jeudi 14 août 2008

SECH/Digno de Spielberg de Juan CAMERON

Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
Filial Región de Gabriela Mistral-Coquimbo
Fonos (56-51) 227275 (56-51) 243198
Celular 90157729
luiseaguilera.57@gmail.com
luiseaguilera02@gmail.com
www.luiseaguilera.blogspot.com
La Serena – Chile


Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=SECH


Digno de Spielberg
Por Juan Cameron, Chile, Miembro miembro Sech. Valparaíso

Usted no me toma en serio, no respeta mi profesión; murmura que no tengo futuro. Si supiera de toda esta ternura, de toda esta capacidad, de mis sueños y esperanzas, de cómo me esfuerzo en cumplir con mi trabajo, con la mayor seriedad posible, cada día mejor. Tal vez sea a causa de mis sueños; soy un soñador, no puedo negarlo.

Yo le dibujo sus pies. Trazo con un carboncillo la planta de uno y, de perfil el otro, voy en perfecta mano alzada delineando sus pantorrillas. Usted ríe, desnuda. Le causo cosquillas. Es que no sólo la dibujo, sino que la reconstruyo. No, no la reconstruyo.

Usted está allí y usted es el dibujo. No sé si está de antes; pero es como si sobre un vidrio, que no existe tampoco, dibujara sus piernas morenas. Y luego vienen otras imágenes. Usted, de camisa azul y falda roja se aparece una, dos, tres veces. Pero es la misma. Me sonríe; y yo sigo soñando feliz.

Luego voy por una calle, un puente más bien sobre un río oscuro. No es la oscuridad de la noche; es la oscuridad de los atardeceres invernales, nubosos, plúmbeos, sin luz artificial. Es, más bien, un paisaje con altos muros en los bordes y el suelo cubierto de maleza. No hay río; o no se ve; apenas si se intuye. Voy de pantalones cortos, descalzo, soy un niño otra vez. El frío y la maleza que aparto con dificultad dañan mis piernas. El peligro existe. Miro con atención hacia adelante y hacia atrás y nada descubro. Sé ahora que no hay nada porque yo no quiero.

Al final, a través de una tapia de madera -destartalada por el tiempo y cubierta de musgo- una puerta que se abre o cruzo me encuentra ya, a mi edad, sobre un prado soleado y cálido. Los perros, aquellos que alguna vez tuve, corren hacia mí gimiendo de alegría y me lamen, me empujan y se calman, jadeantes en espera de mis órdenes.

Hincado la presiento, a ella, una vez más; a esa ella que no es usted; pero que ahora sé que es ella, blanca, vestida como las rubias campesinas suecas en día de fiesta. Y me recibe porque regreso a casa; y mi hijo menor está a mi lado. Son sueños, me digo. La imagen de la luz al final del camino está demasiado utilizada para intentar esclarecerla de nuevo, Mis metáforas no son sino simples metáforas de parto, de resurrección, de resurrección al País de Nunca Jamás, de ese comenzado a vivir hasta el día en que la iluminación no fue sino una brusca oscuridad.

Con todo, no me siento desgraciado. Por el contrario, la tengo a usted. Pienso en otros tipos y sus desgracias me reconfortan: Jiménez, por ejemplo. Era feo y feliz; y terriblemente inteligente. Nos hicimos amigos en los últimos años de la universidad; y no por razones de estudios, sino más bien a causa del ajedrez.

Yo era primer tablero de la Escuela y aún cuando parecía un niño, que en verdad lo era, mis triunfos fueron poco a poco granjeándome el respeto. Al final nos emborrachábamos y juntos íbamos a los prostíbulos de calle Chacabuco. Con López Pescio, por supuesto; el profesor de Procesal. De Jiménez supe una vez que vivía en Ecuador, que estaba preso en Guayaquil o en Esmeraldas -en verdad ya no recuerdopero el nombre del pueblo era mágico como el mismísimo Ecuador. Me dijeron que había muerto, definitivamente muerto durante el asalto del ejército colombiano a la Corte Suprema de Justicia. No sé de cual lado estaba; si de abogado o de guerrillero. Lo cierto es que los pocos restos humanos que recogieron, supuestamente de él, no bastaron para identificarlo. Se lo notificaron a su mujer -quien tampoco sabía de él desde el setenta y tres, desde el mismísimo golpe de Estado- en la Embajada, en Santiago. Su hijo fue el primer enamorado de mi hija. Destinos son destinos. Me habría gustado brindar con Jiménez un buen vaso de tinto sentados en la Cancha de los Cesantes la misma tarde del terremoto del ochenta y cinco.

Pienso en el flaco Nilson, tan desgraciado el pobre. No tenía mucha fortuna; aparte del reloj de Cristóbal Colón, heredado de su padre. Fue atropellado un domingo en la Gran Avenida y del reloj nunca más se supo. Los últimos restos fueron desactivados por la Brigada Antiterrorista y su viuda no recibió sino unas cuantas acciones del Hogar de Cristo, dos boletos del Club Hípico y el minutero, que más bien pudo haber pertenecido a un medidor de gas.

Pero hablemos de nosotros. Puedo asegurarle que el próximo mes estaré mejor. El gringo Strömberg ofreció subirme el sueldo y darme un porcentaje de las entradas. Le prometo que dejaré de tomar. Dice que mi número -ese en que aparezco de campesina sueca y pintado de negro- hace reír a los niños y hasta fue mencionado en la página de espectáculos del diario de Halmstad. El truco de la explosión es increíble, dijo el Gringo. “Digno de Spielberg” me palmoteó cuando acabamos con el whisky. Sólo que los perros de Bengsson, ese infeliz racista, me persiguen al final de cada número. En tres minutos salgo a la pista; después le sigo contando. Le llevaré una imagen de San Benito, que me regaló un viejo santero de Itariba, y un cuero de ante, de esos que tanto le gustan. Ahora debo arreglarme el maquillaje antes de salir; que parece le cayera una gota de vino blanco.
Ilustración: David LEVINE - http://www.nybooks.com

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...