
Narrador de la memoria Su herencia literaria
Miguel Serrano, creador de mitos
Por Pedro Pablo GUERRERO
La obra del autor chileno ha sido reconocida por importantes escritores y críticos nacionales, quienes destacan su capacidad para crear una original mitología de nuestro territorio.
"Nada de literatura, pura confesión". Con estas palabras, un Miguel Serrano todavía adolescente proclama en una casona de la calle Victoria Subercaseaux, frente al cerro Santa Lucía, su idea de la escritura. Interrogado por su amigo Santiago del Campo, traza, sin saberlo, el que será su programa. "Escribir con sangre", dice aludiendo a Nietzsche y al desprecio por la gramática y las reglas de la sintaxis. Se refería entonces a escribir con el corazón, como Giovanni Papini, autor de Un hombre acabado. Libro en el que el italiano escenificaba el drama de su pensamiento, antes de su conversión al cristianismo que decepcionó a Serrano. El provocador estilo autobiográfico de Papini marca la obra del escritor chileno, quien años después lo entrevistará en Europa para El Mercurio, tal como lo había hecho, para este mismo diario, Eduardo Frei Montalva, profesor de caligrafía de Serrano en el Instituto Luis Campino.
Más tarde, en el ambiente laico del Internado Nacional Barros Arana, donde también estudiaban Nicanor Parra y Jorge Millas, Serrano pierde la fe, pero no el misticismo, y descubre, al mismo tiempo, a los autores más leídos por sus compañeros de curso: rusos como Arzibachev, Pilniak, Fedin y Tolstoi, pero también Panait Istrati, Lajos Zilahy, Knut Hamsun, Romain Rolland y Thomas Mann. En sus libros ronda el pesimismo y el suicidio, camino que seguirán varios compañeros de generación.
Su encuentro con Héctor Barreto resulta decisivo. Excepcional contador de historias orales, Barreto comparte con Serrano intereses esotéricos y una idealización del mundo antiguo, con sus mitos de héroes y viajes iniciáticos. El sorpresivo ingreso de Barreto a las filas socialistas y su absurdo homicidio en una reyerta callejera con los nacistas son episodios sobre los que Serrano se preguntará una y otra vez, buscando a través de su obra literaria un sentido que escapa a la racionalidad. Barreto se transforma en el Jasón de los Argonautas. Víctima propiciatoria de quienes se convertirán, a su vez, en las víctimas caídas en la masacre del Seguro Obrero.
De sus contemporáneos, Serrano dejará un registro visionario: la Antología del verdadero cuento en Chile. Los relatos del libro rompen con el realismo en boga, sobre todo con la literatura rural preconizada por los mayores: Omer Emeth y Mariano Latorre. No es que los nuevos narradores se alejen de la tierra, pero su vinculación con ella es distinta.
"En la literatura y en el arte chilenos no se ha expresado el paisaje anímico del sur del mundo. Es nuestra generación la que trae el deseo de levantar la cabeza hacia la cumbre de los montes", escribe Serrano.
Él mismo da el ejemplo en sus primeros textos, donde recorre y describe un país, a la vez, psíquico y material. Frente a la muerte de su compañero de generación, Gonzalo Rojas declara: "Supo ver a Chile no a escala de la criollería, sino mucho más alta. Ni por mar ni por tierra es un documento de oro, de escritura grande. Esos pasos por el esoterismo son genuinos, nunca cedió a la trampa".
El crítico Luis Sánchez Latorre, Filebo, dedicó no menos de diez artículos a la obra de Miguel Serrano. Lo consideraba un "excelente escritor" y advertía en él un "iluminismo" basado en símbolos tomados de la mitología de los pueblos germánicos. Con esos elementos y otros provenientes de tradiciones gnósticas y precolombinas, Serrano se propuso "crear una mitología chilena de carácter universalmente válido", como lo expresa Armando Uribe en el postfacio a la reedición de La flor inexistente (Beuvedráis, 2004). El poeta ve en la escritura de Serrano un afán mistagógico; es decir, revelador de doctrinas ocultas o maravillosas.
En su libro Las formas simples, el filólogo André Jolles hacía notar que "allí donde el mundo se crea ante el hombre a manera de pregunta y respuesta, aparece la forma que denominaremos mito". El hombre interroga al universo sobre su origen, pero también sobre su comportamiento futuro. Por eso, señala Jolles, mito y oráculo pertenecen a la misma actividad mental: ambos vaticinan. En su literatura, Serrano intenta contestar a las preguntas sobre una identidad personal y colectiva: "¿Quién soy yo?" "¿Qué es una generación?", pero también la gran interrogante: "¿Qué hacer?" Las respuestas no vienen desde adentro de los objetos, como en el mito, sino desde afuera, desde el que interroga. En este sentido son analogon o mitos referidos; es decir, deducidos, verosímiles. Precisando, toda la obra de Serrano es un mito, pero un mito referido, "artístico" por así llamarlo, en el sentido de artificial.
En el mito, el mundo interior está íntimamente vinculado con el exterior: la psicología es el paisaje y viceversa. No es de extrañar entonces que al trágico destino de su generación, consumado en 1938, suceda el terremoto de Chillán, en 1939, del que Serrano escapa a último minuto, movido por una serie de presagios. Sus posteriores viajes a la Antártica y la India, así como sus encuentros con Carl Gustav Jung y Hermann Hesse, serán explicados también míticamente. El desajuste con la realidad se hará patente en muchos casos, como bien señala Filebo cuando advierte: "Su visión de los acontecimientos contemporáneos no empalma con la contingencia de los mismos".
Tanto Filebo como Armando Uribe y Gonzalo Rojas discrepan de las derivaciones ideológicas que asume muchas veces el discurso de Serrano. Imposible suscribir sus tesis racistas y la negación del Holocausto. Su nazismo, franco pero no menos escandaloso, sigue dividiendo a las nuevas generaciones de escritores y críticos. Entre sus impugnadores, se han contado Gonzalo Contreras, Rafael Gumucio y Leonardo Sanhueza. Han defendido su obra literaria Juan Manuel Vial, Cristián Warnken y Armando Roa.
Jorge Baradit, autor de las novelas de anticipación Ygdrasil y Synco, reconoce la deuda del género con Serrano: "La literatura fantástica es la que mira hacia adentro, hacia lo que existe sólo en la mente humana. En ese sentido, la influencia de Serrano es directa. Él y ningún otro fue capaz de abrir puertas gigantescas hacia el inconsciente colectivo nacional. Su obra es como un psicoanálisis al territorio".
Jung declara en su prólogo a Las visitas de la Reina de Saba, del escritor chileno: "Es como un sueño dentro de otros sueños". Cierto, un laberinto onírico, con pesadillas incluidas. Imagen que podría aplicarse a cualquier libro de Serrano. Porque el autor escribió siempre "un mismo y único Libro", según anotó Armando Uribe. Avances más o menos sublimados de la autobiografía que culminó en los cuatro tomos de sus Memorias de Él y Yo.
El misterioso título da cuenta de un asunto que obsesionó a Serrano: la tensión entre un plano impersonal (El, Ello, Ellos, Algo) y la "Aparición del Yo" en un momento determinado de la infancia. Hito epifánico, crucial, que separa en dos la vida del autor. Un acto de individuación casi definitivo. Casi, porque, pese a todo, conocerá de reflujos en el futuro: estados alterados de conciencia, como la fiebre, el delirio, el sueño. Ahora, quizás, la muerte. La Ella definitiva de sus viajes.
"Busco dentro de mí el ataúd de la madre para abrirlo", escribió Miguel Serrano.
Dijeron de sus libros
Ni por mar ni por tierra (1950)
El poeta, el héroe y el niño, irreductibles en Miguel Serrano, han producido un libro hermoso, vernáculo y moderno, lírico y realista, original en nuestra literatura". (Luis Merino Reyes)
La combinación de cosas vistas y cosas de pesadilla, de natural y sobrenatural, de ideas serias o cómicas, de humorismo y tragedia, la visión de un Chile chilenísimo y extranjerizante, exótico, fantasmal, todo ello torrencialmente arrojado, con ímpetu, sin esfuerzo, con cándida espontaneidad de iluminado, hacen de esta obra algo tan cautivador como inclasificable, algo que no se había hallado en Chile antes, Ni por Mar ni por Tierra". (Alone)
El círculo hermético (1965)
Este libro encontrará, sin duda alguna, gente que atacará o defenderá sus ideas e inclinaciones, pero, aparte de ello, se deberá reconocer que es un libro rico de puntos de vista, un libro sabroso, en el sentido intelectual, libro en el que, a cada paso, el lector encontrará deliciosos párrafos, deliciosos en el sentido de que están llenos de sustancia mental".
***
Serrano y Teitelboim: un diálogo interrumpido
Por María Teresa Cárdenas
"-A ver, Volodia, siéntate aquí al frente, ponte cómodo. Al fin, tú y yo tenemos que conversar alguna vez en esta vida", escribe Miguel Serrano en el cuarto tomo de sus Memorias de Él y Yo (1999). Pero Volodia Teitelboim no está presente. Serrano sólo se lo imagina y reproduce entonces "una conversación inexistente".
Convocados a un encuentro literario en homenaje al poeta Gonzalo Rojas, Teitelboim y Serrano viajaron en 1998 a la ciudad de Concepción. "Esto de Volodia se ha hecho ya una costumbre necesaria -escribe Serrano-. Lo invitan para 'disculparse'; como si dijeran: 'Si invitamos a un comunista, también podemos invitar a un nazi'". El último día del simposio, son los únicos que se quedan en el Hotel Araucano; el resto de los invitados parte de visita a Lebu, la tierra natal de Rojas. Se encuentran en el acceso del hotel y es entonces -cuenta Serrano- cuando piensa en invitarlo a conversar -"¡Ah, tantos años!"-, pero se arrepiente, cree que Volodia no hablará con la verdad. Y lo deja pasar.
Más de sesenta años antes de ese fugaz encuentro, dos jovencitos atraídos por la literatura se conocen en las tertulias que Vicente Huidobro organiza en su casa de la calle Alameda. Intercambian opiniones. Inician una amistad. Uno de ellos es sobrino del poeta creacionista y descendiente de una de las familias más tradicionales de Chile, en la que figuran sacerdotes y monjas; el otro, hijo de judíos ucranianos establecidos en Chillán, ha viajado a la capital para estudiar Derecho en la Universidad de Chile. También asisten Eduardo Anguita, Teófilo Cid, Braulio Arenas
Poco tiempo después, aquellos dos jóvenes remecen la escena literaria chilena. En 1935, Volodia Teitelboim publica, junto a Eduardo Anguita y bajo el innegable influjo de Huidobro, la Antología de la poesía chilena nueva, en la que se omite el nombre de Gabriela Mistral, Neruda es incluido sólo con algunos poemas, Huidobro se lleva la mayor cantidad de páginas, y, como si fuera poco, se reproducen poemas de los antologadores. No habían terminado de aquietarse los ánimos después de este "escándalo" cuando el otro joven lanza su propia bomba: la Antología del verdadero cuento en Chile aparece en 1938 e incluye textos, entre otros, de Carlos Droguett, Juan Emar, Braulio Arenas, Héctor Barreto y -cómo no- de Miguel Serrano. En su prólogo, Serrano manifiesta la incomodidad de esta generación del cuento -que según él ha dejado atrás a la generación de la poesía- con las condiciones en las que vive el artista en Santiago de Chile, "una vida de perro negro", de "vejaciones económicas y espirituales".
Tiempos de efervescencia literaria que coinciden con las convulsiones políticas y sociales en Chile y en el extranjero. La guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, la matanza del Seguro Obrero, el nazismo, el fascismo y el estalinismo dividen radicalmente las aguas y los dos jóvenes protagonistas de esta historia quedan en orillas opuestas. Para siempre. Aunque no dejan de observarse el uno al otro.
Tuve la oportunidad de entrevistarlos y de conversar varias veces con ellos. Y nunca dejó de sorprenderme cómo sus vidas, unidas por la juventud y la literatura, pudieron tomar caminos tan simétricamente paralelos. Cómo ambos abrazaron doctrinas condenables y que a estas alturas resultan obsoletas. Cómo los dos expresaron el amor a Chile a través del servicio público, Serrano como embajador, Teitelboim en el Parlamento. Grandes oradores, los dos combinaban la erudición con el lenguaje poético incluso en la conversación cotidiana. Y en gran medida, los dos perjudicaron al escritor en pro de sus ideologías. En una entrevista de 1996, Miguel Serrano dijo: "Sé que mi adhesión al nazismo me ha cerrado puertas. Yo lo sabía, pero si cortara eso, me estaría mutilando a mí mismo, porque no hay ninguna dicotomía entre mi obra, la que dicen puramente literaria, y mi manera de pensar. El Premio Nacional de Literatura, por ejemplo, me correspondía hace mucho tiempo. Pero sé que no tengo ninguna posibilidad porque no pertenezco al sistema. ¡A mí no me lo van a dar jamás! Se lo darían antes a Volodia, pero a mí no". Tenía razón, y en ese punto se diferenciaron. Volodia recuperó el tiempo perdido para la literatura no sólo escribiendo, sino dejando atrás la imagen del político estalinista duro, y obtuvo el Premio Nacional, después de varios intentos, en 2002.
El funeral de Eduardo Anguita -de nuevo la poesía- los reunió en agosto de 1992. Amiga y secretaria de Volodia por veinte años, Jimena Pacheco, lo acompañó y recuerda cómo al llegar al cementerio él le dijo: "Me voy a encontrar con Miguel Serrano y mañana vamos a ser portada del diario". No se equivocó. La fotografía de Miguel Serrano y Volodia Teitelboim junto al ataúd fue el más elocuente homenaje no sólo al amigo poeta sino a la Poesía, con mayúscula.
Uno en cada orilla, tuve la ilusión de poder juntarlos a principios de este nuevo siglo. No en un acto público, ya me habían negado los dueños del Libro Café de Bellavista, en 1999, y los organizadores de las tertulias Tobacco & Friends, en 2001, la posibilidad de entrevistar a Serrano. Sí pude hacerlo con Volodia Teitelboim. La "conversación inexistente" me dio la clave. Visité a Miguel Serrano y le pregunté si estaría dispuesto a hacerle diez preguntas a Volodia y a contestar otras tantas que él le hiciera. Le causó un poco de risa, como a un niño pensando en una pillería, y me dijo que sí. Y me confirmó el aprecio que sentía por ese Volodia que había sido su amigo y compañero de generación. En una comida de escritores se lo propuse a Volodia, y su negativa fue terminante, pero aun así le pregunté por qué. "Ha pasado mucho tiempo", me dijo, y su mirada fue triste.
Volodia Teitelboim murió el 31 de enero de 2008, a los 91 años. Miguel Serrano murió a la misma edad, el pasado 28 de febrero. Los dos dejaron sus memorias publicadas en cuatro tomos.
"Nos quedamos en silencio -escribe Serrano al final del diálogo imaginado-. Entonces, Volodia dice:
-¡Tú y yo hemos buscado lo mismo por caminos opuestos!
-Sí, totalmente opuestos, cósmicamente opuestos, por la eternidad opuestos...".
Articulos: http://diario.elmercurio.com 08/03/2009
Miguel Serrano, creador de mitos
Por Pedro Pablo GUERRERO
La obra del autor chileno ha sido reconocida por importantes escritores y críticos nacionales, quienes destacan su capacidad para crear una original mitología de nuestro territorio.
"Nada de literatura, pura confesión". Con estas palabras, un Miguel Serrano todavía adolescente proclama en una casona de la calle Victoria Subercaseaux, frente al cerro Santa Lucía, su idea de la escritura. Interrogado por su amigo Santiago del Campo, traza, sin saberlo, el que será su programa. "Escribir con sangre", dice aludiendo a Nietzsche y al desprecio por la gramática y las reglas de la sintaxis. Se refería entonces a escribir con el corazón, como Giovanni Papini, autor de Un hombre acabado. Libro en el que el italiano escenificaba el drama de su pensamiento, antes de su conversión al cristianismo que decepcionó a Serrano. El provocador estilo autobiográfico de Papini marca la obra del escritor chileno, quien años después lo entrevistará en Europa para El Mercurio, tal como lo había hecho, para este mismo diario, Eduardo Frei Montalva, profesor de caligrafía de Serrano en el Instituto Luis Campino.
Más tarde, en el ambiente laico del Internado Nacional Barros Arana, donde también estudiaban Nicanor Parra y Jorge Millas, Serrano pierde la fe, pero no el misticismo, y descubre, al mismo tiempo, a los autores más leídos por sus compañeros de curso: rusos como Arzibachev, Pilniak, Fedin y Tolstoi, pero también Panait Istrati, Lajos Zilahy, Knut Hamsun, Romain Rolland y Thomas Mann. En sus libros ronda el pesimismo y el suicidio, camino que seguirán varios compañeros de generación.
Su encuentro con Héctor Barreto resulta decisivo. Excepcional contador de historias orales, Barreto comparte con Serrano intereses esotéricos y una idealización del mundo antiguo, con sus mitos de héroes y viajes iniciáticos. El sorpresivo ingreso de Barreto a las filas socialistas y su absurdo homicidio en una reyerta callejera con los nacistas son episodios sobre los que Serrano se preguntará una y otra vez, buscando a través de su obra literaria un sentido que escapa a la racionalidad. Barreto se transforma en el Jasón de los Argonautas. Víctima propiciatoria de quienes se convertirán, a su vez, en las víctimas caídas en la masacre del Seguro Obrero.
De sus contemporáneos, Serrano dejará un registro visionario: la Antología del verdadero cuento en Chile. Los relatos del libro rompen con el realismo en boga, sobre todo con la literatura rural preconizada por los mayores: Omer Emeth y Mariano Latorre. No es que los nuevos narradores se alejen de la tierra, pero su vinculación con ella es distinta.
"En la literatura y en el arte chilenos no se ha expresado el paisaje anímico del sur del mundo. Es nuestra generación la que trae el deseo de levantar la cabeza hacia la cumbre de los montes", escribe Serrano.
Él mismo da el ejemplo en sus primeros textos, donde recorre y describe un país, a la vez, psíquico y material. Frente a la muerte de su compañero de generación, Gonzalo Rojas declara: "Supo ver a Chile no a escala de la criollería, sino mucho más alta. Ni por mar ni por tierra es un documento de oro, de escritura grande. Esos pasos por el esoterismo son genuinos, nunca cedió a la trampa".
El crítico Luis Sánchez Latorre, Filebo, dedicó no menos de diez artículos a la obra de Miguel Serrano. Lo consideraba un "excelente escritor" y advertía en él un "iluminismo" basado en símbolos tomados de la mitología de los pueblos germánicos. Con esos elementos y otros provenientes de tradiciones gnósticas y precolombinas, Serrano se propuso "crear una mitología chilena de carácter universalmente válido", como lo expresa Armando Uribe en el postfacio a la reedición de La flor inexistente (Beuvedráis, 2004). El poeta ve en la escritura de Serrano un afán mistagógico; es decir, revelador de doctrinas ocultas o maravillosas.
En su libro Las formas simples, el filólogo André Jolles hacía notar que "allí donde el mundo se crea ante el hombre a manera de pregunta y respuesta, aparece la forma que denominaremos mito". El hombre interroga al universo sobre su origen, pero también sobre su comportamiento futuro. Por eso, señala Jolles, mito y oráculo pertenecen a la misma actividad mental: ambos vaticinan. En su literatura, Serrano intenta contestar a las preguntas sobre una identidad personal y colectiva: "¿Quién soy yo?" "¿Qué es una generación?", pero también la gran interrogante: "¿Qué hacer?" Las respuestas no vienen desde adentro de los objetos, como en el mito, sino desde afuera, desde el que interroga. En este sentido son analogon o mitos referidos; es decir, deducidos, verosímiles. Precisando, toda la obra de Serrano es un mito, pero un mito referido, "artístico" por así llamarlo, en el sentido de artificial.
En el mito, el mundo interior está íntimamente vinculado con el exterior: la psicología es el paisaje y viceversa. No es de extrañar entonces que al trágico destino de su generación, consumado en 1938, suceda el terremoto de Chillán, en 1939, del que Serrano escapa a último minuto, movido por una serie de presagios. Sus posteriores viajes a la Antártica y la India, así como sus encuentros con Carl Gustav Jung y Hermann Hesse, serán explicados también míticamente. El desajuste con la realidad se hará patente en muchos casos, como bien señala Filebo cuando advierte: "Su visión de los acontecimientos contemporáneos no empalma con la contingencia de los mismos".
Tanto Filebo como Armando Uribe y Gonzalo Rojas discrepan de las derivaciones ideológicas que asume muchas veces el discurso de Serrano. Imposible suscribir sus tesis racistas y la negación del Holocausto. Su nazismo, franco pero no menos escandaloso, sigue dividiendo a las nuevas generaciones de escritores y críticos. Entre sus impugnadores, se han contado Gonzalo Contreras, Rafael Gumucio y Leonardo Sanhueza. Han defendido su obra literaria Juan Manuel Vial, Cristián Warnken y Armando Roa.
Jorge Baradit, autor de las novelas de anticipación Ygdrasil y Synco, reconoce la deuda del género con Serrano: "La literatura fantástica es la que mira hacia adentro, hacia lo que existe sólo en la mente humana. En ese sentido, la influencia de Serrano es directa. Él y ningún otro fue capaz de abrir puertas gigantescas hacia el inconsciente colectivo nacional. Su obra es como un psicoanálisis al territorio".
Jung declara en su prólogo a Las visitas de la Reina de Saba, del escritor chileno: "Es como un sueño dentro de otros sueños". Cierto, un laberinto onírico, con pesadillas incluidas. Imagen que podría aplicarse a cualquier libro de Serrano. Porque el autor escribió siempre "un mismo y único Libro", según anotó Armando Uribe. Avances más o menos sublimados de la autobiografía que culminó en los cuatro tomos de sus Memorias de Él y Yo.
El misterioso título da cuenta de un asunto que obsesionó a Serrano: la tensión entre un plano impersonal (El, Ello, Ellos, Algo) y la "Aparición del Yo" en un momento determinado de la infancia. Hito epifánico, crucial, que separa en dos la vida del autor. Un acto de individuación casi definitivo. Casi, porque, pese a todo, conocerá de reflujos en el futuro: estados alterados de conciencia, como la fiebre, el delirio, el sueño. Ahora, quizás, la muerte. La Ella definitiva de sus viajes.
"Busco dentro de mí el ataúd de la madre para abrirlo", escribió Miguel Serrano.
Dijeron de sus libros
Ni por mar ni por tierra (1950)
El poeta, el héroe y el niño, irreductibles en Miguel Serrano, han producido un libro hermoso, vernáculo y moderno, lírico y realista, original en nuestra literatura". (Luis Merino Reyes)
La combinación de cosas vistas y cosas de pesadilla, de natural y sobrenatural, de ideas serias o cómicas, de humorismo y tragedia, la visión de un Chile chilenísimo y extranjerizante, exótico, fantasmal, todo ello torrencialmente arrojado, con ímpetu, sin esfuerzo, con cándida espontaneidad de iluminado, hacen de esta obra algo tan cautivador como inclasificable, algo que no se había hallado en Chile antes, Ni por Mar ni por Tierra". (Alone)
El círculo hermético (1965)
Este libro encontrará, sin duda alguna, gente que atacará o defenderá sus ideas e inclinaciones, pero, aparte de ello, se deberá reconocer que es un libro rico de puntos de vista, un libro sabroso, en el sentido intelectual, libro en el que, a cada paso, el lector encontrará deliciosos párrafos, deliciosos en el sentido de que están llenos de sustancia mental".
***
Serrano y Teitelboim: un diálogo interrumpido
Por María Teresa Cárdenas
"-A ver, Volodia, siéntate aquí al frente, ponte cómodo. Al fin, tú y yo tenemos que conversar alguna vez en esta vida", escribe Miguel Serrano en el cuarto tomo de sus Memorias de Él y Yo (1999). Pero Volodia Teitelboim no está presente. Serrano sólo se lo imagina y reproduce entonces "una conversación inexistente".
Convocados a un encuentro literario en homenaje al poeta Gonzalo Rojas, Teitelboim y Serrano viajaron en 1998 a la ciudad de Concepción. "Esto de Volodia se ha hecho ya una costumbre necesaria -escribe Serrano-. Lo invitan para 'disculparse'; como si dijeran: 'Si invitamos a un comunista, también podemos invitar a un nazi'". El último día del simposio, son los únicos que se quedan en el Hotel Araucano; el resto de los invitados parte de visita a Lebu, la tierra natal de Rojas. Se encuentran en el acceso del hotel y es entonces -cuenta Serrano- cuando piensa en invitarlo a conversar -"¡Ah, tantos años!"-, pero se arrepiente, cree que Volodia no hablará con la verdad. Y lo deja pasar.
Más de sesenta años antes de ese fugaz encuentro, dos jovencitos atraídos por la literatura se conocen en las tertulias que Vicente Huidobro organiza en su casa de la calle Alameda. Intercambian opiniones. Inician una amistad. Uno de ellos es sobrino del poeta creacionista y descendiente de una de las familias más tradicionales de Chile, en la que figuran sacerdotes y monjas; el otro, hijo de judíos ucranianos establecidos en Chillán, ha viajado a la capital para estudiar Derecho en la Universidad de Chile. También asisten Eduardo Anguita, Teófilo Cid, Braulio Arenas
Poco tiempo después, aquellos dos jóvenes remecen la escena literaria chilena. En 1935, Volodia Teitelboim publica, junto a Eduardo Anguita y bajo el innegable influjo de Huidobro, la Antología de la poesía chilena nueva, en la que se omite el nombre de Gabriela Mistral, Neruda es incluido sólo con algunos poemas, Huidobro se lleva la mayor cantidad de páginas, y, como si fuera poco, se reproducen poemas de los antologadores. No habían terminado de aquietarse los ánimos después de este "escándalo" cuando el otro joven lanza su propia bomba: la Antología del verdadero cuento en Chile aparece en 1938 e incluye textos, entre otros, de Carlos Droguett, Juan Emar, Braulio Arenas, Héctor Barreto y -cómo no- de Miguel Serrano. En su prólogo, Serrano manifiesta la incomodidad de esta generación del cuento -que según él ha dejado atrás a la generación de la poesía- con las condiciones en las que vive el artista en Santiago de Chile, "una vida de perro negro", de "vejaciones económicas y espirituales".
Tiempos de efervescencia literaria que coinciden con las convulsiones políticas y sociales en Chile y en el extranjero. La guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial, la matanza del Seguro Obrero, el nazismo, el fascismo y el estalinismo dividen radicalmente las aguas y los dos jóvenes protagonistas de esta historia quedan en orillas opuestas. Para siempre. Aunque no dejan de observarse el uno al otro.
Tuve la oportunidad de entrevistarlos y de conversar varias veces con ellos. Y nunca dejó de sorprenderme cómo sus vidas, unidas por la juventud y la literatura, pudieron tomar caminos tan simétricamente paralelos. Cómo ambos abrazaron doctrinas condenables y que a estas alturas resultan obsoletas. Cómo los dos expresaron el amor a Chile a través del servicio público, Serrano como embajador, Teitelboim en el Parlamento. Grandes oradores, los dos combinaban la erudición con el lenguaje poético incluso en la conversación cotidiana. Y en gran medida, los dos perjudicaron al escritor en pro de sus ideologías. En una entrevista de 1996, Miguel Serrano dijo: "Sé que mi adhesión al nazismo me ha cerrado puertas. Yo lo sabía, pero si cortara eso, me estaría mutilando a mí mismo, porque no hay ninguna dicotomía entre mi obra, la que dicen puramente literaria, y mi manera de pensar. El Premio Nacional de Literatura, por ejemplo, me correspondía hace mucho tiempo. Pero sé que no tengo ninguna posibilidad porque no pertenezco al sistema. ¡A mí no me lo van a dar jamás! Se lo darían antes a Volodia, pero a mí no". Tenía razón, y en ese punto se diferenciaron. Volodia recuperó el tiempo perdido para la literatura no sólo escribiendo, sino dejando atrás la imagen del político estalinista duro, y obtuvo el Premio Nacional, después de varios intentos, en 2002.
El funeral de Eduardo Anguita -de nuevo la poesía- los reunió en agosto de 1992. Amiga y secretaria de Volodia por veinte años, Jimena Pacheco, lo acompañó y recuerda cómo al llegar al cementerio él le dijo: "Me voy a encontrar con Miguel Serrano y mañana vamos a ser portada del diario". No se equivocó. La fotografía de Miguel Serrano y Volodia Teitelboim junto al ataúd fue el más elocuente homenaje no sólo al amigo poeta sino a la Poesía, con mayúscula.
Uno en cada orilla, tuve la ilusión de poder juntarlos a principios de este nuevo siglo. No en un acto público, ya me habían negado los dueños del Libro Café de Bellavista, en 1999, y los organizadores de las tertulias Tobacco & Friends, en 2001, la posibilidad de entrevistar a Serrano. Sí pude hacerlo con Volodia Teitelboim. La "conversación inexistente" me dio la clave. Visité a Miguel Serrano y le pregunté si estaría dispuesto a hacerle diez preguntas a Volodia y a contestar otras tantas que él le hiciera. Le causó un poco de risa, como a un niño pensando en una pillería, y me dijo que sí. Y me confirmó el aprecio que sentía por ese Volodia que había sido su amigo y compañero de generación. En una comida de escritores se lo propuse a Volodia, y su negativa fue terminante, pero aun así le pregunté por qué. "Ha pasado mucho tiempo", me dijo, y su mirada fue triste.
Volodia Teitelboim murió el 31 de enero de 2008, a los 91 años. Miguel Serrano murió a la misma edad, el pasado 28 de febrero. Los dos dejaron sus memorias publicadas en cuatro tomos.
"Nos quedamos en silencio -escribe Serrano al final del diálogo imaginado-. Entonces, Volodia dice:
-¡Tú y yo hemos buscado lo mismo por caminos opuestos!
-Sí, totalmente opuestos, cósmicamente opuestos, por la eternidad opuestos...".
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