
Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
Filial Región de Gabriela Mistral-Coquimbo
Fonos (56-51) 227275 (56-51) 243198
Celular 90157729
luiseaguilera.57@gmail.com
luiseaguilera02@gmail.com
www.luiseaguilera.blogspot.com
La Serena – Chile
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La suerte del Pobre
Por Gladys Quiroz Carcher, Escritora y Poeta, Melipilla – Chile
La carita sucia de lágrimas del Juanucho parecía condensar todas las penas del mundo. Guarecido de la intensa lluvia bajo un toldo protector extendido como ala de gallina clueca, frotaba desesperadamente el papel contra su deshilachada polera, para comprobar, desolado, que no había servido de nada y que seguía tan sucio como antes.
¡Mi tía me va a matar! -gemía afligido-, ayayaycito, ¿qué voy a hacer ahora?
La angustia de saber que no podría regresar con toda la plata, le hacía redoblar los gemidos que ya le causaban un hipo desagradable e intermitente.
Una mujer mofletuda y de pesado caminar, conmovida, se detuvo a averiguar tanta pena. Entre sorbetones de mocos y entrecortadas frases, interrumpidas con frecuencia por el desbordamiento del caudal de sus lágrimas, se enteró de que un microbús desbocado pasó muy cerca de la berma y lo cubrió con una cortina de agua sucia y barro, y que todos los boletos de la Lotería, que había salido a revender, se salvaron protegidos por una bolsa plástica, excepto el que llevaba en la mano y ése, de tan sucio, ya no lo podría vender.
Compadecida, la mujer hurgó afanosamente en el monedero que desaparecía entre sus gordos dedos, y levantando triunfante un puñado de monedas, le pagó el boleto.
-Guárdalo, chico, es tuyo -le dijo al despedirse, con un gesto de desinterés.
Con una incrédula y agradecida mirada, el Juanucho recibió el dinero; luego frotó enérgicamente la sucia manga de su polera en la menuda cara, lo que secó sus lágrimas, pero le dejó un marcado antifaz de mugre, que unido a las mechas que lucían el evidente paso de las tijeras de su tía Ofelia, y a sus facciones puntiagudas y huidizas, le hacían parecer un extraño y escurridizo roedor.
Por un rato largo siguió ofreciendo los boletos a los escasos transeúntes que apresuraban el paso ante la persistente lluvia. Luego, el hambre comenzó a arañarle las tripas. Optó por irse, ya que el negocio no marchaba bien.
Jugando a la "pata coja" y sin hacer caso de los bocinazos, las deslumbrantes luces de una pastelería lo hicieron detenerse abruptamente ante la vitrina. Un espectáculo maravilloso lo dejó hipnotizado.
Allí había pasteles rellenos con deliciosas cremas y decorados con los más brillantes, apetitosos y coloridos frutos que pudiera imaginar. Unas hermosas tortas morenas con elaborados pompones de chocolate lo dejaron arrobado.
-Fe-liz cum-ple-años -leyó a trompicones-. Yo me las zamparía to'as aunque no tuvieran leyenda -musitó, goloso.
Con un brillo de astucia en los ojillos, miró el dinero obtenido tan fácilmente y sin pensarlo mucho entró decidido al local.
Para su sorpresa, el dinero le alcanzó para dos gordos pasteles cubiertos de coco rallado y chorreantes de almíbar. Cual refinado sibarita, aumentó el momento de placer paladeándolos lentamente frente a la vitrina; en cada mordida se imaginaba saborear todas y cada una de esas delicias.
Saciada su hambre, se enfrentó de nuevo al problema de que el boleto seguía sucio, no se iba a poder vender, y con el agravante de que ahora estaba pringoso de almíbar. Intentó llorar e hipar igual que antes, pero esta vez el resultado no fue el mismo; las personas que pasaron a su lado siguieron su camino indiferentes a su llanto.
Finalmente, después de varios intentos fallidos, se rindió ante la idea de la inminente paliza que le esperaba, pero ahora no iba a poder contarle a su tía la historia real y entregarle el billete manchado con barro, porque lo pegajoso del manjar y el azúcar lo delataría.
"Le voy a decir que se me perdió, po..., total... igual me va a pegar".
Como era un hombre ejecutivo, escondió el boleto entre sus ropas y marchó decidido a aguantar el chaparrón.
La tía, aparte de gritar y darle los coscachos de costumbre por el descuido, se resignó ante la pérdida.
-Mal que mal, harto que me ayú'a el Juanucho, a veces vende más que yo. ¡Y el chiquillo apenas tiene ocho años no más, no le pueo pedir más.
Varios días después, Ofelia llegó radiante de gozo. Uno de los números que le habían entregado para vender había salido ganador de varios millones y el dueño de la agencia le había pagado su comisión.
No se cansaba de contarles a los vecinos del conventillo que por sus manos había pasado el boleto de la suerte y repetía con fruición los números, aprendidos de memoria, que habían hecho millonario a alguien gracias a ella, y se quedaba absorta murmurando:
-Así es la suerte del pobre, vecina..., pensar que lo tuve en mis manos..., así es la suerte del pobre.
Al escuchar a su tía, Juanucho miraba a hurtadillas el billete pegoteado, comparando los números con una unción casi mística; muy orgulloso de ser el único dueño de aquel tesoro, lo doblaba cuidadosamente, volviendo a guardarlo con toda reverencia en su escondite secreto.
