Guillermo SACCOMANNO
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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ & Guillermo SACCOMANNO
Por Juan Carlos Gomez
Gombrowicz tenía miedo de ser engañado por el mundo artificial de los hombres de letras, un temor que le manifiesta al Hasídico en las conversaciones apócrifas que mantuvo con él en su casa de Vence y que más tarde aparecieron en "Testamento"
"Mire, Dominique, el artista es un individuo que se engaña sistemáticamente desde la primera palabra que escribe (...) Sabemos que mentimos y sabemos que los demás también nos mienten, y que ese desdichado malogrará su vida alimentándose de embustes cotidianos, que con el tiempo le irán envolviendo cada vez más (...) Ni siquiera los mejores de entre nosotros se libran de ello. El engaño permanente nos corroe. El crítico, el amigo, el editor, el admirador, todo lector en fin..., todos mienten, mienten, mienten... "
Nunca se le ocurrió armar un programa para ahogar el miedo a no ser aceptado, se dio cuenta muy temprano que ese miedo no lo podía conducir a ninguna parte pues nadie se libera de la soledad por más lectores que tenga, y sólo quien logra separarse de la gente y existir como un ser singular le puede poner un límite a la soledad.
Sobre este mundo artificial de los hombres de letras vamos a decir que desde hace ya algún tiempo el Patriarca de los Pájaros difunde una historia que se ha convertido en una leyenda negra en el mundo de los escritores argentinos según la cual la Cocot habría invitado al finado Soriano a dar una charla en la Facultad de Filosofía y Letras con el exclusivo propósito de que el alumnado se burlara de él, y esto porque Soriano apenas había terminado a los tumbos la escuela primaria. Soriano, que efectivamente tenía un capiti diminutio respecto a su instrucción incompleta, muy dolorido se lo contó al Patriarca de los Pájaros.
El Manco recordó esta anécdota en una nota que le dio a Radar, la Sarlo lo trató de rústico y se armó un lío político de izquierdas y de derechas en el que se sacaron chispas, y todo porque Soriano tenía realmente un capiti diminutio con respecto a su educación descuidada.
El Manco se puso a la izquierda de la ilustre Cocot y la pobre mujer quedó situada en una especie de derecha presumida. La acusó de que se emocionaba con el Guernica de Picasso y no tenía memoria para los bombardeos del ’55; que tenía sensibilidad para los hambrientos del primer mundo y no para los de acá a la vuelta; que esta jerarquía de preocupaciones era la misma con la que había vivido Victoria Ocampo; que no se le podía creer a una columnista dominical que se olvida de los derechos humanos y sólo se ocupa de los sentimientos benéficos.
Que los alumnos de Filosofía y Letras se emplean en editoriales cuando egresan, hacen informes sobre originales y son obedientes a esos gustos canónicos institucionales que la Cocot imponía desde su actividad académica; que sólo lee a la Cocot para saber en qué anda la derecha argentina ilustrada.
La política ha cavado surcos muy hondos en las cabezas de los escritores argentinos, es una fuerza colectiva que les absorbe buena parte de su energía personal creativa.
"¿Y cómo podría el arte ser político? (...) Dejemos al artista a solas con su obra. Seamos discretos. El arte es una empresa delicada que se realiza en la penumbra"
Gombrowicz, tanto como Borges, tenía una relación extraña con la política, se interesaba más por el estilo de los políticos y de los jefes militares que por las ideas que representaban.
Buscaba la liberación de su conciencia, estaba convencido de la bancarrota de todas las ideologías políticas, de las de izquierda y de las de derecha. Siguiendo las enseñanzas de su colega Marx pensaba que había llegado el momento de estudiar el condicionamiento de la conciencia, no sólo la de los aguaciles del capitalismo, sino también la de los estudiantes que profieren injurias en un mitin.
Desde adolescente se sintió en rebeldía contra las instituciones que utiliza la colectividad para presionar sobre el individuo y desde entonces estuvo convencido de que ninguna reforma violenta puede transformar el mundo en un paraíso. Mientras, por un lado, seguía perteneciendo a la vieja época de la buena educación política en la que la gente se expresaba con mayor moderación y seriedad, por otro, era un representante de los tiempos modernos poniéndose en contra de todo lo que facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios y las relaciones.
Hubiese utilizado el comunismo como un instrumento para destruir el conjunto de condiciones que fatalmente lo determinaban si no fuera porque no creía que la teorías fueran capaces de transformar verdaderamente la vida.
Contrariamente a lo que se ha dicho y escrito sobre Gombrowicz nunca fue indiferente al siniestro problema de la vida fácil de los ricos y la vida difícil de los pobres.
El miedo a ser engañado por sus colegas, por lo editores y por los lectores era entonces un sentimiento más o menos permanente de Gombrowicz, pero también lo era el temor de expresar su agradecimiento. Los sentimientos de gratitud de Gombrowicz era muy inestables, quizás haya hecho algunas excepciones con Bruno Schulz, pero no demasiadas.
Cuando se publicó en Francia el "Traité des mannequins" de su amigo difunto, Nadeau puso en el prefacio que había que asegurarle un lugar entre los grandes escritores de nuestra época.
Sin embargo, cuando Gombrowicz se siente obligado a decir algo en los diarios sobre la aparición de esta obra insigne no se encuentra del todo cómodo.
"Pero en este momento, en julio, todavía no se puede decir nada, no es fácil predecir la suerte en París de una obra extraordinaria. ¡Al diablo con París! Pese a todo, ¡cómo cansa París! Si no fuera por París, yo no tendría que escribir el presente souvenir sobre el amigo difunto, ¡este ejercicio estilístico me sería ahorrado!"
La gratitud era un sentimiento que no le caía bien, no porque fuera ingrato, sino porque le resultaba incómodo, difícil de expresar y, por eso mismo, peligroso.
Por acá, en la Argentina, sus gestos de gratitud no fueron muy frecuentes, se le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos: una escultura de yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de pinturas, una sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco litros de kerosene, y una cantidad considerable de dedicatorias que estampaba en cualquier tipo de libros.
El miedo a ser engañado y el sentimiento de gratitud se me subieron arriba de la mesa y empezaron a mirarme desde una carta que me había escrito el Manco para estas fiestas.
"Querido Gómez: No soy afecto al elogio facilongo, tan habitual en el gallinero literario (como la puñalada por la espalda). También, convengamos, Usted impone, Gómez, como todo iconoclasta, además de admiración un cierto temor (...)"
"Es el temor que imponen los que no tienen nada que perder en un mundito donde todos escriben para ganar algo: sexo-dinero-poder. Volviendo al motivo de este mail: con la excusa de que Usted tuvo la amistosa deferencia de enviarme un saludo para estas fiestas –como seguramente lo hizo con todos los que integramos su club del clan gombrowiczida– y considerando que además del saludo usted hizo una reflexión que comparto sobre el carácter de las mismas (vitel toné, lechón, pan dulce, nueces, alcoholes, sudores, parientes, cuetes, cañitas voladoras y buscapiés ), le escribo para confesarle un sentimiento: creo que Usted viene armando uno de los libros más fuertes y apasionados por estos pagos. La pasión –coincidirá conmigo, Gómez, últimamente tiene mala prensa y viene devaluada– (...)"
"Con el "Facundo" o el "Borges" de Bioy Casares su "Gombrowicz" comparte una furia y un amor que necesariamente, en su desmesura, abarca los rasgos de la biografía, la confesión, el ensayo, la novela, el tratado social y la crónica de costumbres. Su literatura sobre Gombrowicz padece, por fortuna, el síndrome de la Biblioteca Infinita –en eso convirtió Usted a Gombrowicz: en un infinito–. Pero quizá el mérito mayor es haber convertido su obra, la de Usted, digo, –de a ratos crispada, siempre irónica y lúcida, siempre encendida– en un acto de escritura que refiere no sólo una radiografía del cosmos Gombrowicz sino también –quizá de modo inexorable– en una afinidad sutil con otro polaco, un tal Korzeniowski. ¿Acaso su Gombrowicz no es su Kurtz personal? ‘Ah, el horror, el horror’, pero también la felicidad de una escritura que nos enfrenta con nuestras virtudes (las menos) y nuestras miserias (las más). Felices fiestas, Gómez. Guillermo Saccomanno"









