samedi 23 août 2008

La nueva novela negra de Estados Unidos

Geografía de la sospecha
Por Santiago GAMBOA

La novela negra ha roto sus fronteras. Desde los barrios bajos de Estados Unidos ha saltado al Mediterráneo, los países nórdicos y Extremo Oriente. El nuevo género mezcla ficción e investigación y habla del terrorismo, el choque de culturas y la corrupción.


La novela negra tradicional narra la historia de una anomalía. Alguien mata a alguien. Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Alguien huye por las cocinas de un restaurante chino. El detective investiga y persigue y por lo general llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes despiadadas despiertan al monstruo que duerme en ciertos seres frágiles. La corrupción y el delito campean. Hemos perdido el decoro, la medida humana de las cosas, la decencia. El detective, bebiendo un vaso de bourbon, lo constata una vez más y luego, en silencio, camina entre las sombras de la calle. En el fondo él es tan frágil y solitario como los monstruos que persigue.

Pero la figura del detective ha ido cambiando. Nace con Auguste Dupin, personaje de Allan Poe, en los Crímenes de la Rue Morgue: un hombre elegante y brillante que se mueve por los salones de la aristocracia. Es el modelo de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y el crimen es sobre todo un enigma que reta su inteligencia. Son novelas de salón y el mayordomo es sumamente sospechoso. Estamos aún entre tazas de té y copas de jerez o Bristol Cream. La respuesta llega de pronto a la mente del detective a través de un indicio que desata una complicada álgebra mental, y al final todo está muy claro. Los criminales usan también objetos refinados, como dagas y estatuillas, y su móvil, en ciertos casos, es poético o filosófico: buscan el crimen perfecto, por ejemplo.

La novela negra norteamericana cambia las cosas. Suben los grados de alcohol, pasamos al whisky o la ginebra. Los asesinos no son aristócratas sino personas desesperadas y marginales. Aparecen los barrios bajos de Los Ángeles, Chicago y Nueva York. Las afueras de Baltimore. Chandler y Hammet pululan por ahí y sus detectives son solitarios, miembros de la internacional de la triple D: divorciados, depresivos y dipsómanos. Su trabajo es obsesivo y tienen un fuerte sentimiento de culpa. También ocultan algo. Sus aventuras muestran la vida y retratan las calles y sus gentes. Está la inmigración, la mafia, la prostitución, el vicio... Está la verdad desnuda. La novela latinoamericana parte de ahí y le suma el compromiso político, o el compromiso con la realidad: Paco Ignacio Taibo II contra las fuerzas oscuras del Estado mexicano. Sasturain en Buenos Aires, Leonardo Padura en Cuba, Rodrigo Rey Rosa en Guatemala. En Colombia aparece el mundo sicarial de Rosario Tijeras, de Jorge Franco, y la oscura demencia de un veterano de Vietnam, en Satanás, de Mario Mendoza, entre otros.

Pero hay que dejar claras ciertas consideraciones. La primera es que la novela negra es ante todo novela y debe responder por ello. La coartada del subgénero no le da ventaja alguna. Por eso debe ser buena y también creíble. Debe estar tan bien escrita que sea imposible detenerse. Debe llevarnos a comprender mejor el mundo y la vida y debe instalar en nosotros la duda y el deseo de que la realidad siga siendo explicada o revelada a través de palabras. En suma, debe ser excelente, una buena novela que tiene la característica de ser, después, de género negro, así como hay novelas excelentes que son históricas o románticas o epistolares. Buenas novelas, buena literatura.

¿Nuevos escenarios? "Hoy las novelas negras describen los problemas del mundo contemporáneo, y la intriga, en el fondo, es la arquitectura que usa el novelista para mostrar mejor, con más eficacia, cómo funcionan nuestras sociedades, sus problemas y sus taras, en un ambiente generalmente urbano y de marcado realismo", me dice Anne Marie Métailié, directora de Editions Métailié, en París, una de las editoriales que más ha investigado el tema y que traduce un amplio espectro de autores europeos y latinoamericanos.

El escenario privilegiado es la ciudad, pero esto no es nuevo. El caso de Italia es particularmente llamativo. Carlo Lucarelli, Wu Ming, Giancarlo De Cataldo, Roberto Savinio. En esa privilegiada península en la que todo es bello, donde se gestó el Renacimiento y se inventó la forma poética del soneto, donde vieron la luz el queso parmesano y la pintura de Da Vinci y Raffaello, también suceden cosas muy graves, y la literatura las registra. Ha pasado tiempo desde El zafarrancho aquel de vía Merulana, de Carlo Emilio Gadda. Hoy se habla y se denuncia a la Mafia, y los novelistas, en ocasiones, requieren de guardaespaldas. Es nuevo que algunos autores, como Giancarlo De Cataldo, provengan de la burocracia de la justicia. Su historia es curiosa: un ex juez que transforma los archivos de un caso en novela, Romanzo criminale, para contar el ascenso de una pequeña banda de ladrones que llega a controlar a políticos y empresarios de Roma con los métodos salvajes del capitalismo y la globalización. También son globalizados y neoliberales los métodos de la Camorra de Nápoles descrita en la exitosísima novela Gomorra, de Roberto Savinio, otro escritor italiano que, antes de escribir, pasó diez años investigando a esta gran empresa criminal cuyo objetivo es la optimización de recursos y suministros, muy a la vanguardia de la economía mundializada, por cierto, con negocios que llegan hasta China y presencia en actividades como la industria textilera, todo rigurosamente cierto y, sobre todo, rigurosamente creíble, lo que hace de Gomorra una gran novela que da la razón a De Cataldo cuando afirma que la novela negra de hoy, en Italia, es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo, algo que otros llaman el Noir Mediterráneo o novela negra mediterránea, mezcla de investigación y ficción en dosis fuertes.

Un poco más al Norte, siguiendo el trazado de una imaginaria proyección de Mercator, podríamos decir que algunos novelistas de Islandia también intentan comprender el mundo de hoy a su manera, con el paso violento de una sociedad campesina a la más aterradora modernidad. Le ocurre a Arnaldur Indridason, en Jar City, y a su detective Erlendur, cuya hija escucha música rock y consume drogas de diseño en los bares más aterradores de Reikiavik. Cosas que él no comprende. Mientras tanto, Erlendur debe indagar el crimen de un anciano pedófilo y violador y para hacerlo debe vencerse a sí mismo. Desprecia a la víctima pero sigue adelante. El mundo ya no es lo que era y él debe llegar a la verdad, pues es un viejo que cree en la justicia y la rectitud humana. Algo similar piensa Kurt Wallander, el detective del sueco Henning Mankell, un autor de éxito y una referencia de la novela negra nórdica, de ese grupo de novelistas que vienen del frío, como vino también el danés Jens Martin Eriksen, representante del "realismo obsceno", o Hakan Nesser, apodado el Simenon de Suecia, con su inspector Barbarotti, o el también islandés Arni Thorarinsson, todos ellos asediando este extraño espacio que habitamos.

Un mundo raro e incómodo también para Hannelor Cayre, autora francesa, que en su novela Abogado de oficio cuenta las pobres vidas de los abogados lumpen que defienden a los marginales e inmigrantes pobres de París, lejos de los grandes estrados y alegatos donde domina la palabra y el espíritu de la ley. O más al Sur, el griego de Estambul Petros Markaris y su detective Costas Charitos, implacable a la hora de desentrañar los crímenes de las mafias que trafican con personas, del Este al Oeste. Y por cierto, allá en el Este está Anna Marínina, novelista rusa, ex policía de Moscú y ex criminóloga del Ministerio del Interior, quien transfiere a sus novelas sus propias experiencias en la piel de Anastasia Pavlovna Kaménskaya, inspectora de la Petrovka, la policía criminal de Moscú, pero también gran intelectual, especialista en informática y joven que persigue la corrupción política y empresarial ligada a las poderosas mafias de su país.

Es el Noir Mediterráneo en las estepas rusas, o la novela negra de hoy a secas, al fin y al cabo, en su búsqueda por comprender mejor la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías, pero también otros problemas como el choque de culturas y generaciones, la violencia terrorista, la inmigración desatada y cruel, la nostalgia del miedo y del horror de los grupos neonazis que en la noche recorren como huestes prehistóricas las calles de Copenhague, Estocolmo o Bakú, en fin, novelas negras y buenas, cuando lo son, que dan cuenta de la realidad, piensan mal del prójimo y se llenan de sospechas que por lo general están muy bien fundadas. –

Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de la novela policiaca Perder es cuestión de método (Mondadori). Su libro más reciente es El síndrome de Ulises (Seix Barral).

Articulo:
http://www.elpais.com 09/08/08

***
Entrevista:
Postales sangrientas
Por Andrea AGUILAR

Con 46 años, 15 novelas y millones de libros vendidos, Harlan Coben es uno de los valores en alza de la novela policiaca. Su obra se aleja de los lugares tópicos del género para escarbar en los barrios acomodados y mostrar sus secretos. Acaba de publicar El bosque

Una de las bromas que Harlan Coben repite con más frecuencia cuando viaja al extranjero es que Los Soprano no es un documental. Sentado en el salón de su casa, una bonita mansión de 1865 en Ridgewood, próspero suburbio de Nueva Jersey, el escritor la enuncia de nuevo y sonríe. A continuación, se declara fan de la serie televisiva y señala la dirección que uno debería tomar para llegar al Bada Bing, el club de strip-tease en el que el mafioso Tony y su banda pasaban el día. "¿Recuerdas la tienda que sale en la segunda temporada? Ésa está a un par de calles de aquí", Coben sonríe de nuevo. Viste bermudas naranjas, mocasines de ante y una camiseta. Es grande, mide cerca de dos metros, y lleva la cabeza rapada. Su aire deportivo aporta desenfado a este salón de paredes forradas de madera y sofás con tapicería de seda.

A sus 46 años ha publicado 15 novelas y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo. "En Francia mi obra gusta mucho y también en una docena de países más, lugares como Tailandia o Bulgaria. Uno nunca sabe por qué pasa esto", afirma. Su género es el negro, el thriller. Pero Coben no habla de conspiraciones políticas, ni de plagas, ni de terroristas, ni siquiera de familias mafiosas americanas. En sus libros escribe sobre sus vecinos, sobre la zona norte de Nueva Jersey y los ricos suburbios de césped cortado al ras. Lo suyo tiene más que ver con Mujeres desesperadas que con Tony Soprano y sus matones. "Esto es el sueño americano, los dos coches, los 2,4 hijos, la valla de madera alrededor de la casa. Y aquí es donde a mí me gusta jugar", dice. Un terreno fértil por el que Coben se mueve con soltura, salpicando la idílica postal con asesinatos, misteriosas desapariciones, traiciones, degollamientos y violaciones. Ni siquiera los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la avalancha de ficción que han generado le han hecho cambiar de rumbo. "Hablé un poco de ello en La promesa, la novela anterior a El bosque [recién editada en España], pero he tardado bastante. Ésta es una de las zonas que se vieron más afectadas por el ataque, es el corazón de la tragedia. No hay un día en que no me cruce con alguna viuda o crío que perdió a su esposo o padre en las torres".

En El bosque (RBA), el fiscal del distrito de Essex, el viudo Paul Copeland, se funde en un abrazo con su hija de seis años y consigue olvidar por un momento a "los chicos que violan, a las chicas que desaparecen en el bosque, a los asesinos en serie que rebanan gargantas, a los cuñados que traicionan tu confianza, a los padres en duelo que amenazan a niñas pequeñas". Para acabar de hacerse una idea del argumento de este libro situado en Ridgewood, el mismo pueblo donde el escritor vive, cabría añadir a la fauna de El bosque a un hippie trastornado, madres inmigrantes, curtidos policías y abogados despiadados. "Sí, en esta novela hay un campamento de verano, el KGB y el juicio de una violación. Tiro muchas bolas al aire, pero lo que me gusta es ver que todo cae donde debe. Se me dan bien las tramas". Y no le convence eso de guardarse nada en la manga para el siguiente libro. Aquí y ahora es la filosofía que guía su trabajo: "Yo cada idea que tengo la meto en la novela que estoy preparando en ese momento".

Así las cosas, Coben no duda en llevar a sus personajes al límite, y Copeland, Cope para los amigos, tiene que hacer frente al caso más importante de su carrera como fiscal, la violación de una stripper negra a manos de un grupo de universitarios blancos y ricos en una fraternidad. Simultáneamente, un cadáver arroja nueva luz en el caso de la desaparición de su hermana 20 años atrás en un campamento de verano en el que dos jóvenes fueron degollados. "Cope es un tipo listo que ve las cosas con cierto sarcasmo", dice el escritor. El apellido de este personaje parece una advertencia -el verbo cope significa arreglárselas-. Para hacer frente a todo esto el fiscal cuenta con la inestimable ayuda de Loren Muse, un personaje que reaparece en su siguiente libro y cuyo nombre también es revelador -muse significa cavilar, reflexionar-. En este caso, el autor no lo eligió. Desde hace años subasta los nombres de al menos cinco personajes de sus novelas. El dinero, cerca de 50.000 dólares en la última ocasión, lo dona a una organización benéfica. "Siempre digo lo mismo, usaré el nombre pero puede que sea el de una prostituta, así que, por favor, comprueba que la persona a la que haces este regalo tiene sentido del humor".

Coben no escatima ironía ni humor en sus libros, y afila su pluma al hablar en El bosque, por ejemplo, acerca de una función escolar que las atildadas madres de Ridgewood graban con ansia desde sus videocámaras. La directora del colegio de sus hijos parece que aún se está riendo de aquello. ¿Y sus vecinas? "Todas dicen que saben perfectamente de lo que hablo, que esas madres son tremendas. El jorobado nunca ve su joroba, ¿no?", bromea.

Hay algo en la forma que Coben tiene de afrontar la escritura que le asemeja a los deportistas. Más allá de las bolas en el aire y los principios y finales bien delimitados, le gustan las fechas de entrega, el más difícil todavía y la acción. Es más, reconoce que con sus amigos escritores de lo que habla es de deporte. Dan Brown es uno de ellos. Fueron juntos a la universidad y eran miembros de la misma fraternidad donde el novelista conoció a su esposa. Ninguno de los dos pensaba entonces en ser escritor. Mary Higgins Clarke es la única excepción a la regla de no hablar de libros con amigos escritores.

Myron Bolitar, el personaje que protagoniza siete de las novelas de Harlan Coben, es agente deportivo, un tipo normal que se ve envuelto en una serie de intrigas. Un buen día, sin embargo, Coben decidió abandonarle. "Lo dejé después de siete libros porque ya le habían pasado muchas cosas. Él se enfrenta a los casos de una forma personal, no es Sherlock, no es policía, ni investigador, y esto plantea unos límites. ¿Cuántas catarsis puede afrontar alguien así sin perder credibilidad como personaje? Myron me miró y me dijo que ya era suficiente. Además, era una cuestión de ego, quise demostrar que podía escribir otras cosas".

Cuenta que le vino a la cabeza la historia de un hombre felizmente casado cuya mujer muere de forma misteriosa y su cuerpo nunca se encuentra. Cuatro años después el mismo hombre recibe un correo con un enlace en el que ve cómo una cámara sigue a su mujer en directo. Esa historia es No se lo digas a nadie, la novela que lanzó a Coben a las listas mundiales de superventas y cuya adaptación cinematográfica, de producción francesa, acaba de estrenarse en Estados Unidos. Aquélla no era una historia para Myron.

En la película Coben hace un cameo. Está satisfecho con la experiencia y comenta divertido que ayer mismo volvió a verla por vigésima vez. El pase fue en Ridgewood con sus amigos y vecinos. Dice que nunca ha pensado en escribir guiones. "En las películas trabaja mucha gente y a mí me gusta serlo todo: el actor, el director y el guionista. Además, esos tipos de Hollywood que escriben guiones con lo que sueñan es con hacer novelas, que es justo lo que yo hago", comenta divertido. A pesar de todo, a Coben le gusta escribir diálogos. En sus libros son rápidos e ingeniosos y reconoce que no le importa que lo sean, incluso más que en la vida normal. "Si se puede, ¿por qué no hacerlo?". Coben dice que en las palabras que sus personajes intercambian ha encontrado un filón para definirlos. "Los diálogos me parecen una de las mejores formas de desarrollar un personaje. La forma en la que uno habla, lo que uno dice en determinadas ocasiones, es muy revelador".

Harlan Coben lo pasa bien escribiendo. Le gusta hacerlo por las mañanas, cuando sus cuatro hijos y su mujer, una pediatra, ya se han puesto en marcha. Normalmente acude a algún café o biblioteca del pueblo. "Soy un escritor de calle. En casa uno siempre encuentra algo mejor que hacer. También me dan arrebatos. Escribí las últimas 40 páginas de El bosque en un solo día". Dice que lo suyo es el entretenimiento. "Yo escribo el tipo de libro que uno se llevaría para unas vacaciones. He trabajado en temas de turismo y me encanta pensar que con mis libros el lector prefiere quedarse en la habitación de un hotel para saber qué va a ocurrir en la siguiente página que bajar a cenar o ir a la playa".

Apenas investiga o se documenta antes de escribir. A veces le basta con llamar al fiscal jefe de Nueva Jersey, un amigo de la infancia con quien jugaba al béisbol. "Le digo: '¿Si pasara esto o aquello, cómo sería el proceso?'. Él me lo aclara y ya está", cuenta divertido. En otras ocasiones, para evitar errores ha optado por situar algunas de sus historias en un pueblo inexistente del norte de Nueva Jersey, así sus lectores y vecinos no le atosigan si se equivoca al situar una parada de autobús.

Coben recibe muchas cartas y correos. "El 99% son estupendas", asegura. Dentro del 1% restante las que más le molestaron fueron las que recibió tras publicar El bosque. Le acusaban de haber copiado el caso de violación de un juicio real en el que se daban los mismos factores raciales. Le insultaban porque decían que tomaba partido por la muchacha negra y que tras su libro se escondía una serie de juicios políticos. Coben incluyó una nota en la edición de bolsillo explicando que el caso fue posterior a la novela y que lo suyo era todo ficción. "No soy un gran fan de los crímenes reales", zanja. Tampoco mucho de la política, al menos, de forma abierta. En sus libros evita estos temas. No quiere que sus lectores le juzguen por sus ideas. A pesar de todo, al hablar del candidato demócrata Barack Obama, pierde la timidez. "Creo que es una situación maravillosa y un verdadero paso adelante. Obama representa un cambio verdadero".

Como lector, Coben llegó al thriller de la mano de William Goldman. Él tenía 15 años y su padre le pasó Marathon man. No pudo soltarlo hasta que lo terminó. De ahí extrajo una de sus máximas: "Lo más importante es hacer un libro irresistible. Se trata de que cada frase atrape al lector según avanza la historia", afirma convencido. Coben no guarda especial reverencia a los maestros del género. De hecho, piensa que hoy se está viviendo la verdadera edad de oro del thriller. "Nunca antes se había escrito tanto y tan bien".

Harlan Coben viene de Newark, una ciudad deprimida y violenta, la misma en la que nació Philip Roth. "Él es mi escritor favorito de todos los tiempos, es una institución en sí mismo, y aunque ha estado lejos de Nueva Jersey desde hace mucho, American Pastoral es la novela que mejor explica aquello". La otra cara de los amables suburbios del norte del Estado. Coben piensa que esa ciudad todavía está resentida por los disturbios y revueltas raciales de los sesenta. "De alguna manera nunca se ha recuperado de aquello y quizá esto sea en parte por su proximidad con Nueva York. Hay iniciativas que intentan cerrar esa herida y cambiar las cosas, pero es sólo un nenúfar en el pantano". Mientras tanto, Coben mantiene su apuesta por los suburbios del norte. "El sueño americano es un sueño universal por prosperar. Intento que mis personajes sean gente corriente de la calle, gente que uno podría conocer. Me interesa el heroísmo cotidiano", explica. ¿Ahuyenta así sus miedos? "Imagino que sí, pero en el fondo uno como padre tiene miedo todos los días, eso es algo inherente a tener hijos. Por eso juego con ello". –

El bosque. Harlan Coben. Traducción de Esther Roig Jiménez. RBA. Barcelona, 2008. 352 páginas. 18,30 euros.

***
REPORTAJE:
Hermandad criminal
Por Justo NAVARRO

Cuchillos o pistolas, desconocidos o familiares, chantajes o favores, las nuevas novelas policiacas muestran un género que no cesa de sorprender a los lectores. Éstas son algunas recomendaciones para este verano

Hablando de Los cabellos de Absalón, de Calderón, Shelley dijo que el incesto es, como otras muchas cosas incorrectas, una circunstancia muy poética, y lo mismo podría aventurarse a propósito del crimen. Leo unos noventa asesinatos, nueve novelas en las que se recurre a variadas armas homicidas, de los dedos al cuchillo, del simple analgésico a la pistola. "No somos chismosos, pero a todos nos encanta oír a quien lo es", escribe en La dama negra Stephen L. Carter (1954), profesor de derecho en Yale y autor de El emperador de Ocean Park, novelón en el que ya aparecían el honorable Lemaster y su esposa Julia, negros y privilegiados. Ha muerto a tiros un catedrático de Economía, consejero de empresarios, subastador de un secreto que afecta a la presidencia de Estados Unidos, víctima de un atraco o de un adulterio.

El cadáver lo descubren Lemaster, rector de la universidad, y la teóloga Julia, amante del muerto hace mucho. Y entonces alguien recuerda las muertes, hacia 1970, de una joven blanca y el negro que probablemente la mató. En 636 páginas caben casi tantas complicaciones como en la habitación estudiantil de tres niños ricos, un negro y dos blancos, teniendo en cuenta que el negro es el futuro rector y los blancos llegarán a ser presidente y candidato presidencial de la nación, y los estudiantes suelen beber y hacer cosas propias de la juventud, muy feas. Estamos en 2003, en un mundo de hermandades para negros millonarios e influyentes, la Nación Oscura que chantajea a la Nación Pálida con verdades históricas, aunque sean sólo de hace 30 años, y consigue iglesias y escuelas, leyes antilinchamiento y derechos.

Una manera de otorgar dignidad a la novela criminal, literatura amarilla y humilde como un ratero, ha sido considerarla realismo crítico. Lejos de la solemne La dama negra, Massimo Carlotto (1956) ha escrito Hasta nunca, mi amor, título español para Arrivederci amore, ciao, estribillo de Caterina Caselli. Nessuno mi può giudicare, el hit de Caselli en 1966, contenía una rotunda afirmación, "todo el mundo tiene derecho a vivir como pueda", que podría ser el lema del asesino de Carlotto. Esa criatura repugnante, por decirlo con serenidad, es un antiguo ultraizquierdista, terrorista en Italia, guerrillero en Centroamérica, exiliado en Francia, chulo, soplón y traidor siempre, hasta en la cárcel. "Las relaciones entre guardias y reclusos no es tan distinta" a las que él mantiene con las mujeres, confiesa. Asalta furgones blindados con pistoleros croatas, anarquistas españoles y policías. Ser honorable cuesta doce o trece asesinatos, resume Carlotto, humorista bestial y antiguo ultraizquierdista, como su antihéroe.

En estas novelas no hay demasiada confianza en la policía, insignificante o cómplice de los criminales. El único policía que, sin ser un asesino, resulta fundamental para la historia es Leo Demidov, en El niño 44, primera novela del inglés Tom Rob Smith (1979). Demidov trabaja en la Rusia estalinista de 1953, sociedad perfecta donde no existe el crimen, así que se dedica a perseguir inocentes, sospechosos de espionaje y subversión, un veterinario, por ejemplo, que cura a un animal de la Embajada americana, y todos sus clientes: los amigos de los sospechosos también son culpables. El policía heroico cae en desgracia cuando se empeña en perseguir a un verdadero criminal, caníbal y asesino en serie de 44 niños. El policía deberá elegir entre destruir a su mujer o a sus padres (estos nudos sentimentales, difíciles de desatar, son la especialidad de Smith), y los interrogatorios con dolor lo obligan a revivir el pasado pavoroso que lleva a Ucrania, a la guarida del Hombre del Saco.

La familia es criminal, o así lo ve la alemana Andrea Maria Schenkel en Tannöd, el lugar del crimen, otra primera novela, reconstrucción de seis homicidios en una aldea de los años cincuenta. La historia se hila con oraciones que piden piedad al ritmo de los actos repetidos: poner las patatas a hervir, ordeñar la vaca, alimentar al cerdo. Una niña habla de su amiga, muerta, como en los cuentos de la abuela, cuando el viento es una cacería de fantasmas. Una octogenaria recuerda a su criada, una buena muchacha, muerta. La hermana de la muchacha recuerda cómo fueron en bicicleta hasta la casa donde iba a servir y morir: la casa de los Danner, de gente rara y niños sucios, rubios y preciosos, los viejos, la hija, los dos nietos. El cartero recuerda a Danner y su mujer: no son el matrimonio más feliz del mundo. "Todo se cuece dentro de la familia, incluso los niños". El alcalde pide olvidar el nazismo y avisa de la amenaza rusa, y el cura recuerda a Danner como un patriarca bíblico.

"Turín es una portería", decía Cesare Pavese y lo repite Margherita Oggero en La colega tatuada: una profesora de literatura inglesa, "gélida rubia hitchcockiana", aparece estrangulada en un vertedero, incongruente unión de belleza y basura. La investigadora del caso será una colega de la muerta, no por afinidad, sino por la atracción inexplicable que sentimos hacia algunas personas que nos son antipáticas. Oggero escribe la alegre crónica de costumbres del gran Turín: secretos de viejas familias y trivialidad sentimental contemporánea, y el incesto vuelve a coincidir con el asesinato. La vida familiar es así, según la detective: "Cada uno vuelca en los demás sus propios problemas y frustraciones, para que se sumen y el resultado adquiera una cierta entidad".

William Brodrick, inglés de 1960, fue agustino, es abogado y, en Los jardines de los muertos, se ocupa también de la fraternidad irreconciliable. Una abogada enferma ordena su vida con vistas a una buena muerte. Una vez defendió a un proxeneta y lo dejó libre para que asesinara a un adolescente. A un fraile, antiguo compañero de bufete, le tocará reparar los errores: descubrirá una historia de madres, hijas, hijastros y padrastros terroríficos. Todo el mal cabe en una familia. El sospechoso, Riley, es chamarilero, desmantelador de casas en demolición, alguien que modifica las apariencias y las consecuencias del pasado. Los crímenes son muy ingleses, en un muelle o ante la chimenea, con el atizador. Y, aunque la trama alcanza un nivel disparatado de inverosimilitud, resulta sensata y edificante, pues ya las novelas de crímenes clásicas tenían este aire de fantasía psicoanalítica.

Recordaba Gabriel Ferrater la relación entre Fantomas y el surrealismo, y encuentro en El clan Inugami, del japonés Seishi Yokomizo (1902-1981) la tendencia al juego y la bufonería de la Edad de Oro de la novela de misterio. En un invierno de los años cuarenta, Inugami, rey de la seda, muere a orillas del lago Nasu, de vejez. Nadie sabe quiénes fueron sus padres. Lo recogió un sacerdote sintoísta, y a la bellísima nieta del sacerdote, Tamayo, deja Inugami su fortuna, siempre que se case antes de tres meses con uno de los tres nietos del millonario. Si los tres murieran, Tamayo sería libre. Si muere Tamayo, todo sería para un hijo secreto y ausente. Uno de los aspirantes a esposo vuelve de la guerra en Birmania con una capucha negra. ¿Es un impostor? El detective Kosuke Kindaichi demostrará su insólita capacidad de razonamiento en kimono y bombín: se ha enfrentado a cadáveres horrorosos, "como los que aparecen en las pesadillas".

Ahora que la literatura se extingue, sustituida la letra por iconos electrónicos, los escritores se transforman en mitología, como los centauros. En Oscar Wilde y una muerte sin importancia, Gyles Brandreth, antiguo parlamentario británico, presenta a Wilde como detective ocasional y "uno de los hombres más extraordinarios del momento", a ojos de su amigo Arthur Conan Doyle, inventor de Sherlock Holmes. Se ha cometido un asesinato con olor a incienso, y la mujer de Wilde recibirá el día de su cumpleaños la cabeza cortada y bellísima de la víctima, un chiquillo que iluminó los burdeles homosexuales de Londres. Val McDermid (escocesa, de 1955) juega con la idea de un manuscrito perdido de William Wordsworth en El cuerpo tatuado. Ha aparecido en la Región de los Lagos un viejo cadáver que podría ser el de Fletcher Christian, jefe del motín de la Bounty y compañero de colegio de Wordsworth. ¿Volvió Fletcher de los Mares del Sur y dictó al poeta su historia memorable? Si fue escrita, habría de guardarse en secreto, o Wordsworth se convertiría en encubridor de un forajido. Traficantes de manuscritos acuden al reclamo y los descendientes de la criada del poeta empiezan a sufrir mortales ataques cardíacos. El caso lo investiga una especialista en Wordsworth, como si toda la literatura, incluso la criminal, hoy fuera un asunto puramente académico.

La dama negra. Stephen L. Carter. Traducción de Toni Hill. Mondadori. Barcelona, 2008. 638 páginas. 23,66 euros. Hasta nunca, mi amor. Massimo Carlotto. Traducción de María de los Ángeles Cabré. Emecé. Barcelona, 2008. 174 páginas. 17,50 euros. El niño 44. Tom Rob Smith. Traducción de Mónica Rubio. Espasa. Barcelona, 2008. 392 páginas. 21,90 euros. Tannöd, el lugar del crimen. Andrea Maria Schenkel. Traducción de Carles Andreu. Destino. Barcelona, 2008. 168 páginas. 17 euros. La colega tatuada. Margherita Oggero. Traducción de Jorge Rizzo. Roca Editorial. Barcelona, 2008. 240 páginas. 17 euros. Los jardines de los muertos. William Brodrick. Traducción de Cecilia Ceriani. Alfaguara. Madrid, 2008. 408 páginas. 19,50 euros. El clan Inugami. Seishi Yokomizo. Traducción de Olga Marín Sierra. La Factoría de Ideas. Madrid, 2008. 316 páginas. 19,95 euros. Oscar Wilde y una muerte sin importancia. Gyles Brandreth. Traducción de Alejandro Palomas. Plata Negra. Barcelona, 2008. 352 páginas. 16 euros. El cuerpo tatuado. Val McDermid. Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer. RBA. Barcelona, 2008. 446 páginas. 21,50 euros.

Articulo:
http://www.elpais.com 09/08/08