jeudi 5 mars 2009

Lilian NEUMAN/Stieg LARSSON: El éxito después de la muerte


El éxito después de la muerte
Por Lilian Neuman

Poco antes de morir en 2004, el escritor sueco Stieg Larsson terminó la trilogía policial Millenium , cuyas entregas son fenómenos de venta en Europa. Su atractivo radica en los personajes carismáticos y en la temática político-económica de sus novelas

Cuando todavía se pensaba que Suecia era uno de los mejores lugares para vivir, un matrimonio de periodistas de izquierda se dedicaba a diseccionar al país cuyo sistema de gobierno "ni es socialismo ni es democracia", según les gustaba señalar. Desde 1965, cada vez que terminaban una nueva entrega de la serie de novelas protagonizada por el policía Martin Beck -y así lo ha contado Maj Sjöwall, la mujer de aquella pareja-, descorchaban una botella y se emborrachaban. Hasta que, en 1975, Per Walhöo tuvo la mala idea de morir, sin saber que Henning Mankell señalaría aquellos libros como los verdaderos precedentes de sus propias obras, hoy mundialmente conocidas como la Serie Wallander.

Casi treinta años después, otro periodista sueco le dijo adiós a este mundo y, en esa despedida, se quedó sin saber hasta dónde había sido capaz de llegar, incidir y denunciar. A los 50 años, en la ciudad de Estocolmo, el 9 de noviembre de 2004 Stieg Larsson se encontró con que el ascensor que debía llevarlo al séptimo piso de la revista Expo -un poco más arriba que las oficinas de Greenpeace- no funcionaba. Expo era y es una revista en la que prestigiosos profesionales colaboraban a pesar de que fuera deficitaria. Allí podían hacer lo que no era viable en otros grandes medios, algo que su fundador, Larsson, hacía desde el inicio de su carrera, cuando comenzó a investigar y denunciar en la publicación antifascista inglesa Searchlight . Expo terminó por inspirar a la revista Millennium -elemento fundamental en estas novelas, que da título a la trilogía- aunque como dice el periodista sueco Daniel Poohl, Expo "siempre fue una revista de perdedores, mientras que Millennium es grande y fuerte". Y a pesar de que en Los hombres que no amaban a las mujeres , la primera entrega de la serie, Millennium recibe un importante inyección de capital privado, la buena conciencia de Larsson hace que ésta no pierda su independencia ni su temeridad, aún cuando deba verse obligada a un pacto con la verdad criminal.

Pero volvamos al día en que Larsson subía, o intentaba subir, los siete pisos que lo llevaban hasta la redacción de su revista. Toda su vida había trabajado en la investigación del pasado nazi, los grupos neonazis y de extrema derecha en su país. Para ese momento, tenía uno de los más grandes archivos sobre el tema y había sido consultado por Scotland Yard. Desde el principio había recibido amenazas y, a manera de precaución, de regreso a su casa solía bajarse en la parada del ómnibus anterior a la que le correspondía. En el hogar, lo esperaba su compañera Eva, con quien vivía desde 1972, cuando la conoció en una manifestación contra la Guerra de Vietnam.

Subió los siete pisos por la escalera -según Eva, esto fue decisivo para que poco después se empezara a sentir mal y tuvieran que llamar a la ambulancia-, sin tener en cuenta que en los últimos años había dormido poco y mal, fumado mucho y bebido litros de café. Siempre había sido capaz de estar catorce horas delante de la computadora, y al llegar a casa desarrollaba una actividad secreta. Tres años antes de ese día de septiembre de 2004, este gran lector de novela negra decidió que había llegado la hora de escribir la suya, su propia y peculiar novela, que no se parecería a ninguna otra anterior. Y la escribió sin parar, dedicándole nueve meses a cada uno de los tres libros que constituyen Millennium.

Al final, cuando el autor no sabía que estaba a punto de morir de un infarto, su editora sueca ya había publicado la primera de la serie, y Larsson hasta llegó a asistir a la Feria de Fráncfort para ver cómo grandes editores de todo el mundo devoraban Los hombres que no amaban a las mujeres . En efecto, su editor francés Marc de Gouvenain y, posteriormente, su editora española Silvia Sesé, apostarían de inmediato por la trilogía, que solamente en Suecia, país de nueve millones de habitantes, lleva vendidos tres millones de ejemplares. En España, la aparición de la segunda entrega de esta serie - La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , que ahora aparece en la Argentina editada por Destino- se anunció en los noticieros del mediodía.

A manera de inicio, Los hombres? abre diversas líneas narrativas -desde la delincuencia económica hasta el maltrato a las mujeres, tema en el que Larsson trabajó mucho-, de un modo clásico, recreando el misterio de la habitación cerrada, a lo Gaston Leroux: un octogenario industrial contrata a Mikael Blomkvist, periodista estrella de Millennium , para que escriba la saga de una familia poderosa, formada en buena parte por nazis fanáticos y mujeres castigadas y huidizas. Pero la verdad es que este empresario no quiere morir sin resolver la hasta hoy inexplicada desaparición, treinta años atrás, de su sobrina adolescente Harriet. Y, sin saberlo, Mikael, se convertirá en un detective brillante.

Como gran regalo para el lector, Mikael cuenta con una aliada que, descaradamente, le roba cámara en cada una de sus apariciones en el libro: una jovencita con pinta de anoréxica, llena de piercings y tatuajes, calificada de sociópata, violenta y peligrosa por los servicios sociales. Cada vez que Lisbet Salander abre la boca, es para soltar una frase seca y apabullante. Cada vez que clava la mirada en un sujeto, no se sabe qué pasará. Y es una fuente inagotable de incógnitas que sólo se revelarán en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina . De momento, conviene decir que se trata de una hacker de las mejores, y que posee un tipo de inteligencia capaz de descifrar el delito económico mejor encriptado.

La gran pregunta que la prensa se formula una y otra vez es cómo y por qué se ha producido el impresionante éxito de estos gruesos libros, publicados sin ningún tipo de marketing previo. Seguramente hay más de una razón, pero no debería pasarse esto por alto: imagínese el lector a un periodista, cansado y con ambiciones de justicia, dando un paso tras otro para subir siete pisos por una escalera. Imagínelo con nuevas entregas de su sueño de ficción -tenía material para diez libros- en su cabeza, un sueño que nunca pudo hacer realidad, es decir que una revista independiente sacuda a un país entero. Y que una chica, carne de psiquiatras y de burócratas, consiga lo que ningún periodista económico fue capaz de hacer. Hoy Larsson no está entre nosotros, pero el lector puede oír a Mikael hablando de banqueros, especuladores y el crac mundial, de un modo que a no pocos les suena como música de violines: "Verdaderas ratas financieras a las que un reportero algo más valiente debería poner en evidencia e identificar como los traidores del país". Los sueños del autor son las pesadillas de la realidad.

A la manera del caso Watergate, un periodista en crisis logra atraparnos por el cuello y llevarnos lejos, muy lejos, hasta el fondo del agujero, al corazón de la miseria y la impunidad. Ni el autor ni el lector podrían decir que todo esto sólo es ficción.

***
La batalla legal tras la muerte de Larsson
Por Eduardo Berezan

Un verdadero fenómeno editorial recorre Europa. El escritor sueco Stieg Larsson bate records de ventas con su trilogia Millenium. Larsson falleció antes de ver el éxito pero dejó una obra que conmueve al mundo literario.

El género policial es sólo entretenimiento pero cuando describe lo que pasa en la sociedad adquiere otra relevancia y tiene más valor, decía Stieg Larsson en su única entrevista como escritor de ficción, en ocasión de publicarse su primera novela en octubre de 2004.

Stieg Larsson no pudo conocer el éxito, murió un mes después de un ataque cardíaco en la redacción de su revista Expo. Tenía sólo cincuenta años.

El escritor sueco alcanzó a escribir una trilogía Millenium y, sin buscarlo, generó un interés por el género policial pocas veces visto.

Stieg Larsson es récord de ventas en Suecia, su país natal, y esto es hasta cierto punto comprensible. Lo que lo transforma en un fenómeno editorial de inusual magnitud es que su obra trascendió en muy poco tiempo las fronteras escandinavas.

Hoy también es récord de ventas en Francia, Inglaterra, Italia. Invadió España con su primera novela traducida al castellano, Los hombres que no amaban a las mujeres, (Män som hatar kvinnor, en el original sueco). La obra fue publicada por la editorial Destino, y ahora la sigue La niña que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Flickan som lekte med elden) y luego, La reina en el palacio de las corrientes de aire.(Luftslottet som sprängdes)

La trilogía gira en torno a dos personajes: el periodista de investigación de la revista Millenium, Mikael Blomkvist, y Lisbeth Salander, una joven genio de la informática, una hacker rápida e inteligente y hasta algo salvaje. Para ella nada es imposible y es capaz de cualquier cosa con tal de lograr lo que se propone. Para los psiquiatras que la han tratado, Salander es simplemente una psicópata a la que habría que internar. Mikael Blomqvist por su parte es casi normal, un cuarentón idealista, muy pintón, padre divorciado y muy mujeriego.

La extraña pareja de la trilogía de Larsson ha vendido tres millones de ejemplares en Suecia, un país que tiene una población de nueve millones de habitantes. En Francia superó el millón de ejemplares.


Narrativa agil e inteligente

El éxito de Stieg Larsson radica fundamentalmente en su capacidad narrativa. Las historias están construidas en varios niveles y pese a lo complejo de la intriga, al lector se le hace difícil perder el hilo del relato.

Tal vez lo más llamativo para propios y extraños es el lugar, el marco, donde se desarrolla la trama. Los personajes de Larsson se mueven en el lado menos claro, por llamarlo de alguna manera, de la casi perfecta sociedad sueca, una sociedad que además de riqueza y bienestar, genera violencia contra la mujer, prostitución de menores y corrupción.

Stieg Larsson viste a sus personajes centrales con un discurso moral y ético que contrasta con la sociedad descarnada que describe. Una sociedad que comienza a ver cómo se diluyen sus valores y cómo se pierden sus objetivos de justicia, igualdad y solidaridad.

El escritor tiene algo que decir sobre la sociedad sueca de hoy, y eso no es casual. Su vida fue la vida del militante. En su juventud fue miembro de una organización de izquierda. Después, con la rigurosidad del periodista, comenzó a investigar a grupos neonazis y organizaciones de la extrema derecha de Suecia y Europa.

Con el tiempo se transformó en un experto de renombre internacional y llegó a ser consultado por la mismísima Scotland Yard. Stieg Larsson publicó varios libros sobre estos temas y tambien dirigió la revista Expo, que denunciaba las actividades de grupos antidemocráticos.


Batalla legal

Al producirse su deceso la trilogía ya había sido entregada a la editorial sueca Norstedts y sería publicada entre el 2005 y el 2007.

Larsson pensaba vivir muchos años más y no había hecho testamento. Tras su muerte sus obras comenzaron a generar grandes ingresos y estos fueron a parar a lo bolsillos de los herederos legales, su padre y su hermano.

Su compañera de toda la vida, Eva Gabrielsson, quedó marginada de esta verdadera lluvia de coronas por carecer de vínculo conyugal. La pareja jamás se casó, para preservar a la mujer de las constantes amenazas que sufría el escritor por su trabajo de denuncia. Hoy los familiares y la viuda están enfrentados en una dura batalla por los derechos de autor.

Seguramente Stieg Larsson no había pensado este final. Él quería seguir escribiendo y "asegurarse la vejez" como había dicho irónicamente a la prensa cuando la editorial decidió publicar su obra. Larsson habría proyectado diez novelas más. Doscientas páginas de una cuarta, estarían descansando en el disco duro de la notebook que Eva Gabrielsson se niega a entregar a la famila mientras dure la disputa judicial.

No son pocos los que creen ver en Stieg Larsson a un nuevo Henning Mankell, pero se trata de dos escritores diferentes aunque tengan a Suecia como común denominador.

Stieg Larsson es mas agresivo y tal vez menos filosófico. De alguna manera se parece más a Raymond Chandler con un estilo trabajado y cuidado o a un Ed McBain con sus detalladas descripciones ambientales. Por otro lado Larsson aparece en la escena literaria confirmando que la novela negra norteamericana ya no ocupa el lugar de privilegio que tenía. Ese lugar está ahora en Europa.

Stieg Larsson llegó tarde a la literatura y al género policial. Se lanzó a escribir cuando tenía 47 años y lo hacía rápido, como apurando al tiempo. Curiosamente tardó nueve meses en gestar cada novela de su trilogía. Llegó con lo justo al final, como para cerrar un ciclo y dejar que otro pueda comenzar. En la ficción como en la realidad, las cosas son así, un poco como la muerte, un poco como la vida.

***

Anticipo
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Por Stieg Larsson

Estaba amarrada con correas de cuero en una estrecha litera de estructura de acero. El correaje le oprimía el tórax. Estaba boca arriba. Tenía las manos esposadas a la altura de los muslos.

Hacía mucho tiempo que había desistido de todo intento de soltarse. Se encontraba despierta pero con los ojos cerrados. Si los abriera, sólo vería oscuridad; la única luz existente era un tímido rayo que se filtraba por encima de la puerta. Tenía mal sabor de boca y ansiaba lavarse los dientes.

Una parte de su conciencia aguardaba el sonido de unos pasos que anunciaban su llegada. Ignoraba qué hora de la noche sería, pero le parecía que empezaba a ser demasiado tarde para que él la visitara. Una repentina vibración le hizo abrir los ojos. Era como si una máquina se hubiera puesto en marcha en algún lugar del edificio. Unos segundos después ya no estaba segura de si se trataba de un ruido real o de si lo había imaginado.

Tachó un día más en su mente.

Era el día número cuarenta y tres de su cautiverio.

Le picaba la nariz y giró la cabeza para poderse rascar contra la almohada. Sudaba. En la habitación hacía un calor sofocante. Llevaba un sencillo camisón que se le arrugaba en la espalda. Al mover la cadera pudo atrapar la prenda con los dedos índice y corazón para irla bajando, centímetro a centímetro, por uno de los lados. Repitió el procedimiento con la otra mano. Pero el camisón había hecho un pliegue en la parte baja de la espalda. El colchón estaba abullonado y era muy incómodo. Su total aislamiento provocó que todas las pequeñas impresiones, en las que no habría reparado en otras circunstancias, se intensificaran. Las correas estaban un poco flojas, de modo que podía cambiar de postura y ponerse de lado; pero, entonces, el brazo que le quedaba bajo el cuerpo se le dormía.

No tenía miedo. Pero sí una rabia contenida cada vez mayor.

Al mismo tiempo, la atormentaban sus propios pensamientos, que se transformaban constantemente en desagradables fantasías sobre lo que iba a ser de ella. Odiaba esa forzada indefensión. Por mucho que intentara concentrarse en otra cosa para pasar el tiempo y olvidarse de su situación, la angustia siempre acababa por aflorar. Flotaba en el aire como una nube de gas que amenazaba con penetrar por sus poros y envenenar su existencia. Había descubierto que la mejor manera de mantener alejada esa angustia era imaginándose algo que le transmitiera una sensación de fuerza. Cerró los ojos y evocó el olor a gasolina.

...l se encontraba sentado en un auto con el cristal de la ventanilla bajado. Ella se acercó corriendo, echó la gasolina a través del hueco de la ventanilla y encendió un fósforo. Fue cuestión de segundos. Las llamas prendieron en el acto. ...l se retorcía de dolor mientras ella oía sus gritos de horror y sufrimiento. Percibió el olor de la carne quemada y otro más intenso, a plástico y espuma, producido por los asientos, que se estaban carbonizando.

Es probable que se hubiera quedado dormida, porque no oyó sus pasos, pero se despertó nada más abrirse la puerta. La luz la deslumbró.

...l había llegado, a pesar de todo.

Era alto. Ella ignoraba su edad, pero se trataba de un adulto. Tenía el pelo enmarañado, de color caoba, llevaba gafas con montura negra y una barba poco poblada. Olía a colonia.

Odiaba su olor.

Permaneció callado al pie de la litera contemplándola durante un largo instante.

Odiaba su silencio.

Su cara estaba en la penumbra. Ella sólo apreciaba su silueta. De repente le habló. Tenía una voz grave y clara que acentuaba pedantemente cada palabra.

Odiaba su voz.

Le dijo que, como ese día era su cumpleaños, la quería felicitar. El tono de su voz no resultaba ni antipático ni irónico. Más bien neutro. Ella imaginó que él sonreía.

Lo odiaba.

Se acercó más y fue hacia el cabecero. Le puso el dorso de su mano húmeda en la frente y, con un gesto que tal vez quisiera ser amable, le pasó los dedos por el nacimiento del pelo. Era su regalo de cumpleaños.

Odiaba que la tocara.

...l le habló. Ella lo vio mover la boca pero se aisló del sonido de su voz. No quería escuchar. No quería contestar. Lo oyó elevar el tono. Su voz tenía un deje de irritación debido a su falta de respuesta. Le habló de confianza mutua. Al cabo de unos minutos se calló. Ella ignoró su mirada. Luego él se encogió de hombros y empezó a ajustarle las correas. Le apretó el correaje del pecho un agujero más y se inclinó sobre ella.

De repente, del modo más brusco que pudo y hasta donde las correas le permitieron, ella se giró a la izquierda, alejándose de él. Subió las rodillas hasta la barbilla e intentó pegarle una fuerte patada en la cabeza. Apuntó a la nuez y, con la punta del dedo de un pie, le dio en algún sitio por debajo de la barbilla. Pero, como él estaba prevenido, ya había apartado el cuerpo, de modo que todo se quedó en un ligero golpe, apenas perceptible. Intentó darle otra patada pero él ya se encontraba fuera de su alcance.

Dejó caer las piernas sobre la litera.

La sábana de la cama colgaba hasta el suelo. El camisón se le había subido muy por encima de las caderas.

Permaneció quieto un largo rato sin decir nada. Luego se acercó hasta el correaje de los pies. Ella intentó subir las piernas pero él le agarró un tobillo. Con la otra mano le bajó la rodilla a la fuerza y le aprisionó el pie con la correa. Pasó al otro lado de la cama y le inmovilizó también el otro pie.

De esta manera quedaba completamente indefensa.

Recogió la sábana del suelo y la tapó. La contempló en silencio durante dos minutos. En la penumbra, ella pudo sentir su excitación, a pesar de que él no la demostró. Pero seguramente estaba teniendo una erección. Ella sabía que él deseaba acercar una mano y tocarla.

Luego él dio media vuelta, salió y cerró la puerta. Lo oyó echar el cerrojo, cosa completamente innecesaria, ya que ella no tenía ninguna posibilidad de soltarse.

Se quedó varios minutos contemplando el fino rayo de luz que se filtraba por encima de la puerta. Luego se movió, intentando hacerse una idea de lo apretadas que estaban las correas. Fue capaz de subir un poco las rodillas, pero tanto las correas de los pies como el resto del correaje se tensaron en el acto. Se relajó. Permaneció completamente quieta mirando al vacío.

Esperaba. Fantaseó con un bidón de gasolina y un fósforo.

Lo vio empapado de gasolina. Podía sentir la caja de fósforos en la mano. La movió. Produjo un sonido áspero y seco. La abrió y eligió uno. Le oyó decir algo pero hizo oídos sordos y no escuchó sus palabras. Vio la expresión de su rostro cuando acercó el fósforo al rascador. Oyó el chasquido que el fósforo produjo contra el rascador. Fue como el prolongado estallido de un trueno. Todo ardió en llamas.

Una dura sonrisa se dibujó en sus labios. Se armó de paciencia.

Esa noche cumplía trece años.

Traducción: Martín Levell y Juan José Ortega Román
Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 15/02/2009