samedi 30 août 2008

Vlady KOCIANCICH/ Cortázar y los vampiros


Cortázar y los vampiros
Por Vlady Kociancich

¿Azar o destino? El autor de Bestiario y la autora de este texto se encontraron en Buenos Aires para hablar de un misterio literario. En esa cita, el escritor le predijo a su colega, como si le encargara una misión, que ella visitaría una ciudad rumana casi desconocida y le insinuó que en las tierras de Drácula hallaría la explicación de esa profecía

Noche de luna llena en Brasov, Transilvania, a mediados de los años setenta. El auto que me lleva a cenar a una posada del siglo XV gira lentamente por calles medievales, de caracol, en una oscuridad espesa y muda.

He venido a Rumania con el encargo de escribir un artículo para la revista de turismo que me emplea y los tres días aquí no han sido nada fáciles. Apenas llegada de Moscú, ya que la Unión Soviética también forma parte de una edición especial, me entero de que mis anfitriones rusos no han tenido mejor idea que llamar a Bucarest y recomendarme a las autoridades, amabilidad que es entendida como orden tajante. Y que cae en uno de esos momentos peligrosos en que el gobierno de Ceacescu se rebela contra el dominio de la Unión Soviética. Así que cuando bajo del Tupolev de Aeroflot me encuentro con un aeropuerto rodeado de tanques de guerra y gente armada hasta los dientes, en espera de una invasión. No es sólo eso. Llego también después del terremoto que ha arrasado la capital y del que milagrosamente escapé por cambiar la fecha del viaje.

Me hacen esperar en un frío de hielo. Estoy en la pista, entre aviones y tanques, mirando un espectáculo que parece sacado de una vieja película de la Segunda Guerra Mundial, cuando veo a un hombre mayor, muy flaco, algo encorvado, de pelo gris y anteojos, en un sobretodo negro y con una larga bufanda enroscada en el cuello, que se acerca al trote y me informa, tosiendo y sonándose la nariz con un enorme pañuelo blanco, que es el guía que me han asignado y que disculpe su resfrío. Se presenta a sí mismo con infinita melancolía. Es profesor, un académico de Letras, su nombre es Trajano y habla un castellano perfecto. Conoce ocho idiomas, explica con una jactancia lacrimosa, y no puedo dejar de acordarme de Bernard Shaw cuando caracterizó la acumulación de lenguas como una de las pruebas incontestables de la estupidez. Pero el profesor Trajano tiene una pasión: las letras de tango.

" Adiós muchachos, compañeros de mi vida... ¿Es así, señora Kociancich?", recita, mientras yo trato inútilmente de que me diga a dónde vamos y por qué no al hotel para dejar las valijas, darme una ducha y tomar un café. El profesor Trajano suspira, mueve la cabeza en un gesto de agobio a punto del colapso, dice que él no deseaba esta tan honorable tarea de acompañarme en mi estadía pero que no encontraron a un reemplazo culto y digno de mi visita. " Sur, paredón y después... ¿Es así, señora Kociancich?"

Además del profesor Trajano me han asignado un auto y un chofer. El auto es enorme, negro, antiguo, una limusina de colección. El chofer, Dimitri, alto, moreno, el pelo alborotado y una sonrisa despectiva en la cara sin afeitar, un cigarrillo apagado colgando de los labios, odia a los comunistas, se burla del triste profesor y no obedece sin protesta sus indicaciones. "...stos se van a terminar" es la letra favorita de Dimitri, canturreada en inglés, y me señala como una profecía de la caída del sistema el derrumbe de los edificios nuevos y feos junto a las elegantes casas de otro tiempo que aún se mantienen en pie.

Como sé que comunicarse en una lengua ajena no significa realmente entenderse, que siempre hay un código nativo que confunde el mensaje, conservo la esperanza de haberme equivocado y de que me estén llevando al hotel, pero el auto se detiene frente a una casa gris, agrietada por el terremoto. Pisando escombros y esquivando vigas partidas y bloques de cemento, llegamos a una sala. No hay otros muebles que una gran mesa de directorio en el centro y varios hombres, cinco o seis, de traje oscuro y corbata, sentados alrededor, que me miran ceñudos, sin saludarme, mientras el profesor Trajano, más triste y resfriado que nunca, me presenta.

La escena entre el polvo y los cascotes es surrealista. Peor, estoy ahí. "Qué vino a hacer, especifique", me preguntan. ¿Especificar? De pie porque nadie me ofrece asiento, tímida de puro asombro, les recuerdo los pasos formales dados en Buenos Aires por la revista, la invitación que recibimos a cambio de un artículo sobre los atractivos turísticos del país, la contratación de espacios publicitarios, las cartas y faxes intercambiados. Uno de los hombres, el más rígido, de pelo negro casi al ras y bigotes muy cortos, levanta una mano, la palma enharinada del concreto que salpica la mesa. Junto a la mano, viene la acusación. Es un discurso seco, cargado de reproches. Si vengo de Moscú, soy una enviada de Moscú. Niego, repito que se trata del mismo viaje periodístico. Silencio. Apelo al famoso acuerdo de Helsinki que resguarda el turismo de cualquier circunstancia política y que generalmente funciona. No funciona. Silencio. Entonces, por primera vez me doy cuenta de que estoy sola, que no conozco a nadie en este pedazo del planeta, encintado con un hierro invisible.

La desesperación me enfurece. Les grito "yo, argentina", que en esas circunstancias no es precisamente el chiste nacional, exijo que me devuelvan al aeropuerto para tomar el primer vuelo a Belgrado, que ya me harté de sus intrigas miserables. Este mundo es muy raro. Increíblemente, los hombres de traje oscuro se disculpan, sonríen, instruyen a Trajano sobre el hotel, el recorrido, las vistas y monumentos. Recuerdo mi estupor más que mi alivio. Y una extraña desilusión por el cambio, como si en la locura de otros uno esperase alguna mínima coherencia.


"Cuando estés en Brasov"

Noche en Brasov, ciudadela fundada alrededor del 1200 por los sajones, corazón de Transilvania, de un paisaje montañoso espectacular en una de cuyas aristas, Bran, está el castillo de Drácula, es decir, de Vlad Tepes, el sanguinario conde recordado como "el empalador" por su castigo favorito al que sumaba crímenes monstruosos y sin razón ( Draculae significa "hijo del diablo") y celebrado como héroe nacional por sus victorias contra el invasor turco.

Oscura como un pozo, Brasov. Dimitri conduce despacio para que pueda ver la iglesia más antigua y venerada, la Iglesia Negra. Gótica en todos los sentidos. La claridad lunar acentúa la forma de un gigante monje de piedra en un hábito negro que vigila a los pecadores desde la curva de una esquina. Me estremezco. El profesor Trajano explica que la negrura se debe a un incendio de hace siglos, pero no me convence. La ficción siempre es más fuerte que la realidad y durante un minuto la sombra literaria de Drácula sobrevuela los picos agudos, las ojivas como bocas abiertas. Dimitri se persigna. El profesor Trajano se fastidia.

"Cuando estés en Brasov..." ¿Quién me dijo esa frase? No tengo tiempo de buscarla en la memoria. Hemos llegado a El Ciervo de los Cárpatos, al restaurante y la mesa especialmente reservada, que me amarga porque calca el aislamiento de este viaje. Está sobre una especie de tarima, con un cerco de flores artificiales. Me siento ridícula y presa, mirando a los comensales felices que charlan allá abajo. No me miran. Tal vez porque la única demostración de vida del profesor Trajano es entrar gritando a cada sitio: ¡Ministeriul gueste! O algo así, que significa "invitada del ministerio". De pronto, suena un acorde familiar. Es un tango.

Paso de ver a Drácula a ver rumanos bailando un tango ensimismados, como en un doble sueño fantástico. Cuando estés en Brasov . Ahora sí recuerdo. La frase me la dijo Cortázar, unos dos años antes, en una mesa del restaurante Re dei Vini, en Buenos Aires.

Quién nos encantó y para qué...


Yo no sólo admiraba a Cortázar. Sentía por sus libros un profundo agradecimiento. No me gustaban sus novelas, no me alcanzó el impacto que produjo Rayuela en otros escritores de mi generación, pero desde la lectura de Bestiario sus cuentos me iban guiando como una mano tendida a través del bosque de ignorancia en que un autor joven da los primeros pasos. Soñaba con el día en que pudiera escribir algo siquiera aproximado a la perfección de un relato como "La continuidad de los parques".

Nunca en mi vida pedí que me presentaran a un escritor. La excepción a esta regla fue Cortázar, en su visita a Buenos Aires, y el encuentro lo concertó mi amigo Francisco Porrúa, entonces editor de Sudamericana. Yo tenía una buena excusa: hacerle unas preguntas sobre el raro caso de dos cuentos casi idénticos que él y Bioy Casares habían escrito y que yo pensaba comentar en un artículo. La cita era en la confitería Saint James de Santa Fe y Maipú. Con la prudencia de todo escritor famoso y asediado, Córtazar se lamentó de tener sólo el tiempo de tomar un café. No me importaba, realmente. Diez minutos ya eran un privilegio. En esos días, la literatura fantástica significaba para mí y para muchos principiantes un gran campo de pruebas, y Cortázar era uno de sus héroes. Lo recuerdo como todos los que lo conocieron. Altísimo, agradable, cortés en un tono suelto y amistoso, sin vanidad ni prepotencia, en suma, muy parecido en el trato a Borges y a Bioy Casares, como si el género que compartían les hubiera dado los rasgos de una misma familia.

Con respecto a los cuentos gemelos, me comentó que la noche anterior había cenado con Bioy y que se habían divertido tratando de explicarse, sin éxito, las misteriosas coincidencias. Sobre todo, la cita apócrifa que Bioy puso bajo el título de su relato, ignorando, por supuesto, que Cortázar estaba escribiendo la misma historia. Quién nos encantó y para qué, nunca lo sabremos . "Ese nos es mágico -me dijo sonriendo-, pero Bioy no cree en magia alguna. Yo no estoy tan seguro."

A él le parecía sumamente curioso que un autor como Bioy Casares, pródigo en diablos, monstruos y máquinas fantásticas, fuera en persona tan racionalista como para mostrarse horrorizado cuando él le habló de la posible existencia de un orden secreto bajo la apariencia del orden visible que, sumado al viento del azar, nos rige sin que nos demos cuenta. Cortázar no descartaba un tercio de verdad en médiums que adivinaban, en profecías que se cumplían, en sueños premonitorios. Me imaginé a Bioy tratando de disimular su escándalo porque apreciaba y respetaba a Cortázar, mientras oía lo que él consideraba meras supersticiones.

También yo estaba desconcertada. No hay en los cuentos de Cortázar un peso tan fuerte de lo sobrenatural como en los de Bioy. Tampoco una estructura tan deliberadamente fantástica. De hecho, el material de las historias y del estilo de Cortázar no es lo fantástico sino lo irreal. Una irrealidad percibida en la vida cotidiana, de mínimos gestos y avisos que pasan nerviosamente sobre la aparente lisura de un colectivo, de una casa de barrio, del juego de unos niños, para volverse luego sofocantes y trágicos. Esta literatura de la irrealidad, tan argentina, tan clavada en nosotros como la estaca pampa, era a la que yo aspiraba, desde la influencia de La línea de sombra de Conrad. Siempre creí que el realismo puro que algunos autores latinoamericanos, entre ellos Vargas Llosa, pregonan como la única y exclusiva verdad literaria puede tener algo de increíble, de mala página fantástica. Porque también somos nuestros sueños y nuestras pesadillas.

Una hora después almorzábamos en Re dei Vini. Muy a lo porteño: bife, papas fritas, vino tinto, pero ante todo, la conversación interminable, el rito nacional y la única nostalgia de Cortázar residente en Francia. No sé cómo entraron los vampiros en esa madeja de temas sobre el lado oscuro del mundo que cuenta la ficción. Creo que a través de la puerta de una anécdota que respondía a mi pregunta de por qué se había ido de Buenos Aires.

Una noche, Cortázar y un amigo recorrían un barrio de París, vieron un patio muy hermoso al frente de una casa, entraron, y admiraban la arquitectura y la fuente central cuando salió la concierge , furiosa, a echarlos. Cortázar se disculpó diciendo que habían entrado porque estar en aquel patio era como estar en el Louvre. La portera le replicó: "El Louvre, monsieur , cierra a las cinco". A Córtazar, esa frialdad lo conquistó. "Necesitaba la indiferencia de París. Ser un extraño para otros, un nadie, a lo sumo un inoportuno en vida ajena, sentirme fuera de la mía." ¿El Drácula de Bram Stoker cuyo peor enemigo era la luz?

Por qué no creer, me insistía, en que esas figuras negras de la imaginación son figuras del mundo que no vemos y en un sentido popular más reales que Hamlet o Don Quijote. En Rumania, creían en vampiros. Me reí. Pensé que hablaba en broma. Lo niegan y se ofenden, aclaró, y es natural, a qué país le gusta tener de prócer al Conde Drácula, para colmo famoso por el libro de un extranjero, pero creen en su existencia.

"Cuando estés en Brasov, me dijo, mirá las puertas de las casas, hay ristras de ajo contra los vampiros." Brasov es como un hueco en la oscuridad donde uno podría entender, si quisiera, las coincidencias más extrañas, la mezcla de pasado y futuro, el terror a las consecuencias sobrenaturales de cualquier acción, sobre todo de noche. Algo desanimada por el tono que había alcanzado la discusión -sentí que ya parecíamos dos señoras tirándonos las cartas o leyendo la borra del café- le dije francamente que mi sueldo no me llevaba más lejos que Mar del Plata. Cortázar no me oyó. "Cuando vayas a Brasov", proseguía, dándome consejos sobre qué y cómo mirar aquel momento del futuro.

No volví a verlo. Intercambiamos un par de cartas, Cortázar era un corresponsal atento, creo que todo Buenos Aires guarda alguna de esas largas y brillantes respuestas en papel vía aérea, y nada más. De la conversación en Re dei Vini me quedó el ejemplar de la antología de sus cuentos que en esos días había publicado Sudamericana y que a la altura del último café me atreví a pedirle que me firmara. La dedicatoria, quizá un mero clisé de ese género incómodo, decía: "En el primer día de nuestra amistad". Recuerdo claramente mi emoción. Yo era entonces tan joven.


Las puertas del cielo

Dos años después de ese almuerzo, estoy en Brasov. "Rara, como encendida", anota el profesor Trajano en su libretita y se enoja porque no sé cómo sigue la letra de Los mareados . Rara, como encendida, me parece de pronto la escena de la mesa, la orquesta y los bailarines.

Llevo días de andar encapsulada en un auto negro, mirando a través del vidrio de una ventanilla la alegría radiante del campo en primavera, familias con caras que parecen copiadas de las pinturas romanas del Imperio, palacios y fortalezas de cuento de hadas al sol, breves toques de calidez humana cuando Dimitri se rebela, para el coche en un puesto de salchichas junto a la ruta y nos sentamos en el pasto a comer escuchando los gemidos del profesor Trajano, entre gente feliz que ha salido a disfrutar un domingo. Drácula y su sed de sangre son inconcebibles.

Solamente Brasov es oscura por mi presencia aquí. Si Cortázar me hubiera dicho "Cuando estés en París". O en Roma, o en Londres. Pero Brasov es un destino extraño y lejanísimo, que ha superado con una terquedad casi mágica no sólo mi pobreza en aquel tiempo de trabajos mal pagos, sino hasta un terremoto y una crisis política, insertando este viaje imprevisto. ¿Qué debía entender, según Cortázar, en Brasov? Que como escritora, me tocaba a mí crear la explicación. Asumo que ése fue el mensaje.

Treinta años después, la duda de Brasov, de si fue simple coincidencia o un deliberado producto de la imaginación de Cortázar el verme tan claramente ahí desde la mesa de un restaurante en Buenos Aires, sólo persiste como una leve caída de la luz mientras escribo atenta a otras historias, un temblor en la certeza de que estoy escribiendo en este mundo sólido, rutinario, tangible en toda su belleza y su crueldad.

Los vampiros no existen, me digo. Cruzando los dedos, por supuesto.


KOCIANCICH Novelista, autora de libros de cuentos y ensayos, ha escrito Los Bajos del Temor , El templo de las mujeres y La raza de los nerviosos


Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 29/08/2008

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