samedi 30 août 2008

David AARONOVITCH/¿Encoge nuestros cerebros Internet?


Reflexión Inteligencia y concentración en la era de la web
¿Encoge nuestros cerebros Internet?
Por David AARONOVITCH
The Times

David Aaronovitch sostiene que deberíamos ignorar las profecías agoreras que dicen que la era digital está terminando con nuestra habilidad para pensar.

Los ganadores del Premio Nobel tienen derecho a hacer grandes declaraciones, ¿para qué sirve si no? Doris Lessing lanzó un anatema contra toda la red, declarando que había "seducido a toda una generación con sus locuras". De acuerdo a Lessing, la red ayudaba a crear "una cultura fragmentada, en la que se cuestionan nuestras certezas de hace tan sólo unas décadas, y donde es común que hombres y mujeres jóvenes con años de educación no sepan nada acerca del mundo".

Uno se podría preguntar cómo sabe ella esto con tanta certeza. ¿A cuántos de estos jóvenes ha conocido personalmente y con cuántos de ellos ha conversado? Tal vez un poco más de lo que lo pueda haber hecho una persona de ochenta años semiinmovilizada.

Pero Lessing ha recibido confirmación en las últimas semanas de ámbitos mucho más contemporáneos. En el último número de "Atlantic Monthly", el titular de un importante artículo de Nicholas Carr se hacía la pregunta: "¿Google nos está volviendo estúpidos?". La respuesta de Carr era una afirmación al estilo de la Lessing. Poco después, Bryan Appleyard escribió un largo artículo intitulado "Estúuuuuupida ...¿por qué la generación Google no es tan inteligente como cree?, que, como podrán imaginar, también seguía la línea de Lessing.

"Antes -escribió Carr- yo era un buceador dentro de un mar de palabras. Ahora me deslizo sobre la superficie como un hombre en un "jet ski". La culpable fue la red, que, con sus motores de búsqueda, YouTubes, blogs y Facebooks, parecía estar "desgastando mi capacidad para la concentración y la contemplación". Y no sólo la de él. Carr citaba a un escritor que culpaba a internet por haber cambiado sus hábitos mentales. "Ya no puedo leer 'La Guerra y la Paz'," se quejaba este escritor, sin dejar en claro si estaba intentando releer la obra maestra de Tolstoi o había llegado a la mitad antes de haberse aburrido por leerlo en la red.


¿Ciber-siervos?

La opinión de Carr era que había dos tipos de lectura: la lectura profunda, que consiste -esencialmente- en leer libros, y la lectura en línea, donde lo que hacemos es decodificar información. En el primer tipo, hacemos "conexiones mentales profundas" y en el segundo tipo, sencillamente no las hacemos. En una, nos involucramos a fondo; en la otra no. "En los tranquilos espacios que nos abre la lectura sostenida y sin distracciones de un libro -dice Carr, invocando un ideal-, o cualquier otro acto de contemplación, hacemos nuestras propias asociaciones, sacamos nuestras propias conclusiones y analogías, impulsamos nuestras propias ideas. Con la red y su acceso instantáneo a la información nos convertimos en 'gente panqueque', amplia y delgadamente esparcidos". Appleyard se hallaba dentro del característico formador de experiencias británico, el vagón de tren interurbano. En el tren hacia Wakefield, con su nuevo 3G iPhone, se sintió "distraído de la distracción por la distracción". Estaban los llamados, los textos, los e-mails, "y mejor será que agregue las alrededor de 400 alertas noticiosas que recibo de todos los sitios Web que monitoreo desde mi iPhone. Recibo siete u ocho por día en mi teléfono; de Sky news, Tottenham Hotspur y del tiempo". Cuatrocientas en un solo viaje de tren parece excesivo...

"La era digital nos está destruyendo, porque nos está despojando de nuestra capacidad de concentración... me está matando a mí y lo está matando a usted", sostiene Appleyard, quien podría morir más lentamente si optara por recibir menos alertas noticiosas.

"La atención -afirma- es la llave de oro para el misterio de la conciencia humana...lo contrario de la atención es la distracción, una condición antinatural". Este argumento, llevado a su conclusión lógica, haría la cosa más natural del mundo que un idiota que tuviera la distraer de no distraerse se convirtiera en un sabio.

Toda la basura empezó con la televisión, pero "la red multiplica los efectos mil veces... Ahora los adolescentes sólo van a sus computadores portátiles cuando regresan del colegio y se sumergen en su capullo en línea", desperdiciando su tiempo en cosas como MySpace, en la que, aparentemente, crean conexiones que son todas "gastadas", que no tienen "la complejidad y la profundidad de una interacción del mundo real", que no tienen lealtad ni sentimientos.

Appleyard teme que ahora nos hayamos convertido en "ciber-siervos infantilizados", cuyas vidas la red ha hecho más fácil, "pero sólo a través de destruir a los mismos seres que deberían estar protestando por todas las distracciones, exigiendo paz, tranquilidad y contemplación". Sí, todos deberíamos ser monjes. Maitines, luego trabajo en el campo, luego una comida sencilla, luego Completas, algo de contemplación, luego subir, lentamente, al "Scriptorium" para iluminar algunos manuscritos, cena, oraciones y a la cama.

¿Cuán a menudo estos lamentos no se basan en una idea de que nuestro ser "natural" está siendo alienado por el mundo del progreso? ¿Las cosas no eran mucho mejores cuando el hombre despellejaba los conejos que él mismo mataba y cuando creaba su propia música? Saludemos al ideal, a San Simón el Estilita, sentado sobre su columna en el desierto de Siria. Ése sí que era un hombre que no se dejaba distraer fácilmente.


Argumentos a favor

Comencemos entonces a nivel de experiencia personal. Yo no tengo problemas con leer novelas largas, a pesar de ser un usuario diario de internet. Soy una de las pocas personas que conozco que leyeron "La Guerra y la Paz" hace 35 años, y todavía lo sigo haciendo. En vez de convertirme en un bibliófobo, la red me ha permitido encontrar y acceder a muchos más libros que antes era difícil encontrar.

Tampoco reconozco en las críticas de Lessing y de Appleyard las experiencias de mis propias hijas. Pienso que ellas saben no sólo lo que sabía Lessing en su adolescencia, sino que mucho más. Tampoco, por lo que he podido advertir, son sus contactos por Facebook contactos "gastados". Es casi toda gente que ellas conocen en la vida real y que ven habitualmente, junto con otras personas que de otra manera habrían perdido, como amigos de colegios anteriores. En este sentido, Internet ha ayudado a que la vida social de mis hijas sea tan plena, si no más plena, de lo que fue la mía. ¿Cómo puede, por ejemplo, el proyecto de Google de colocar en la red la mayor cantidad de libros posible no producir algo que no sea un mayor conocimiento? Sólo se nos pide mirarlos. Si tenemos esa capacidad, no tenemos necesidad de ingresar a las órdenes sacerdotales ni de intentar conseguir de contrabando tarjetas de una biblioteca a la cual no tenemos acceso. Basta con tipear tres palabras, en el orden correcto, y como dice Aladino, Ábrete Sésamo, y se establecen las conexiones; algunas previsibles, otras fortuitas. Tal vez sea esta incontrolable y autosustentable difusión del conocimiento la que amenaza las "certezas" de las que habla Lessing.

Naturalmente, lo que de acuerdo a mis tres profetas le falta a internet es la calidad de compromiso. Eso es lo que convierte a la nueva era en algo tanto mejor que la era de la TV. Como lo señalaba Clay Shirky, escritor norteamericano, los nuevos medios son un triatlón. "A la gente le gusta consumir, pero también le gusta producir, y compartir. ..." ¿No es mejor eso, acaso -se pregunta-, que estar encerrado en un sótano viendo programas antiguos de "La isla de Gilligan"?

Más que lamentarse, el desafío consiste en enseñarnos a nosotros mismos a buscar y a discriminar. Tal vez un Certificado de Educación Secundaria en técnicas de motores de búsqueda.

El desafío no consiste en lamentarse, sino en enseñarnos a nosotros mismos a buscar y a discriminar.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 24/08/2008

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