Nazim HikmetCon-fabulación nº77
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El otoño de la utopía
Por Antonio Correa Losada *
Desde la época alterada de mi adolescencia, en Latinoamérica los gobiernos de turno y el propio entorno familiar miraban más con pánico que con asombro, el mundo bullente que los jóvenes desplegábamos para acercarnos a la realidad utópica e idealista que apareció en la atmósfera de los años 70. Fue una nueva forma de respirar por medio de inesperados movimientos: la libertad, el sexo, la droga, la ideología y la política, en un ejercicio de extraña y particular simbiosis, nos dejaron en el centro de la calle con un libro descuadernado de dialéctica.
Desde diversos puntos de origen, rurales o de barriadas urbanas y populares, el mundo se abría ante nosotros como convocados por “Pénjamo” la célebre canción mexicana donde los pájaros “cantan de puro júbilo”. Era un tiempo afiebrado, donde el teatro, la poesía y el debate político estaban marcados por el pragmatismo hacia un mundo mejor. Aún así, cuando empezamos a escribir, algunos nos alejamos de esa propuesta dogmática y férreamente realista, igual al producto de las cámaras Kodak que no iban más allá del ojo.
Pero el tiempo da sus trazas para llamarnos por la espalda con un gesto de escarnio y conmiseración, cuando ese asunto que llaman adultez, nos hace girar desesperanzados sobre los retos que exige la subsistencia en su engranaje de sumisión a las miserables y desiguales leyes del mercado.
Pero el mundo en su paradoja ancha y ajena, en que el corno del capitalismo no cesa de soltar sus notas de triunfo, delinea con paciencia las formas de un oficio; escribir y perder, editar y vender, trabajar y callar. Y ungidos por la diáspora, recorremos países y culturas: México, España, Colombia, Ecuador. Y comprobamos que en este tránsito de ida y vuelta, tejemos y creamos nuestro propio país.
En todo el siglo XX, esto ya no fue asombro. Por los intersticios más inesperadas de los países con economías cegadas por el mercado, entraron hombres, mujeres y hasta niños, que movían -en espacios oscuros y anónimos- el émbolo imparable del progreso. Pero algo se quebraba por dentro, pues, la invariable condición humana de los poseedores, no estaba dispuesta a que ese banquete de esplendor fuese compartido por esos seres incultos, negros, cetrinos o amarillos.
Y en un convenio atroz, las mercancías como las guerras, tienen el privilegio de pasar libres y por amplias avenidas de fronteras, mientras a hombres y mujeres que hicieron posible esas rentables cargas de consumo, se le cierra el paso como a criminales.
Fuimos una generación que creyó y aún cree en la utopía, desde ese agrietamiento que atravesó territorios distintos y cercanos en 1968. Vimos a un Vietnam que no cayó ante el Imperio. Vimos derramarse el Muro de Berlín. Vimos destruir Irak, justificados en una mentira. Sólo hasta hace muy poco, hemos visto a la justicia que con un débil gesto de dignidad parece reconocer los muertos y desparecidos por las dictaduras militares del Cono Sur, entronizadas con el descarado apoyo de Estados Unidos. También vimos a la clase política caer rendida ante el poder del dinero del narcotráfico.
Hoy, América Latina lucha contra el ancestral y tenebroso monopolio del poder sobre el juego cínico de los que mantienen sus casinos bancarios, a costa de la manipulación y el robo, para clamar que se socialicen las pérdidas entre la población, cuando nunca socializaron las ganancias.
Por eso existe una generación que cree ante la evidencia, que el ser humano no es ni será una mercancía y, que su esencia auténtica está en defender su libertad. Entonces, pienso en lo que dijo Vila-Matas, al recibir en Venezuela hace algunos años, el Premio Rómulo Gallegos: “El orgullo del escritor de hoy tiene que consistir en enfrentarse a los emisarios de la nada –cada vez más numerosos en literatura- y combatirlos a muerte. En definitiva: que a un escritor lo podamos llamar escritor. Porque, digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible”.
*Poeta y editor colombiano, coordinador y fundador de la Fiesta de la Cultura de Quito
***
Dino Buzzati – Confabulador clásico
Muchacha que cae
En su prólogo al libro Cuentistas bogotanos, perteneciente al proyecto Conjuro Capital de La editorial Común Presencia, Iván Beltrán Castillo postula a “Muchacha que cae” de Dino Buzzati, como uno de los artificios más hermosos, precisos y memorables del arte de las breves ficciones. Aquí lo presentamos para que nuestros confabulados puedan saborear su magia y su latencia poética.
Buzzati, a quién nunca le gustó ser considerado un escritor, pese a que desde muy temprano se metió a la memoria literaria de Italia, nació en Belluno en 1906 y murió en Milán en 1972. Amaba, además de las letras, la música -por lo que estudió el violín y el piano-, el montañismo y la pintura.
Trabajó muchos años en el Corriere della Sera, y en esa casa editorial publicó algunos de sus relatos más notables. Su novela El desierto de los tártaros es un retrato de la espera, la angustia, la liviandad de la existencia y los escasos frutos de salvación que encuentra el ser humano en su camino. Los siete mensajeros, Un experimento de magia, Las noches difíciles, el gran retrato y Un amor, son otros de sus libros y constituyen una de las catedrales de la moderna literatura italiana.
A los diecinueve años, Marta se asomó desde lo más alto del rascacielos, y al ver abajo la ciudad que resplandecía al anochecer, fue presa del vértigo.
El rascacielos era de plata, feliz y supremo en aquel anochecer tan bello y puro, mientras el viento estiraba, aquí y allá, delgados filamentos de nubes sobre un fondo de un azul realmente inconcebible. Era la hora en que las ciudades son presa de la inspiración, y todo aquel que no es ciego queda trastornado. Y la muchacha, desde aquella cumbre, veía las calles y los edificios que vibraban en el prolongado espasmo del crepúsculo; y más allá, donde el blanco de las casas terminaba, empezaba el azul del mar, que, visto desde lo alto, parecía subir. Y en vista de que desde el oriente avanzaban los toldos de la noche, la ciudad se convirtió en un dulce abismo hormigueante de luces, palpitante. Ahí estaban los hombres poderosos, las mujeres más poderosas aún, las pellizas y los violines, los coches con esmaltes metálicos, las carteleras fosforescentes, los oscuros corredores del palacio real, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, el ardiente encanto de la noche, con sus anhelos de grandeza y de gloria.
Al ver todo esto, Marta se asomó perdidamente sobre el barandal, se dejó ir. Le pareció que se balanceaba en el aire, pero caía. En vista de la extraordinaria altura del rascacielos, las calles y las plazas le parecían muy lejanas, no sabía cuánto tiempo le llevaría llegar a ellas. Pero la muchacha seguía cayendo.
A esa hora, las terrazas y los balcones de los últimos pisos estaban llenos de personas ricas y elegantes, ocupadas en tomar cocktails y en decir necedades. De ahí se desprendían oleadas de músicas confusas. Marta pasó delante de ellos y algunos se asomaron a mirarla.
Vuelos de esa clase no eran raros en ese rascacielos —sobre todo de muchachas—, y constituían para los inquilinos una diversión interesante, porque compensaban el altísimo precio que pagaban por los apartamentos.
El sol, que aún no se ocultaba por entero, hizo lo imposible para iluminar el vestidito de Marta. Era un modesto vestido primaveral, comprado en una tienda de ropa hecha. Pero la lírica luz del ocaso lo hermoseaba, haciéndolo chic.
Desde los balcones de los millonarios, manos galantes se tendían hacia ella, ofreciéndole copas y flores.
–¿Un pequeño drink, señorita? Gentil mariposa, ¿por qué no nos acompaña un momento?
Ella reía, revoloteando dichosa (pero seguía cayendo).
–¡Gracias, amigos! No puedo. Me urge llegar.
–¿Llegar a dónde? –le preguntaban.
–Ah, no me hagan hablar –respondía Marta, agitando las manos en señal de despedida.
Un joven alto y moreno, muy distinguido, extendió los brazos para detenerla. Le gustaba a ella, pero lo eludió con rapidez.
–¿Cómo se permite, señor? –le dijo, pero tuvo tiempo de darle con un dedo un golpecito en la nariz.
La gente de lujo se ocupaba de ella, y eso la llenaba de satisfacción. Se sentía fascinante, a la moda. En las floridas terrazas, entre el ir y venir de camareros vestidos de blanco y las rachas de canciones exóticas, se habló durante un minuto, o acaso menos, de aquella joven que había pasado (de arriba a abajo, en caída vertical). Algunos la consideraban bonita, otros más o menos, pero todos la encontraron interesante.
–Usted tiene toda la vida por delante –le decían–. ¿Por qué se apura? No le faltará tiempo para correr y preocuparse. Quédese un rato con nosotros. No es más que una fiestecita entre amigos, pero se sentirá bien.
Ella quería responder, pero la aceleración impuesta por la gravedad la había llevado ya al piso de abajo, a dos, a tres o cuatro pisos debajo. Con cuánta alegría se cae cuando se tienen apenas diecinueve años.
Ciertamente era inmensa la distancia que la separaba del fondo, es decir del nivel de la calle; poco menos, es verdad, pero aún considerable.
Entretanto el sol se había ocultado en el mar, desapareciendo transformado en un hongo tembloroso y rojizo. Por lo tanto, sus rayos vivificantes dejaron de iluminar el vestido de la muchacha y de convertirla en seductor cometa. Menos mal que casi todas las ventanas de las terrazas del rascacielos estaban iluminadas, y su reverberación la alumbraba al pasar frente a ellas.
Marta veía ahora no sólo apartamentos con gente despreocupada, sino también oficinas donde las empleadas, con delantales negros o azules, hallábanse sentadas ante largas filas de pequeños escritorios. Muchas de ellas eran jóvenes como ella, y ahora, cansadas de la jornada de trabajo, de vez en cuando alzaban los ojos de las máquinas de escribir. Ellas también la vieron, y algunas corrieron hacia las ventanas.
–¿Adónde vas? ¿Por qué tanta prisa? –le gritaban, y en sus voces se adivinaba algo semejante a la envidia.
–Me esperan allá abajo –respondía ella–. No puedo detenerme. Perdónenme.
Y aún reía, fluctuando en el precipicio, pero su risa no era ya la de antes. La noche había caído con dolo, y Marta empezaba a sentir frío.
En ese momento, al mirar hacia el fondo, vio en la entrada de un edificio unas luces muy intensas. Largos automóviles negros se detenían (semejantes a hormigas por la distancia), y de ellos bajaban hombres y mujeres, ansiosos por entrar. En ese hormigueo le pareció distinguir el chispeo de las joyas. A la entrada del edificio ondeaban las banderas.
Daban una gran fiesta, desde luego, precisamente aquella en la que Marta soñaba desde que era niña. No podía faltar. Abajo la esperaba la ocasión, la fatalidad, el romance, la verdadera inauguración de la vida. ¿Llegaría a tiempo?
Se dio cuenta, con disgusto, de que a unos treinta metros más allá de ella, otra muchacha también caía. No había duda de que era más bonita que ella, con un vestido de noche, de mucha clase. Quién sabe cómo, caía con una velocidad superior a la suya, y tanta, que en unos cuantos instantes la perdió de vista, sin que le importara el llamado de Marta. Obviamente llegaría a la fiesta antes que ella, y podía ser que existiera todo un plan para suplantarla.
Luego se percató de que ellas no eran las únicas que caían. Muchas mujeres muy jóvenes estaban cayendo a lo largo del rascacielos, todas con semblantes excitados por el vuelo y con manos festivamente agitadas, como diciendo: aquí estamos, es nuestra hora, nuestra fiesta, ¿o acaso el mundo no es nuestro?
Era, pues, una carrera. Y ella sólo contaba con un mísero vestido, mientras las demás lucían modelos de gran lujo, y algunas hasta ceñían sus hombros con amplias estolas de visón. Marta había iniciado el vuelo muy segura de sí misma, pero ahora crecía dentro de ella una especie de temblor; tal vez era simplemente el frío, pero quizá también miedo, miedo de haber cometido un error irreparable.
La noche avanzó. Las ventanas se apagaban una tras otra, el eco de la música era cada vez más débil; las oficinas estaban desiertas, ningún joven tendía las manos en las ventanas. ¿Qué horas eran? En la entrada de aquel edificio –que ahora se veía mucho más grande, y tanto, que era posible observar todos los detalles arquitectónicos– las luces permanecían intactas, pero todos los automóviles se habían marchado. De vez en cuando, salían por el portón pequeños grupos, que se alejaban con paso cansado. Luego se apagaron todas las lámparas de la entrada.
Marta se descorazonó. Ay de mí, nunca más llegaría a tiempo a la fiesta. Miró hacia arriba, vio el pináculo del rascacielos en toda su cruel potencia. Ya estaba casi a oscuras, con unas pocas ventanas iluminadas en los últimos pisos. En la cumbre se expandía lentamente el primer indicio del alba.
En un comedor del vigésimo piso, un cuarentón leía el periódico mientras tomaba el café de la mañana, y una mujer reordenaba algunas cosas. Un reloj en la despensa marcaba las ocho con cuarenta y cinco. Una sombra pasó por la ventana.
–¡Alberto! –gritó la mujer–. ¿Viste? Pasó una mujer.
–¿Cómo era? –dijo él, sin apartar los ojos del periódico.
–Una vieja –respondió la mujer–. Una vieja decrépita. Parecía espantada.
–Lo mismo de siempre –refunfuñó el hombre–. Frente a estos pisos bajos sólo pasan viejas que caen. Las muchachas hermosas sólo se ven del piso cincuenta hacia arriba. Por eso los apartamentos de arriba son tan caros.
–Al menos –observó la mujer– acá abajo tenemos la ventaja de oírlas cuando se estrellan contra el suelo.
–Esta vez, ni siquiera eso –dijo él, meneando la cabeza, después de quedarse escuchando algunos instantes. Y bebió otro sorbo de café.
***
Nazim Hikmet, confabulador clásico
La historia de este poeta turco, cuyas imágenes conmueven por su capacidad de penetrar hasta lo más hondo en la herida del ser humano, perpetuamente enfrentado a los azares de la gestión histórica, es el recuento de un exilio infinito. Está considerado como el hacedor de belleza más importante de la lengua turca. Nació en Salónica el 20 de noviembre de 1901 y falleció en Moscú el 3 de junio de 1963. Fue un rebelde lúcido y del primer entusiasmo levantado por la revolución bolchevique. Duro oficio el exilio, La miel de la esperanza y otros poemas y Leyenda de amor son algunos de sus libros y se encuentran vertidos al castellano. Su testamento es tan bello y excepcional como un eclipse.
AUTOBIOGRAFÍA
Nací en 1902
no he vuelto nunca a mi ciudad natal
no me gustan los retornos
a los tres años en Alepo era nieto de bajá
a los diecinueve estudiante en la universidad comunista de Moscú
a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú invitado por el Comité Central
y desde los catorce años soy poeta
hay hombres que conocen las diferentes clases de hierbas; otros, de peces;
yo, de separaciones
hay hombres que se saben de memoria el nombre de cada estrella;
yo, de nostalgias
he dormido en las cárceles y en los grandes hoteles
he conocido el hambre y también la huelga de hambre y no hay plato que no haya probado
a los treinta años quisieron ahorcarme
a los cuarenta y ocho quisieron concederme el Premio mundial de la Paz
y me lo concedieron
a los treinta y seis durante medio año sólo pude recorrer cuatro metros cuadrados de
hormigón
a los cincuenta y nueve volé desde Praga a La Habana
en dieciocho horas
no conocí a Lenin pero hice la guardia de honor junto a su féretro en 1924
en 1961 el mausoleo que visito son sus libros
han intentado alejarme de mi partido
pero han fracasado
tampoco he sido aplastado por los ídolos caídos
en 1951 viajé por mar hacia la muerte con un joven camarada
en 1952 con el corazón cascado esperé la muerte durante cuatro meses
estuve locamente celoso de las mujeres a las que amé
no envidié a nadie ni siquiera a Charlot
engañé a mis mujeres
pero nunca hablé mal de mis amigos a sus espaldas
he bebido pero no soy un borracho
tuve la suerte de ganarme siempre el pan con el sudor de mi frente
si mentí fue porque sentí vergüenza ajena
por piedad
pero también he mentido porque sí
he montado en tren en avión y en coche
la mayoría no puede hacerlo
he ido a la ópera
la mayoría no puede ir y ni siquiera sabe que existe
sin embargo desde 1921 no voy a muchos de los sitios
donde va la mayoría la mezquita la iglesia la sinagoga
el templo el curandero
pero a veces me gusta que me lean los posos de café
se me ha publicado en treinta o cuarenta lenguas
pero estoy prohibido en Turquía en mi propia lengua
hasta ahora no he tenido cáncer
tampoco es obligatorio
nunca seré primer ministro o algo parecido
tampoco me gustaría serlo
nunca he ido a la guerra
no he descendido a los refugios en medio de la noche
no he recorrido los caminos del exilio bajo el vuelo rasante de los aviones
pero me he enamorado ya cerca de los sesenta
camaradas en pocas palabras
hoy en Berlín aunque muerto de nostalgia
puedo decir que he vivido como un hombre
pero los años que me quedan por vivir
y las cosas que puedan sucederme
¿quién lo sabe?
Esta autobiografía fue escrita en Berlín Oriental el 11 de setiembre de 1961
(Versión de Fernando García Burillo)
***
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El otoño de la utopía
Por Antonio Correa Losada *
Desde la época alterada de mi adolescencia, en Latinoamérica los gobiernos de turno y el propio entorno familiar miraban más con pánico que con asombro, el mundo bullente que los jóvenes desplegábamos para acercarnos a la realidad utópica e idealista que apareció en la atmósfera de los años 70. Fue una nueva forma de respirar por medio de inesperados movimientos: la libertad, el sexo, la droga, la ideología y la política, en un ejercicio de extraña y particular simbiosis, nos dejaron en el centro de la calle con un libro descuadernado de dialéctica.
Desde diversos puntos de origen, rurales o de barriadas urbanas y populares, el mundo se abría ante nosotros como convocados por “Pénjamo” la célebre canción mexicana donde los pájaros “cantan de puro júbilo”. Era un tiempo afiebrado, donde el teatro, la poesía y el debate político estaban marcados por el pragmatismo hacia un mundo mejor. Aún así, cuando empezamos a escribir, algunos nos alejamos de esa propuesta dogmática y férreamente realista, igual al producto de las cámaras Kodak que no iban más allá del ojo.
Pero el tiempo da sus trazas para llamarnos por la espalda con un gesto de escarnio y conmiseración, cuando ese asunto que llaman adultez, nos hace girar desesperanzados sobre los retos que exige la subsistencia en su engranaje de sumisión a las miserables y desiguales leyes del mercado.
Pero el mundo en su paradoja ancha y ajena, en que el corno del capitalismo no cesa de soltar sus notas de triunfo, delinea con paciencia las formas de un oficio; escribir y perder, editar y vender, trabajar y callar. Y ungidos por la diáspora, recorremos países y culturas: México, España, Colombia, Ecuador. Y comprobamos que en este tránsito de ida y vuelta, tejemos y creamos nuestro propio país.
En todo el siglo XX, esto ya no fue asombro. Por los intersticios más inesperadas de los países con economías cegadas por el mercado, entraron hombres, mujeres y hasta niños, que movían -en espacios oscuros y anónimos- el émbolo imparable del progreso. Pero algo se quebraba por dentro, pues, la invariable condición humana de los poseedores, no estaba dispuesta a que ese banquete de esplendor fuese compartido por esos seres incultos, negros, cetrinos o amarillos.
Y en un convenio atroz, las mercancías como las guerras, tienen el privilegio de pasar libres y por amplias avenidas de fronteras, mientras a hombres y mujeres que hicieron posible esas rentables cargas de consumo, se le cierra el paso como a criminales.
Fuimos una generación que creyó y aún cree en la utopía, desde ese agrietamiento que atravesó territorios distintos y cercanos en 1968. Vimos a un Vietnam que no cayó ante el Imperio. Vimos derramarse el Muro de Berlín. Vimos destruir Irak, justificados en una mentira. Sólo hasta hace muy poco, hemos visto a la justicia que con un débil gesto de dignidad parece reconocer los muertos y desparecidos por las dictaduras militares del Cono Sur, entronizadas con el descarado apoyo de Estados Unidos. También vimos a la clase política caer rendida ante el poder del dinero del narcotráfico.
Hoy, América Latina lucha contra el ancestral y tenebroso monopolio del poder sobre el juego cínico de los que mantienen sus casinos bancarios, a costa de la manipulación y el robo, para clamar que se socialicen las pérdidas entre la población, cuando nunca socializaron las ganancias.
Por eso existe una generación que cree ante la evidencia, que el ser humano no es ni será una mercancía y, que su esencia auténtica está en defender su libertad. Entonces, pienso en lo que dijo Vila-Matas, al recibir en Venezuela hace algunos años, el Premio Rómulo Gallegos: “El orgullo del escritor de hoy tiene que consistir en enfrentarse a los emisarios de la nada –cada vez más numerosos en literatura- y combatirlos a muerte. En definitiva: que a un escritor lo podamos llamar escritor. Porque, digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible”.
*Poeta y editor colombiano, coordinador y fundador de la Fiesta de la Cultura de Quito
***
Dino Buzzati – Confabulador clásico
Muchacha que cae
En su prólogo al libro Cuentistas bogotanos, perteneciente al proyecto Conjuro Capital de La editorial Común Presencia, Iván Beltrán Castillo postula a “Muchacha que cae” de Dino Buzzati, como uno de los artificios más hermosos, precisos y memorables del arte de las breves ficciones. Aquí lo presentamos para que nuestros confabulados puedan saborear su magia y su latencia poética.
Buzzati, a quién nunca le gustó ser considerado un escritor, pese a que desde muy temprano se metió a la memoria literaria de Italia, nació en Belluno en 1906 y murió en Milán en 1972. Amaba, además de las letras, la música -por lo que estudió el violín y el piano-, el montañismo y la pintura.
Trabajó muchos años en el Corriere della Sera, y en esa casa editorial publicó algunos de sus relatos más notables. Su novela El desierto de los tártaros es un retrato de la espera, la angustia, la liviandad de la existencia y los escasos frutos de salvación que encuentra el ser humano en su camino. Los siete mensajeros, Un experimento de magia, Las noches difíciles, el gran retrato y Un amor, son otros de sus libros y constituyen una de las catedrales de la moderna literatura italiana.
A los diecinueve años, Marta se asomó desde lo más alto del rascacielos, y al ver abajo la ciudad que resplandecía al anochecer, fue presa del vértigo.
El rascacielos era de plata, feliz y supremo en aquel anochecer tan bello y puro, mientras el viento estiraba, aquí y allá, delgados filamentos de nubes sobre un fondo de un azul realmente inconcebible. Era la hora en que las ciudades son presa de la inspiración, y todo aquel que no es ciego queda trastornado. Y la muchacha, desde aquella cumbre, veía las calles y los edificios que vibraban en el prolongado espasmo del crepúsculo; y más allá, donde el blanco de las casas terminaba, empezaba el azul del mar, que, visto desde lo alto, parecía subir. Y en vista de que desde el oriente avanzaban los toldos de la noche, la ciudad se convirtió en un dulce abismo hormigueante de luces, palpitante. Ahí estaban los hombres poderosos, las mujeres más poderosas aún, las pellizas y los violines, los coches con esmaltes metálicos, las carteleras fosforescentes, los oscuros corredores del palacio real, las fuentes, los diamantes, los antiguos jardines taciturnos, las fiestas, los deseos, los amores y, sobre todo, el ardiente encanto de la noche, con sus anhelos de grandeza y de gloria.
Al ver todo esto, Marta se asomó perdidamente sobre el barandal, se dejó ir. Le pareció que se balanceaba en el aire, pero caía. En vista de la extraordinaria altura del rascacielos, las calles y las plazas le parecían muy lejanas, no sabía cuánto tiempo le llevaría llegar a ellas. Pero la muchacha seguía cayendo.
A esa hora, las terrazas y los balcones de los últimos pisos estaban llenos de personas ricas y elegantes, ocupadas en tomar cocktails y en decir necedades. De ahí se desprendían oleadas de músicas confusas. Marta pasó delante de ellos y algunos se asomaron a mirarla.
Vuelos de esa clase no eran raros en ese rascacielos —sobre todo de muchachas—, y constituían para los inquilinos una diversión interesante, porque compensaban el altísimo precio que pagaban por los apartamentos.
El sol, que aún no se ocultaba por entero, hizo lo imposible para iluminar el vestidito de Marta. Era un modesto vestido primaveral, comprado en una tienda de ropa hecha. Pero la lírica luz del ocaso lo hermoseaba, haciéndolo chic.
Desde los balcones de los millonarios, manos galantes se tendían hacia ella, ofreciéndole copas y flores.
–¿Un pequeño drink, señorita? Gentil mariposa, ¿por qué no nos acompaña un momento?
Ella reía, revoloteando dichosa (pero seguía cayendo).
–¡Gracias, amigos! No puedo. Me urge llegar.
–¿Llegar a dónde? –le preguntaban.
–Ah, no me hagan hablar –respondía Marta, agitando las manos en señal de despedida.
Un joven alto y moreno, muy distinguido, extendió los brazos para detenerla. Le gustaba a ella, pero lo eludió con rapidez.
–¿Cómo se permite, señor? –le dijo, pero tuvo tiempo de darle con un dedo un golpecito en la nariz.
La gente de lujo se ocupaba de ella, y eso la llenaba de satisfacción. Se sentía fascinante, a la moda. En las floridas terrazas, entre el ir y venir de camareros vestidos de blanco y las rachas de canciones exóticas, se habló durante un minuto, o acaso menos, de aquella joven que había pasado (de arriba a abajo, en caída vertical). Algunos la consideraban bonita, otros más o menos, pero todos la encontraron interesante.
–Usted tiene toda la vida por delante –le decían–. ¿Por qué se apura? No le faltará tiempo para correr y preocuparse. Quédese un rato con nosotros. No es más que una fiestecita entre amigos, pero se sentirá bien.
Ella quería responder, pero la aceleración impuesta por la gravedad la había llevado ya al piso de abajo, a dos, a tres o cuatro pisos debajo. Con cuánta alegría se cae cuando se tienen apenas diecinueve años.
Ciertamente era inmensa la distancia que la separaba del fondo, es decir del nivel de la calle; poco menos, es verdad, pero aún considerable.
Entretanto el sol se había ocultado en el mar, desapareciendo transformado en un hongo tembloroso y rojizo. Por lo tanto, sus rayos vivificantes dejaron de iluminar el vestido de la muchacha y de convertirla en seductor cometa. Menos mal que casi todas las ventanas de las terrazas del rascacielos estaban iluminadas, y su reverberación la alumbraba al pasar frente a ellas.
Marta veía ahora no sólo apartamentos con gente despreocupada, sino también oficinas donde las empleadas, con delantales negros o azules, hallábanse sentadas ante largas filas de pequeños escritorios. Muchas de ellas eran jóvenes como ella, y ahora, cansadas de la jornada de trabajo, de vez en cuando alzaban los ojos de las máquinas de escribir. Ellas también la vieron, y algunas corrieron hacia las ventanas.
–¿Adónde vas? ¿Por qué tanta prisa? –le gritaban, y en sus voces se adivinaba algo semejante a la envidia.
–Me esperan allá abajo –respondía ella–. No puedo detenerme. Perdónenme.
Y aún reía, fluctuando en el precipicio, pero su risa no era ya la de antes. La noche había caído con dolo, y Marta empezaba a sentir frío.
En ese momento, al mirar hacia el fondo, vio en la entrada de un edificio unas luces muy intensas. Largos automóviles negros se detenían (semejantes a hormigas por la distancia), y de ellos bajaban hombres y mujeres, ansiosos por entrar. En ese hormigueo le pareció distinguir el chispeo de las joyas. A la entrada del edificio ondeaban las banderas.
Daban una gran fiesta, desde luego, precisamente aquella en la que Marta soñaba desde que era niña. No podía faltar. Abajo la esperaba la ocasión, la fatalidad, el romance, la verdadera inauguración de la vida. ¿Llegaría a tiempo?
Se dio cuenta, con disgusto, de que a unos treinta metros más allá de ella, otra muchacha también caía. No había duda de que era más bonita que ella, con un vestido de noche, de mucha clase. Quién sabe cómo, caía con una velocidad superior a la suya, y tanta, que en unos cuantos instantes la perdió de vista, sin que le importara el llamado de Marta. Obviamente llegaría a la fiesta antes que ella, y podía ser que existiera todo un plan para suplantarla.
Luego se percató de que ellas no eran las únicas que caían. Muchas mujeres muy jóvenes estaban cayendo a lo largo del rascacielos, todas con semblantes excitados por el vuelo y con manos festivamente agitadas, como diciendo: aquí estamos, es nuestra hora, nuestra fiesta, ¿o acaso el mundo no es nuestro?
Era, pues, una carrera. Y ella sólo contaba con un mísero vestido, mientras las demás lucían modelos de gran lujo, y algunas hasta ceñían sus hombros con amplias estolas de visón. Marta había iniciado el vuelo muy segura de sí misma, pero ahora crecía dentro de ella una especie de temblor; tal vez era simplemente el frío, pero quizá también miedo, miedo de haber cometido un error irreparable.
La noche avanzó. Las ventanas se apagaban una tras otra, el eco de la música era cada vez más débil; las oficinas estaban desiertas, ningún joven tendía las manos en las ventanas. ¿Qué horas eran? En la entrada de aquel edificio –que ahora se veía mucho más grande, y tanto, que era posible observar todos los detalles arquitectónicos– las luces permanecían intactas, pero todos los automóviles se habían marchado. De vez en cuando, salían por el portón pequeños grupos, que se alejaban con paso cansado. Luego se apagaron todas las lámparas de la entrada.
Marta se descorazonó. Ay de mí, nunca más llegaría a tiempo a la fiesta. Miró hacia arriba, vio el pináculo del rascacielos en toda su cruel potencia. Ya estaba casi a oscuras, con unas pocas ventanas iluminadas en los últimos pisos. En la cumbre se expandía lentamente el primer indicio del alba.
En un comedor del vigésimo piso, un cuarentón leía el periódico mientras tomaba el café de la mañana, y una mujer reordenaba algunas cosas. Un reloj en la despensa marcaba las ocho con cuarenta y cinco. Una sombra pasó por la ventana.
–¡Alberto! –gritó la mujer–. ¿Viste? Pasó una mujer.
–¿Cómo era? –dijo él, sin apartar los ojos del periódico.
–Una vieja –respondió la mujer–. Una vieja decrépita. Parecía espantada.
–Lo mismo de siempre –refunfuñó el hombre–. Frente a estos pisos bajos sólo pasan viejas que caen. Las muchachas hermosas sólo se ven del piso cincuenta hacia arriba. Por eso los apartamentos de arriba son tan caros.
–Al menos –observó la mujer– acá abajo tenemos la ventaja de oírlas cuando se estrellan contra el suelo.
–Esta vez, ni siquiera eso –dijo él, meneando la cabeza, después de quedarse escuchando algunos instantes. Y bebió otro sorbo de café.
***
Nazim Hikmet, confabulador clásico
La historia de este poeta turco, cuyas imágenes conmueven por su capacidad de penetrar hasta lo más hondo en la herida del ser humano, perpetuamente enfrentado a los azares de la gestión histórica, es el recuento de un exilio infinito. Está considerado como el hacedor de belleza más importante de la lengua turca. Nació en Salónica el 20 de noviembre de 1901 y falleció en Moscú el 3 de junio de 1963. Fue un rebelde lúcido y del primer entusiasmo levantado por la revolución bolchevique. Duro oficio el exilio, La miel de la esperanza y otros poemas y Leyenda de amor son algunos de sus libros y se encuentran vertidos al castellano. Su testamento es tan bello y excepcional como un eclipse.
AUTOBIOGRAFÍA
Nací en 1902
no he vuelto nunca a mi ciudad natal
no me gustan los retornos
a los tres años en Alepo era nieto de bajá
a los diecinueve estudiante en la universidad comunista de Moscú
a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú invitado por el Comité Central
y desde los catorce años soy poeta
hay hombres que conocen las diferentes clases de hierbas; otros, de peces;
yo, de separaciones
hay hombres que se saben de memoria el nombre de cada estrella;
yo, de nostalgias
he dormido en las cárceles y en los grandes hoteles
he conocido el hambre y también la huelga de hambre y no hay plato que no haya probado
a los treinta años quisieron ahorcarme
a los cuarenta y ocho quisieron concederme el Premio mundial de la Paz
y me lo concedieron
a los treinta y seis durante medio año sólo pude recorrer cuatro metros cuadrados de
hormigón
a los cincuenta y nueve volé desde Praga a La Habana
en dieciocho horas
no conocí a Lenin pero hice la guardia de honor junto a su féretro en 1924
en 1961 el mausoleo que visito son sus libros
han intentado alejarme de mi partido
pero han fracasado
tampoco he sido aplastado por los ídolos caídos
en 1951 viajé por mar hacia la muerte con un joven camarada
en 1952 con el corazón cascado esperé la muerte durante cuatro meses
estuve locamente celoso de las mujeres a las que amé
no envidié a nadie ni siquiera a Charlot
engañé a mis mujeres
pero nunca hablé mal de mis amigos a sus espaldas
he bebido pero no soy un borracho
tuve la suerte de ganarme siempre el pan con el sudor de mi frente
si mentí fue porque sentí vergüenza ajena
por piedad
pero también he mentido porque sí
he montado en tren en avión y en coche
la mayoría no puede hacerlo
he ido a la ópera
la mayoría no puede ir y ni siquiera sabe que existe
sin embargo desde 1921 no voy a muchos de los sitios
donde va la mayoría la mezquita la iglesia la sinagoga
el templo el curandero
pero a veces me gusta que me lean los posos de café
se me ha publicado en treinta o cuarenta lenguas
pero estoy prohibido en Turquía en mi propia lengua
hasta ahora no he tenido cáncer
tampoco es obligatorio
nunca seré primer ministro o algo parecido
tampoco me gustaría serlo
nunca he ido a la guerra
no he descendido a los refugios en medio de la noche
no he recorrido los caminos del exilio bajo el vuelo rasante de los aviones
pero me he enamorado ya cerca de los sesenta
camaradas en pocas palabras
hoy en Berlín aunque muerto de nostalgia
puedo decir que he vivido como un hombre
pero los años que me quedan por vivir
y las cosas que puedan sucederme
¿quién lo sabe?
Esta autobiografía fue escrita en Berlín Oriental el 11 de setiembre de 1961
(Versión de Fernando García Burillo)
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