samedi 7 mars 2009

Danilo SÁNCHEZ LIHÓN/Estampas de tierra adentro



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EVOCACIONES DE MARZO
Estampas de tierra adentro
Por Danilo Sánchez Lihón

1. LAS LLUVIAS DE MARZO
1. Bajo un alero mirando caer la lluvia

La tempestad arrecia.
Las goteras con más furia todavía se precipitan a la tierra.
– ¡Virgen santa! ¡Que no vaya a ocurrir ninguna desgracia! –ruega mi madre.

Miradas desde la ventana las casas yacen sumergidas tras un velo indescifrable de agua que cae.

Las calles están desiertas y anegadas. Sólo la lluvia redobla sus tambores y entona dianas y clarines en las canaletas de lata que recogen el agua de los tejados.

De pronto una sombra se desliza envuelta en un rebozo.
– ¡Oh, Dios, es ella! –Su figura esbelta y dulce se delinea al cruzar la calle. ¿Adónde irá? A la única tienda abierta bajo esta tormenta.

A ratos se esconde bajo un alero mirando caer la lluvia.

Por más que abraza su pecho envuelta en el rebozo no puede esconder el temblor de sus senos que crecen.

Ahora ya está de regreso.
Ha vuelto de comprar pan y bizcochos jaspeados con clara de huevo y semillas de ajonjolí, en una canasta que roza sus muslos nacientes y tibios.
¡Ah, sus ojos negros, hondos y brujos, en su rostro de alabastro!
Más tarde, en el comedor de la casa se sirve el cedrón oloroso en tazas de loza, el bizcocho y el pan de yema.

Hay ternura en las voces de adentro, mientras el mundo de afuera se traba, refunde y desaparece.
Es invierno.

Llueve noche y día. El sol sale a retazos. Los ríos crecen y los campos se inundan.
– ¡Graniza! ¡Vean! ¡Graniza!


3. En El Mirador, cerca al tejado

Arriba, entre las junturas de las tejas se han formado gavillas de hielo graneado y traslúcido.

Un guiño de complicidad con mis hermanos y disimuladamente ya estamos tramando ir a recogerlo.
– Y... ¿qué les parece si hacemos helado de saúco?
– ¡Sí!, con esos racimos que hemos traído.
– ¡Y hagamos una casa arriba!, – nos anima a jugar mi prima Amelia.
– ¡En El Mirador, cerca al tejado!
– Entonces hay que subir pocillos, cucharas y azúcar...
– ¡Y miel de chancaca!

Y estirando los brazos recogemos a dos manos el granizo que depositamos en unos jarrones azules que tienen pintados en sus flancos claveles rojos, girasoles amarillos y dalias blancas.


4. La lluvia arrecia con su canción secreta

Y armamos la casa hecha de mantas colgadas y silletas.
Y dentro saboreamos helado de saúco, hecho con el granizo de las alturas celestes. Mientras la lluvia afuera arrecia entonando su canción secreta.
Y jugamos a la tienda donde yo soy el tendero. Y Amelia una chiquilla linda que viene a comprar bizcochos en plena tempestad, para que yo le reproche:
– ¿Y sus padres, niña, la consienten que salga y venga a comprar bizcochos a la tienda, cuando pueden arrastrarle los torrentes que bajan por la calle o darle una pulmonía con esta lluvia fría?

Ella y yo nos quedamos callados. Yo viendo su rostro de alabastro y sus labios que tiemblan.

Mientras arriba atruenan los cielos.


5. Las hilachas de la trenza de la lluvia desnuda

Es en ese instante que escucho:
– ¡Hijo, hijo!, –clama la abuela.
– Sí, abuelita.
– Sube a ponerle un balde a la gotera que está pasando agua al dormitorio, –ruega.
– ¡Allá voy! –contesto.

Corro y subo al terrado sobre el cuarto donde la abuela duerme.

Me deslizo entre las cosas viejas que de noche remueven las almas de nuestros antepasados que aquí penan. Trepo por los muros, oliendo los adobes húmedos y abombados. Aquí está la teja ladeada que deja chorrear el agua y ha hecho un charco en el suelo que se filtra hacia abajo.

Introduzco mis manos que sobresalen por el techo vetusto y cojo las hilachas de la trenza de la lluvia desnuda.


6. ¿Levanté ayer la pupila?

–Ya arreglé la gotera, abuela; –contesto, saliendo a la boca del terrado.
– Ya hijito. Gracias. Ya eres un hombre. –Responde.

Y, hablando unas veces con alguien a quien no vemos, otras con los fantasmas que la persiguen, y otras tantas hablando consigo misma, mi abuela Sofía, madre de ni padre, se pierde caminando leve y difusa por el corredor de la casa con su cantilena interminable:
– ¡Ya se va a caer la bóveda de la sala! ¡Y son los gatos dañinos los que mueven las tejas! ¡Ayer no había esa gotera en mi cuarto! O no la he visto. ¿Ayer he levantado la vista? ¿Levanté ayer la pupila? –Y mi abuela se detiene para dudar–. Estos ojos también que ya no se dan cuenta de lo que ven, estos ojos que ya no miran. ¡Me lagrimean tanto los ojos! Ya me estaré quedando ciega. ¡Ya me he de morir, en este invierno!


2. EL RÍO CORRIENDO A SU DESTINO
1. A encontrarse con el mar insondable

Resoplan los caballos y se hacen más intensas las luces en los débiles e ínfimos faroles que tratan de encender las luciérnagas.

Se detienen una a una las sombras que hacen las acémilas y las personas que van montadas sobre ellas. El peón luego de un rato de silencio, dice:
– Ha crecido mucho el río, niña.
– ¿No estaba así cuando viniste? –.e inquiere mi abuela Rosa, madre de mi madre.
– No; en la tarde cuando pasé no rugía ni había cargado tanto.

En el silencio de la noche el río, que se extiende al frente, es un rumor sordo, profundo y misterioso.

Mucho más al saber y pensar que estas aguas pasan por otras comarcas a encontrarse con el mar insondable.


2. A la luz de las estrellas que titilan estremecidas

Las mulas se agitan, levantan sus cabezas y hacen brillar en la noche sus ojos asombrados.
– Hay que ajustar bien los aperos para cruzar, –dice mi abuela, con voz que es a la vez cierta e incierta, al peón que nos guía.

El rumor del río no es de arrastrar las piedras que chocan unas con otras.
Es rumor de algo que está mucho más allá o al fondo de lo que podamos comprender. Está mucho más allá incluso de lo que siquiera el mundo sepa qué es.
Nuestros ojos auscultan el río en la oscuridad. Es ancho y sosegado.
Rebrilla suavemente el reflejo de las aguas a la luz de las pocas estrellas que titilan estremecidas en el cielo por lo que nos ven pasar.


3. Al cauce sonoro que eleva sus sordos bramidos

Hacia la otra banda nos esperan los cohetes que revientan en el cielo, pues es fiesta en el caserío de Cachulla donde mi abuela tiene la mayor cantidad de tierras y es siempre la mayordoma de la fiesta.

Nos esperan ollas humeantes de comida, humitas y pachangas, los rezos de la misa, las voces de los niños. Nos esperan las mojigangas con sus sones y sus danzas, pero a costa que pasemos esta prueba del destino.

¡Es atroz este río!

– ¡Que entre el Pablo y vea el sitio por donde podamos vadear! –ordena otra vez mi abuela dirigiéndose, al hablarle, a todos. Y sin distinguir cuál de los bultos en la oscuridad es Pablo.

Pablo es el hijo mayor del peón, un muchacho fuerte quien de un momento a otro se ha hecho alto. Candoroso en su mirar y en su respeto a los adultos.

Pablo está a mi lado. Se remanga el pantalón en silencio. Y en su caballo, cogiendo una vara larga, trata de entrar al cauce sonoro que eleva sus sordos bramidos.


4. Está hondo, pero hay un sitio por el que podemos pasar

Piafa el animal y acicateado por su jinete se interna, primero tratando de alzar altas las rodillas para asentar bien los pasos dentro del agua.

Tienta el caballo con las patas el suelo para ver si es hondo.

El grupo, compuesto de diez o doce personas, esperamos expectante. Vemos en un instante que Pablo no puede avanzar pues el agua lo arrastra. El caballo se encabrita.

Pero él felizmente sale, y vemos que pica al animal por la orilla buscando un vado un poco más arriba.

Y así, caballo y jinete, se pierden en la oscuridad.
– ¡Ha crecido fuerte desde la mañana que pasamos! –reitera solemnemente el padre.

Por fin al rato regresa Pablo.
– Está hondo, pero hay un sitio por el que podemos pasar.


5. Los caballos resbalan en las piedras de fondo

– A los niños hay que amarrarlos y que la soga del caballo sobre el cual van montados que los sujete un adulto. No vaya a ser que el animal se asuste y se vaya por otro rumbo.
– Sí, señora.
– Si el caballo es arrastrado que también arrastre al adulto. –Es la voz autoritaria, inapelable y fatal de la abuela.
– ¡Y no se despeguen del grupo!

Con nuestras acémilas entramos siguiendo la senda que nos señala Pablo hacia adelante.

El agua nos moja los pies y los caballos resbalan en las piedras de fondo del río. Uno de ellos se ladea peligrosamente. Hay gritos de alarma.


6. Mi abuela la mira extasiada

– ¡Cuidado!
– ¡Pronto!
– ¡La niña Rosita se cae!

Mi hermana menor está en peligro pero no da ni un solo grito sino al contrario, en vez de contraerse afloja toda la rienda para que el caballo tenga la libertad de maniobrar, mirando bien los ojos de la bestia. Y ahí está el Anselmo que la cuida y empuja para adelante.

Milagrosamente todo sale bien. Cruzamos el río. ¡Y aflora la alegría! Pero el comentario general es:
– ¡Qué serena y valiente es esta niña!
– ¡Cómo le dio rienda al caballo!
– ¡Parece una reina!
– ¡Es una reina mi hijita!

Mi abuela la mira extasiada sobre el camino que huele a retamas y se oyen ya los compases de una diana detrás del grupo de casas recogidas en la llanura como un nido de palomas blancas.


GOTAS DE LLUVIA EN LA LEÑA
1. El nido siempre es tibio


Ha levantado tanto la hoguera que la leña ha empezado a transpirar hacia el extremo opuesto de la punta que arde, rezumando en el corte que hizo el hacha unas gotitas cristalinas de agua.

Estas gotas purísimas sin duda, han estado antes en alguna nube y luego han bajado al fondo más intrincado de una cañada para subir, hechas savia, por dentro del tronco del árbol.

Quizá antes incluso cayeron en el follaje viendo cerca a un nido con pajarillos aparentemente ateridos. ¡Pero no, frío es el paisaje!, pero el nido siempre es tibio y desde ahí se mira el cataclismo y la conflagración exterior de la tempestad que se desata.

Para luego esas gotas de lluvia deslizarse por el tronco y penetrar a la tierra para tocar las raíces del árbol y ser absorbidas.


2. El mar incognoscible de las cenizas muertas

Para allí permanecer quietas.
Y pese a que el árbol ya haya sido derrumbado.

Para estar allí como las avecillas en el nido que vieron cuando el árbol aún estaba vivo.

Y luego ser pacientes e imperturbables en algún recodo escondido de la leña, aparentemente seca, añosa y arrugada bajo el alero de la casa.

Así es también la vida. Dentro de lo que acaba aún hay existencia.

Porque ¡nadie podría presentir que en la leña seca estuviese guardado este collar de perlas vivas que ahora se deslizan y se precipitan a morir en el mar incognoscible de las cenizas muertas!


3. ¿Serán duendes? ¿Serán hadas? ¿Serán almas en pena?

Lo que no sé es cómo permanecían aún entre las fibras añosas de esta madera retorcida expuesta tanto tiempo al sol de la mañana, del medio día inacabable y de la tarde ignota en el corredor del patio.

Allí permanece la leña armando un castillo cruzado de las rajas en uno y otro sentido, a fin de que la leña seque.

Ahora son tantas las gotitas que se escurren y desaparecen, cual llanto indefenso de alguien que quiere esconderse, entre las cenizas.

¿Serán duendes? ¿Serán hadas? ¿Serán almas en pena?

La fragancia de la leche que está por hervir en el fogón inflamado de llamas vivas, se hace oblonga se confunde tanto al olor de la leña que no cesa de destilar sus lágrimas.


4. Del lar que tanto se le quedó incrustado en el alma

– Pero, ¿por qué llora?

Recuerda no sé qué tiempos idos en que fuera árbol y como tal rey, emperador o monarca sobre alguna aldea que añora.
– ¿Será por eso?

O elevado sobre alguna casa en donde tiene presente las voces, los rostros y los juegos de los niños que allí habitan y que al arder ahora sabe que pronto volverá a encontrarse con ellos, a mirarlos desde alguna nube distante.
– Y, podrá consolarse?

Hecha humo invisible ha de contemplar, desde lo alto por lo menos algún fragmento de tierra del lar que tanto se le quedó incrustado en el alma.

¡Y eso aliviará su pena!


5. Lo mejor de los campos, las fuentes y el cielo

O simplemente son las más íntimas savias del árbol que emergen desde las fibras retorcidas por el calor de la hora que afrontan.

Y que corren a morir en su ley. Precipitándose como gotas de agua inocente en el desierto ignoto de los carbones y el mar desolado de las cenizas.

¡Cuánta maravilla y milagro en el hecho simple, pero a la vez lleno de sortilegio, de avivar el fogón con rajas de leña seca que guardan dentro de si un manantial escondido!

Y en hervir la leche que contiene lo mejor de los campos, las fuentes y el cielo estrellado en las noches o iluminado por el sol del mediodía.


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