samedi 30 août 2008

Mauricio ELECTORAT/En el café de la juventud perdida


En el café de la juventud perdida
Por Mauricio ELECTORAT

Una historia es el resultado de un misterioso proceso químico que se produce, a veces durante años, entre la memoria y la imaginación, entre el pasado del individuo que somos y un futuro (im)probable: el de unas vidas que podrían haber sido.

Perdonen que me agarre del último título publicado (y aún no traducido, si es que alguna vez se traduce al español) del excelente Patrick Modiano, para hablarles de algo que no tiene que ver con la nostalgia, sino con lo que podría ser el principio de una reconstitución. Una "reconstitución de escena", como hacen los forenses en el lugar del crimen. Claro, Modiano anda por los setenta y, desde siempre, si se puede hablar así, viene reconstituyendo su infancia, errante y abandonada, en la Francia ocupada por los alemanes. Yo, guardando todas las proporciones, comienzo a bordear peligrosamente los cincuenta y hago lo que todo escritor -o "proyecto de", pues los escritores, los verdaderos, nunca llegan a ser profesionales, siempre son escritores en formación, en devenir- hace a la hora de buscar y ordenar materiales para seguir escribiendo: acudir a la memoria, dejarla subir a la superficie y, enseguida, llegado el caso, si es que el esfuerzo merece la pena (que suele ser grande), aplicar sobre esa materia en bruto el poderoso lente de la imaginación. Habla, memoria es el título de una de las mejores novelas de Nabokov, quien pretendía, justamente, que el escritor se mueve en el espeso bosque de los materiales de la memoria como lo hace un detective reconstruyendo el universo de un crimen, volviendo a armar el puzzle de unas vidas, estableciendo las motivaciones de victimarios y víctimas, de protagonistas y meros testigos. ¿Qué otra cosa hace el escritor con los personajes que surgen, como tenues siluetas al comienzo, del fondo de su memoria? El novelista no planea de antemano: tal personaje será un avaro; tal otro, un psicópata o: ahora voy a escribir una novela sobre el amor, o los celos, o la muerte. El escritor se deja "invadir" por una historia y "conquistar" por unos personajes que van tomando cuerpo paulatinamente y al final -perdón por el lugar común- cobran vida propia. Una historia es el resultado de un misterioso proceso químico que se produce, a veces durante años, entre la memoria y la imaginación, entre el pasado del individuo que somos y un futuro (im)probable: el de unas vidas que podrían haber sido. El novelista no afirma "esto fue", ni "esto será", sino "esto podría haber sido". El modo del creador de ficciones es el condicional, a diferencia del historiador, del sociólogo o el periodista, que emplean el presente, el pasado o el futuro del indicativo. Y años luz del político, o del predicador, que se sirven, fundamentalmente, del imperativo. Una novela, un cuento, son, de alguna manera, realidades apenas entrevistas, mundos que hubiesen podido existir, pero que nunca existieron, aunque tengan -como en La guerra y la paz, La educación sentimental o Las palmeras salvajes- una poderosa carga de realidad.

En el café de mi juventud perdida estamos en París. Muy cerca de los Campos Elíseos hay un hotel donde paso tres noches por semana, detrás del mostrador, repartiendo llaves y contestando el teléfono, cuando suena. Los dueños son una pareja singular: él usa peluquín, abrigo de cuero y se pasea siempre con dos caniches blancos; ella, una gorda teñida de un rubio chillón, es la única que habla. Él no abre la boca. Pasa encerrado hasta muy tarde en la oficina, un cuchitril que queda en el subterráneo, en donde, según el recepcionista de día, vende mercadería robada. Los clientes del hotel son parejas de burgueses de provincias y afables vendedores viajeros, pero por la noche suelen venir prostitutas, con aspecto de burguesas de provincias, y policías que parecen afables vendedores viajeros. También hay un general iraní, arrancado de Jomeini, con toda su familia. Y una muchacha joven, casi una niña, muy morena, muy bella, que viste un traje dos piezas rosado y jamás sale del hotel. Una noche me confiesa que la quieren asesinar, que por favor nunca deje subir a nadie a su habitación. Poco después se presenta un señor con aspecto de profesor jubilado y pregunta por ella, Yasnia, Yasmina, no recuerdo bien. Le digo que no está registrada. Él me pone en las narices una tarjeta plastificada: brigada de represión del proxenetismo. Me dice que la chica les debe mucho dinero, que la vaya a buscar yo mismo, si quiero, pero que si no baja, tendrá que subir él, afuera la esperan "unos amigos". Del otro lado de los cristales distingo un auto con unas siluetas adentro. Toco a su puerta. No contesta. Abro con mi llave. Ella está bajo las frazadas, pero vestida, con el traje rosado y los zapatos de taco, el televisor a todo volumen, un cenicero lleno de colillas. Al verme, se pone a temblar. Le explico, le pido disculpas, yo no puedo hacer nada. Poco después baja. El policía la saluda como a una vieja amiga. Al salir, ella desliza en mi mano tres billetes de quinientos francos, el equivalente de mi sueldo de un mes. Gracias, dice.

En el café de la juventud perdida éramos porteros de noche, pinches de cocina, pintores de departamentos, paseadores de débiles mentales, vendedores de baratijas puerta a puerta, el más apuesto de nosotros, hoy un sociólogo de renombre, era chofer y pedicuro ocasional -amante, decían las malas lenguas- de una condesa italiana septuagenaria. ¿Tengo una novela? Qué va. Apenas el hilván de una reflexión, una conversación de sobremesa y a lo mejor, con suerte y mucho trabajo, algún día, una historia para narrar.

"En el café de la juventud perdida éramos porteros de noche, pinches de cocina, pintores de departamentos..."

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 24/08/2008

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