samedi 23 août 2008

SECH/Cuento de Edmanuel FERREIRA MONDACE: El Entierro


Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
Filial Región de Gabriela Mistral-Coquimbo
Fonos (56-51) 227275 (56-51) 243198
Celular 90157729
luiseaguilera.57@gmail.com
luiseaguilera02@gmail.com
www.luiseaguilera.blogspot.com
La Serena – Chile


Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=SECH

Cuento:
El Entierro*
Por Edmanuel FERREIRA MONDACE

Miembro SECH, IV Reg.

El mineral bullía de trabajadores que bajaban de la mina de cuarzo, los perros jugueteaban entre los arbustos y los niños se solazaban mirando a los canes. Mi padre, sentado en la pieza que hacía las veces de oficina, con apenas veintiséis años y al mando de dicha faena, se mostraba preocupado del próximo embarque del mineral a la ciudad de Santiago. £1 era uno de los responsables de lo que allí sucedía.

El lugar en que se ubicaba el campamento estaba rodeado de hermosos quillayes, maitenes, maquis, peumos. Era un paraíso de vegetación.

Los mineros contaban que a pesar de ser hermoso, era un lugar peligroso para los hombres, pues habitaban junto a ellos los pumas, los gatos salvajes, feos culebrones y cuanto bicho pudiera existir en tan boscoso lugar.

Mi madre, con apenas dieciocho años, acompañaba a mi padre en aquel lugar apartado de la ciudad más cercana, que era Illapel. Ella ya sabía lo que significaba la vida de un minero y junto a otras mujeres del campamento atendían a sus esposos con esmero y mucho sacrificio. Todo era por estar junto a su familia.

Las noches del campamento eran alegres a pesar de la soledad que se sentía por estar tan lejos de los centros más poblados. Allí, a la luz de una vela, chonchón o lámpara a carburo se juntaban las familias a escuchar los relatos de mineros.

Todas las historias que se narraban giraban en torno a temas de la selva en que vivían y a la vida del hombre en las minas.

Cuando las tardes se echaban encima del campamento los niños sabían que era el momento de interesantes relatos, los cuales llegaban especialmente de la boca de mi padre. Pero no sólo los niños, sino también los rudos hombres que horadaban la montaña para extraer de sus entrañas el blanco metal. Terminado el relato de la noche todos se retiraban con la emoción de lo escuchado y con la idea de que la historia jamás se les olvidaría.

Aquella vida se hacía más grata y amena, gracias a ese don que tenía mi padre para narrar.

Lo que nunca supieron los mineros y menos los niños si aquellas historias eran reales o simple ficción.

Una de las noches, que según mi recuerdo, la más oscura que se haya vivido en aquel lugar, fue testigo de una extraña situación.
-Manuel, parece que alguien golpea a la puerta- le dijo mi madre.
-Yo no escuché nada- dijo mi padre. Seguramente es el viento que esté roncando.

Sin embargo, ante el silencio que reinaba en el campamento, mi padre pudo escuchar unos golpes en la puerta.
-Vieja, tú tienes razón, alguien golpea.
-No te dije- respondió mi madre.
- Iré a ver quien es.
-Ten cuidado, porque es extraño que a estas horas venga alguien del campamento a molestarte.
-Tú siempre con tus temores - le dijo mi padre. Debe ser un minero que necesita de mí.
-No te confíes y lleva la escopeta que está colgada en el muro.

Mi padre tomó el arma y la cargó con dos cartuchos. Abrió la puerta y para su sorpresa vio frente a él a un anciano de larga barba blanca. Se parecía al viejo pascuero.

Sorprendido en un comienzo, mi padre reaccionó y le dio las buenas noches a aquel extraño hombre.

El hombre no le contestó, pero le respondió los buenos deseos a mi padre con un movimiento de cabeza y luego le indicó que lo siguiera.

Sin que ello le produjera temor, mi padre siguió al anciano, que con un cayado en la mano derecha avanzó lentamente hasta llegar al centro del terreno que hacía de patio del caserío. Fue allí que hizo con su vara un dibujo en el suelo y sin hablar una sola palabra se retiró tal como había llegado: En silencio.

Mi padre miró lo que el extraño viejo había hecho y se pudo dar cuenta que era un rectángulo de unos tres metros de largo por dos de ancho. Sin duda, todo era muy misterioso.

Al llegar al lecho donde mi madre lo esperaba, le contó lo sucedido. Ambos no pudieron descifrar aquel extraño hecho de tan misteriosa visita. Todo quedó entre esas cuatro paredes. Mis padres no contaron lo que les sucedió.

Pasaron los días y un fin se semana del mes de Agosto del año 1949, llegaron en busca de trabajo dos sujetos. Uno era alto, delgado, de tez blanca y con una mirada penetrante. El otro era de estatura baja, más bien gordo, de manos poderosas y musculosos brazos.
-Patroncito, en el pueblo nos dijeron que aquí podíamos encontrar trabajo - le dijo el más alto.
-Lamentablemente no hay - le respondió mi padre, pero pueden quedarse si lo desean.
-Gracias patrón - dijo el gordo musculoso.
-Mi padre gritó a uno de los mineros y le dijo que les preparara un lugar, pues ellos se quedarían hasta el comienzo de semana en el campamento.

Así fue que los dos sujetos se acamparon en el caserío del mineral. Los mineros con su espíritu solidario los recibieron con amabilidad.

La noche del día Viernes pasó sin novedades, sin embargo, la del día siguiente tuvo algo más que extraño, pues los visitantes ya no estaban y dejaron como recuerdo un gran hoyo en el mismo lugar en que el anciano le había marcado un rectángulo a mi padre. Buscaron algo que ellos sabían que se encontraba allí. ¿Sería un entierro? - se preguntó mi padre.

Como había que dar una respuesta a los hechos los hombres empezaron a intercambiar ideas sobre lo sucedido, hasta que uno de ellos le contó a mi progenitor que la noche del Sábado le pareció extraño que el hombre alto habría colocado una barreta y una pala cerca de una da las barracas próximas al hoyo .Sin duda era para utilizarlas en la excavación.

Otro de los mineros relató que el sujeto más bajo le habría dicho que se irían sin falta el Domingo, lo que le pareció raro, pero no le dio mayor importancia.

Al recibir esa información mi padre trató de buscar una explicación racional a lo acaecido y para ello esperó que todos los trabajadores se retiraran a sus barracas, donde sin duda, también continuaron sus cavilaciones.

Eran como las diez de la noche y mi papá decidió ir en busca de lo que pensaba. Mi madre también aceptaba la hipótesis de su esposo.

Con una lámpara a carburo alumbró cada rincón de la excavación hasta que encontró lo que esperaba. Sí, una peseta de oro.
-Vieja, parece que la suerte nunca está de nuestra parte.
-Así es, le respondió mi madre, mirando la brillante moneda que mi viejo tenía en su diestra.
-Lo que el anciano me mostró era el lugar de un entierro y yo no lo entendí.
Ambos se quedaron abrazados mirando la excavación como si esperaran que llegara de nuevo el anciano para decirles que para la próxima vez creyeran en las señales del más allá.


* del libro «Cuentos y relatos de Vida y Muerte»

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...