jeudi 14 août 2008

SECH/ Fatalmente unidos de Ricardo GÓMEZ LÓPEZ

Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
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Fatalmente unidos
Por Ricardo GÓMEZ LÓPEZ, Chile, Miembro de la SECH Santiago

NOCHEBUENA. Los niños en sus casas abrían paquetes de regalos para reencontrarse con chispeantes sonrisas, mientras en un pequeño bar del centro de la capital, Carlos Faúndez, que ya había pasado cincuenta y cinco años sobre este mundo, hacía amistad con César Fuenzalida, al que ya le pesaban demasiado sus sesenta y tantos. Dos solitarios desencantados de la vida, y borrachos de tanto giro de planeta, se habían sentado a la misma mesa, y después de haber intercambiado unas cuantas trivialidades, se presentaron:
-Carlos Faúndez Alvear.
-César Fuenzalida Álvarez, para servirle.

Un apretón de manos terminó por franquear las puertas de la confianza, permitiéndoles adentrarse por terrenos más íntimos:
-Perdone don Carlos que sea tan impertinente: ¿tiene usted familia?

Fuenzalida bajó la mirada y se quedó con los ojos pegados al vaso que paseaba entre sus manos y que le devolvía la intermitencia de las luces del pequeño árbol de pascua que descansaba sobre la barra. Bebió la mitad de su contenido y respondió un tanto abúlico:
-Mi señora, tres hijos y dos nietos. Han llenado grandes momentos de mi vida.
Me abandonaron. Se fueron al sur, donde mi suegra.

Empinó el vaso hasta la última gota y le devolvió la pregunta:
-¿Y usted...?
-Yo me fui de la casa. Arriendo una pieza cerca de aquí. De vez en cuando las visito... Ella vive con la menor de mis hijas. Hay tantas cosas que no tienen explicación...
-Así no más es, Carlos. Sabe, yo nunca pude realizarme plenamente con una mujer: amarla con todo... Es un peso que ha terminado por encorvarme el alma.
-Yo quise a muchas mujeres, pero al igual que usted, César, me sucedió algo parecido... De nada sirvió darme por entero. Le juro que lo intenté. Son cosas que van más allá de uno.
-Bueno, mis amoríos también fueron pasajeros. Me enamoraba y con la misma facilidad se me pasaba el entusiasmo. ¿No habremos sido demasiado idealistas, Carlos?

Fuenzalida hizo el amago de sonreír, y esa palabrita le quedó resonando como si fuese la voz de su conciencia: idealistas…, idealistas… Pasaron un par de horas en que el vino, inútilmente, trataba de lubricar los sendos nudos que apretaban aquellas gargantas, mientras sus reflexiones y recuerdos se trasvasaban como por inercia... Ya eran más de las cinco de la madrugada y habían quedado solos en el bar. Un triste villancico bailaba indiferente en sus oídos acompañando el llanto silencioso de aquellos desencantados. Desde el húmedo sopor que lo envolvía, Faúndez volvió a sacar la voz:
-¿Sabes César?, discúlpame que te tutee, hemos pasado por las mismas y se ve que eres un tipo de buenos sentimientos.

Fuenzalida lo miró un tanto extrañado y después soltó una gran carcajada, y, antes que su reciente amigo pudiese reaccionar, le explicó:
-Mira Carlos, no me había percatado: si hasta nuestros nombres y apellidos tienen las mismas iniciales: C. F. A.: ¡Cagados, Fatales y Anónimos!, ¡ja, ja, ja! Ambos se echaron a reír hasta más no poder. Pasada la algarabía quedaron con sus cabezas gachas y los rostros mustios.

Después de algunos minutos extraviados en aquel silencio, sus miradas se encontraron en el sutil reflejo de la impotencia.

Los trinos de avecillas madrugadoras, se sumaron al tañido de campanas que emitía un altoparlante apostado en el campanario de la Catedral, saludando el día en que naciera el Nazareno.

Ya había amanecido cuando el guardia del Parque de los Reyes encontró, sobre el césped, los cadáveres de dos hombres tomados de la mano, tendidos sobre la indiferencia de la mañana.


Ilustración: Jie Chun Moo - http://www.irancartoon.com