dimanche 11 janvier 2009

Grupo SIGNOS/Poemas del libro “SIGNOS”


Grupo literario SIGNOS
César Boyd, Cromwell Pierre, Ronald Calle & José Abad
www.grupoliterariosignos.blogspot.com
E-mail: grupoliterariosignos@hotmail.com

Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=GRUPO+LITERARIO+%22SIGNOS%2+


José Abad Ascurra: Absolución de la noche
E-mail:
horacio6747@hotmail.com

Confidencias

El ojo que te espía esta noche
agazapado tras la puerta
es la muerte:
La gélida mano blanca,
la guadaña cortadora de sueños,
la devoradora de imágenes.

Vedla ahí, sonriendo entre dientes,
fingiendo compasión por tu existencia;
humillándote con su silencio de enigma.
La horrenda muerte que no sospecha
que también a ella
otro ojo la espía.


Hallazgo

En esta impenetrable hora
donde los ojos,
cansados, desobedecen la rutina
de vivir;
en esta desdichada hora
en que recuerdo tu boca
llenándome de sueños que no fueron;
la hora funeral y terrestre
que he temido por siempre;
descubro que mi vida
es una novela
que alguien escribió para olvidar
que también le escribían.


Artificios

Es tarde para intentar dormir:
El sueño está despierto.

Es tarde para empezar el mundo:
Dios ha muerto.

Y el hombre cree que está vivo.


Ángel nocturno

Fantasma del aire.
Constante transformación de cuerpos
en espadas
y de bocas en sangre.
Lenta disolución del pecado
en alas ciegas.

Más allá de todo tiempo
tu luz persiste aferrada a la noche,
muerde la carne blanda de la existencia
que no retienen las campanas.
Otorgas un perverso recreo
a la soledad que te alimenta.

Ángel de la ceguera. Puerta
donde escapar a otra muerte más lenta.

¿A QUÉ JUEGAS?

***
Cromwell Pierre: Agua / Transfiguración o el sonido
E-mail: cromwellpierre@hotmail.com

AGUA

1

Esta vez
su disposición adquiere la forma de mi lenguaje,
es decir,
su aspecto se hace universal desde mi boca.
De todas sus posibles determinaciones,
aquí, en lo habitable,
sólo se espera su adaptabilidad;
después de esto,
quizá ella deba ser algo que no comprenda.
Pero lo no comprendido
se explica también a partir de mi desorden:
Silenciosa ventaja suya
la de enturbiar mi contenido.
Todo forma y se deforma
Magníficamente
a partir de su espacio,
entonces,
de mi voz a lo insondable,
ella
es un poema
transmutando
sus abismos.


2

Al representarla,
también esta hoja mimetiza su apariencia
y se torna transparente:
No hay nada aquí que no se advierta,
no hay nada aquí que no contenga su curso
y fluya
desde su impenetrable hondura.
A veces ella,
en este fondo blanco,
no resiste su propia densidad
y pareciera
recortarse
a medida
que tocan
sus giros,
mis palabras.
Pero no,
siempre desde estos trazos
desbordará su cualidad a más imágenes,
entonces su retorno
seguirá siempre cambiante
y escurridizo entre mis manos.
Hay suficiencia en su tocante sencillez.
Contemplo cercana su multiplicidad
tan influyente como entrañable.
A partir de toda representación,
incluso ella, en sí,
frecuentará su mimética apariencia
para afluir aquí, a cada instante,
Agua.


3

Enigmática
caracola: Poesía,
donde siempre se escucha mi voz
como mar enfurecido.
En ti, el Agua
también vive fantasma,
desencadenando sonidos
de palabras,
que a veces,
jamás escribo.


4

Más allá, en mí,
correspondo al impulso súbito
de parecer Agua:
Ella tiende a sublimarse;
yo asisto a esa evasión.
Cuando ocurre,
mi canto en lo alto prolonga ceremonias
pero no es escuchado:
No hay nada más allá arriba,
sólo ella hablándome,
imperturbable acaso y apartada
de nuestra vida circular
entre todo lo inexacto.
Por eso,
allá en la cima,
no contiene ninguna respuesta:
Es la respuesta.
Y desde esta sencilla superficie
blanca,
solemne se la puede escuchar.


5

Sentado a su orilla,
he fijado en mí, la fascinación de un pozo.
Es breve y minúsculo
en comp
ración con mis sueños,
excepto
cuando lanza variaciones semejantes
desde lo inalcanzable.
Tocar
por un instante sus designios,
es desfigurar con certeza
lo que aún no sé
(círculos encierran mi tacto
en señal de un limitado roce heredado,
a su proximidad).
Su extraña superficie es tolerante,
el Agua ágil y serena que la habita
me devuelve otra vez imágenes
y una perspectiva clara
entre lo que no se ve. Ahí estoy yo,
sumergido también
desde su origen olvidado y engañoso.
Intento opacarla nuevamente
sin algún temor discutible,
pero con la sospecha de no saber
con exactitud,
quién me llama de su posible profundidad.

***
Ronald Calle Córdova: Agonía compartida
E-mail: ronals@hotmail.com


Agonía compartida

Soy la única tumba que camina,
esperando las palabras que le faltan
para completar el epitafio.
Giuliana Mazzetti.

El orbe está sudando su estío en mi frente
y su hijo sufre aquí en mi espacio,
le han clavado una daga en su costado:
Duéleme.
¡Anda! Toma mi mano,
cubre tu herida
y ven,
levantemos la antorcha del hambre,
miles de hombres nos contemplan.


Confieso

Desde luego,
mis palabras rompen la significación de su lenguaje
y en mis venas circulan letras en busca de mis manos
no las que dijeron adiós con una caricia
sino las que dan libertad
a la palabra que de algún modo
ya era libre.


Del hombre, su sed y su lluvia

Ves cómo se edifica el polvo?
las gotas caen y a ellas vuelven,
vuelven siempre unidos: el hombre,
su sed y su lluvia,
No, nunca vuelven, jamás se van;
descendieron llenos de pecado,
un día de sol ardiente, de gotas
cortantes, amargas.

Viajas y sueñas a ojos abiertos,
construyes recuerdos llenos de ausencia
mientras tu lluvia sigue de palmo
a palmo
quemando tus pasos
y no se cansa de llover.

Llueve a cántaros y su sed no se moja
más que del rescoldo contraído de su vientre,
su sed no alcanza,
menos gusta del maná
en el desierto humano de su éxodo
(avanza
con su mirada puesta en el trigal y la vid).

Mal quedaría si otras cosas dijera,
callo y no otorgo,
callo y no os doy otra estocada,
hermanos.
Callo y guardo… desesperanza.


Fuego, polvo: Hombre

Aun no estás contrito ante la vida,
suplicando,
compungido por haber perdido lo que no conoces.
Dejas caer la piedra y tus labios besan
la noche
queriendo salvar un silencio fugitivo.

Las cenizas caen sobre tu vívido cuerpo,
tu aliento queda convertido al polvo
y un instante
quema tu piel, tu carne,
tus huesos.

Sueño-realidad: besos mojan la lluvia
desprendida cual rayo gris
de tu agonía.
Vienes gritando fuego hay en el polvo,
polvo hay en el fuego.

Y sigues acrecentando tu deuda,
en tu vana búsqueda
de palomas blancas sobre el olivo.

La vida se gasta, la deuda es honda,
no sé si eterna.
Vas pensativo, mirando al cielo en tu andar
disfrutando del fuego, del polvo: del hombre.


No preguntes

No preguntes por el vino
y tu copa,
apenas siento la caída de mi cuerpo
hacia un vacío sin edad, sin nombre.
No preguntes por la hora,
igual es tarde o temprano
cuando los caminos esconden tus palabras.
No.
Quizá soporte menos si digo nada,
aun así, el vino
miente a mi boca y te multiplica
como el milagro de los panes.

***
César Boyd Brenis: Heterónimos frente al espejo
E-mail: cesarboyd@hotmail.com

POESÍA RIVADAVIANA
(Renato Rivadavia: veintinueve años, lector de tragedias inglesas, alcohólico social).

Obstinación
- El paciente inglés –

Lo artificial perdura nítidamente
en la claridad de alguna fiesta que Romeo busca
para otra alteración del ser.
Las golfas de piel intacta
se reparten por igual en salones uniformes.
La luz escarpada corresponde a una maldición de plenilunio.
La luz en las alturas absorbe a cada noctámbulo
como una esperanza, como aguardar la esperanza
con el cigarrillo en los labios,
desde el humo diluyendo espectros
que el vino ayuda a deformar
hasta el origen de Luciérnagas en confusión con los ojos
de alicaídos caminantes,
hasta estampidas de hacedores de estética silvestre al bailar,
hasta puertas que se cierran con golpes tan fuertes
como la muerte y el amor por Julieta.

La música desvía el trastorno contenido de un bostezo
encarnado en la huella de este día ineludible.
La concepción de una tragedia no es siniestra:
se ama totalmente. Entonces
se esparcen los orígenes del hielo hacia los cuerpos,
se involucran bocetos de jolgorio, también contrastes:
aceleraciones y témpanos en los rincones.
Romeo ríe todavía, ríe
porque el amor le absuelve el vértigo al suspirar.
Los faros callejeros hacia él lo remontan a los dramas
(nunca en la pista menos agreste que conduce a verla).
Ahí sus intentos de caminar se yerguen
como un hito final de los ojos.
La noche se prolonga con escenografía de princesa.
Princesas duermen.
Y como secuelas de un grito borboritante,
el nombre de Julieta por los aires y Romeo
colmado de vocablos.
Sus palabras se han encendido con la lámpara.
Es el vino blanco lo blanco en sus palabras.
Una tormenta se aproxima de súbito presagio y fragor
hacia este mundo rígido de vidas paralelas.

Es la hojarasca en sus rodillas como espejo de otoño,
resonando demasiado.
Alrededor de él
un búho extiende revelaciones correspondidas
cuando Julieta evoca sus palabras:
no te amo, comprende, no te amo.
¡Si tan sólo las maldiciones de los búhos fuesen mentira
como la mentira del amor de los balcones!
¡Si tan sólo brillasen aureolas para salvar esta historia
como salvan a los santos paranoicos!
¡Si tan sólo el amor existiera en los bares
como existe en los manicomios!

Persiste el enigma de las coexistencias,
la sutil pregunta del amor desordenado:
se ausenta el limbo de los sueños.
Despierta un relámpago fijado en una apariencia
entre pistas inhóspitas y lo amorfo.
Se mojan los techos desgarrados: la luna pasa
al corazón de otra estancia.
Para Romeo, llueve y autollueve.
Sus párpados se adaptan al transcurso,
a la representación de un rastro y otro albor
se percibe por los callejones de las lágrimas siguientes.
Los gatos se dispersan entre falsos monstruos y Dios
existe menos.

Entonces, las alucinaciones toman la figura de un hombre
en trajines que corresponden a extravíos,
y en respuesta a la oscuridad, Romeo vuelve
al silencio de la historia o al monólogo interior más bello
o al verdadero idealismo.
El semáforo cambia para nadie. Y en él se suceden
todos los posibles pasos que no andan satisfechos.
Después de esta noche, se aguarda el cielo si es que alguien
lo recuerda entre la nada: lo común
en lo extraordinario.

Aún confundido,
busca la Luna de otro tiempo y articular en otro tiempo poemas
en la boca y el espacio, pues retornan castos.
La vereda resbala como el rocío en aquella hoja que cayó.
Romeo ha vuelto a un bar, otra vez hostilizado por sí mismo,
para despertar de nuevo a sus múltiples maneras de olvidarla:
historia cercenada por la madrugada esculpida para el llanto.
Historia descrita por los grillos e indigentes:
narradores fieles de la ciudad perdida
en las riberas de las vías nocturnas.
Él pierde lo estricto de una dulzura que falla,
pierde la contemplación de Julieta cuando transcurre el tiempo
y no hay salidas transparentes
excepto el vino blanco de las lejanías sin ella.

Ni con la paciencia sutil de una garúa ni con la impaciencia,
Romeo consigue inspirar su ser,
mientras el vino ausenta la razón de estar vivo.
Las caravanas multiformes se agitan
sobre las limitaciones de sus piernas.
La música regresa el aire esclavo de estas paredes sin infancia
como descubrir que no hubo vida, más que la de otros.
En el canto se deshace el aliento de los ebrios
y puede Romeo devolverse el contenido,
conversar con su otro yo,
con el ser del augurio soberano o de las mitologías.

Entre cantos mañaneros que disuelven los sentidos
cabe ese especial origen de otro día,
mientras él intenta estrujar la copa sin romperla dos veces;
la copa coronada con el último sorbo, excepto
la última alucinación,
en esta contorción por la mañana sobre la cual se vence
porque los espejos en los muros son definitivos
y no hay golfas.
La estridencia, el desplomo de la madrugada, lo nebuloso,
confunden que frente a la mesa casi vacía
está Julieta, hermosa, no debilitada,
articulando: ya vamos, ya vamos
con una actitud de amor que Romeo suele extrañar
cuando amanece.


POESÍA LONARDIANA

(Leonardo Lonardi: veintisiete años, desterrado de su ciudad por asuntos de revolución política, primer hijo entre dos hermanos, bibliófilo).

Desintegración de la huida

I

Con Rita lejos la ciudad se vulnera en un pensamiento, cuando a la escritura me aferro con la última luz del poste. Las calles sin Rita son laberintos. Los laberintos sin ella son excusas de soledad. Sin ella, permanecer en silencio es construir figuras, es condensar la creencia de lo Absoluto en una calle de figuras, es dulcificar la traición de una luz por apagarse. Pero no hay callejón donde la escritura me maldiga. Y no hay anochecer escrito que defina un alfabeto. Y no hay más creación inútil que la duda de encontrarla algún día. La escritura es el límite del hombre cuando la autodestrucción desaparece. La escritura, lejos de la piel de Rita, conmueve como adjetivar a Dios para definir el contexto. Pues mi cuerpo etéreo se vuelca entre la niebla para escapar de lo evidente, pero la lógica del Amor es quedarme en lo evidente, es reencontrar a Rita con la misma crueldad con que se fue: sin despedirse.


II

Tu última carta, Rita, tu última voz raída del invierno. Tu sombra extendida en mí: alborotada en todos los pasadizos. Ajena mujer de pasadizos secretos dime en esta carta que no es tu última carta, aclárame las letras hasta poder verlas sin miedo, y las letras que son enemigas sagradas, no las cortes porque son vidas clavadas en mi pecho. Y tu ausencia que está enraizada se condena a un muro con tu nombre. Es natural que yo ocupe un sitio en el mundo donde no estés y pedazos de lecciones aprenda con tu carta. Pero siempre ocuparé un sitio donde no estés. Todos ocuparán un sitio solitario dentro de su cuerpo, y dentro de mi cuerpo tengo una noción de ti, cuando el espacio que te pertenece no reconoce tu existencia. Una recóndita existencia, Rita, soy una recóndita existencia pensando en ti dentro de una lectura, con mi interior arrebatado, y tu carta tiene todas las rutas hacia él, las rutas desconocidas que acaban por descubrir el fraude de verte lejos. No tengo poder sobre tus cartas, llegan con el fracaso del Sol en mis ojos, después de leer lo que conozco como la única sensación que amo en una mesa.


III

En el manuscrito reconozco palabras mías y no sé si las palabras pueden ser mías: lo acepto, hay tardes ajenas como ésta cuando leo entre el barniz de una mesa cualquiera, cuando la profundidad está allí y no por dejar de leer me hastío: desconozco el corazón de las palabras y me amilano como si la hora faltara completarse. Debiera practicar el silencio y recorrer el libro como con las mujeres, protegerme con una lectura perfecta; pero siempre es el mismo barniz, la idea, el respeto a la idea y la historia de las tres de la tarde en la biblioteca: una hoja de historia en blanco que se consume con el tiempo tras de mí. Aunque nada se consume cuando reduzco las mujeres a una sola: Rita. Todavía hay partes de la vida que se reducen sin Literatura.


IV

Fuego. Gradas de madera que crepitan. Y una escena de Fuego comienza a desvanecerse entre lo amado -las ardientes ventajas de no morir-. Como no era un día deseado no era importante, pero el Fuego es el signo de morir con importancia. Yo que no deseo nada me es fácil vivir al lado del final. No existe el final. Es lo mismo en las gradas que aún quedaron.
Las cenizas son continuas transparencias de un ser que fue y el residuo del ser que todavía es, completamente. La puerta que nunca estuvo para auxiliarme, la puerta inexistente, la calle inexistente y las gradas que se quemaron para saber que temo escalar. Al pie de la ceniza estuve con bruma entre los párpados y quiero distinguir frases que acudieron en mi ayuda, pero una escena de Fuego comienza a desvanecerse y lo amado no está. Una franja separa el pasado y si es sólo pasado lo que amé entonces no amé nada. Me confundo con todas las decisiones, las salidas, los rumbos; y todas las confusiones ligadas al Fuego son cenizas.


V

Nada en la poesía -cada quien con su tortura- y en la poesía sólo hay luz para mentes alejadas de la Tierra, aparte de eso, sólo hay nada: el dolor en la nada es transparente. La nada es menos común que la realidad, es más firme que los mitos y las mentiras, para despejar desde su vertiente los farsantes faros del destino, para señalar el fango que es obra de la realidad, y el fango, unido a todo lo demás, se hace todo lo demás, se hace lo que no debía existir pero existió, se hace la palabra fango fuera del fango. Ahora estoy en la nada que existe, en la nada de la poesía que es como la palabra fango en la eternidad. Y la nada causa todas las preguntas de la muerte, cuando se demuestra su producto en el espejo.


VI

El retrato roto en el suelo y una mancha. Y una pelea entre vidrios en mis manos. El retrato roto y la pantalla rota de mi frente como punto de dolor. Un tragaluz tapado en mi cabeza, cortado en mi cabeza y una mancha indeleble pegada en mi recuerdo y una mancha de frío, constante. Un agujero posee el Tiempo entonces sé que el tiempo lo tengo y no importa cuándo sanarán mis manos. Las peleas apresan porque van congeladas en la palma y en la ventana se olvidan con el Sol. El recuerdo se controla como la voluntad de los ángeles y el retrato colapsa para permitirme existir desde una herida.


VII

El tren que me arrebatará de la ciudad es el fondo de una distancia oculta, el fondo de mi despedida, lo concreto más allá de lo abstracto. Y la ciudad que tiene rincones abstractos no parte conmigo, aunque compruebe lo contrario, aunque en cada pensamiento no me lleve este espejismo cercano al recuerdo corto. Todo es corto en la memoria y si vuelve, nada está igual: algo que me recuerde a la ciudad, algo que contradiga lo dicho, o la libertad que siempre quise encontrar en los bares o el contacto con la historia que nadie cree o el caso perdido de un poema. Me despido porque la lucidez contamina, porque escribo a tientas, porque el tren desaparece, porque el hasta siempre, de siempre, es una estafa conspirada por la cárcel.


POESÍA OCTAVIANA
(Octavio La Torre: veintiún años, optimista, mujeriego, huérfano).

Lady Chatterley

Si por los andenes de la ciudad cayera nieve
habría camino en las palabras y la villa,
camino inexacto entre la nieve y el refugio
de los amantes que somos.
Iría con un refrán al modo del que anda:
corazón seducido, cuerpo esclavo.
Te hallaría fumando en el cenáculo
con nóminas de humo entre tus gestos.
Y en ese secreto de encontrarte, Lady Chatterley,
me hablarías de un Clifford sin silueta,
sin su sombra siquiera en la pared.
Habría una canción de Serrat en el fondo del viento.
Creeríamos en lo angosto de los ojos
cuando culpamos al pecado,
cuando nuestros espíritus no retornan por sus carnes.
Si al encontrarte y sentir que no sueñas
confiaría en tus pasos hasta mí
y con otra canción de Serrat se iniciaría tu sueño
tan blando como la nieve a tus espaldas.
Así oscilaríamos los besos en la hora portentosa
dejando el rastro lejos de las calles,
lejos la vida normal esparcida en nuestros cuerpos
para tratar de completar lo incompletable.

Otra versión

Hacia Orión partió a medianoche
por los recodos del arroyo.
Caía la fe de una estrella en su cabeza.
Partió sospechando del canto de los búhos:
el sonido del peligro como predican los ancianos.
Apostó por los atajos de los náufragos corrientes
entre la hojarasca grismente enmarcada.
Se llenó los bolsillos de mendrugos y decía:
¡hambre de vencedores en cadena!
Huyó de los lobos entre la greda
y pasó de forastero entre la bruma.
Por el sendero hacia Orión le lastimaron las espinas,
que cedían su espacio, su profundidad,
y entre tanto aguijón husmeaba los caminos más cortos:
Beatriz podría por fin amarlo.

Autenticidad de la senda

Cuando todos los caminos conducían a tu alcoba
y las escaleras se dilataban
para no lograr emigrar de tu casa,
entonces regresaba
y no había una coartada fija entre nosotros.
Los puentes al exterior desaparecían.
Lograbas parecerte al infinito:
me demoraba tanto en soltarte
que podría haber un día entero
dentro de una noche entera.
Íbamos quedando en los sillones de tu alcoba,
en tu cama; por la salida más cercana al infinito
me detenía, cortando caminos en tu boca.
Había un tiempo donde amábamos nuestro Tiempo
ciegamente estáticos.

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...