Pensamiento / Mutación cultural
Un paso más allá del pop
Por Eloy Fernández Porta
En Homo Sampler (Anagrama), ensayo del que anticipamos un fragmento, el joven y controvertido catedrático español analiza el consumo y el tiempo en la época actual, a la que él define como Afterpop
En los primeros instantes de una canción el oído lo olvida todo, y sólo existe para escucharla. Si la canción es desconocida, sus compases iniciales empezarán a cobrar forma, como un dibujo en el aire, y antes de llegar al estribillo se habrán imaginado varios desarrollos posibles -un acorde u otro, un instrumento o no-, dibujando un horizonte instantáneo de posibilidades y protenciones, de modo que el oyente atento habrá de vivir, en escasos momentos, una síntesis del proceso que al grupo le llevó semanas de ensayos. Si la música ya se ha oído antes, entonces ese tiempo inaugural no será ya el de la protención sino el del reconocimiento; sólo unos breves instantes de búsqueda o duda, y la memoria sonora se organiza para identificar el referente, y las emociones y recuerdos que trae consigo. Si ese conocimiento es compartido -si las multitudes nos acompañan-, entonces ese instante decisivo coincidirá, en el fervor del directo, con el de muchas otras personas, un millar o varios, de modo que el acto de identificación ya no será silencioso, sino pautado, en el grito colectivo, y el reconocimiento privado de la melodía coincidirá en el tiempo con el reconocimiento del sujeto como parte de la comunidad.
De entre estas tres experiencias, la primera puede ser llama da «analítica»; la segunda es identificativa, y la tercera es propiamente comunitaria. La mayor parte de las aproximaciones teóricas a la cultura popular prestan especial atención a este último factor, dejan en segundo plano el segundo y pasan por alto la visión analítica. Pero cada vez son más numerosas las aportaciones creativas y conceptuales que proponen retirar el buen y viejo paradigma de cultura pop en nombre de otras aproximaciones más precisas a la cultura de nuestros días. Los criterios que tradicionalmente habían sostenido la idea de cultura de masas audiovisual siguen vigentes -seguían ahí la última vez que miré- pero en estado de cuestionamiento, cuarentena o disolución. El riesgo de la disolución afecta a los tres conceptos que hasta finales del siglo pasado habían definido el estilo del infotainment o complejo informacional: el público, los media y el producto pop. Desde el punto de vista de un responsable de ventas o de un director corporativo estos conceptos parecen seguir más o menos inamovibles; en cambio, el crítico cultural -y con él el espectador mismo, convertido, cada vez más, en amateur de la crítica, cuando no en analista con todas las de la ley-, enfrentado a esos factores, no puede sino fruncir el ceño, echar mano a su experiencia y decir: «Sí, pero...»
El «público masivo» sigue ahí -en el Circuito de Montmeló, en la enésima gira gerontocrática de los Rolling Stones, en algunos extractos bancarios-, si bien está en retroceso ante la emergencia de localidades, fragmentaciones y especificidades del gusto estético que apuntan a una subdivisión de la cultura de masas universal en microculturas mutantes. Sí, los 500.000 fans de Elvis siguen en pie -¡y no pueden estar equivocados!-, pero se han escindido grupos tales como los ortodoxos que adoran al Elvis primerizo, los expertos en kitsch que se saben de memoria la American Trilogy y los paranoicos conspiratorios que rastrean sus películas en busca de planos subliminales. Ante todos ellos el espectador-naíf-como-adolescente que imaginaron, cada cual por su lado, Theodor Adorno y la directora del Super Pop , es un fantasma de sí mismo: un resto de una época felizmente superada.
A su vez, el efecto de los medios de comunicación masivos queda relativizado por el auge de los metamedios interactivos y el broadcast yourself , que hacen posible una proyección catódica o digital del sujeto, elevándolo al rango de espectador privilegiado, estrella instantánea o -mejor aún- director de un sistema de transmisión unipersonal pero omnipresente. Sí, cadenas televisivas como la Fox siguen difundiendo urbi et orbi su monserga republicana [?], pero el impacto ideológico de esta y otras corporaciones es contrapesado por el éxito en YouTube de series tales como Padre de familia , cuyo humor hardcore constituye una crítica interna tan efectiva como la que representaban los fanzines. La crítica deconstructiva nos enseñó que no existe el género artístico en estado puro y que cada modelo genérico trae de fábrica su mecanismo de autodestrucción, como todo sistema de reglas tiene su règle de dérèglement . Hoy en día este principio se ha trasladado incluso al género que parecía más inamovible, el más monolítico de todos: la comunicación masiva.
Estos dos factores coadyuvan en la redefinición del «objeto pop» como tal, sea éste un producto publicitario, informativo o artístico. Hubo un día, no muy lejano, en que al fetiche pop se lo llamaba «simple», «inmediato», «superficial». Esos atributos han sido desbordados por la emergencia de nuevos objetos y, con ellos, de nuevas formas de complejidad, que piden a gritos una lectura de segundo grado, si es que no la llevan incorporada. El objeto de consumo actual «contiene aditivos», llámense vanguardia, trash, crítica cultural, desinformación o -en última instancia- la herencia misma del pop entendida como una tradición que ya no es susceptible de ser disfrutada espontáneamente, sino que lleva consigo, como cualquier otro archivo, su orden interno, sus pruebas de fe, su Iglesia y sus doctores. [...]
¡Comido vivo!
La idea del paso más allá del pop traté de rastrearla, en primer lugar y de manera sintomática, en manifestaciones creativas como la literatura. En esta ocasión me parece necesario remitirme a una estética general que ponga en primer lugar las ficciones de carácter publicitario y comercial que constituyen el estilo del mercado -sin olvidar las ficciones artísticas que se definen por su relación conflictiva con las anteriores. Hablar de cultura de consumo es hablar, en primer lugar, de un impulso primordial: el de devorar. Las metáforas del alimento y la deglución han estado presentes desde los orígenes de la creación literaria occidental: desde el teatro de Aristófanes, en algunas de cuyas obras se propone, literalmente, «devorar a Eurípides». La comida se presenta así como la forma de un conflicto entre dos concepciones de la cultura: la conservadora, representada por el dramaturgo cómico, y la «progresista» que «corrompe a la juventud ateniense» encarnada en el autor de Medea. Mutatis mutandis , en nuestros días el pop suele definirse aún como comida ligera o menú infantil, bien diferenciada de la haute cuisine literaria. Todo acto de crítica cultural debe incorporar este proceso de devoración, explicar en qué carne se cometen los intercambios financieros. La pregunta por el consumismo es, en ese sentido, nostálgica, pero también inquisidora: ¿en qué se han convertido las comidas de nuestra infancia poppy ? Si hay una figura que represente icónicamente la preponderancia del comercio ésa es, desde luego, la hamburguesa.
Articulo: http://adncultura.lanacion.com.ar 18/03/2009
