samedi 23 août 2008

Mario CAPASSO/El Hombre Amenazado


Mario CAPASSO
http://www.textos-en-escombros.com.ar/
E-mail: mcapasso340@hotmail.com



Mario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo. Literariamente, se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro y Federico Jeanmaire. Ha publicado tres libros:EL FUTURO ES UN TROPEL ABSURDO, cuentos, año 1999.EL EDIFICIO, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002.PIEDRAS HERIDAS, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005.Este último obtuvo el 2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes, año 2003. El jurado estuvo integrado por Ana María Shua, Vicente Battista y Juan José Hernández.Tiene un libro de relatos y dos novelas pendientes de publicación. Actualmente trabaja en una nueva novela.
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E-mail: Mario Capasso mcapasso340@hotmail.com
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El Hombre Amenazado
Por Mario CAPASSO

Con una violencia que pareció continuar la acción del sueño, el hombre manoteó el arma y al contacto de la culata respiró profundo, un poco más tranquilo. Con cuidado encendió el velador y permaneció alerta a los posibles ruidos de la madrugada, con los músculos en tensión transmitiéndole su inquietud a los ojos, que miraron la hora. Detrás del edificio había unas vías, dentro de unos instantes debía pasar un tren y dos minutos después el que iba en sentido contrario. El hombre esperó sin moverse, como una presa que temiera atraer a su cazador. Al escuchar el ruido, ahí está uno, se dijo, y cuando ya le parecía que el siguiente no llegaría nunca, pasó el otro tren. Al sentirse aliviado, la modorra pretendió imponérsele, pero la tregua era impensable y luego de unos minutos se levantó, fue al baño en donde, sin cerrar la puerta y con los cinco sentidos bien despiertos, apoyó el arma en una repisa y orinó con chorros entrecortados, prisionero del sueño de esa noche que no había sido para nada tranquilizador, más bien todo lo contrario pues él recordaba, creía recordar, que una parte terrible se había desarrollado precisamente en un baño que, por los detalles sueltos y confusos en la memoria, podía ser cualquiera. El hombre comprendía sin esfuerzo: los que lo amenazaban no aceptaban límites, la conspiración no reconocía propiedades.

Atento a lo que podría ocurrir, desayunó con café y semblante alterado. Luego, en la habitación apenas iluminada, terminó de prepararse para salir. Ya dispuesto, disimuló el arma entre las ropas, echó una última ojeada y salió. En realidad, pensó, salir no resultaba más arriesgado que quedarse y tampoco era cuestión de aflojar aunque vinieran degollando. Pero ya en la calle apenas tuvo tiempo de tiritar por el frío cuando vio a los dos tipos acercándosele. Venían caminando en la misma dirección que él tendría que seguir. Entonces hizo como si buscara algo en el bolsillo, pues darles la espalda lo convertiría en el blanco perfecto, supuso. Los merodeadores ya casi pasaban frente a él, uno de ellos hablaba de fútbol y el otro escuchaba y asentía; el que hablaba lo miró un momento sin detenerse, el hombre le sostuvo la mirada, mejor mostrarse audaz, bien pudiera ser que los tipos simularan. No doblaron en la esquina y eso le pareció una buena señal o una ventaja, pues los vio alejarse y cuando calculó que ya no podrían alcanzarlo, se apresuró y llegó al garaje. Antes de abrir el portón dejó pasar unos vehículos y a unos chicos de uniforme azul; un viejo lo miraba desde la vereda de enfrente, no lo conocía o al menos no lo recordaba. Le pareció inofensivo y entonces continuó con sus movimientos. Mientras digitaba la clave advirtió en la otra cuadra a una mujer que corría y gritaba, sólo llevaba puesta su ropa interior pero por suerte corría alejándose y él no entendió nada de lo que decía, o casi nada. Sacó el arma y entró al garaje, se agachó como si intentara esquivar un ataque al tiempo que forzaba la vista para abarcar el mayor espacio posible. Reconoció de inmediato la voz que salía del parlante como la de todos los días. Así, el jefe de la custodia del lugar le hizo saber que podía quedarse tranquilo, sin novedad hasta ese momento. Retiró las llaves y esbozó un gesto a una de las cámaras. Subió al auto, calentó el motor durante unos pocos segundos, encendió la radio y arrancó con cierta violencia.

Desde que la amenaza se había hecho sentir con fuerza, el hombre elegía caminos distintos cada vez y en ocasiones se alejaba de su destino para retomar luego la ruta correcta. Trataba de asimilar cada itinerario ya realizado y le costaba renovarlo; a veces, cuando el desánimo mandaba, se avergonzaba de tanta precaución pues sabía de sobra que los enemigos se comportaban de manera implacable. Ese día decidió ser expeditivo, tomó por la avenida que lo llevaría directo al local. Como aún era temprano dedujo que esa sería una acción inesperada y amagó una sonrisa de satisfacción por la iniciativa, pero enseguida se dio cuenta de la torpeza de su empeño y se sintió débil y enfermo. Por la radio emitían el pronóstico y daban las noticias y entonces pensó que todo continuaba igual. La temperatura podía subir o bajar, el cielo despejarse o no, pero en el asfalto el clima no variaba, muerte más muerte menos. El tránsito le pareció desconsoladoramente lento. El hombre manejaba y recorría con la vista las cercanías, exploraba las veredas y los vehículos vecinos en los cuales podía verse a sí mismo, como frente a un lamentable espejo. Un semáforo interpuso su color rojo y el hombre apretó el freno acompañando la acción con una puteada y en ese instante divisó en un balcón a su izquierda, quinto o sexto piso, a una figura moviéndose movía entre las plantas. Aparentaba apuntarle. Entonces aceleró y tocando bocina logró cruzar y alejarse un poco. Pero los de adelante formaban una barrera y tuvo que frenar; se asomó por la ventanilla y de nuevo miró al balcón, sexto piso, una mujer regaba las plantas. Enseguida el tránsito fingió animarse hasta arribar a un túnel en el que los restos calcinados y aún humeantes de una camioneta lo retardaron aún más; la policía aún no había llegado y el cuerpo del conductor se desfiguraba contra el volante mientras unos muchachos se aproximaban. Y unas cuadras después otro maldito semáforo lo exasperó al punto de hacerlo sudar. Mientras intentaba serenarse vio a uno que se le venía encima con el pretexto de querer limpiar el parabrisas; el hombre desconfió de las intenciones del otro, descorrió el saco para mostrar el arma y el tipo alzó los hombros y siguió de largo, pero nunca se podía estar seguro, así que ya no la guardó, la tuvo en la mano hasta que el movimiento recomenzó. Entonces, al retomar la marcha la apoyó a su lado, en el asiento, con la necesidad de espiarla cada tanto. Un camión de bomberos se abrió paso y al rato lo perdió de vista.

Sin otra alternativa llegó, estacionó justo enfrente y antes de salir del auto trató de cerciorarse de que no hubiera peligro, pero cómo protegerse, cómo alcanzar cierto grado de tranquilidad, se descubrió preguntándose a media voz, si la ciudad se había transformado en una trampa inconcebible. El de la parada de diarios de esa esquina, le hizo la señal ya convenida y él bajó. Mientras accionaba el control remoto, la persiana se abría y el hombre vigilaba los alrededores. Una muchacha pasó por la vereda, llevaba un bolso marrón y caminaba rápido. De un colectivo bajaron algunas personas aunque enseguida desaparecieron. Los patrulleros iban y venían siempre de a dos por lo menos. Un helicóptero sobrevolaba la zona y su fragor de guerra se confundía con el de las sirenas que por ahora sonaban a lo lejos.

Ya en el local, el hombre se dedicó a la rutina de preparar las cosas para el trabajo de ese día. Puso en funcionamiento las fotocopiadoras a la espera de la clientela que, en esa zona de jueces y abogados que él no había visto jamás, no tardaría en presentarse. Así fue, la gente comenzó a llegar y eso resultaba positivo aunque en cada uno que entraba se podía esconder el encargado de cumplir con la amenaza, todos resultaban sospechosos, casi culpables. No había caso, pensó el hombre, cada jornada es un tormento, cada minuto una agonía, y no había derecho, si él era una persona decente o por lo menos tan decente como los otros.

Las caras de los clientes eran como las fotocopias, se imitaban entre ellos, así al menos le parecía al hombre que los veía repetirse en el gesto de resignación. Una vez dentro del local comentaban en voz baja los interminables trámites o, los más antiguos, explicaban las artimañas aprendidas a través de los años para activar las causas mientras los novatos escuchaban con respeto. Había uno que venía todos los días, el hombre no recordaba desde cuándo, aunque hacía alrededor de un mes había desaparecido por casi una semana. Pero había reaparecido sin dar explicación y con un temblor en las manos que empobrecía su aspecto. Se llamaba o decía llamarse José Krikorian y repartía planos para movilizarse a través de los pasillos de la justicia. Había entablado cierto tipo de amistad con el hombre que había notado una cosa: el plano resultaba distinto cada vez, enorme en ocasiones, diminuto en otras, embrollado siempre. Recordó que una tarde le había preguntado sobre esta cuestión que le resultaba misteriosa. José Krikorian contestó que cada día avanzaba más y más en el conocimiento de aquellos lugares y aun así se perdía a veces por los pasillos, pues las oficinas parecían multiplicarse algunas y desaparecer otras; esto le obligaba a rehacer el plano constantemente, labor que cumplía por las noches, no muy lejos de allí, en una especie de altillo, según le refirió en otra ocasión.

A media mañana, las explosiones. Una y dos casi sin pausa. Al rato la tercera, que sonó más cercana. Algunos clientes salieron a la calle a ver qué sucedía o a huir de la zona, otros pidieron ser atendidos con mayor urgencia. En eso estaba el hombre, apurándose, cuando las ambulancias comenzaron a pasar. Después, como una letanía, el sonido de las sirenas se fue alejando. Las explosiones no se repitieron y todo volvió a lo de antes. Algunos de los que se habían ido retornaron, sacaron número, esperaron.

Ya era casi el mediodía cuando José Krikorian acudió para informarle. Al hablar miraba hacia los lados y le relató al hombre que el diariero había sido alcanzado por una esquirla y lo habían llevado al hospital. Un pibe yacía muerto en la esquina pero el orden había sido restablecido, los de la Municipalidad ya retiraban el cuerpo. La madre lloraba por ahí cerca.

La tarde transcurrió casi sin sobresaltos en la zona. Al hombre solamente le llamó la atención una pareja que pasó por la vereda un par de veces en media hora. La mujer llevaba el pelo recogido, vestía pollera azul y abrigo oscuro y el que la acompañaba parecía más joven que ella. La radio informaba, casi sin tiempo para la música, sobre las acciones que se llevaban a cabo en distintos puntos de la ciudad. La policía sin bajas, las fuerzas especiales sólo un muerto y dos heridos de poca gravedad, eso informó la radio; luego un periodista comentó de la guerra en Asia, pero Asia seguía estando lejos. Al hombre le hubiera gustado que mencionaran algo sobre el estado de salud del diariero y de repente tuvo ganas de tomar una bebida fuerte, y mientras comprendía que deseaba un imposible recordó los viejos tiempos, cuando con su teléfono llamaba al bar y la chica venía, con bandeja y sonrisa, tan bonita en su uniforme que al entreabrirse dejaba al descubierto unas hermosas piernas. Qué pena la chica y su sonrisa y esas piernas. Y no había sido reemplazada.

Como era invierno cerraba más o menos a las cuatro de la tarde, con el tiempo justo para comer algo en el restaurante de la otra cuadra y salir para su casa antes del anochecer. Esa jornada ya los tribunales habían cesado y las calles comenzaban a ser abandonadas mientras los autos blindados aguardaban para llevarse a los funcionarios y algunos nubarrones se empecinaban a baja altura sobre la ciudad. El hombre pensó en ir al hospital a visitar a su amigo herido, pero se dijo que sería mejor no arriesgarse a semejante aventura.

En el restaurante comió rápido cualquier cosa y ya se marchaba cuando un malestar le revolvió el estómago y debió correr al baño. Se encerró y comenzó a aliviarse, pero sentir que alguien entraba, recordar el sueño de la noche anterior y percatarse de que había dejado el arma en el saco, colgado en la silla, fue todo uno. Se acomodó así nomás la ropa y quedó inmóvil. Trató de escuchar pero el silencio se imponía y transcurrieron unos minutos en que pensó muchas cosas atropelladamente, calculó probabilidades, evaluó las posibles escapatorias hasta que lo asaltó la duda: tal vez el ruido había provenido de alguien que salía, después de todo él había entrado demasiado rápido y sin fijarse en nada. Entonces, como para probar qué pasaba, tosió, y ahí nomás, sin posibilidad de defenderse, su cuerpo fue sacudido por una metralla de pedos del otro. Luego siguieron, cada vez más sostenidos y estrepitosos, aunque el hombre no se quedó a oír sino que huyó del baño, corrió hacia la mesa. Pagó y se fue. Mientras caminaba hacia el auto miró sin demasiado interés la columna de humo que, no tan lejos desde el lado norte, se diluía en la tormenta que ya se veía venir. Desactivó la alarma, subió de un salto y partió.

Deseaba llegar enseguida a su casa, en esos momentos era lo que más deseaba en el mundo, pero en una esquina el tránsito fue desviado y las calles se transformaron en un problema a resolver, un acertijo feroz. Así, viajó molesto por la suciedad y el olor que le trepaba como una enredadera humillante; y encima también la lluvia, y los semáforos, y la noche, y los otros que parecían huir como él por las calles trabadas, y la presencia del miedo, el miedo invariable.

Por fin, en el hogar cerrado, luego de la ducha se sirvió un whisky y puso música. Mozart sonaba suave, la melodía parecía despedirse. El hombre se acomodó en el sillón con el arma a un costado, sobre la mesita, al lado de la botella. Recordó cuánto disfrutaba su esposa con esa música y cómo la hija entraba a veces corriendo y gritando. Pero todo eso formaba parte del pasado que ya no regresaría, sólo quedaban Mozart y él, que estaba a punto de sobrevivir un día más en la ciudad. El arma reforzaba su tranquilidad, tal vez un día de estos compraría otra más grande, pero a él no se le escapaba que eso no representaba ninguna ventaja con respecto al resto.

Casi las doce de la noche.

La música había terminado, el hombre había programado el equipo para que el compacto recomenzara, y en ese intervalo creyó oír un ruido a sus espaldas y estiró el brazo.


Ilustracion: Siegfried WOLDHEK - http://woldhek.nl/

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