dimanche 7 décembre 2008

Ian WELDEN/ El milagro que nunca ocurrió


Ian Welden - Valby, Copenhague
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El milagro que nunca ocurrió
Por Ian Welden

Excelencias y generales

El 11 de septiembre 1973, en Santiago de Chile, las fuerzas armadas al mando del General Augusto Pinochet destituyeron con un sangriento golpe militar el legítimo gobierno del Presidente Salvador Allende.

En la temprana madrugada de ese martes, Allende y Pinochet NO SE REUNIERON PARA DISCUTIR LA SITUACION. ESTA ES LA HISTORIA DE ESA REUNION QUE NUNCA EXISTIO.

"Su Excelencia, he solicitado esta audiencia para exponerle, como hombre y como militar, las circunstancias por las que atraviesa el país. Lo hago con mi frente en alto y abiertamente, y no me escondo en la cobarde anónima de teléfonos o radios o emisarios!".

La fría madrugada de septiembre. El tímido sol cordillerano. Los primeros incautos transeúntes apresurados cruzando la Plaza Bulnes. ("Cosas que a uno lo hacen sentirse vivo y lleno de raíces"), murmuró el Presidente alejándose del ventanal de su despacho y sentándose en su sillón.

"Cómo dice, su Excelencia?"


"No, nada, estaba pensando en voz alta... siga no mas, General". "Estaba diciendo que vengo a presentarle mi renuncia incomparable, su Excelencia. Como General en jefe..."
"Indeclinable, General; renuncia indeclinable. Y por favor, le he pedido ya no sé cuantas veces que no se refiera a mi persona como `Excelencia. Llámeme Presidente...compañero Presidente, si así lo prefiere".
"Muy bien, Señor Presidente. Mi renuncia es indeclinable. Como Comandante en Jefe, como soldado profesional y como hombre, estoy profundamente en desacuerdo con la situación política, económica y moral en la que se encuentra mi patria. Yo no puedo seguir siendo leal a su gobierno. Es más, no viendo posibilidades de un cambio, me he visto en la imparable necesidad de hacer consultas con los otros jefes de la fuerzas armadas..."
"Imperiosa, General. Se dice: en la imperiosa necesidad. No `imparable. Pero en todo caso, me gustó el término. Imparable. O sea que no hay que pedirle peras al olmo. Muy a propósito de su gestión subversiva, no? Tal vez esto de su imparable necesidad no es una evidencia de su falta de educación si no un lapsus, en términos freudianos. Que interesante..."
"Su excelencia, permítame..."
"No me llame `su Excelencia`! Por favor, General."
"Disculpe, Señor Presidente... Pero estaba informándole de la situación y como le estaba diciendo, he tenido reuniones con los comandantes de la Fuerza Aérea y de la Marina y ah! También de Carabineros y hemos llegado a un acuerdo. Sr. Presidente, le insisto entonces que mi renuncia es, eh... indeclinable y además, le comunico que si Usted no renuncia dentro de un plazo de cinco horas, las Fuerzas Armadas en su conjunto lo destituirán de su cargo, por la razón o la fuerza".

El Presidente se puso de pié y sin decir palabra se dirigió nuevamente hacia el ventanal de su despacho. Un grupo de escolares azules. Una carretela tirada por dos caballos. Una paloma posada en la antena del Hotel Carrera. "Son cosas que te hacen sentir vivo, tener raíces", murmuró nuevamente. Y continuó "por la razón o la fuerza... nunca me gustó eso".

"Debería ser POR LA RAZON Y SIEMPRE LA RAZON!".

"Cómo dice, Señor Presidente?"
"Digo que hace falta un poco de lluvia. No un lluvazón sino una llovizna tenue y gris. Hay demasiada luz para un día como este. Los días grises y lluviosos reconfortan mi alma, a veces.

En todo caso, cualquier tipo de tiempo, sol, lluvia, viento, tormenta, cielos celestes y apacibles, le asientan bien a un funeral. No cree? General?"

"Señor Presidente, honestamente no tengo idea de lo que está hablando".
"Estoy hablando del tiempo y de funerales pero estoy pensando en excelencias y en generales. Por qué no toma asiento, General? Se ve tan tieso, tan rígido ahí parado frente a mi escritorio. Como un soldadito de plomo. Como un generalito de lata. Tome asiento por favor y relájese un poco. Este es un momento demasiado grave como para estar tan tenso".

"Señor Presidente, la situación es gravísima, si, y no tengo mucho tiempo. Las Fuerzas Armadas y del Orden estamos dispuestos a concederle algunos privilegios a Usted, su familia y sus colaboradores más cercanos. Le solicito que acepte nuestra proposición: hemos tomado contacto con varios países americanos y europeos y todos están dispuestos a concederle asilo político. Un avión de la Fuerza Aérea está esperándolo en el Aeropuerto Cerrillos. Le ruego que acepte nuestra oferta. De lo contrario, nos veremos en la obligación de arrestarlo."

"Dígame General, cuándo fue la última vez que jugó al trompo?"

El General hizo un ademán con los hombros. Estaba visiblemente confundido pero dijo: "Bueno, Señor Presidente, yo nunca fui muy bueno para el trompo... ". El General tomó asiento frente al Presidente. Y agregó con una sonrisa tensa pero sincera: "Pero era bueno para las bolitas..."

"Hachita y cuarta?" Preguntó el Presidente.

"Si, hachita y cuarta era mi preferido. Como puede ver, mis manos no son muy grandes, mas bien chatas, dedos gruesos pero cortos. Habría sido un pianista mediocre. Pero superé a fuerza de práctica y disciplina este hándicap perfeccionando mi habilidad para las hachitas. No había quien me ganara. Todos comenzaban el juego con cuidado, Muy cautelosos. Los que ya me conocían se negaban a jugar conmigo. Los otros, los nuevos, se llevaban sorpresas muy pero muy desagradables. Yo los dejaba planificar sus movimientos, el tirito aquí, luego un poquito mas cerca, tramando la cuarta. Y de pronto, clic! Mi tirito, picadito y amaestrado, se iba llevando lunitas, platanitos, otros tiritos venerados, bolones de acero... puras hachitas. Un arma implacable. Que tiempos...

"Era azul?" preguntó el Presidente.
"No no no, era rojo. Me lo regaló mi mamá. Cuando recién lo recibí parecía un rubí, rojo vivo casi transparente, muy bien pulido, impecable. Casi una lástima transformarlo en un tirito perfecto, efectivo. Pero lo logré. Usted sabe, raspándolo y refregándolo contra piedras, arena, hasta quitarle la luminosidad y dejarlo bien picadito y opaco. Sin embargo jamás perdió su color rojo original. Pero ya no parecía un rubí. Mas bien se parecía al planeta Marte."

El general desabotonó su guerrera y se acomodó en el sillón de visitas del presidente. Los músculos faciales de hierro fueron reemplazados por una piel plácida, casi infantil. Y agregó, con una sonrisa profunda en sentimientos: "Todavía lo tengo, Presidente. Mi tirito. Me lo tiene guardado mi madre entre sus cosas y recuerdos. A veces abro esa cajita llena de fotografías y botones y cachivaches, y ahí está. Lo tomo, lo peso entre mis dedos, lo huelo. Extraño, todavía huele al patio de mi colegio... Y el suyo, Presidente?".

El Presidente se puso de pié y se acercó nuevamente al ventanal. Pensó en un afilador de cuchillos con su carrito y su flauta. Pensó en cosas y seres que muy pronto desaparecerían para siempre. "El mío era azul. Lo compré yo mismo en la Librería Colón. Azul profundo, también casi transparente. Lo elegí entre cientos de otros porque me hizo pensar en el mar, y también en el cielo y en los ojos de una compañera de juegos de mi barrio. Yo miraba esos ojos y comprendía... Lo comprendía todo mirando esos ojos como a punto de llorar, húmedos y melancólicos. Por eso compré mi tirito azul. Jamás lo piqué, siempre intenté mantenerlo luminoso y transparente. Y cada rayita, cada rasguño en su superficie tan suave, me llenaba de dolor. Yo era bueno para la hachita, un As! Pero también un As para irme dando rodeos hasta establecer la indudable cuarta. No sé que se hizo mi tirito azul. Se me perdió por ahí, así como se me perdió por ahí la niña de los ojos húmedos".

El general se puso de pié y se acercó también al ventanal. Ambos observaron las calles adyacentes. Hombres armados, gritos precisos. Siete tanques verdes. Ambos hombres pensaron en rinocerontes enloquecidos.

"Parecen rinocerontes" dijo el General.
"Si. Parecen rinocerontes enloquecidos" dijo el Presidente.

Un silencio limpio, incontaminado los envolvió. Ambos sintieron ser protagonistas de un momento trascendental. Un breve momento histórico del cual la Historia JAMÁS SE ENTERARIA PORQUE JAMAS OCURRIÓ...
"Pasó un ángel" dijeron ambos simultáneamente, sonriendo.

El ángel pasó y desapareció por la puerta del despacho presidencial.
"Yo tengo un deber que cumplir, Señor Presidente."
"Yo también" dijo el Presidente.

Se miraron inquisitivamente a los ojos. Rubí y Mar. Niños usando piedras y hondas. Niños trepando árboles para alcanzar el cielo.
"Yo no voy a renunciar, General. Yo me quedo aquí".

El General se abotonó la guerrera enfurecida y salia del despacho presidencial. Sus ojos rojísimos como dos tiritos bien picados.

El Presidente se vio obligado a pensar en el planeta Marte.

Valby, Copenhague - Septiembre 2000
Ilustracion: Florent Deloison - http://diarrhee-mental.blogspot.com/

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