de nuestras democracias llenas de demagogia, del materialismo práctico de los intereses económicos, y en fin, de la tiranía de las modas, la irresponsabilidad periodística, la confusión espiritual, el reino del hedonismo y la pornografía... Esto era Occidente: allí anidaba una crisis de siglos: "Una vez que se proclamó y aceptó que por encima del hombre no hay ningún Ser Supremo, y que, por el contrario, el hombre es la gloria que corona el universo, entonces las necesidades del hombre, sus deseos -y en verdad sus debilidades- fueron considerados como los supremos imperativos del universo".

Había un solo paso desde esta denuncia -hoy más actual que entonces- hasta una casi conspiración del silencio. En 1994 volvió a Rusia, que a partir del dolor de tantas décadas no había producido, entonces ni hoy, una forma más alta de vida, como esperaba él, sino que más bien se ha contagiado con algunas de las peores lacras de Occidente.


Su obra literaria

No se piense en absoluto que, a causa de todo lo dicho, los relatos de Solzhenitsyn, breves o largos, sean "de tesis". En ellos no hay ningún personaje que hable con la voz o las ideas del autor. El único privilegio posible lo tiene la voz de los que sufren: es sobre todo el dolor en sus múltiples formas -y sin color ideológico- el que habla aquí.

Es cierto que la narrativa de Solzhenitsyn no incorpora ninguna experimentación formal, ni siquiera una innovación de ese tipo.

El escribe como si no hubieran existido James Joyce, Virginia Wolf, William Faulkner, etc. El suyo es un sobrio realismo tradicional, por lo demás muy ruso, que a veces podemos llamar realismo poético, o moral, o ambas cosas en lograda síntesis. Pero ésta no es por fuerza una desventaja literaria.

También en Occidente admiramos a autores del mismo corte tradicional, como Francois Mauriac, Evelyn Waugh, William Golding o Heinrich Boell. Este último parece ser el más semejante a él, tanto por el estilo como por el designio de entretejer los protagonismos personales con hechos históricos colectivos, alemanes en un caso, rusos en el otro.

Ambos son maestros en este difícil arte, que es patente en "Pabellón de cancerosos" y temático en la vasta tetralogía titulada "La rueda roja", su panorámica obra final de franca intención histórica. Otro gran novelista de lenguaje tradicional, y también maestro en aquel arte del entrelazamiento, es su compatriota Boris Pasternak, Premio Nobel a su vez, y autor de esa memorable novela "El doctor Zhivago", quien parece en todos los sentidos su precedente más inmediato.

Solzhenitsyn escribió muchos cuentos cortos, de variable calidad. En castellano conocimos al menos dos recopilaciones: "Cuentos en miniatura" y "La casa de Matriona", que plantean el conflicto entre las razones del corazón y de la conciencia personal, cargadas de un intenso valor moral, y los anónimos imperativos del sistema soviético, con su opaca inhumanidad.

Para sorprender las vicisitudes de este conflicto, el Solzhenitsyn de los relatos cortos no se ha dirigido a los grandes centros urbanos del poder, sino a los rincones marginales de la provincia rusa, allí donde la tensión no excede la escala doméstica, y donde se revelan algunos motivos muy caros a nuestro autor, como la belleza de la existencia agreste y la simplicidad de las vidas mínimas, ambas consideradas como una auténtica reserva moral frente a la impersonalidad de la técnica y a los turbios mecanismos del poder político.Es ilustrativo este comentario que cierra una de sus miniaturas, a propósito de la sensación de paz que desprenden los campos rusos: "La gente fue siempre codiciosa y a menudo mala.

Pero el tañido de las campanas de las iglesias resonaba sobre campos, aldeas y bosques, e impulsaba a abandonar las pequeñas preocupaciones terrestres y a pensar un momento en la eternidad.

Ese tañido, conservado hoy unicamente en melodías antiguas, levantaba a las gentes, les ayudaba a erguirse en dos pies y no caer... en cuatro patas".


"Pabellón de cancerosos"


Su primera novela, "Un día en la vida de Iván Denisovich" (1962), pudo ser publicada en su patria (no así las demás) sólo porque sorprendió al régimen en un breve momento de apertura. El título de la segunda, "El primer círculo" (1968), evoca decidoramente una imagen del "Infierno" de "La divina comedia". Pero su gran novela es la que siguió, "Pabellón de cancerosos" (1968), no superada por los posteriores tomos de su tetralogía: "Agosto 1914", "Octubre 1916", "Marzo 1917" y "Abril 1917", donde la historia de la época, investigada por el autor con una admirable prolijidad, inclina demasiado la balanza del relato hacia la documentación, por la cual, en todo caso, la ciencia histórica le es tributaria.

Con razón su gran novela ha dado la vuelta al mundo. Se trata literalmente de un hospital del cáncer, donde se debaten por igual enfermos, enfermeros y médicos en una remota provincia asiática de la Unión Soviética. Por cierto que el título y el medio ambiente pueden dar la impresión de algo muy sórdido, y en realidad algunas páginas hacen agobiante el encierro entre esos muros fatídicos de la enfermedad y de la muerte, donde los vivos salen sólo para revivir escenas de persecución o de presidio siberiano. Pero lo admirable de esta obra reside precisamente en que el tono global es la ternura, servida por destellos de poesía, y por cierta ingenuidad en la observación, que nos parece de una pureza muy rusa.

Aquí se movilizan las pasiones inmemoriales de la condición humana, a través de las interminables conversaciones de los enfermos. La más central de ellas gira en torno al título de un cuento de Tolstoi, que uno de los cancerosos lee y comenta a los demás: ¿Por qué viven los hombres? Que es tanto como decir: ¿cuál es la única preocupación de los hombres cuando ya todos los sentidos no últimos de la vida se han agotado? Allí se mide la impotencia del materialismo dialéctico, histórico y práctico ante el misterio de la muerte personal. El hombre comunista sólo dispone de frágiles fórmulas escolares: "¡Fuera los desvaríos idealistas!" "Estamos hechos para la felicidad." "¡Tú formas parte del grupo!" "El hombre vive de causas comunes." Sin duda, razona Kostoglotov, el personaje central (que no es ningún héroe); sin duda, pero eso sólo ocurre mientras uno está vivo. En suma, a lo largo de estas páginas se mide el valor último de ciertos caracteres típicos de la Rusia soviética por la manera de enfrentar la muerte próxima.

En el pabellón hay rebeldes y hay conformistas, pero unos y otros están demasiado llenos de pasión o de oprobio para que en ellos se ilumine el sentido de la existencia. Sin embargo -cosa típica en Solzhenitsyn- en medio de ellos se deslizan personajes secundarios dotados de una interna sabiduría vital, de una extraña reserva de bondad personal, o incluso del sentido cristiano de la vida, como esa pobre Estefanía "con su cómico calendario, con aquel Dios que tenía sin cesar a flor de labios, con esa sonrisa radiante que no la abandonaba en el más lúgubre de los hospitales". En un mundo donde se aprende, antes de leer y escribir, que la religión es el opio del pueblo, del cual sólo profitan los malhechores, sucede que los únicos hombres capaces de aportar una luz a la gran pregunta son precisamente esos seres marginales ligados a la fe cristiana. No se piense en una tesis ni en una moraleja: dijimos que no la había. Pero Alexandr Solzhenitsyn no es un escritor neutral -¿quién lo es?-, y no puede negarse que su lenta y tardía conversión (o quizá reconversión) al cristianismo vino a revelarse, en último término y retrospectivamente, como la clave de su azarosa vida y de su entera obra literaria.

El suyo es un sobrio realismo tradicional que a veces podemos llamar realismo poético, o moral, o ambas cosas en lograda síntesis.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 10/08/08
Ilustracion: Siegfried WOLDHEK -
http://woldhek.nl/
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Entrevista a SOLZHENITSYN
Las postreras esperanzas y frustraciones del escritor e intelectual ruso:
"Sin el hálito de Dios, tanto el capitalismo como el socialismo son repulsivos"
Por Joseph Pearce

En una conversación con Joseph Pearce, sostenida poco antes de su muerte, el escritor decía: "Desearía que todas las calumnias que se han dicho sobre mí, a lo largo de los años, se secaran como el barro y desaparecieran".

Durante su investigación para el libro "Solzhenitsyn, un alma en el exilio", el escritor inglés Joseph Pearce viajó a Rusia a entrevistar a Alexander Solzhenitsyn, que vivía en Moscú sus últimos años de vida. Esta entrevista surgió luego de diversos encuentros entre ambos autores, quienes tienen en común el haber experimentado un proceso de conversión religiosa y política. Pearce, quien estuvo hace algunos meses en Chile, autorizó a "El Mercurio" la reproducción del diálogo con el escritor recientemente fallecido.

-¿Diría que en su obra, en conjunto, la dimensión espiritual o filosófica es más importante que la política?
"Ciertamente. Primero está el aspecto literario, luego el espiritual y filosófico. El aspecto político se requiere debido a la necesidad de la actual situación rusa."

-¿Considera que muchos de los problemas del mundo moderno se deben a una inadecuada comprensión de la verdad espiritual y filosófica por parte de las personas?
"Es muy cierto. El hombre se ha puesto la meta de conquistar al mundo, pero entre tanto pierde su alma. Eso que es llamado humanismo, pero que se debería llamar antropocentrismo irreligioso, no puede proporcionarle respuestas a las preguntas más esenciales de nuestra vida. Hemos llegado a un caos intelectual".

-Ha escrito que "Rusia ha entrado en un callejón sin salida y no tiene hacia dónde ir". ¿Occidente está en el mismo callejón?
"En los últimos años he dejado de considerar a Rusia como algo muy distinto a Occidente. Hoy en día, cuando hablamos de Occidente nos referimos a Occidente y a Rusia juntos. Podríamos usar la palabra 'modernidad' si excluimos a África, al mundo islámico y en parte a China. Con la excepción de aquellas áreas, no deberíamos usar la palabra 'Occidente' sino 'modernidad'. El mundo moderno. Y sí, en ese caso, yo diría que hay males que son característicos, que han asolado a Occidente durante mucho tiempo y que ahora Rusia los ha adoptado rápidamente."

-Se le acusa de ser pesimista y lúgubre. ¿Qué responde?
"Es una consecuencia del hecho de que la gente no lee, sólo pega una mirada a los libros. Permítame darle un ejemplo: el 'Archipiélago Gulag'. En ese libro hay relatos terribles, pero a lo largo de este hay un espíritu de catarsis. En 'Rusia en el abismo' no he pintado la oscura realidad en tonos rosados, pero sí incluyo de un modo claro, una búsqueda de algo que dé mayor luz, alguna salida, sobre todo en el sentido espiritual, porque no puedo sugerir salidas políticas: ésa es la tarea de los políticos. Los que me acusan son aquellos que no saben leer".

-Un periodista británico dijo recientemente que usted cree que Rusia se ha deshecho de los males del comunismo sólo para reemplazarlos por los males del capitalismo.
"En distintos lugares he tenido que demostrar que el socialismo, que para muchos intelectuales occidentales es una especie de reino de la justicia, estaba hecho de coerción, de codicia, corrupción y avaricia burocráticas. Eso es coherente con el sistema mismo del socialismo, que no se pueda implementar sin la ayuda de la coerción. La propaganda comunista a veces incluía declaraciones tales como 'debemos incluir todos los mandamientos del Evangelio en nuestra ideología'. La diferencia está en que el Evangelio nos pide que logremos todo eso a través del amor, a través de la autolimitación, pero el socialismo sólo usa la coerción. Ese es un punto".

"Sin el hálito de Dios, sin la restricción de la conciencia humana, tanto el capitalismo como el socialismo son repulsivos".


Retorno imposible

-¿La única esperanza reside en un retorno a la religión?
"No en un retorno a la religión, sino en una elevación hacia ella. La religión en sí no puede dejar de ser dinámica y es por ello que 'retorno' es una palabra incorrecta. Un retorno a las formas religiosas que tal vez existieron hace unos siglos atrás es imposible. Por el contrario, para combatir las costumbres materialistas modernas, para luchar contra el nihilismo y el egoísmo, la religión también debe desarrollarse, adquirir formas flexibles y debe tener una correlación con las formas culturales de la época. La religión siempre está en un plano superior al de la vida cotidiana. Para hacerle más fácil a la gente la elevación hacia la religión, la religión debe ser capaz de alterar sus formas en relación con la conciencia del hombre moderno".

-En la Iglesia Católica hay opiniones distintas sobre las reformas del Concilio Vaticano II. Unos creen que modernizó a la iglesia y otros lo consideran una rendición
"La iglesia ortodoxa rusa se ve enfrentada al mismo problema. También tiene dos corrientes de opinión. Por ejemplo, un problema propio de la iglesia ortodoxa rusa es si deberíamos continuar usando el antiguo lenguaje eslavo de la iglesia en el servicio o comenzar a introducir el ruso contemporáneo. Comprendo los temores de ambas corrientes, tanto en la iglesia ortodoxa como en la católica, la cautela y las dudas. Comprendo el temor, pero creo que si la religión no permite cambios, será imposible hacer retornar al mundo a la religión porque el mundo es incapaz por sí solo de elevarse a las alturas de las antiguas exigencias. La religión tiene que salir a su encuentro de alguna manera".

-¿Este pesimismo, a falta de una palabra más adecuada, se aplica a las perspectivas de que la sociedad redescubra o se eleve hacia la religión?
"El camino es muy difícil y hay muy pocas esperanzas, pero no deben excluirse. La historia ha mostrado en muchos temas unas tremendas vueltas y curvas".

-¿Le parece probable que la religión continúe de un modo similar al de este momento, en que sólo es practicada por una minoría?
"Sí. Pero eso no significa que los creyentes deban permanecer de brazos cruzados o darse por vencidos. Estoy profundamente convencido de que Dios está presente en las vidas de todas las personas y en las vidas de todos los países".

-¿Cómo le agradaría ser recordado por la posteridad?
"Esa es una pregunta compleja. Espero que todo lo que se ha dicho acerca de mí, todas las calumnias, se sequen como el barro y se desprendan a lo largo del tiempo. Es sorprendente la cantidad de tonterías que se han dicho acerca de mí, sobre todo en Occidente. En la URSS había una propaganda en una sola dirección y (ríe) todo el mundo sabía que era sólo eso, propaganda".

"La religión tiene que salir al encuentro del mundo de alguna manera" .

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 10/08/08
Ilustración: David LEVINE - http://www.nybooks.com
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Biografia: Las etapas clave de sus 89 años de vida
Solzhenitsyn y sus dramáticos
Por Michael T. Kaufman

La fama de Solzhenitsyn se propagó por todo el mundo mientras él evocaba sus experiencias de la represión. En casi medio siglo, se han vendido 30 millones de sus libros, traducidos a cerca de 40 idiomas. Su vida misma constituye un relato increíble, con episodios apasionantes y poco conocidos.

Un año después del surgimiento de la Unión Soviética tras la revolución, nació Alexander Isayevich Solzhenitsyn en una ciudad balneario del Cáucaso el 11 de diciembre de 1918. Su padre, Isaaki, había sido un oficial de la artillería rusa en el frente alemán. Seis meses antes del nacimiento de su hijo, murió en un accidente mientras estaba cazando. La joven viuda se llevó al niño a Rostov sobre el Don, donde lo crió trabajando como dactilógrafa y taquígrafa. De acuerdo al relato de Solzhenitsyn, él y su madre vivían en una choza ruinosa. Los orígenes de clase de su madre -era la hija de un terrateniente ucraniano- eran considerados sospechosos, y también el hecho de que supiera inglés y francés. Solzhenitsyn recuerda que ella enterró las tres medallas de guerra de su padre. Era un joven religioso. Cuando niño, unos muchachos más grandes le arrancaron una cruz del cuello. Sin embargo, a los 12 años se unió a los Jóvenes Pioneros, y más adelante se convirtió en miembro del Komsomol, la organización juvenil de los comunistas.


La carta que lo incriminó

Solzhenitsyn fue un buen alumno, con gran aptitud para las matemáticas, aunque siempre pensó en convertirse en un escritor. En 1941, unos días antes de que Alemania atacara a Rusia para llevar la II Guerra Mundial al territorio soviético, se graduó en física y matemáticas en la Universidad de Rostov. Antes se había casado con Natalia Reshetovskaya, que era química. Al comenzar las hostilidades, se unió al ejército y estuvo a cargo de los caballos y carretas antes de ser transferido a la escuela de artillería. Pasó tres años combatiendo como comandante de un pelotón de reconocimiento. En febrero de 1945, mientras la Guerra en Europa llegaba a su fin, fue arrestado en el frente del este prusiano por agentes de Smersh, la agencia de espionaje soviética.

La evidencia en su contra fue hallada en una carta dirigida a un amigo de colegio en la que se refería a Stalin - irrespetuosamente, de acuerdo a las autoridades - como "el hombre del bigote". A pesar de ser un comunista leal, fue sentenciado a ocho años de prisión en un campo de trabajos forzados.

Fue su ingreso a la inmensa red de instituciones punitivas a la que él después llamaría el archipiélago Gulag (Gulag es la abreviación en ruso de la Administración Principal de los Campos). Su viaje como prisionero comenzó con estadías en dos cárceles de Moscú. Luego fue transferido a un campo cercano, donde debía trasladar leños y luego a otro, donde tenía que excavar arcilla. De allí fue llevado a un campo Puerta de Kaluga, en el que sufrió un colapso moral y espiritual tras ceder ante la exigencia de un guardián que le pidió que informara sobre sus compañeros. Aunque nunca proporcionó ninguna información, se refería a sus nueve meses allí como "el punto más bajo de su vida".


Matemáticas en la "Sharashka"

Después de breves estadías en varias otras instituciones, Solzhenitsyn fue trasladado a la Prisión Especial No. 16 en las afueras de Moscú en 1947. Estas eran las llamadas "sharashka", instituciones para prisioneros que eran científicos altamente calificados. A él lo llevaron ahí por su talento para las matemáticas, a lo que él le atribuyó el hecho de haberle salvado la vida. Sus experiencias en el No. 16 fueron la base para su novela "El primer círculo". Tras desdeñar el trabajo científico del coronel que dirigía el instituto, fue exiliado a un campo desolado en Kazajstán llamado Ekibastuz, que se convertiría en la inspiración para "Un día en la vida de Iván Denisovich." En Ekibastuz, cualquier escrito era confiscado de modo que inventó un método que le permitía retener incluso largas partes de prosa. Después de ver cómo los prisioneros lituanos católicos armaban rosarios con cuentas hechas de pan masticado, él les pidió que le hicieran una cadena similar. Cada cuenta representaba un pasaje que se repetía a sí mismo hasta que podía decirlo de corrido. Luego escribiría que al final de su período en la cárcel, se había aprendido de memoria 12 mil líneas utilizando este método. En febrero de 1953 fue enviado a la zona desértica de Kok-Terek, justo para oír el anuncio de la muerte de Stalin. Fue allí donde se le ordenó pasar su período de "exilio perpetuo". Sufría dolores de estómago y descubrieron que tenía un gran tumor canceroso. Su vida como un paria que luchaba contra la enfermedad sería la base de su novela "Pabellón de cancerosos". Después de recibir tratamiento médico y recurrir a remedios autóctonos, se recuperó.


El deshielo y la persecución

Liberado y rehabilitado en 1956, Solzhenitsyn describió en "Un día en la vida de Iván Denisovich," el relato de un solo día en un gélido campamento narrado a través de la voz de un prisionero llamado Iván Denisovich Shukov, un albañil. Cuenta sin sentimentalismos las tribulaciones y sufirmientos de los "zek," como se les decía a los presos, campesinos que estaban dispuestos a correr el riesgo del castigo y el dolor por tan sólo algunas pequeñas ventajas como algunos minutos frente al fuego. También revela la destreza que adquieren para sobrevivir, su lealtad hacia su cuadrilla de trabajo y su orgullo. El día termina cuando el prisionero ya está en su litera. "Shukov se sentía complacido con su vida al irse a dormir", escribió Solzhenitsyn. "El final de un día sin problemas. Un día casi feliz. Sólo uno de los 3.653 días de su sentencia, desde una campanada hasta la otra. Los tres días restantes correspondían a años bisiestos".

El deshielo de Nikita Kruschev permitió su publicación en "Novy Mir" a comienzos del año 1963. Rompió todos los esquemas y causó sensación. Pero cuando Leonid I. Brezhnev reemplazó a Khrushchev como jefe del partido en octubre de 1964, Solzhenitsyncomienza a ser silenciado y perseguido. "Mi obra ha sido sofocada, amordazada y calumniada" escribió en 1967, en una carta abierta dirigida al Sindicato de Escritores Soviéticos.

Cientos de destacados intelectuales firmaron peticiones en contra de su silenciamiento; incluso personajes de izquierda como Jean-Paul Sartre. Autores como Graham Greene, Muriel Spark, W. H. Auden, Gunther Grass, Heinrich Boell, Yukio Mishima, Carlos Fuentes Arthur Miller, John Updike, Truman Capote y Kurt Vonnegut se unieron llamando a un boicot cultural internacional de la Unión Soviética. La postura se confirmó cuando ganó el Premio Nobel de Literatura en 1970. No se atrevió a viajar a Estocolmo.


El microfilm secreto

En el momento del Premio Nobel, su matrimonio se estaba disolviendo. Dos años antes él había conocido a Natalia Svetlova. Como señaló Solzhenitsyn, "Ella sencillamente se unió a mi lucha y seguimos uno al lado del otro". Le pidió el divorcio a su mujer, Natalia Reshetovskaya, pero ella se rehusó y continuó rehusándose durante varios años. Mientras tanto, Natalia Svetlova tuvo dos hijos, Yermolai e Ignat, los dos hijos mayores de Solzhenitsyn. Finalmente, se casaron en una iglesia ortodoxa cerca de Moscú.

Sus escaramuzas con el Estado se fueron intensificando. Dormía con una horqueta al lado de su cama. Aunque las autoridades le impedían escribir y hacer declaraciones, él continuaba trabajando. En más de 300.000 paginas escribió "El archipiélago Gulag", que relata la historia de los campamentos de prisioneros del Gulag, cuyas operaciones y razones, e incluso existencia, fueron consideradas por mucho tiempo como un tema tabú. Editores de París y Nueva York recibieron en secreto el manuscrito en microfilm, pero les pidió que postergaran su publicación. En septiembre de 1973, cambió de idea. Se había enterado que la KGB había descubierto una copia del libro que estaba enterrada después de haber interrogado a su tipógrafa, Elizaveta Voronyanskaya, y que ella se había ahorcado poco después. El libro fue rápidamente publicado en París, en ruso. El gobierno soviético contraatacó con una andanada de artículos, incluyendo uno de "Pravda", el diario estatal, con el título de "El sendero de un traidor".

El 12 de febrero de 1974 fue arrestado. Al día siguiente, le dijeron que sería deportado y despojado de su ciudadanía. Tuvo la precaución de llevar consigo una gorra raída y un gastado abrigo de piel de oveja que había conservado de sus años en el exilio. Llevaba ambas cosas puestas al ser embarcado en un vuelo de a Frankfurt. Solzhenitsyn fue acogido por el novelista alemán, Heinrich Boell. Luego la familia se trasladó a los Estados Unidos, estableciéndose en el pueblito de Cavendish, Vermont. Solzhenitsyn pensó que su estadía en los Estados Unidos sólo sería por un tiempo.


Distante en Estados Unidos

Durante los 18 años que Solzhenitsyn vivió como un recluso en la zona rural de Vermont, nunca simpatizó con los norteamericanos, a excepción de sus vecinos de Cavendish. "En lugar de haberme recluido aquí y haber escrito 'La rueda roja', supongo que podría haber dedicado más tiempo en caerle simpático a Occidente", señaló en una ocasión. "El único problema es que habría debido dejar de lado mi estilo de vida y mi trabajo".

"La rueda roja" estaba centrada en el caos revolucionario que había dado origen al bolchevismo y que había creado el marco para la historia rusa moderna. En los Estados Unidos, su primer volumen. "Agosto 1914" alcanzó el segundo lugar en la lista de best-sellers, pero los siguientes "Noviembre 1916," "Marzo 1917," y "Abril 1917," no tuvieron el mismo éxito. Sus raras apariciones públicas a veces se volvían en verdaderas profecías lúgubres intimidatorias. Al pronunciar su discurso en Harvard en 1978, consideró a Estados Unidos como un país espiritualmente débil y sumido en un materialismo vulgar. Los norteamericanos, dijo en ruso con un intérprete, eran cobardes. Pocos estaban dispuestos a morir por sus ideales, señaló. A raíz de sus condenas, algunos lo describía como un reaccionario, un eslavófilo retrógrado, un nacionalista ruso, poco democrático y autoritario.


El melancólico retorno a una Rusia irreconocible

Solzhenitsyn regresó a Rusia el 27 de mayo de 1994, aterrizando en el noreste de Siberia, en Magadan, el antiguo corazón del Gulag. A su arribo, se inclinó para tocar la tierra en memoria de las víctimas.

Prosiguió el vuelo hacia Vladivostok, desde donde él y su familia comenzaron un viaje de dos meses en tren a través de toda Rusia, para ver cómo era su país tras la era comunista. La BBC estuvo allí para filmar todo su viaje y pagar los gastos.

En la primera de sus 17 paradas, ya se había formado una idea clara. Su patria, dijo, estaba "torturada, aturdida y alterada, irreconocible". Mientras continuaba viajando, encontrándose con muchedumbres entusiastas, firmando libros y reuniéndose con dignatarios, su melancolía iba en aumento. Por un tiempo, le impresionó Boris N. Yeltsin, pero luego se volvió en su contra. En Rusia tuvo un programa de televisión de 15 minutos, llamado "un encuentro con Solzhenitsyn" que fue cancelado al año por bajos ratings.

David Remnick, editor de "The New Yorker", quien ha escrito una infinidad de artículos sobre la Unión Soviética y que visitó a Solzhenitsyn, escribió en 2001: "En términos del efecto que ha tenido sobre la historia, Solzhenitsyn es el autor dominante del siglo XX. ¿Qué otro se puede comparar con él? ¿Orwell? ¿Koestler? Y, sin embargo, ahora cuando se habla de él, a menudo es nada más que para decir que es un fenómeno, un monárquico, un antisemita, un maniático, alguien que ya pasó de moda".

Durante los últimos años de su vida, Solzhenitsyn se había referido con aprobación a una "restauración" de Rusia bajo Putin, y fue criticado en algunos sectores por ser cada vez más nacionalista. Murió a los 89 años en Moscú, de una falla cardíaca. Dejó tras sí el recuerdo de sus tenaces luchas literarias, solitarias y combativas, que adquirieron la fuerza de la profecía cuando reveló las severas fallas del comunismo soviético. George F. Kennan, diplomático norteamericano, lo describió como "la mayor y más poderosa acusación contra un régimen político que se haya hecho en tiempos modernos".

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 10/08/08
Ilustración: David LEVINE - http://www.nybooks.com