samedi 23 août 2008

Manuel RODRÍGUEZ RIVERO/ El capitalismo tiene los siglos contados



REPORTAJE: SILLÓN DE OREJAS
El capitalismo tiene los siglos contados
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO

Quizás usted se encuentre en este mismo momento en una playa disfrutando del sol o practicando la nefelomancia (adivinación por la forma de las nubes), mientras un par de cangrejos se disputan el libro que estaba leyendo antes de caer definitivamente rendido a la molicie. Por si se siente aún mejor -la felicidad propia resplandece más ante el sufrimiento de los otros: lo que los alemanes llaman Schadenfreude-, le confesaré que escribo esto (que quizás usted nunca lea) en una habitación ardiente de un edificio casi vacío de una ciudad de la que sus habitantes parecen haber huido, pero en la que, sin embargo, todo sigue en orden. Tranquilos, lo que dejaron atrás está a salvo. Por aquí no hay ni atisbo de revolución social; a pesar de la crisis, el capitalismo sigue teniendo los siglos contados.


Se diría que los intelectuales españoles, ahora de vacaciones, permanecen alojados en aquel metafórico "Gran Hotel Abismo" al que se refería el viejo estalinista Georg Lukács cuando reprochaba a la intelligentsia alemana (y especialmente a Adorno) su pretendido conformismo; "se han instalado" -traducía Manuel Sacristán- en "un espléndido edificio dotado de todo confort y pintorescamente situado al borde de la Nada y del Sinsentido". En otros lugares, en cambio, resucita la literatura proletaria. Así ha ocurrido en Japón, donde la edición de bolsillo de Kanikosen ("El barco-fábrica"), de Takiji Kobayashi, publicado en 1929, ha conseguido vender 400.000 ejemplares con su historia de pescadores explotados por patronos que los obligan a vivir en condiciones infrahumanas. Al parecer, numerosos jóvenes japoneses que trabajan sin contrato y en condiciones lamentables se identifican con sus personajes. En cuanto a su autor, que murió torturado por la policía en 1933, se ha convertido en una especie de héroe popular, lo que se ha traducido en un ligero aumento de altas en el Partido Comunista de Japón, al que perteneció. Ya ven: es como si, salvando las distancias, aquí se pusieran de moda Central Eléctrica (Jesús López Pacheco, 1958), La piqueta (Antonio Ferres, 1959) o La mina (Armando López Salinas, 1960), por hablar de tres novelas que, sin ser para echar cohetes, no merecen el olvido acrítico de las jóvenes generaciones. Al fin y al cabo, como apuntaba Jacques Attali, el hundimiento de la Unión Soviética liberó a Marx de sus herederos, autorizándonos otra vez a ver en el filósofo de Tréveris al más conspicuo crítico del sistema dominante en los últimos siglos.


Beauvoir

Quizás algunas de mis improbables lectoras recuerden su lectura de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (1908-1986), del que el año que viene Gallimard celebrará el 60º aniversario de su publicación. En España su influencia no se dejó sentir de forma significativa hasta mediados de los sesenta. Las mujeres de derechas no querían ni oír hablar de que "no se nace mujer, se llega a serlo", o de que la maternidad podía ser una pegajosa trampa. Y, en cuanto a las de izquierda, las militantes, salvo raras excepciones, seguían aceptando su asignado papel al lado de sus camaradas varones, "lo no esencial frente a lo esencial". Le deuxième sexe fue un auténtico escándalo: su prepublicación en Les Temps modernes puso en guardia a toda la falocracia gala: desde Gide a Camus (que llegó a decir que el libro deshonraba al varón francés) hasta los comunistas de Maurice Thorez, que experimentaban en aquel momento uno de sus subidones estalinistas y pensaban que los desahogos de una intelectual burguesa no ayudaban en el combate de las proletarias que iban a conquistar el mundo y a parir al hombre nuevo. Pero del primer tomo del libro se vendieron en un pispás 20.000 ejemplares, lo que en 1949 tenía su mérito. Beauvoir tuvo el acierto de prestar apoyo filosófico y conceptual a una serie de reivindicaciones y sentimientos difusos de las mujeres europeas de posguerra. De aquel libro pionero que yo leí en la edición subrayada de una amiga de armas tomar, me impresionaron muchas cosas. Pero, como me ocurre a menudo con libros que en su momento me fascinaron, ahora sólo recuerdo detalles fragmentarios. Recuerdo, por ejemplo, el análisis de la sublimación erótica de Santa Teresa, que comprendí mejor cuando pude contemplar el teatral Éxtasis de Bernini en Santa Maria della Vittoria. Precisamente, Julia Kristeva, que en alguna ocasión ha manifestado su deuda con el libro seminal de Beauvoir, acaba de publicar una prolija novela (768 páginas, Fayard) en torno a la santa: Thérèse mon amour. En ella, una psicoanalista (como la propia Kristeva) se interroga acerca de lo que aún tiene en común con aquella mujer que "encarna la rebeldía barroca" y a la que considera una contemporánea. En cuanto a El segundo sexo, en España, y según el ISBN, sólo existe edición disponible en castellano (Cátedra) y gallego (Xerais).


Marihuana

Ignoro qué grado de fiabilidad tendrá todo el asunto, pero según Félix della Paolera y Esther Cross, editores del libro Sobre la escritura, conversaciones en el taller literario (Ediciones Fuentetaja), de Jorge Luis Borges, a la pregunta que le formularon los alumnos del taller acerca de si había fumado marihuana alguna vez, el escritor argentino contestó: "Sí. Y fracasé. Fumé marihuana y no sentí absolutamente nada. Entonces ... volví a las pastillas de menta". Como ven, a él, que tantos hombres había sido, la hierba no le sirvió siquiera para soñar que en sus brazos desfallecía Matilde Urbach. Yo, en cambio, cometí anteayer la patética estupidez (el calor tuvo la culpa) de fumarme un canuto, como en los viejos tiempos, mientras escuchaba en mi reproductor de cedés 'Samba pa ti', aquel tema instrumental de Santana (en Abraxas, 1970) con el que cayeron tantos porros en mi generación. Tampoco sentí gran cosa y, encima, agarré una "pálida" paranoica de la que sólo me libré cuando arrojé por el excusado hasta la primera papilla, perdonen el naturalismo. Uno ya no está para esas caladas. Y, casi, ni siquiera, para esas músicas. Aunque lo cierto es que he disfrutado leyendo Palabra de rock, antología de letristas españoles, publicada por la Fundación José Manuel Lara en edición de Silvia Grijalba. Recogiendo el testigo del ya inencontrable Poesía del rock (Litoral, 1989), la nueva recopilación reúne nombres indiscutibles de esos creadores que, limitados por los ritmos, acentuaciones y cadencias de la música a la que ponen palabras, logran sin embargo cotas de admirable creatividad: Kiko Veneno, Enrique Bunbury, Santiago Auserón, Pablo Guerrero, Robe Iniesta, Jaime Urrutia, Mercedes Ferrer o Luis Alberto de Cuenca son algunos de los poetas-rockeros que más me han interesado. Claro que, después de leerlos en el blanco y negro de la página, lo que me apetece es bailar con ellos en el color de la música.

Articulo:
http://www.elpais.com 23/08/2008