samedi 30 août 2008

Con-fabulación n°54/ Entrevista con Darío ORTIZ

Wislawa Szymborska

Con-fabulación nº54
Périodico virtual
http://con-fabulacion.blogspot.com/
E-mail: confabulacion1@gmail.com



Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Con-fabulaci%C3%B3n+


Crónica súbita
Aguacate, el esperanzado
Por Rafael Ortega Lleras *

Nunca supimos su nombre, pero todos lo conocíamos como "Aguacate". Tampoco Sabíamos su edad pero a juzgar por las historias que contaba, seguramente estaba cerca de los sesenta. Claro que su resistencia física era igual o superior a la de cualquiera de nosotros. Aguacate era muy primario en su manera de pensar y siempre trató de comportarse de forma coherente con la misma. Por eso no tuvo ningún inconveniente en empacar sus cositas en un maletín y arrancar para Chile cuando se enteró de que el socialista Salvador Allende había ascendido al poder. Nunca fue muy claro en cómo logró salir con vida de allí, pero en sus relatos se adivinaba que hasta el último momento estuvo en el frente defendiendo la revolución contra la agresión del tirano Pinochet.

Otra época de su existencia la pasó bajo el embrujo mágico de las esmeraldas. Allí tampoco estaba lo que él esperaba de la vida, de modo que se trasladó al Guaviare y se volvió cocalero con el convencimiento de que cada gramo de coca que se lograra colocar en el mercado gringo era un paso hacia adelante en la erosión del imperio del norte.

Aguacate siempre fue un hombre muy austero. No gastaba sino lo que era indispensable, pues quería salir algún día de la mina con dinero suficiente para realizar un gran proyecto del que nunca quiso hablarnos.

Un día por fin le sonrió la suerte y en dos meses de trabajo acumuló el oro suficiente para cumplir su sueño. Entonces por primera vez se emborrachó y nos invitó a todos a la fiesta que sería su despedida de la mina.

Todavía recuerdo con tristeza su cara de desolación cuando me contó que alguien había aprovechado su borrachera para robarle hasta el último gramo de oro que con tanto trabajo había conseguido.

Aguacate nunca volvió a ser el mismo. Languideció, se opacó y terminó por morir a manos del desconsuelo. Buscando entre sus cosas a ver si había algún familiar a quien notificarle el deceso, encontré su diario y en él estaba consignado el sueño de su vida: necesitaba mucha plata pues quería volver al caserío que lo vio nacer en el Tolima, comprar la hacienda del gamonal de la región, convertirla en un modelo de granja comunitaria y así demostrarle al mundo que la reforma agraria era posible.

* Escritor, anarquista y aventurero colombiano. Su libro La quimera del oro, al que pertenece la crónica anterior, será lanzado en las próximas semanas

***
Entrevista con Darío Ortiz
Más nos dejó la Traba que Marta
Por Marcos Fabián Herrera Muñoz

-¿Es posible alcanzar el estremecimiento en un mundo que ha adocenado el arte, encarcelado la insumisión y mancillado la esencia comunicativa de la imagen, hasta reducirla a la abyecta comercialización? Las pinturas de Darío Ortiz se empecinan en demostrarnos que todavía hay una ruta para acceder al asombro. Proponiendo un retorno a las formas estilísticas proscritas por la vaguedad del arte conceptual y con un entramado de humor, cuestionamiento y mordacidad, la perfección de sus anatomías nos recuerda que es insondable el universo de la imagen, que la mirada humana es eternamente escrutadora y que la formalidad del dibujo figurativo sugiere y sorprende de manera inacabada.
-Darío Ortiz: En arte no hay nada agotado. Cuando los creadores postulan que todo está hecho, es porque son perezosos. En millones de años que lleva el hombre en la tierra, escribe, pinta o esculpe hace muy poco tiempo. Uno debe reinventarse todos los días.

Que bueno que mi trabajo esté en contravía: sólo los peces muertos nadan con la corriente. El arte conceptual se debe juzgar por sus picos. Yo toco la guitarra muy mal y si a la guitarra la juzgan por mi interpretación sería un pésimo instrumento. El arte conceptual es extraordinario si lo juzgamos por sus íconos como Marcel Duchamp o Joseph Boys, pero detrás de ellos hay un largo listado de mediocres eternos. En la pintura figurativa desde Rembrant, Rubens, Caravaggio, y hasta contemporáneos como Antonio López o Claudio Lobo, hay genialidad. Pero detrás de ellos hay muchos mediocres. El problema no es que los árboles no nos dejen ver el bosque, sino que la hierba no nos deja ver los árboles. Lo que ocurre es que aquí queremos escribir como Joyce y todavía no hemos escrito como Homero.

-¿Hay en Colombia un arte que la oficialidad ha cooptado y otro marginal que subterránea y subversivamente emerge?
-Hay unas obras que son la oficialidad en el arte; y hay un arte. Arte no son ambos. De la misma manera que no todo lo que se escribe es literatura. No soy quien para decir qué es bueno y qué es malo. Aquí no hay preparación ni de la crítica.

-La reflexión artística en Colombia se limita a escasos nombres como Eduardo Serrano y Fernando Toledo. ¿Padecemos de una flagrante orfandad de este ejercicio en el arte colombiano?
-Respeto enormemente el trabajo de Serrano. Pero él hace un libro sobre la escuela de la Sabana y escribe dos páginas sobre Ricardo Borrero Álvarez, es decir que un hombre que expuso en Chicago, que ganó laureles en Sevilla, quedó reducido a dos páginas. Si no estudiamos nuestros procesos artísticos nunca vamos a entender la situación contemporánea. En los últimos treinta años se han pintado muchas más cerámicas pre-indígenas que en toda la época prehispánica. Es una moda absurda pintar Poporos y ponerlos en un bodegón. Si no sabemos que Gaspar Figueroa, el creador de la escuela Santafereña de Pintura nació en Mariquita como vamos a entender el arte conceptual?

-¿Se carece de rigor en la crítica colombiana para posibilitar la cualificación de nuestra plástica?
-El proceso nace de la Historia y no de la crítica. Carecemos de una historia del arte profesional y científica. Profesionalizando la historia del arte nace una crítica seria al existir elementos de comparación y de interpretación. En Colombia no hay ni siquiera una historia bien hecha de Botero. Seguimos hablando de Marta Traba, y como reza el grafitti, más nos dejó la Traba que Marta. Era una mujer que escribía extraordinariamente bien y que se graduó de crítica hablando en una emisora. Sus frases lapidarias han sido mortales. Qué pasó con la frase: "Villamizar y Negret por fin mandaron el mármol al sitio que se merece, las lápidas de los cementerios". Y se volvió prohibido hacer escultura en mármol en Colombia. Ahora revisamos y artistas importantes del mundo están trabajando el mármol; ¿Qué pasó con esa frase? También ella dijo: "El Muralismo Mexicano se enquistó en el arte latinoamericano como un tumor maligno, dando síntomas de buena salud". Terminó acabando con Gómez Jaramillo, Gonzalo Ariza, Pedro Nel Gómez y Débora Arango. Hoy en día Débora es más importante que Marta Traba. A la crítica y su verbo fogoso se debe el impulso del grupo de la Rosa, integrado por Ramírez Villamizar, Botero, Grau y Obregón. Pero en Colombia no se ha estudiado el Arte Colonial, el precolombino; no se diferencia un objeto artístico de uno de uso, y no necesariamente todo es totémico. La talla en piedra está reducida a categorías ridículas como Antropomorfo, Zoomorfo y Zooantropomorfo.

-¿Es la academia y algunos sectores que detentan el poder, los responsables de sacralizar figuras de escasa importancia y mucho aspaviento?
-Aquí desconocemos aspectos elementales y determinantes de nuestros procesos artísticos. Ignoramos que Marco Ospina es el pionero de la abstracción en Colombia en 1950 y que Carlos Rojas lo hizo de manera increíble, con influencia de pintores como Guillermo Wiedemann. Todo está encasillado en absurdos nichos y escuelas para decir: "yo soy de los andes, de la Javeriana, de la Nacional…" No soy Colombianista, soy un híbrido, un mestizo.

***

Yuichi Mashimo
Casa Tiempo II
Por Germán Villamizar

Es un desterrado de su lengua materna: Escribe en Español y nació en la ciudad de Takasaki, prefectura de Gumma en Japón. Magister en Literatura Latinoamericana de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Es investigador de poesía hispanoamericana y fortuito cantante de rock en japonés. Ha publicado ensayos en su país sobre Neruda, Borges y Paz, entre otros. Su primer poemario Casa Tiempo (2000) apareció en la colección Creación Literaria de la Universidad Javeriana con prólogo de Javier González Luna. Actualmente reside en Japón y se dedica a la docencia en la Universidad de Komazawa, Tokio.


Cuando me hablaron de equilibrio inestable en mis ya lejanos estudios de física, el concepto rebotó en mi mente y se perdió en la bruma de lo que no me interesaba. Hoy, al leer el poemario Casa tiempo II, de Yuichi Mashimo, vuelve a mí convertido en una oscura sensación de íntimo desapego que se niega a abandonarme. Emprendemos un tránsito en que las señales se deforman. Hecho de las sustancias más leves, habitamos un lenguaje que gira en todas las direcciones mientras se desplaza hacia todos los lugares, donde siempre se cierra la salida. Nos sentimos exiliados de nosotros mismos. El único norte son «las furtivas nubes». Cuando creemos aferrarnos a las palabras, estas se deshacen en su propia esencia. Nada nos retiene, ni siquiera el insondable tiempo. Trasegamos inestables por puentes improvisados, hurtados al filo del abismo.

En este libro, los versos de barro, sustancia esencial y efímera, dibujan extraños mapas transitorios en que el poeta canta:

Camino
tratando de no avanzar
y procurando no permanecer.


El sendero traza surcos elementales en que nos perdemos. Un hilo de agua o un camino de arena dispersos pueden alejarnos aún más de las orillas. ¿A qué nos aferramos, entonces, para salir del remolino que se acuna en cada pliegue de este texto? Moderno y viejo Orfeo, el poeta nos ayuda: la herida heredada, el filo de las palabras, el padre ficticio, el sueño de las piedras huecas, las nubes de una tarde, el tiempo inexorable.

Si aceptamos la invitación de Mashimo a explorar la senda que se abre ante nosotros, debemos ir sin afanes ni presunciones, abandonándonos:

Camino
concentrado en mi peso mínimo
para no inventar suficiencia.


A este territorio recién inventado nos convoca el lirismo del poeta, la metáfora que transporta y se deshace en soledad, abandono, desgracia y esperanza porque «volvemos a rehacer lo que nunca hemos hecho», una contradicción que podría disolverse en el tránsito permanente del ser humano, en la búsqueda del poema dicho y deshecho en el instante en que nos herimos la boca con el filo de las palabras.

La pérdida nos ilusiona. La herida nos atrae. Estamos derrotados sin remedio. Entramos en un territorio del que retornaremos otros. Un territorio en que:

las piedras, las plantas y los rumores
son diferentes. Pero soy también uno
de tantos que pacientes reflejaron
la premonición de aquella visión.


En este territorio el lenguaje es un balbuceo, un asombro de las cosas nuevas y de las cosas antiguas que son las mismas. Aquí el mar imponente no es más que una sumatoria de olas vencidas en la playa, un rumor de espuma intrascendente-trascendente que se levanta siguiendo la curva trazada por la continua insatisfacción de la escritura. Aquí sólo el silencio merece la atención del cuerpo.

¿Entramos? Sumemos nuestra herida a otras heridas y conformemos un cuerpo que se abre al «irse de las cosas» y se funde en esta búsqueda imposible del poema.


REZO

Camino
sobre una inmensa superficie de agua
con pasos cautelosos.

Camino
sin dejar estelas
sin provocar ondulaciones.

Camino
tratando de no avanzar
y procurando no permanecer.

Camino
concentrado en mi peso mínimo
para no inventar suficiencia.

Temo nacer.


***

Confabulador clásico
Wislawa Szymborska

Una de las voces más inquietantes de la moderna poesía polaca es Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura en 1996, y alguien que no detuvo su labor creadora ni siquiera en los instantes más dramáticos de su nación, o de su itinerario personal. De una poética que buscaba el signo indeleble de la tierra, saltó a una exploración de matices ontológicos, adueñándose poco a poco de un tono singular, donde se funden la claridad cotidiana con las reflexiones existenciales.

Su obra, aunque breve, despierta devoción a lo largo y lo ancho del mundo, y deja un testimonio palpable que parece tener un peso sobre la tierra y hasta regalarnos sombra: Preguntas planteadas a una misma (1954), La sal (1.962), Mil consuelos (1.967), Fin y principio (1993) y De la muerte sin exagerar, son algunos de sus más recordados títulos.

Bajo una pequena estrella
Por Wislawa Szymborska

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado
por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo
el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco
de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño
a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas
respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,
cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica
porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas
y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

(Versión de Abel A. Murcia)