samedi 23 août 2008

Pedro SEVYLLA DE JUANA/La deriva del hombre Part.04


Pedro Sevylla de Juana
www.sevylla.com
E-mail: valdepero@hotmail.com
Editado por Devenir Poesía (Madrid-2006)
ISBN: 84-96313-35-2



Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Pedro+Sevylla+de+Juana


CONTRAPORTADA

Poeta mucho antes que novelista, para Pedro Sevylla de Juana la poesía adopta a la realidad, la amamanta, la acuna, la desnuda y la hace suya, recreándola. “Poesía es belleza y equilibrio, es síntesis y es ritmo.

Poesía es búsqueda. Poesía es progreso. Es donación, es aire, es acero, es espuma, es raíz, es vértigo”.

Hombre de su tiempo, Pedro Sevylla de Juana se sabe partícula de un Universo inabarcable, y buceando en sí mismo explora las diversas vertientes de la existencia. Quizá el tiempo y el lugar de su infancia -tierra y piedra, cereales: Valdepero (Palencia), 1946- mitificados por la voluntad escrutadora, estén en el origen de "La deriva del hombre", término marinero que expresa la distancia existente entre el punto de destino y el punto de arribada, entre lo deseado y lo conseguido.

Vigorosos versos batidos en el yunque de la fragua, acero bien templado y reja aguzada, el autor acopia en el presente libro el trabajo de los diez últimos años y la filosofía destilada en el alambique de la vida, sumándose a las vanguardias poéticas actuales.


Pedro Sevylla de Juana
www.sevylla.com


La deriva del hombre Part.04

Por Pedro SEVYLLA de JUANA

A mi nieta Judith,
que aún habita el vientre de su madre.

«Si la poesía no nos da algo de lo que nos quitan,
nos quita algo de lo que nos dan.»
Cesárero Gutiérrez Cortés



Crecido a la intemperie


OCHENTA Y NUEVE

Ardoroso fluido de la noche, impetuosa y desbordada torrentera, esperma lanzado a la conquista del óvulo cerrado que se entrega, al flagelo portador de llaves bastantes para abrir la puerta; la existencia en sí misma es un milagro de azarosas y variadas coincidencias.

Si la selección resulta favorable, nace el hombre en ese parto, resistiendo el fraternal embate de los miembros del clan que han heredado, el hígado, el olfato y el pelaje de un billón de antepasados.

Conquista un pezón en la camada, de los que manan leche y miel, resina y savia; y succiona hasta en los sueños perfilando dentelladas.

Un cálido lugar bajo la pata ocupa si empuja con ahínco, pues la neutralidad materna tan probada, no ve disparidad entre los hijos, a todos los vástagos reclama, ama a la prole entera sin distingos y deja la tarea de elegir supervivientes, a la Naturaleza que protege a quien se adapta, de inteligencia sobrado o muy valiente.

Obedeciendo a un ancestral impulso, abandona temprano el paridero para iniciar su despliegue por el mundo.

Investiga y acaba descubriendo, explora y a continuación conquista, adora y levanta firmes templos, avanza y lo tomado fortifica. Pone los hechos al servicio de la idea, encauza el fuego y se domina, equilibrando el corazón con la cabeza.

Escucha el hombre los gemidos que arranca el viento a los desfiladeros, las alargadas vibraciones de las cañas junto al río, los truenos liberados al golpear un tronco hueco; y como se trata de un gustoso ejercicio, tras laboriosos ensayos y alguna que otra enmienda, transforma en música los sencillos sones de la Naturaleza.

En los fríos inviernos imagina dragones, grifos y quimeras; se inicia en la pintura, trabaja el dócil barro, observa las estrellas; descubre en el respetuoso diálogo un pilar de convivencia, levanta cabañas y poblados y perfecciona las toscas herramientas.

Habita el hombre un espacio liberado de alimañas, mezcla otras sangres con su sangre, adopta una escala de valores bien probada y tras pasar cien años superando adversidades, traslada lo aprendido a la camada.


NOVENTA

Paso franco al hombre decidido, paso al caballero de la niebla; de horizontes sugestivos, de finísimas gotas de rocío se alimenta. Su pensamiento es veloz como el relámpago, y alcanza a la flecha desbocada, espoleada y acuciada por el arco.

Las ineludibles leyes naturales y la incesante evolución de la ralea, tuvieron antes que él experimento para que descollara entre las bestias.

El tiempo que le guía está hecho a mano, de empieces y remates, de minúsculos retazos: horas perdidas en los acantilados pétreos, muertas en batallas de titanes, y tiene el costo bajo del grano de arena en el desierto, de la gota de agua de los mares.

Ignorante del rumbo exacto de los tiempos, doblega el timón, rechaza el yugo, abandona la prudencia y recurre confiado a los graneros, que atesoran mermadas las reservas: catedral envanecida y abrigado puerto, arbustos, pinos, lluvia dispersa, negra oscuridad el cielo, centellas fugaces sobre la cabeza.

En inhóspitos lugares sus ojos descubren excelencias, valora en las estatuas la ausencia de un brazo, la falta de cabeza, aclimatado esplendor de los jardines, la hiedra sinuosa, el musgo de las piedras.

En el infinito espacio se adentra atraído por los astros, el corazón en la mano izquierda, la mente en la derecha, sopesando; fiel de la balanza su nariz, su boca, sus simétricos ojos, su barba hirsuta; nivelando sima y monte, hoyo y roca, aptitudes, deseos y conductas.

Duerme su intención a diurnos intervalos, de la noche hace trampa de enemigos, dientes contra lomos magullados, a órganos vitales opone los colmillos; enfrentado a la sangre que le huye, para ejemplo se sirve de sí mismo y reinventa coincidentes las costumbres.

A veces se ilusiona y descubre que la vida hasta un punto esencial de curvatura puede ser pretendida, e inconstante despoja desfiguras o apasionado de las rosas encendidas se quiebra al intentar la arquitectura.

Hace crisis su inestable resistencia con una periodicidad impredecible: desimanada brújula paterna, entrechocar de espadas concurrentes, desgarros, palabras inconexas. Agita en el cedazo de la duda, el bien y el mal mezclados, la delirante fantasía, la cordura; concediendo valor desmesurado al punto original y a la ruptura.

En el principio la oscuridad y sus misterios; después la luz que explica todo; por fin, el día y la noche sucediéndose inalcanzables y antagónicos. Caballero del otear velado, tantea su errático vagar: verde inicial, remate bien granado.

El hombre en su postrera amanecida, escucha las doce campanadas y no tiene la faena definida.


NOVENTA Y UNO

Descubre el hombre en el mundo una alacena, repleta de vegetales vivos, tímidas gacelas, palominos y caimanes al acecho de la supervivencia; una cadena que va de la serpiente al ave y de la punzante zarza a las ballenas.

Acumula abastos para el porvenir incierto, sobrantes y carencias le fuerzan al trueque, hace del ganado eficaz moneda de regateo y sirviéndose de la tibia plata y del oro ardiente, convierte el mundo en un mercado abierto.

La roca labrada, la estrella de mar, el marfil del elefante y la sangre del irredento, llevan impreso un código de barras que explica la composición y el precio.

El dinero grande, el que persigue sólo su incremento y compra panadería y panadero en vez de pan, al modo de los celestes agujeros negros actúa como un perfecto imán: todo cuanto existe somete a su imperio: la dignidad de las personas y la justicia social.

La cólera del hombre en ocasiones definidas, se arma de justicia y argumentos y arroja al eterno silencio de las tinieblas vacías, a los traficantes del esfuerzo ajeno, de la acción ilusionada y de la vida.


NOVENTA Y DOS

Obstinada, lógica e inexorable economía, eres tú la porfiada adversaria que tanto empeño pongo en esquivar.

Desciendo de un pura sangre en el tiovivo para detener los daños de la globalización en su triple vertiente: obreros abandonados en la orilla, venenos disueltos en el agua, peces inconcebibles que la radiactividad ha transmutado.

Ante la ingente tarea emprendida y a falta de resultados prácticos, me descuelgo del aparato productor, como elector dimito: no quiero ser –en ninguna medida- del desatino responsable. Subo al quinto piso de la montaña proclamando mi inocencia y desde allí contemplo la enmarañada vida en su conjunto.

Por librarme de la ciénaga que engulle y defender el logro de mis sueños, escribo poemas de denuncia y narraciones acerca de la minoría ingobernable, seres de notoria magnificencia que una mañana osaron salirse de la fila y situarse al lado de los débiles.

Si no difundo los trabajos, ni llego a conclusiones que reclamen militancia, la tradición respeta mi retiro, la sociedad de mercenarios entiende mi aislamiento; soy una pieza malograda, mi enfermedad es pacífica locura y el incruento suicidio no mancha la alfombra ni arrastra al caer el jarrón de porcelana.

Sirviéndote del cable telefónico o de las moduladas ondas apareces, economía insatisfecha, y turbas mi paz con las últimas noticias: "El ministro ha inaugurado un nuevo tramo de calzada, la bolsa gana cuatro enteros y el grifo del lavabo aún gotea".

Preguntas a la nueva etapa de mi vida a cuánto se cotiza la línea esta semana, midiendo la utilidad de los quehaceres por el beneficio inmediato que procuran, ya se trate de zurcir calcetines o de ahogar suspiros.

Sufro y mi corazón se agita de agonías, entorpeciendo el fluir de los versos, de los relatos-denuncia, de las biografías ejemplares; la angustia da mordiscos de alquileres, de recibos impagados; la economía alcanza la azotea y me veo pernoctando en el pasillo que une por debajo las dos riberas de la calle.

Considerándome favorecido me acomodo sobre embalajes de artefactos caros: una lavadora que seca y plancha las camisas con esmero, un frigorífico de dos puertas que sustituyó al vetusto, porque el frío se le salía por las juntas cuando perdieron hace meses su hermetismo.

No me alcanzarás, insistente economía, con las flechas indicadoras de una realidad penosa: tarjetas de crédito agotadas, la inesperada subida del ipecé de mayo o la declaración positiva de la renta.

Aquí -paso subterráneo tan temido, donde huele fuertemente a orines- de tu acción devastadora estoy a salvo.


NOVENTA Y TRES

En lo antiguo el hombre era más que nada su ralea, y la tribu representaba la patria del hombre, la familia, el amparo y la despensa; la propiedad era común y eran comunes los hijos, los proyectos, el trabajo y la cosecha; el íntimo dolor o el profundo contento también se compartían y lo individual no se manifestaba apenas, apenas florecía.

La tribu se fue diluyendo en las costumbres, la bonanza permitió al hombre mostrar lo verdaderamente suyo; el individuo, separado de los otros, se hizo gente y la gente descubrió, inventó, modificó, puso precio a las cosas. Cuando quiten el precio a las cosas, la gente llorará como si le arrebataran las cosas, porque no sabe separar las cosas del precio de las cosas.

Cuando quiten el precio a las cosas, aparecerán la duda y el recelo, pues la gente aprende en la primera infancia --saber agostador de la inocencia- que antes o después todo le cuesta; y si, en etiqueta colgada o adherida, no se muestra bien visible el monto -escrito en caracteres claros, cercano al número redondo- suele deberse a que es muy alto.

Cuando quiten el precio a las cosas y las cosas se muestren desnudas a la gente, la gente no reconocerá las cosas, porque sabe que el precio es para las cosas como la forma, el color, el olor o la textura que deben tener todas las cosas.

Cuando quiten el precio a las cosas, no sabrá el orden que siguen las cosas, equivocará la jerarquía y todo será un caos para la gente que ordena las cosas por el precio que tienen las cosas.

Pero si queremos que la gente valore atributos primordiales, como la belleza de líneas, la utilidad práctica, el sonido del viento al abrazar su superficie, la suavidad del tacto, la naturaleza de la sustancia sólida, debemos quitar el precio que un día se puso a las cosas.

Cuando logremos quitar el precio a las cosas –acontecimiento histórico memorable- del individuo aislado, de la gente, surgirá el hombre: corazón animado de sístoles y diástoles.


NOVENTA Y CUATRO

Convertidos los símbolos del antiguo orden en frágiles vasijas a merced del nuevo, saqueadas las tumbas dormitorio del hombre y cegado el pozo que regaba el huerto, los claros manantiales donde bebía de bruces el agua tan pura y tan callada secos: cauteloso rumor, espiga y piedra, las inacabables horas avanzan a destiempo, permitiendo a los profetas entender el porvenir como un anzuelo.

Después de tantos sinsabores soportados en su nombre, de superar dudas razonables y múltiples prejuicios, la naturaleza del futuro se conoce. Es uno más de los antiguos mitos, agitado como embrión en vientre de gestante, que ponen de actualidad los persuadidos, para que la gente mire hacia adelante.

Entre el ayer difunto y el nonato mañana se libra atroz combate, ambos recelan del entorno, de nada están seguros, no se fían del presente ni un ápice, intuyen que cualquier suceso absurdo puede variar su rectilíneo avance.

Si todo se cortara aquí ipso facto, si el Universo en expansión diera la vuelta sin aviso previo, si al llegar a las tapias de los últimos establos el viento se quedara quieto, lo que fue y lo que será permanecerían confinados junto a las ideas sometidas al silencio.
Mas nos mueve la voluntad inquebrantable de seguir arrastrando el bagaje del pasado, milímetro a milímetro, planicie o valle, por los carriles que el presente ha colocado.


NOVENTA Y CINCO

Hierve el hombre de entusiasmo, puchero expuesto al sol rojizo del estío, y se agita como un niño obstinado, insatisfecho y crítico, que quiere ver plegado el universo mundo a su capricho. Portador de un cántaro de luz sobre la cabeza, lo vacía insistente y obsesivo, lago oscuro de la noche interna.

El trémulo rocío se disuelve en palabras, retórica invasora de la mente cerrada a imposiciones, abierta a propuestas alejadas. Capaz de intentos repetidos y examinador sin miramientos, analiza el hombre teorías de trazado indeciso, el desvaído color y la claudicante lógica de los forzados silogismos.

El hombre, la persona -no el dios, el semidiós o el héroe de leyenda el individuo, el prójimo, el ser humano, alberga en el altar erguido de su pecho una dolorosa incoherencia: ama al animal que lleva dentro y, sin embargo, desea distanciarse al menos veinte metros.

Es tan intensa su íntima pasión -lenguas de lava, enormes meteoritos, entrechocar de continentes- que partiendo de piedras calizas, ramas de abedul y alas de cuervo, trata de labrar el cauce a cien mil amaneceres.

El hombre -el mortal que nace cada día cuando la realidad despierta y con su puño hecho martillo la deforma, rebelde gallo de pelea- subido a las espadañas de los templos, ajeno a cualquier ceremonial, convoca, reúne y al instante reta, a los contradictorios dioses domésticos que dieron nombre a la Naturaleza.

Han sido superados los antiguos conceptos, las normas no regulan ya lo irreprimible y el arte sufre los rigores del invierno; el hombre conoce la perversión del compromiso -se lo anuncia el instinto de acantilado de los tiempos a la cabeza repleta de desafíos- y poniéndose manos a la obra, formula un juicio que describe el punto de destino y traza el camino que abrirá la reforma.

No teme el destierro ni el juicio de la historia, afronta el reto con el torso desnudo y las extremidades tensas, redactando una doctrina universal innovadora.

La espada, la cruz, el oboe, los billetes de banco recién impresos, la gubia y la plomada, la pluma y los colores, alaban su denodado esfuerzo y aprueban el aparente resultado con matices diversos.

Semejante al rugido del tigre, del fragor de las galernas parejo, el hombre se hace uno con el rayo refulgente y entra en comunión con el sonoro trueno, cuando eleva la espuma de su frente hasta el impoluto azul del cielo; y en ese momento culminante, olvidando antiguos sinsabores, la filosofía, la técnica y el arte -como suele ocurrir cada dos o tres generaciones- entre aspavientos renacen.


NOVENTA Y SEIS

Rumor de raíces que avanzan tierra adentro, de tallo elevándose a las nubes: yo creo en el silencio.

Lo sospecho perdido entre la niebla, velo que en alta mar disfraza el rumbo de los barcos, lento avance a enviones de sirena, previsores de súbitos hallazgos. Lo intuyo a la sombra de la sombra, esperanzado ciprés del cementerio, mástil y pica cargados de memoria.

Aletargado, dormido cabecea, alargada lengua del ahorcado; escondido en las campanas quietas, su voz es el sueño del badajo. Creo en el silencio del hombre, y me atrevo a interpretarlo: acerbo, ácido y salobre.

El silencio del hombre se aleja del copo níveo, indecisa pluma que desciende sobre el llano, sobre las agujas temblorosas de los pinos, guedeja abandonada en los rendidos pastos.

El silencio del hombre es el arranque detenido, de quienes pretenden hacer de la justicia un instrumento más preciso; es su palabra pensada y repensada, ignorante del camino de salida, el aire aspirado y expelido que en el sendero de la garganta se desvía; un vagido cortado de raíz, el llanto del niño que ha perdido la alegría.

El silencio del hombre yace en la hondonada, en el escarpado lecho de los penetrantes ríos, afilada roca que divide la abundancia. Es una herida abierta por el Cierzo, un dolor agudo surgiendo a borbotones de las agrisadas cenizas del aliento.

Suple el hombre la carencia de patria doblegando dragones y serpientes marinas, y el desconocimiento del lugar de su arribada con rotundas expresiones, acaso desmedidas, que ocultan la aridez de la razón errada en el vasto desierto de las manos vacías.

El miedo a juntar el mal desparramado: al silencio del hombre lo engendra la cautela, el temor a concretar lo abstracto.

El silencio es una bala que sabe mucho de objetivos, puntiaguda garra de la fiera, es una flecha empeñada en blancos íntegros. Es el aullido del lobo que en la estepa da mordiscos a la luna inalcanzable, dentelladas de rabia y de impotencia; es el bramido del toro acorralado que opone el corazón a la barrena.

El silencio del hombre es el llamado de quien se muerde el labio de amargura y sujeta sus torrentes en un lago de fría espuma y lava ardiente.


NOVENTA Y SIETE

Abandona la soledad los cementerios: fosas cavadas a mordiscos, lágrimas resecas, flores mustias, deseos diferidos y calcinados huesos. Ajena resulta a los desiertos: reverberantes arenas, espejismos, simientes dormidas y proyectos atados a proyectos.
Huye de los vastos mares: agua, peces, algas, carámbanos helados, sal, corales, sueños desoídos, tempestades.

La soledad, huésped perpetuo, habita al hombre y está donde él está: ensayos, errores y proyectos.


NOVENTA Y OCHO

Cuando dan las dos de la tarde en el altivo reloj de la iglesia, y el mes de julio llega a los dos tercios, no se atreve el día a cruzar las rastrojeras.

En la crítica hora de la siesta -Tierra de Campos, Cerrato, mil novecientos sesenta- seis lagartos censados en el páramo y vecinas del arroyo diez culebras, del calor extremo se defienden ocultos bajo peñas.

Resbala por la frente el sudor, enturbia la mirada, es salado en la punta de la lengua, sobre los sedientos labios descansa, riega el fuerte cuello, el pecho enmarañado y las espaldas.

Es el tiempo inaplazable de los hechos, cuando se quiebra el tallo de la espiga, y desgrana el oro de los granos el incandescente sol de medio día.

Deseosas de emplearse en la faena, la pericia del oficio practicado y la fuerza de los brazos se liberan, cuando derrama el jugo de su miel repleta de dulzura la colmena, cuando regresan cansadas de los pastos, ubérrimas de leche las ovejas y en la recia fragua del herrero, encendido de llamas y tizones, rojizo sobre el yunque espera el hierro.

Ahora el cielo concede sus favores, cosecha plena en la llanura y en el valle; ahora que el día se alarga luminoso y la tarde no muere hasta muy tarde. Ahora alcanza su esplendor la exhuberancia carnosa de la pulpa, y la firme tersura de la piel puede llegar a la ruptura, inflamada más allá del límite de tan lozana y tan madura.

Hay que despojar de fruto a los frutales, que luego se desvanecen los aromas y la lluvia quedamente acumulada con premura apresurada se evapora. Hay que poner a resguardo la cosecha, ahora que las nubes se oscurecen de improviso y descargan su fardo destructor sobre espigas, almendras y racimos.

Es la hora de los brazos en refriega: atropadoras diligentes y agosteros armados de rastrillas de madera, de horcas de guinchos afilados, de hoces que agavillan y enmorenan.

Es tiempo de esforzadas voluntades: fuertes torsos de purrir las nías, de subir a la panera los costales, ingenio de idear economías: aptitudes enfrentadas al destino, resistentes a la sed y a la fatiga.

Llegó la hora de la verdad de las verdades, la culminación del esfuerzo prolongado; hay que recoger las frutas en sazón y los maduros cereales, y todo debe hacerse ahora, porque después es tarde.


NOVENTA Y NUEVE

Con una pluma de cálamo partido, el hombre desguarnecido se defiende, polvo en agua desleído, tinta viscosa surgida de su frente.

Es una pluma solamente y la blanca superficie en flecha, en daga la convierte; la palabra que perfilo es un ciprés lanzado contra el cielo, para desaguar sus rebosantes recipientes.

Recoge rayos el sol, envaina su soberbia, retrocede y huye ante ejércitos de nubes embutidas en armaduras prietas, amazonas sobre corceles infernales que hostiga una cólera densa.

Llueve la negrura que tizna el horizonte, los confines se diluyen en gris oscurecido, se agita el dios de la borrasca y parpadea resplandores, visos perversos que lejanías agigantan, cristales transitados por gotas laterales en una tarde de verano bien bastarda.

Van siendo las seis y el campamento -levantado en el seco álveo de un torrente- en círculos de piedra aviva el fuego, y con la tranquilidad de quien ignora los peligros, apura faenas diferidas por el breve asueto o desata recuerdos de los tiempos idos.

Planchas de hojalata forman techos y paredes, cascotes de algún derribo, tablas rotas, frágil refugio destinado a dejar fuera a la intemperie; pero nada impide las idas y venidas presurosas, si un alacrán quiere hundir su aguijón en las personas.

El viento lo avisa, un olor a crisantemo marchito viene del Norte cargado de presagios: se han callado los grillos y los inquietos gorriones revolotean en círculo. Presto el altar, la ofrenda desconoce los designios.

Procesiones de nubes llegan al lugar de los hechos siguiendo el orden inmutable del aviso. Las temperaturas elevadas perforan la colina de los vientos, los indómitos valles desdibujados reverberan y desde lo alto de las nubes altas ordenadamente se dispone la tragedia.

Descubre el ojo torvo en solitaria cabalgada, el temor oculto de los campos a las ingratas sementeras; por doquier el mal augurio, por doquier la herida abierta, por doquier la muerte presentida, insospechada y, sin embargo, manifiesta.

Urgidas galopadas de las piernas, la primera gota inaugura el desconcierto, cauta avanzadilla de sus compañeras, las que ocultan el sol agazapado esperando instrucciones más concretas. Son millones y una sola es vida en el desierto, añadidura del mar no desbordado; una gota no es peligro, ni diez juntas, ni mil veces un vaso.

Con cuatro nubes de encono enardecido se forma una tormenta, tres tormentas caben en un valle, son tres los valles convergentes y treinta y seis las nubes que hacina la gran nube resultante: han de unirse muchas fuerzas para desencadenar una catástrofe.

Por allá resopla la galerna, toneladas de agua, millones de metros cúbicos, una fortuna si se reparte en el lugar de la carencia: tierra reseca y cuarteada, balbuciente agricultura, fréjoles, tubérculos, titos y cebada, alimento que salva de la hambruna; apedrean con oro la puna y la sabana, cientos de millones de onzas, pasto para un millón de vacas.

¡Agua va!, y las treinta y seis nubes, y la nube total, el universo entero, las líquidas esferas, abren las compuertas y en menos de una hora cae con destructor impulso el agua de todos los planetas.

Se disuelve la tierra, los pies no encuentran suelo, todo es líquido y fuerza y piedras arrastradas. Las ramas se desgajan de los tallos, se tronchan los brotes de las plantas, el dios de la muerte exige un centenar de víctimas y el dolor de las supervivencias desgarradas.

Hay familias abajo, personas de todas las edades, borbotones de ternura, animales domésticos y enseres personales; útiles de pesca, aperos de labranza, amor a la Naturaleza inmensurable. Se vuelve contra el hombre el ajuar diario, arrasa arrasado y es espada; es martillo, es estaca, es mazo; es hacha violenta, es hiriente navaja.

Resisten los valientes derrochado arrojo, volcán interior que vomita atrevimiento, y agonizan tratando de remediar el abandono, alentando a los vivos y a los muertos. Huyen los cobardes y se salvan solos, simiente de una sociedad envuelta en miedos.

Trócase la tierra en pegajoso limo, los leños y las piedras se hacen presa, sujeción de mares bien nutridos; y en el momento que la fatalidad elige, suelta el incontenible contenido.

Exaltados relinchos de caballo, de las gargantas escapan fugitivos; conmovedores gritos, bramidos de toro ensangrentado. Dan paso a la desesperación y la impotencia, y tras el momento eterno que dura la agonía, ultrajan a quien ha dictado la sentencia.

La muerte forma manojos con los cuerpos: manos asidas a los brazos, brazos aferrados a los cuellos, cuellos unidos a los labios y los labios mordiéndole a la vida el amor enamorado.

Troncos abiertos en canal se hacen cimientos, y soportan el peso de los muros derribados, de los precipitados techos. Las astillas, incisivas como alfanjes, y los árboles arrancados de cuajo, son armas para el gigante que vomita el agua de los siete mares, sobre el insignificante hormiguero humano, acostumbrado al abuso de lo grande.

Cuando el cielo aclara su color y el temporal amaina, ofreciendo evidencias quedan los despojos: cabezas aplastadas por piedras inocentes, extremidades presas bajo escombros, vientres hinchados sobre desnutridos vientres, cuerpos oprimidos rebozados en el lodo.

El lodo, el lodo, el lodo; el lodo desprende de su seno improvisado, la expectativa de encontrar algún respiro y el hedor de los restos putrefactos. Los cadáveres preferidos por el agua, son arrastrados río abajo, hasta el delta que acoge en la ensenada, el barro y la madera, los cantos rodados. La tierra amanece devastada: la batalla despareja -sólo un bandoha dejado un esplendor corito, cubierto por miembros descarnados, de imposible retorno a los caminos.

En el cauce yermo de las vacías torrenteras, en los meandros de los ríos secos, levantan los parias de la tierra, sus pobres campamentos, sus frágiles viviendas.


CIEN

Está en el valle desierta la pradera y no hay razón, un hombre, como excepción, como regla, pasea a un perro o viceversa.

En la crecida orilla de la mermada charca, junto a un potrillo retozón, pasta una yegua baya; pinceladas móviles sobre el estático verdor, último sábado de abril por la mañana, mil novecientos noventa y dos.

Bebe después de cuatro intentos una bandada de palomas, vigilante, asustada, recelosa; y al menor indicio de peligro se evapora.

La temperatura -en grados- de la campa sobrepasa los treinta, soportados por trigales y cebadas que empiezan a encañar al agostarse, tras el elevado calor de una semana interminable.

La cosecha será exigua, en este año por demás aleve, si no cambian las variables del clima, disminuye el bochorno y al fin llueve. Casa de labradores remozada: corrales, paneras, cuadras; en la Residencia de Ancianos ha enfermado la esperanza.

La soledad, vacía de afectos y recados, borra las inestables coordenadas que sitúan el mundo en algún lado. Monólogo constante, sermón monotemático, conjuros desvaídos, retahíla de deseos y rechazos.

Una línea divide el espacio, tan sutil que se percibe a duras penas; aparenta -infranqueables, alargados- un hilo de seda, un cabello dorado, el bejuco de la hiedra; atraviesa arroyos, campos de labor y pinares, penetra en la casa por la puerta trasera, en la sala de visitas se detiene un instante, recorre una a una las camas desechas, sale por el balcón que da a la plaza, sube a la torre eminente de la iglesia y se pierde en el tiempo que la memoria alcanza.

Aquí, la belleza marchita, el agudo ingenio evaporado, el increíble relato de la posición perdida; aquí, en este lado, la desfigurada sonrisa, el terciopelo hecho jirones, el cementerio de la fantasía.

Allá, en la otra vertiente de la raya, los hijos y los nietos, la tumba del esposo, la casa en ruinas techada de nostalgias y la heredad plena de abrojos.

Inicia la mañana la hora incómoda del aseo diario. El hombre está desnudo sobre la túnica encharcada, el pergamino de su piel descolorida recibe el viento a ráfagas, choque continuo de puertas y ventanas.

La corriente ventila habitaciones, carencias largo tiempo escondidas, calenturas, orines de la noche, reiteradas pesadillas, el sueño agitado del insomne; embriones vivos de una muerte implícita, fatídicos temores.

Si la mente insolidaria se niega a prolongar la rutina, el alimento llega al estómago forzado, émbolo y conducto de material plástico; y los actos reflejos: respiro acompasado, débiles latidos, son de la existencia los únicos signos.

La realidad circundante se convierte en norma, los hechos repetidos forman guía, y el cuerpo humano sobrevive en medio hostil hasta que la muerte libera de la vida.

En impulsos de resorte toman -la cavidad llena del pico sumergidotres o cuatro gotas después de cinco intentos fallidos ocho o diez palomas, vigilantes, asustadas, recelosas.

Está en el valle desierta la pradera, como excepción, un muchacho, con evidente desgana lanza piedras a un gato.


CIENTO UNO

Ayer, tan sólo ayer, realidad insoslayable -llueve sobre Madrid, doce de marzo- el terror escogió trenes repletos de obreros y estudiantes, para exhibir su monstruoso gesto enmascarado.

Esperaron ocultos los sicarios a los más madrugadores, a los forzados a vivir lejos del lugar de su trabajo, y cuando los tuvieron hombro con hombro, cara con cara, comprimidos; cuando la densidad de población llegó a su límite más alto, sirviéndose de los últimos avances de la técnica, provocaron violentas explosiones, estruendos, llamaradas, fogonazos.

En la apocalíptica escenificación del último desastre, los esbirros del terror atacaron a la sociedad en sus cimientos, estallando bombas repletas de fanatismo y de barbarie. Perseguían el número, la turbamulta, el humano hormiguero; caja de resonancia de su falsa razón inconfesable.

Al instante los cuerpos fueron acericos agujereados de metralla, lavaron el suelo litros y litros de sangre efervescente, cubrieron raíles y traviesas pedazos de carne adheridos a la chapa y un desgarro de gritos huyó por las bocas abiertas en los vientres.

Incapaz la piedra, incapaz el árbol, incapaces el lobo y la serpiente, el tiburón y el leopardo; resultaron ser infrahombres residuales, fragmentarios o cocientes, los únicos capaces de concebir tales estragos.

En nombre de qué ofensa inexcusable prepararon los potentes explosivos, en nombre de qué dios o de qué patria colocaron los cables, sabiendo que a esa hora y en ese concreto espacio no iban a encontrar culpables.

Sin embargo, más allá de la muerte conseguida, fracasaron; más allá de comportamiento tan abstruso y tan cobarde, se mostraron incapaces de impedir que el cuerpo solidario, llevase su mano a taponar la herida inabarcable.

Ayer, tan sólo ayer -llueve sobre Madrid, doce de marzo- el terror reventó trenes repletos de obreros y estudiantes.


CIENTO DOS

Rayando el alba, hora temprana de la amanecida, varones y mujeres de vida independiente van a la oficina; y cuando entran en el zaguán del banco para proveerse de dinero, operación facilitada por el cajero automático, se quedan boquiabiertos.

En el reducido portal de las mínimas gestiones, donde la máquina expendedora de papel moneda facilita a cada uno -teniendo en cuenta el saldo y la capacidad de endeudamiento- una porción variable de sus duros, los clientes somnolientos descubren acostado al vagabundo.

Se guarece de la intemperie cada noche en ese espacio estrecho y sobre la estera de piel de coco duerme a pierna suelta, tan plácidamente como aquellos que se saben libres de problemas, porque al terminar el día otro nuevo suministra el calendario, lleno de posibilidades, todavía intacto.

Cubre al indigente una manta breve, que resalta los pies enfundados en rotos calcetines; yacen sus zapatos como en víspera de Reyes, abarloados a la espera de regalos inservibles; y en el lado derecho de la cabecera -evidenciando cierto descuido- los objetos que se suelen dejar sobre la mesa: llaves que abrieron puertas y postigos, la manoseada calderilla y un vaso de agua, depositario nocturno de la dentadura postiza.

Las gentes laboriosas, encargadas de marcar al día su comienzo, echan al durmiente un vistazo, y tomadas por un temor abstracto se van a otro cajero.


CIENTO TRES

Uno, dos, siete, treinta y cinco; seis mil ochocientos cuatro, doscientos treinta mil trece. Es la estadística incompleta de los obreros muertos en el tajo, el sumario de la necesidad humana, la prueba del nueve de la sumisión.

Las funciones lineales, los índices y los promedios, nacen de un pacto entre el poder y los números. Y los obreros muertos en el tajo, pueblan la realidad bastarda de los análisis cuantitativos, de los diagramas de flujo, de las hojas de cálculo y de la probabilidad elemental.

Pero dónde están los huérfanos, dónde las viudas de los obreros muertos en el tajo. Qué ocurre con los padres y hermanos, qué hay de los familiares, de los amigos y compañeros; y de cuantos amamos, aquí y allá, a los obreros muertos en el tajo.

Multitud dispersa, nos cierra su puerta la estadística. Quedamos fuera del cómputo de mutilados, de los gráficos aritméticos, de las hojas de cálculo y de las previsiones excedidas.

Miembro activo de esta sociedad desnivelada, trabajador de la pluma y de la difusión de ideas, yo, Pedro Sevylla, solidario con el segmento de población más desprotegido, exijo mi inclusión en el recuento de perjudicados, en las curvas de frecuencias, en las fluctuaciones y en el inventario de cifras -uno, dos, siete, treinta y cinco, seis mil ochocientos cuatro, doscientos treinta mil trece- junto a los obreros muertos en el tajo.


CIENTO CUATRO

Apenas conozco los difusos perfiles del destino y no sé si es ineluctable el devenir, el acontecer diario de unos hechos enlazados y sumisos. No sé si carente de freno el mundo se dirige hacia el abismo, pues son tantas las creencias propagadas que me tienen confundido. Pero si de la brega ajena alguien ha de obtener beneficio, si ha de talar los bosques para vendernos el aire haciéndose más rico, si oculto tras las bambalinas alguien ha de manejar los hilos, enviando fusiles a oprimir al oprimido...

No sé, repito; desconozco si es inevitable que las cosas sean como son, sin vuelta de hoja. Pero si alguien ha de mutilar la vida y su prodigioso asiento, yo me opondré a ese alguien que debe hacerlo.


CIENTO CINCO

Sin duda estoy profetizando: acabarán por encontrarse en los inabarcables infiernos, Sísifo y Tántalo.

“Tu tormento resulta llevadero”: exclamarán ambos: “el mío es en verdad acerbo”.


CIENTO SEIS

Me creo en la obligación humanitaria de hablar al colibrí, de explicarle sin largos circunloquios, imprecisos atajos o desdibujadas sutilezas, su esencial aportación al obstinado ciclo reproductor de la Naturaleza.

Le desvelaré de manera concluyente y decisiva, que en su ir y venir desazonado -buscando el alimento necesario para las idas y venidas- de la antera al estigma poliniza flores, labor imprescindible si se quiere que los frutos se presenten, entreguen la semilla, la transmitan y pueda desarrollarse y extenderse el hilo alargado de la vida.

Me comprometo a revelar al colibrí el sentido final de su ajetreo, paralelo o prolongación del mío si me atengo a la experiencia que poseo.


CIENTO SIETE

El líquido que el lagrimal derrama
no es ajeno al que brota de la frente
y su esencia varía levemente
del rocío fugaz que el sol inflama.
Del bosque el ojo abarca cada rama
grandes problemas caben en las mentes
no desbordan el mar cien mil torrentes
nada teje la urdimbre sin la trama.
Cuando faltan atajos o desvíos
recurro a la ferviente fantasía
y las alas me libran de los ríos.
Todo tiende a la frágil armonía
moderan los calores a los fríos
lo blanco con lo negro se equilibra.


CIENTO OCHO

Hoy que la esperanza es breve y vive en desencanto diluida, ¿quién ofrecerá un futuro codiciado si muere la Utopía? Quién descubrirá la poesía, vedija entre las zarzas, velero de papel a la deriva. Quién pondrá imaginación en las pintadas -ingenio de las frases- que derribe barreras y murallas.

Por qué razón edificante la policía hostigará a los jóvenes, qué relato heroico reservará la madurez a los hijos y a los nietos, quién defenderá al pueblo de la acción de los políticos, quién inventará el orden al revés a cada instante, quién hablará de la persona, qué será de la palabra compañero, quién osará trazar camino propio, quién se opondrá a los intereses de los más interesados, qué será de la pluralidad de vías, ¿quién estará de nuestro lado, si muere la Utopía?

Quién reducirá las insalvables diferencias que separan halcones de palomas, quién amará al hombre por su esencia quebradiza, quién buscará la paz, el perdón, la valentía; el amor, la libertad, la convivencia, si muere la Utopía.

Quién impedirá que a nuestra arcilla vacíen en moldes inhumanos los que hacen herramientas de las vidas. Quién acogerá las excepciones, quién será de lo diverso garantía. Quién nos librará de la ortodoxia, quién nos sacará de la estadística, ¿quién sobrevivirá al sistema, si muere la Utopía?


CIENTO NUEVE

En los primeros tiempos el hombre recibió los embates de la Naturaleza, furibundos, imperantes; y hubo de enfrentarse a las fieras moradoras del monte bajo, de las calcáreas laderas, de los valles; a los vestiglos, hijos de su miedo insuperable.

Luchó con ellos por la reducida caza, por el único bebedero; y al descubrirles el pecho cruzado de dentelladas, admiraron su considerable capacidad de sufrimiento, las ventajosas mañas.

Pobló los desfiladeros y los acantilados abruptos, meseta y altiplano donde sobrevivir es trabajoso, completando la expansión de los suyos. Poco a poco desarrolló conductas que glorifican el haz y desdeñan el envés, raíz de la actitud altiva y el quejumbroso llanto, del náufrago que es, cobarde y temerario.

Quedan sobras de alimentos en la estufa, ropa vieja de color desvanecido, retratos sepia de la abuela Julia, estatuas de gente que vivió hace siglos; castillos de moros y cristianos, escombros griegos y latinos, asomos vacceos bien cuidados, estelas indelebles, testimonios inequívocos del paso de Ulises en su barco; mandíbulas y cráneos de las primeras criaturas, esqueletos fósiles de los grandes saurios, diamantes procedentes de una fusión antigua, ocurrida hace miles de millones de años; y el corazón del hombre -acompasado innúmero latido- impeliendo y expeliendo humores,
pide un descanso merecido.

Pasan las estrellas, las costumbres y los dogmas, el agua del río, las aves migratorias; sólo el tiempo y el espacio permanecen fijos, ánforas enormes, hidrias llenas, donde se agita la vida buscando el equilibrio; y temo con inquietud aceda, que el corazón del hombre, rozado por lo tornadizo, insistiendo contra el viento y la marea, en saldar créditos antiguos, desgaste su simple maquinaria y se detenga.


CIENTO DIEZ

En cuanto la indómita Naturaleza dio al hombre un momento de tregua, el hombre dedicó su denodado esfuerzo a escrutar enigmas de engañosa apariencia: el soplo vital de mente y cuerpo, los puntos de salida y afluencia y el sentido último del Universo.

En ese proceso el hombre ideó un Ser único y primero; arranque y fin de todo lo existente y existido, por desearlo eterno. Un Ser enorme que contiene en su seno el Firmamento, por quererlo infinito. Identificó al Ser con el bien soberano, tan generoso que permite la existencia del mal, tan fuerte que lo vence a diario.

En lugares elevados o en cruces de caminos, construyó altares destinados a ofrecer dones y sacrificios. Fundó órdenes de ungidos sacerdotes, de sacerdotisas obedientes; encargados de pronunciar –los menos torpes- la última palabra sobre lo bueno, lo malo y lo indiferente; y de recaudar -los más fornidos- primicias y diezmos con los que llevar el credo a todas las gentes.

Comprobó el hombre que el Ser daba respuesta a cualquier pregunta, a cualquier inquietud humana: la organización social, la administración de la justicia, la libertad de elección y la igualdad en la línea de partida. El hombre se dedica desde entonces por entero, a poner en marcha la sociedad global, la de la tribu única y el reglado pensamiento, moneda común y mercado universal del todo abierto; formada por seis mil quinientos millones de activos consumidores y votantes satisfechos.


CIENTO ONCE

Buscando una luz que eternos enigmas esclarezca, en el fondo incontable de la Biblioteca Nacional, hallé inconcluso el Poema que escribe sin descanso la vieja humanidad.

Hembra o varón emergidos de la bestia, vigorosa mocedad, vejez pausada, cada uno de los múltiples poetas lanza un grito de esplendor incandescente o un vagido de amortiguadas tinieblas, añadiendo al conjunto sus líneas incompletas.

Contradictorios versos del hombre confundido: en algunos duerme la madre, otros muestran afilados los cuchillos; los más liberan breves vuelos de plácidas palomas, mientras que en numerosas excepciones culebrean serpientes de extravío.

Hay cantos humanos atribuidos a Whitman, americano del Norte como Eliot y Pound; al sureño Neruda, al español Machado, a un griego llamado Odiseas, a Yeats el irlandés; a Ekelöf el escandinavo, a los franceses Rimbaud y Baudelaire. Hay poemas que dicen todo de los caminos borrados, de los pasos perdidos, firmados por Vallejo, Hierro, Maiakovski, Apollinaire y Darío. Palabras que resuenan en la bóveda del cielo, escritas
por Pessoa, Rilke, Aleixandre; Thomas, Hugo, Lorca, Juan Ramón o Montale.

He leído en Gilgamesh, Mahabharata y Ramayana, profundos y espléndidos pasajes, que continúan su relato en la Biblia o en los Vedas y en las inmortales epopeyas de Homero, Virgilio y Dante.

A esas piezas bendecidas se arriman trozos ilegibles, confusos, sin misterio; alejados de la belleza, a la emoción ajenos. Pero basta examinar con atención el prolongado Poema, de arriba abajo y de izquierda a derecha, para conocer el caminar errante de la tribu, el zigzagueo, la desencantada huída y el esperanzado regreso.

Yo añado estos versos a los tuyos, escritos en papel pautado, en los blancos muros, en el agua clara y en la suave arena; para alargar el Poema interminable que escriben los poetas, conocidos y anónimos de todos los tiempos, de todas las razas y creencias.


Ilustracion: Siegfried WOLDHEK - http://woldhek.nl/

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