samedi 7 mars 2009

Con-fabulación nº78/Henry POSADA: El escritor y su veneno


Con-fabulación nº78
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El fantasma de la telenovela ronda el cine colombiano
Por Carlos Palau *

El director de cine caleño, autor de filmes como A la salida nos vemos, Hábitos sucios y El sueño del paraíso, ha sido un perpetuo y lúcido diletante en el tenso diálogo que los artistas del séptimo arte mantienen con sus negociantes, y no en pocas ocasiones se ha enfrentado contra el engranaje equívoco de la llamada industria cinematográfica. Rebelde genuino, sus opiniones le han llevado con frecuencia al potro de tortura y a las reprimendas de la censura. De ahí que su visión de la actual circunstancia de nuestro cine sea muy valiosa.

Este artículo cedido por su autor a Con-Fabulación hace parte de la separata especial sobre Cine Colombiano que será publicada en la revista Número 60.

Mientras el gremio de los cineastas y productores colombianos, donde abunda la hipertrofia de vanidades, junto a exhibidores y directivos que gerencian los dineros y trazan las políticas del cine nacional, no haga una generosa autocrítica de su responsabilidad en lo que se ha denominado el bajonazo del cine nacional, se seguirá echando mano de estadísticas con qué justificar este fracaso.

No se han dado cuenta de que la única neurona que le quedaba al espectador colombiano la han utilizado para descubrir que nuestras películas son igualitas a las telenovelas y que las terminarán emitiendo por televisión un domingo cualquiera.

¿Para qué pagar una boleta a un cine que no aporta ni plantea nada novedoso y que pueden ver gratis?

¿Hasta cuando estos señores van a insistir en la inútil e imposible creación de un cine como industria?

¿Hasta cuándo seguirán despilfarrando miles de millones en un cine que degrada la profesión y el oficio mismo de hacerlo?

Es una vergüenza que los dineros de la cinematografía nacional vayan a parar a los nuevos mercenarios del cine, instalados en Caracol TV y RCN, desde donde se impone una estética que insulta nuestra inteligencia, realizada por calanchines a sueldo sin la menor ética ni conocimiento de la profesión.

Están apoyando un cine de puños, patadas y puñaladas, haciéndoles el juego servil a estas poderosas programadoras y exhibidores, cuando esos dineros deberían destinarse a la creación de una cinematografía que tome riesgos creativos, de bajo presupuesto, que permitiría realizar hasta veinte largometrajes al año y distribuirlos por canales diferentes de los tradicionales y de donde no los echen a patadas.

Así se irá construyendo un público receptivo, abierto a nuevas historias y formas de contar. Lo contrario es seguir de bajonazo en bajonazo, donde sólo sobrevivirán los privilegiados del régimen, que reciben millonadas a manos llenas para enriquecerse aún más.

¿Cómo puede haber una industria del cine si los directores y productores megalómanos se empeñan tercamente en filmar en 35mm, lo que encarece la producción?

¿Cómo se puede pagar un presupuesto de $2.000 millones (US $ 800.000), que es el costo medio de una película colombiana, si no hay espectadores para ello? ¿Por qué persistir en esto? ¿Qué es lo que se esconde detrás de tanta insensatez?

Además, contar con el respaldo publicitario de los dos grandes canales de televisión no es ninguna garantía. Te amo, Ana Elisa, El ángel del acordeón, Nochebuena, Los actores del conflicto, Perro come perro, Ni te cases ni te embarques, lo han tenido y el público no respondió como esperaban. Satanás y Paraíso Travel no llegaron siquiera al punto de equilibrio.

En estas condiciones, obligan al cineasta a ser un perdedor nato y compulsivo con cualquier número de espectadores que entren a la sala. Si uno sólo quiere tener una gran imagen de creador cinematográfico, debe casarse con una modelo o presentadora de farándula, dejarla embarazada y estrenar la película para cuando el bebé nazca, así saldría en todos los noticieros y revistas de farándula. Los teatros se llenarían. Seguro. ¿Se imaginan a Luis Ospina casado con Andrea Serna o Laura Acuña (que escoja él), que la dejara preñada y apareciera al octavo mes de embarazo besándole la barriguita desnuda, en la portada de una de esas revistas rosa, para que su Tigre de papel la vieran millones? Al menos debería intentarlo. Hasta yo iría a verla.

Los únicos que ganan siempre en este negocio nefasto del cine son los exhibidores y los productores, que cobran sueldos millonarios o porcentajes escandalosos por administrar esos dineros públicos, mientras ahuyentan a los inversionistas que jamás recuperarán su dinero y a los que nunca se les advirtió de los riesgos que corrían. Precisamente por ellos se debería modificar la Ley de Cine, con el fin de que sus inversiones tengan el ciento por ciento de beneficio tributario. De esta manera, proyectos de mayor envergadura podrían producirse sin temor a que quien los propicie parezca un vulgar delincuente, como sucede ahora.

Es una obligación que los directivos de Proimágenes y la Dirección de Cinematografía apoyen seriamente la promoción y construcción de nuevos canales independientes de exhibición gratuita en las universidades, colegios, sindicatos, acciones comunales, casas de la cultura, para esta nueva cinematografía alejada de los circuitos tradicionales que únicamente producen irrespeto, dolor y frustración. Es deber de ellos que eso no ocurra más. Que ayuden a respetar a los creadores, que por el solo hecho de darles unos pesos crean que ahí finalizó la tarea. Que los futuros cineastas aprendan que no es importante insistir en que su película se estrene en esas salas donde no se les quiere y no hay quien las vea. Hay vida más allá de los multiplex.

***
Fernando Pessoa: Confabulador clásico
“Libro del desasosiego” (fragmento), 26 de enero de 1932

Imaginarlo es como diría Juarroz, pintar un retrato sin modelo, dibujar a un fantasma, fijar un espejismo o amaestrar un puñado de neblina. Fernando Antonio Nogueira Pessoa, el poeta legendario de Portugal y uno de los más vanguardistas de los creadores del siglo pasado, nació en Lisboa en 1888 y falleció en la misma ciudad en 1935. Fue traductor y comerciante y vivió mucho tiempo en Sudáfrica. Su “vida verdadera” fue insustancial y estuvo regida por el tedio y la monotonía. Sin embargo, el creador se reveló a esta mansedumbre con los portentos de su imaginación lírica. Así, sintiendo que la existencia concreta no merecía bien la pena, dio respiración e ímpetu a una serie de personalidades contradictorias, impulsadas por diversas fuerzas vitales: Alvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares y Alberto Caeiro son algunos de esos heterónimos magníficos. El libro del desasosiego, uno de sus trabajos más memorables, es una indagación puntual a los interrogantes de la existencia, y en él cuestiona el engranaje de la realidad y sus espejismos. El siguiente fragmento es una prueba de ello.

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que siente y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso. Y "carne y hueso", en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.

No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas.

Ciertos días, a ciertas horas, traídas mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.

Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda... Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie... Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío? Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la. humanidad entera.

Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.

Sí, los demás no existen... Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí...

***
El escritor y su veneno

por Henry Posada *

Nací en un país donde parece que el personaje de la película de Milos Forman, interpretado desde la penumbra por Murray Abraham, Antonio Salieri, estuviese clonado y es que el temperamento hepático, el emponzoñamiento, la mutación de Salieri ante el genio de Mozart, es ya una forma de vida entre algunos de mis congéneres y si quieren comprobarlo vayan a la página del más pintoresco de nuestros pintorescos, donde tiene sus cloacas virtuales, y lanza sin conmiseración denostaciones, infamias, amenazas de muerte y su desasosiego parece no tener pausa. El día que no comete una mala acción se despierta sobresaltado a pedirle a San Salieri que lo ilumine. Confieso que he sido susceptible de padecer del mal de Salieri y en las noches los monstruos que engendra no dan tregua y entonces mustio debo al día siguiente hablar con quien provoca tales espasmos y desgarramientos estomacales; no sé de dónde provenga éste mal, si está instalado en el cromosoma 127, si es congénito, si hace parte de nuestras memorias más olvidadas, si está en el lóbulo derecho o el izquierdo, en todo caso aprovechando los descubrimientos del genoma humano hay que extirparlo en aras de una altísima existencia, lo contrario es vivir reptando cual alimaña, ensombrecido, agazapado, dejando falsas evidencias de infidelidad como Yago, el personaje de Shakespeare, buscando el derrumbamiento de Otelo y la muerte de Desdémona, su enamorada; amangualado con otros de su especie como Marco Bruto, el tristemente célebre personaje de la tragedia Julio César del mismo Shakespeare, quien lo apuñala en el capitolio, movido por el mal de Salieri: la envidia.

En este país de naturaleza endogámica cada tribu tiene sus odios y recelos y hay que estar atento y ser cuidadoso de mostrar desprevenidamente simpatías, porque puedes perder tu primogenitura o ser condenado al exilio; en el Parnaso donde los rapsodas se pasean con sus egos como catedrales góticas, es difícil buscar acuerdos, hermandades, mirar en una sola dirección, sin que ello implique traicionar las convicciones; he visto a los demiurgos platónicos batiéndose en duelo con furiosa mezquindad y emponzoñamiento que no tienen siquiera los malandros, quienes tienen códigos de honor y son magnánimos a la hora de reconocer al enemigo; he visto las fraternidades más hermosas en el Olimpo de las letras despedazarse luego con enconado odio, y con entusiasmo “uribista” lanzar esputos sanguinolentos y pedir la horca para quienes fueron sus antiguos camaradas; escupiendo lava y con el sistema nervioso desmadejado buscando la lírica garganta de un ruiseñor de las letras. Cuando era un niño y todo era para mí un aletazo de maravilla y como un bobo alucinado extendía la mano en la biblioteca de mi padre para alcanzar un volumen de Emilio Salgari, Mark Twain, y memorizaba poemas de Rafael Pombo, y leía embelesado La parábola del retorno: ¿decidme, es esta la granja que fue de Ricard?…. qué lejos estaba de saber que detrás de esos espléndidos versos, de esas maravillosas novelas como Las aventuras de Tom Sawyer, había hombres comunes y corrientes que padecían la envidia, el odio, la soledad, la inseguridad y un narcisismo insuperable…

*Escritor y periodista colombiano

***
Argemiro Menco Mendoza

Poeta, escritor y periodista. Nació en 1948 en Piza (Sucre), Colombia. Autor del poemario: Secretos míos, (¡al arca de la luz!). Compilado por las revistas Candil y Epigrama. Fue columnista del periódico El Espectador y actualmente colabora en los diarios El Universal y El Heraldo y en varias revistas literarias de Latinoamérica. El siguiente poema pertenece al libro Las sombras del asedio publicado en Bogotá por la Colección Los Conjurados.


DEL TRISTE DUEÑO DE LA SOMBRA

Sombra de un hombre, encogiéndose
con el andar de la mañana,
estirándose
con el declive de la tarde.
La sombra, un alma que naufraga.

Ver que no somos ya
ni la sombra de esa sombra.
Ayer no más, su compañía,
en el relleno del vacío.

Sombra viajera, sombra sin norte
en el plano gris del desencanto.

La sombra marchó linchada
por el dolor de su raíz adolorida.

¡Oh, la sombra trabajando su milagro!
¡Oh, si la sombra, al final de su tristeza,
enterrara su cuerpo
en arenas vivientes de la noche!