samedi 30 août 2008

Ignacio RODRÍGUEZ/ Manuel SILVA ACEVEDO o la aventura de ser uno mismo


Poesía "Escorial":
Manuel Silva Acevedo o la aventura de ser uno mismo
Por Ignacio RODRÍGUEZ

Toda la obra del autor chileno se desplaza hacia el cielo o hacia el infierno. El orden y la caída configuran la predisposición teológica y teleológica del poeta.

A propósito de un pequeño librito publicado en México, vamos a celebrar la poesía de Manuel Silva Acevedo. El librito en cuestión es Escorial. Manuel Silva Acevedo, por su parte, es proverbial; quiero decir, conspicuo, representativo, único, revelador, sustantivo e irrenunciable. Adriana Valdés sostiene que "Lobos y ovejas es un hito de la literatura chilena". Yo afirmo que es un dispositivo vital y fecundante, un torreón de premoniciones, un espacio para todas las reencarnaciones. Porque todos somos una cantidad indeterminada de otros, con los que vivimos en promiscuidad y en pugna. Hechos de ferocidades y ternuras, Lobos y ovejas es la clarividencia total de nuestras errancias y de nuestras ambigüedades, la obra que finalmente nos configura y nos lee en la extrema radicalidad de nuestra enigmática profusión de destinos. Escorial recoge los poemas más ostensiblemente religiosos de Manuel Silva Acevedo. Y digo ostensiblemente porque toda su poesía, en verdad, se desplaza por esa rumbosidad hacia el cielo o hacia el infierno. El orden y la caída configuran la predisposición teológica y teleológica del poeta. Por un lado, la voluntad de un hacedor; por otro, la catástrofe de una libertad que se resuelve en sudor y sollozos. El ser humano, en definitiva, arrancado del cosmos, tiene que debatirse en la intemperie bíblica de su propia caída. El que le dio el soplo de la vida le clavó también la "espada repentina" de la muerte. Emparentado consaguíneamente con los poetas místicos (San Juan y Santa Teresa), Manuel Silva Acevedo hace discurrir por esa misma vertiente escatológica su poesía erótica, que es en realidad la expresión compulsiva de una comunión y de una pérdida, de una estadía y de una expulsión. De una fuerza, en el fondo, al mismo tiempo eugenésica y destructiva, situada por encima y por debajo de las limitaciones y de las posibilidades de lo humano, a medio camino entre la animalidad y la trascendencia. Escorial se abre con el poema "Su Voluntad", originalmente publicado en Terrores diurnos, de 1982. Vale la pena leerlo con calma: "Con cuánto cuidado cada estrella. / Con qué esmero el mar irrepetible, / la argamasa, su primer ojo, / el orden, la eugenesia /especies abatidas, todo lo inútil / lo equivocado, sobre la marcha / a la velocidad de Su luz, / sométense a Su espada repentina /ejércitos, manadas, / librado a su suerte el mundo / como el sudor por la frente / y el pan que se lleva a la boca / entre sollozos".

Como se puede apreciar, aquí se condensa el Génesis, el misterio de la omnipotencia que, como tal, también contiene al capricho, a la arbitrariedad y a la locura; las voliciones de un dios esmerado en crear, en corregir y en desbaratar su propia creación. Un dios también en pugna entre sus lobos y sus ovejas, también en tránsito "entre el amor y la aniquilación".

Pero la poesía de Manuel Silva Acevedo no se agota en el dolor de esta incertidumbre de raíz mística. Incursiona, además, en "el desaliento del lenguaje", en "la ética inconformista de la palabra", y arremete con toda su capacidad de profecía en la historia, no contándola o denunciándola, sino vaticinándola. Nunca un poeta se ha hecho tan vate en nuestra trayectoria republicana, porque no hay en él grandilocuencia épica ni programática: sólo compungimiento y compasión, avizoramiento del calvario nacional, lectura casi tarótica de unos signos a partir de los cuales todos esos otros que somos nosotros pronosticaron el retorno a un paraíso del que en realidad fuimos para siempre expulsados con una espada no tan repentina.

Proclamo y celebro entonces la grandeza de este poeta, quien nos da la oportunidad de encontrarnos con nuestra esencia más profunda, ejercicio riesgoso pero a la vez lleno de certezas, pues nos permite liberarnos y atrevernos a explorar esos caminos oscuros donde finalmente surge lo más luminoso de nuestro ser. La necesidad de trascendencia es permanente en sus poemas, pero esa trascendencia individual, esa que no se manifiesta a través de la inmanencia impuesta o autoimpuesta, sino aquella que nos invita a la aventura de ser uno mismo: "No sé qué busco / no sé dónde buscarlo / no encuentro lo que busco / pero sigo buscando".


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 24/08/2008

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