
Ficción Literatura latinoamericana
La lámpara de Aladino
Por Luis Sepúlveda
Esta historia, en la que el erotismo se mezcla con la confrontación de culturas, el recuerdo de ciudades remotas y tradiciones extrañas, integra La lámapara de Aladino (Tusquets), el próximo libro de cuentos del escritor chileno
Aladino Garib no estaba muy seguro de su nombre, pero, qué diablos, de alguna manera tenía que llamarse aquel palestino desembarcado en Puerto Edén tras haber navegado por el laberinto de canales que confluyen en el Estrecho de Magallanes. Apenas pisó tierra, deshizo el fardo de calzoncillos afranelados, de camisetas inmunes a los gélidos vientos australes, de calcetines tejidos con la más virgen de las lanas en la isla grande de Chiloé, de agujas alemanas, hilos de Tomé y botones multicolores y que a las mujeres kawésqar les resultaron mucho más seductores que las chucherías que croatas, galeses, chilenos y otros sujetos venidos de quién sabe dónde ofrecían a cambio de ser guiados hasta las ensenadas donde parían las lobas marinas de tres pelos, pues las pieles albinas de los cachorros recién nacidos les atraían más que los buenos mariscos y otros tesoros de los canales.
Su castellano cargado de resonancias levantinas hizo que los posibles compradores le llamaran "Turco" de inmediato, y el hombre, acostumbrado a la simplicidad de las gentes perdidas del austro, no intentó explicar que si deambulaba entre las islas vendiendo mercancías de abrigo, mercerías, cuchillos y peroles, era porque la diáspora empezada con su abuelo tenía el sello de las fugas infinitas, cuyo único consuelo consistía en maldecir a los otomanos, sin que importara si recordaba o no las razones de aquel odio convertido en costumbre inofensiva, pues los exilios demasiado prolongados suavizan de olvido todas las pasiones.
Así, el Turco vendió parte de sus mercancías sin que nadie preguntara por su nombre y repitiendo las bondades de sus calzoncillos, que jamás encogían por más que se lavaran, libres del destino menguante de las partes viriles -agregaba-, y de sus camisetas de suave franela cuyo calor tornaba más dulces y amorosos a los corazones que resguardaba de las inclemencias patagónicas. Decía el precio de un paquete de agujas fraguadas en las lejanas acerías de Solingen, o de una docena de botones obtenidos de la lentitud de un galápago, y las gentes de Isla Wellington ponderaban en silencio, meditaban sin palabras, para finalmente echar mano al bolsillo sin pensar en la ceremonia del comercio, en el necesario regateo que deja al mercader como un virtuoso capaz de renunciar a la ganancia y al cliente cual ejemplo de astucia a la hora de valorar lo que sus manos no pueden hacer.
El Turco tardó poco menos de una hora en aligerar su carga entre los veinte o más hombres, sin mujeres, llegados desde confines variopintos en busca de riqueza en esa isla multiforme, flanqueada por canales, por el golfo de Penas y el Estrecho, hendida de fiordos, con restos de bosques tan antiguos como el aire y tapizada de un espeso musgo en el que, según el conquistador Sarmiento de Gamboa, "puede un hombre hundirse hasta el cuello, por lo que se hace menos fatigoso andar por las copas de los árboles".
Los primeros europeos y criollos habían casi exterminado a los lobos marinos de dos pelos, los zorros eran astutos, defendían sus colas con tesón, y las riquezas marinas de aquellas aguas frías exigían una dedicación ajena al ánimo de hacer fortuna. Los hombres que rodeaban al Turco estaban ahí, simplemente, esperando un golpe de suerte en el que habían dejado de creer, algunos añorando lejanas patrias que el viento patagónico desperfilaba, y otros resignados a su locura de náufragos en el fin del mundo.
Cuando los blancos se retiraron, los kawésqar le ofrecieron un pan de algas e, indicando las mercancías, exclamaban " laáks " con tono preocupado. El Turco era veterano en los canales, había comerciado con alakalufes y kawésqar , conocía algunas palabras en su lengua de resonancias pétreas, y respondió: "No laáks , no mantas", pero, de la misma manera que resulta absurdo decir agua frente a una cascada, la negación del calor al decir que no tenía mantas se perdió en los labios carnosos y en los ojos color miel de una kawésqar que le sonreía.
El Turco sabía que las islas son naves de piedra, que no tienen habitantes sino tripulaciones que llegan, se quedan y se van. También sabía que en las islas patagónicas los hombres pierden el pasado, pues así lo aseguraban los vascos de los archipiélagos de Chiloé y Las Guaitecas, náufragos de balleneras cuyos armadores consideraban que era más rentable contratar nuevos marinos que enviar a rescatarlos, y así, los originarios apellidos Etxeberría u Olavarría pasaban a sonar simplemente Barría, ya fuera por un afán de economizarlenguaje o de sordera intencionada.
" Laáks ", repitió la kawésqar y le enseñó dos ristras de cholgas ahumadas. El Turco rechazó las sartas de mejillones grandes como puños, dijo que lo sentía, que no tenía mantas, y con un gesto la invitó a revisar las mercancías que aún quedaban sobre la playa de conchas.
En la pulpería ocupó la única mesa y desde ahí vio cómo los kawésqar comprobaban la solidez de los peroles y el filo de los cuchillos. Alguien le entregó la pavita del agua caliente y el tarro con la yerba mate, pero el Turco consultó si le podían hervir el agua y, cuando la pavita regresó echando chorros de vapor por el pico, echó en una jarra un puñado de hierbas aromáticas, bastante azúcar, y bebió complacido junto a los parroquianos que se acercaban a preguntar de dónde venía, qué había visto en sus viajes, si algún vapor de bandera inglesa atravesaba el Estrecho o si la guerra en Europa había terminado.
El Turco respondía al gusto de todos, pues sabía que no existe otra verdad más fuerte que aquella que queremos oír. Un galés le acusó de insensato por dejar sus mercancías al alcance de los kawésqar , un gallego apostó a que los indios le robarían más de un objeto, y un croata sostuvo que las indias eran más ladronas que los hombres.
El Turco apuró los restos de azúcar con una cucharilla, le dio lumbre a la pipa y preguntó si podía contarles una historia.
"Adelante", dijo el galés, "somos todo orejas", apuntó un polaco, "pero vamos, dejadlo hablar", terció el gallego.
-En algún lugar ni muy cerca ni muy lejos de la tierra de mis ancestros -empezó a decir el Turco-, hay un monte llamado Chenón que se alza como una torre frente al mar Mediterráneo. Si miras a tu izquierda puedes ver los destellos de las cúpulas de Orán, y si miras a tu derecha verás un minarete argelino casi clavado en el cielo. En tiempos antiguos y cuando la maldad aún no se inventaba, los mercaderes fenicios atracaban en las faldas del monte, bajaban a tierra, extendían mantas y tapices, sobre ellos dejaban los bienes que daban razón a su quehacer de comerciantes y enseguida se retiraban a sus embarcaciones. Desde ellas, suavemente mecidos por el mar amable, veían cómo las gentes del monte Chenón se acercaban, miraban, elegían, apartaban lo que deseaban y junto a los bienes elegidos dejaban lo que ofrecían en trueque.
Luego se retiraban hasta la cima del monte. Entonces los fenicios volvían a tierra y decidían si esa ánfora de miel era el precio justo para el atado de anzuelos, si esos ovillos de lana recién escardada compensaban el valor de una jarra de aceite o vino perfumado. Si el pago era justo, tomaban lo ofrecido; si no lo era, restaban una parte de la mercancía, y si era excesivo, agregaban algo más. Una vez terminada la operación comercial, volvían a sus naves, hinchaban las velas y se largaban en pos del horizonte. Así fue el comercio entre fenicios y chenones durante varios siglos, como dije, en algún lugar ni muy cerca ni muy lejos de la tierra de mis ancestros.
-Pero se acabó -dijo el gallego, y el galés quiso saber por qué.
-Se terminó cuando alguien insinuó a los fenicios que los chenones robaban -contó el Turco.
Enseguida dejó unas monedas por el agua hervida y el azúcar, y regresó a la playa de conchuelas para cerrar tratos con los kawésqar.
Esa noche, el Turco levantó su tienda en el linde de un bosque de coigües y araucarias. El aire olía a madera y a mar. Fumando su pipa, hizo un recuento de sus bienes, se dijo que no había sido un mal día y se metió bajo la gruesa manta castellana dispuesto a dormir en paz.
Se disponía a apagar de un soplido la lámpara de latón cuando la mujer kawésqar irrumpió en la tienda.
-¡ Laáks ! -dijo a manera de saludo e indicando la oscura y espesa manta que lo cubría.
-No, no laáks , no está en venta -respondió el Turco.
La kawésqar lo miró a los ojos, sonrió al ver que en ellos se reflejaba dos veces la llamita de la lámpara, y con un movimiento enérgico se quitó la saya de piel que cubría su cuerpo esbelto de navegante y cazadora.
Era una mujer kawésqar , la razón del fuego que consume a los hombres.
El Turco contempló su cuerpo esbelto, los muslos firmes, las caderas sostenidas por la más recia arboladura, el vientre plano y los senos destinados a amamantar a los mejores hijos del mar.
Durante horas la amó entre jadeos, embates y derrotas. Encima de ella se sintió a bordo de la nave más segura, y ella montada en su vientre era la más grácil de las amazonas.
Al amanecer, el Turco se llevó una mano al pecho y dijo que se llamaba Aladino.
-A ver, di mi nombre, Aladino -le pidió, pero la kawésqar respondió con palabras, sonidos duros como los arrecifes de Isla Wellington.
-¿ Laáks ? -preguntó la mujer abrazada a la manta castellana.
-Sí, laáks es tuya -respondió Aladino acariciando la negra cabellera de la mujer, que caía hasta sus nalgas y se unía a la oscuridad de la manta.
La mujer se señaló a sí misma apuntando sus senos con un dedo.
-Sí, laáks de Aladino ahora es tuya, ahora es laáks de comoquiera que te llames.
La kawésqar , de rodillas, acariciaba la manta, la llevaba hasta sus mejillas y sonreía complacida. La débil llamita de la lámpara bañaba de miel su cuerpo.
El Turco la vio ponerse de pie, cubrirse nuevamente con la saya de pieles de guanaco, hacer un rollo con la manta castellana, hasta que sus ojos se posaron en la lámpara.
-También es tuya, es justo. Se llama lámpara y funciona así, ven que te enseñe, aquí pones grasa o aceite, dejas que la mecha asome por el pico y la enciendes.
Toma, es tuya.
-Lámpara de Aladino -musitó la mujer kawésqar mientras la tomaba como al más delicado de los objetos.
-Sí, es la lámpara de Aladino -aseguró el Turco, y salió de la tienda para llenar sus pulmones con el aire perfumado de los bosques y los mares australes.
Articulo: http://adncultura.lanacion.com.ar 03/10/2008
La lámpara de Aladino
Por Luis Sepúlveda
Esta historia, en la que el erotismo se mezcla con la confrontación de culturas, el recuerdo de ciudades remotas y tradiciones extrañas, integra La lámapara de Aladino (Tusquets), el próximo libro de cuentos del escritor chileno
Aladino Garib no estaba muy seguro de su nombre, pero, qué diablos, de alguna manera tenía que llamarse aquel palestino desembarcado en Puerto Edén tras haber navegado por el laberinto de canales que confluyen en el Estrecho de Magallanes. Apenas pisó tierra, deshizo el fardo de calzoncillos afranelados, de camisetas inmunes a los gélidos vientos australes, de calcetines tejidos con la más virgen de las lanas en la isla grande de Chiloé, de agujas alemanas, hilos de Tomé y botones multicolores y que a las mujeres kawésqar les resultaron mucho más seductores que las chucherías que croatas, galeses, chilenos y otros sujetos venidos de quién sabe dónde ofrecían a cambio de ser guiados hasta las ensenadas donde parían las lobas marinas de tres pelos, pues las pieles albinas de los cachorros recién nacidos les atraían más que los buenos mariscos y otros tesoros de los canales.
Su castellano cargado de resonancias levantinas hizo que los posibles compradores le llamaran "Turco" de inmediato, y el hombre, acostumbrado a la simplicidad de las gentes perdidas del austro, no intentó explicar que si deambulaba entre las islas vendiendo mercancías de abrigo, mercerías, cuchillos y peroles, era porque la diáspora empezada con su abuelo tenía el sello de las fugas infinitas, cuyo único consuelo consistía en maldecir a los otomanos, sin que importara si recordaba o no las razones de aquel odio convertido en costumbre inofensiva, pues los exilios demasiado prolongados suavizan de olvido todas las pasiones.
Así, el Turco vendió parte de sus mercancías sin que nadie preguntara por su nombre y repitiendo las bondades de sus calzoncillos, que jamás encogían por más que se lavaran, libres del destino menguante de las partes viriles -agregaba-, y de sus camisetas de suave franela cuyo calor tornaba más dulces y amorosos a los corazones que resguardaba de las inclemencias patagónicas. Decía el precio de un paquete de agujas fraguadas en las lejanas acerías de Solingen, o de una docena de botones obtenidos de la lentitud de un galápago, y las gentes de Isla Wellington ponderaban en silencio, meditaban sin palabras, para finalmente echar mano al bolsillo sin pensar en la ceremonia del comercio, en el necesario regateo que deja al mercader como un virtuoso capaz de renunciar a la ganancia y al cliente cual ejemplo de astucia a la hora de valorar lo que sus manos no pueden hacer.
El Turco tardó poco menos de una hora en aligerar su carga entre los veinte o más hombres, sin mujeres, llegados desde confines variopintos en busca de riqueza en esa isla multiforme, flanqueada por canales, por el golfo de Penas y el Estrecho, hendida de fiordos, con restos de bosques tan antiguos como el aire y tapizada de un espeso musgo en el que, según el conquistador Sarmiento de Gamboa, "puede un hombre hundirse hasta el cuello, por lo que se hace menos fatigoso andar por las copas de los árboles".
Los primeros europeos y criollos habían casi exterminado a los lobos marinos de dos pelos, los zorros eran astutos, defendían sus colas con tesón, y las riquezas marinas de aquellas aguas frías exigían una dedicación ajena al ánimo de hacer fortuna. Los hombres que rodeaban al Turco estaban ahí, simplemente, esperando un golpe de suerte en el que habían dejado de creer, algunos añorando lejanas patrias que el viento patagónico desperfilaba, y otros resignados a su locura de náufragos en el fin del mundo.
Cuando los blancos se retiraron, los kawésqar le ofrecieron un pan de algas e, indicando las mercancías, exclamaban " laáks " con tono preocupado. El Turco era veterano en los canales, había comerciado con alakalufes y kawésqar , conocía algunas palabras en su lengua de resonancias pétreas, y respondió: "No laáks , no mantas", pero, de la misma manera que resulta absurdo decir agua frente a una cascada, la negación del calor al decir que no tenía mantas se perdió en los labios carnosos y en los ojos color miel de una kawésqar que le sonreía.
El Turco sabía que las islas son naves de piedra, que no tienen habitantes sino tripulaciones que llegan, se quedan y se van. También sabía que en las islas patagónicas los hombres pierden el pasado, pues así lo aseguraban los vascos de los archipiélagos de Chiloé y Las Guaitecas, náufragos de balleneras cuyos armadores consideraban que era más rentable contratar nuevos marinos que enviar a rescatarlos, y así, los originarios apellidos Etxeberría u Olavarría pasaban a sonar simplemente Barría, ya fuera por un afán de economizarlenguaje o de sordera intencionada.
" Laáks ", repitió la kawésqar y le enseñó dos ristras de cholgas ahumadas. El Turco rechazó las sartas de mejillones grandes como puños, dijo que lo sentía, que no tenía mantas, y con un gesto la invitó a revisar las mercancías que aún quedaban sobre la playa de conchas.
En la pulpería ocupó la única mesa y desde ahí vio cómo los kawésqar comprobaban la solidez de los peroles y el filo de los cuchillos. Alguien le entregó la pavita del agua caliente y el tarro con la yerba mate, pero el Turco consultó si le podían hervir el agua y, cuando la pavita regresó echando chorros de vapor por el pico, echó en una jarra un puñado de hierbas aromáticas, bastante azúcar, y bebió complacido junto a los parroquianos que se acercaban a preguntar de dónde venía, qué había visto en sus viajes, si algún vapor de bandera inglesa atravesaba el Estrecho o si la guerra en Europa había terminado.
El Turco respondía al gusto de todos, pues sabía que no existe otra verdad más fuerte que aquella que queremos oír. Un galés le acusó de insensato por dejar sus mercancías al alcance de los kawésqar , un gallego apostó a que los indios le robarían más de un objeto, y un croata sostuvo que las indias eran más ladronas que los hombres.
El Turco apuró los restos de azúcar con una cucharilla, le dio lumbre a la pipa y preguntó si podía contarles una historia.
"Adelante", dijo el galés, "somos todo orejas", apuntó un polaco, "pero vamos, dejadlo hablar", terció el gallego.
-En algún lugar ni muy cerca ni muy lejos de la tierra de mis ancestros -empezó a decir el Turco-, hay un monte llamado Chenón que se alza como una torre frente al mar Mediterráneo. Si miras a tu izquierda puedes ver los destellos de las cúpulas de Orán, y si miras a tu derecha verás un minarete argelino casi clavado en el cielo. En tiempos antiguos y cuando la maldad aún no se inventaba, los mercaderes fenicios atracaban en las faldas del monte, bajaban a tierra, extendían mantas y tapices, sobre ellos dejaban los bienes que daban razón a su quehacer de comerciantes y enseguida se retiraban a sus embarcaciones. Desde ellas, suavemente mecidos por el mar amable, veían cómo las gentes del monte Chenón se acercaban, miraban, elegían, apartaban lo que deseaban y junto a los bienes elegidos dejaban lo que ofrecían en trueque.
Luego se retiraban hasta la cima del monte. Entonces los fenicios volvían a tierra y decidían si esa ánfora de miel era el precio justo para el atado de anzuelos, si esos ovillos de lana recién escardada compensaban el valor de una jarra de aceite o vino perfumado. Si el pago era justo, tomaban lo ofrecido; si no lo era, restaban una parte de la mercancía, y si era excesivo, agregaban algo más. Una vez terminada la operación comercial, volvían a sus naves, hinchaban las velas y se largaban en pos del horizonte. Así fue el comercio entre fenicios y chenones durante varios siglos, como dije, en algún lugar ni muy cerca ni muy lejos de la tierra de mis ancestros.
-Pero se acabó -dijo el gallego, y el galés quiso saber por qué.
-Se terminó cuando alguien insinuó a los fenicios que los chenones robaban -contó el Turco.
Enseguida dejó unas monedas por el agua hervida y el azúcar, y regresó a la playa de conchuelas para cerrar tratos con los kawésqar.
Esa noche, el Turco levantó su tienda en el linde de un bosque de coigües y araucarias. El aire olía a madera y a mar. Fumando su pipa, hizo un recuento de sus bienes, se dijo que no había sido un mal día y se metió bajo la gruesa manta castellana dispuesto a dormir en paz.
Se disponía a apagar de un soplido la lámpara de latón cuando la mujer kawésqar irrumpió en la tienda.
-¡ Laáks ! -dijo a manera de saludo e indicando la oscura y espesa manta que lo cubría.
-No, no laáks , no está en venta -respondió el Turco.
La kawésqar lo miró a los ojos, sonrió al ver que en ellos se reflejaba dos veces la llamita de la lámpara, y con un movimiento enérgico se quitó la saya de piel que cubría su cuerpo esbelto de navegante y cazadora.
Era una mujer kawésqar , la razón del fuego que consume a los hombres.
El Turco contempló su cuerpo esbelto, los muslos firmes, las caderas sostenidas por la más recia arboladura, el vientre plano y los senos destinados a amamantar a los mejores hijos del mar.
Durante horas la amó entre jadeos, embates y derrotas. Encima de ella se sintió a bordo de la nave más segura, y ella montada en su vientre era la más grácil de las amazonas.
Al amanecer, el Turco se llevó una mano al pecho y dijo que se llamaba Aladino.
-A ver, di mi nombre, Aladino -le pidió, pero la kawésqar respondió con palabras, sonidos duros como los arrecifes de Isla Wellington.
-¿ Laáks ? -preguntó la mujer abrazada a la manta castellana.
-Sí, laáks es tuya -respondió Aladino acariciando la negra cabellera de la mujer, que caía hasta sus nalgas y se unía a la oscuridad de la manta.
La mujer se señaló a sí misma apuntando sus senos con un dedo.
-Sí, laáks de Aladino ahora es tuya, ahora es laáks de comoquiera que te llames.
La kawésqar , de rodillas, acariciaba la manta, la llevaba hasta sus mejillas y sonreía complacida. La débil llamita de la lámpara bañaba de miel su cuerpo.
El Turco la vio ponerse de pie, cubrirse nuevamente con la saya de pieles de guanaco, hacer un rollo con la manta castellana, hasta que sus ojos se posaron en la lámpara.
-También es tuya, es justo. Se llama lámpara y funciona así, ven que te enseñe, aquí pones grasa o aceite, dejas que la mecha asome por el pico y la enciendes.
Toma, es tuya.
-Lámpara de Aladino -musitó la mujer kawésqar mientras la tomaba como al más delicado de los objetos.
-Sí, es la lámpara de Aladino -aseguró el Turco, y salió de la tienda para llenar sus pulmones con el aire perfumado de los bosques y los mares australes.
Articulo: http://adncultura.lanacion.com.ar 03/10/2008
