samedi 28 mars 2009

SECH/Cuento de Gladys QUIROZ CARCHER: La suerte del Pobre


Luis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
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La suerte del Pobre
Por Gladys Quiroz Carcher, Escritora y Poeta, Melipilla – Chile

La carita sucia de lágrimas del Juanucho parecía con­densar todas las penas del mundo. Guarecido de la intensa lluvia bajo un toldo protector extendido como ala de gallina clueca, frotaba des­esperadamente el papel contra su deshilachada polera, para compro­bar, desolado, que no había servi­do de nada y que seguía tan sucio como antes.

¡Mi tía me va a matar! -gemía afligido-, ayayaycito, ¿qué voy a hacer ahora?

La angustia de saber que no podría regresar con toda la pla­ta, le hacía redoblar los gemidos que ya le causaban un hipo des­agradable e intermitente.

Una mujer mofletuda y de pesado caminar, conmovida, se de­tuvo a averiguar tanta pena. Entre sorbetones de mocos y entrecortadas frases, interrumpidas con frecuencia por el desbordamiento del caudal de sus lágrimas, se enteró de que un microbús des­bocado pasó muy cerca de la berma y lo cubrió con una cortina de agua sucia y barro, y que todos los bole­tos de la Lotería, que había salido a revender, se salvaron protegidos por una bolsa plástica, excepto el que llevaba en la mano y ése, de tan sucio, ya no lo podría vender.

Compadecida, la mujer hurgó afanosamente en el monede­ro que desaparecía entre sus gor­dos dedos, y levantando triunfante un puñado de monedas, le pagó el boleto.
-Guárdalo, chico, es tuyo -le dijo al despedirse, con un ges­to de desinterés.

Con una incrédula y agra­decida mirada, el Juanucho recibió el dinero; luego frotó enérgicamen­te la sucia manga de su polera en la menuda cara, lo que secó sus lá­grimas, pero le dejó un marcado an­tifaz de mugre, que unido a las me­chas que lucían el evidente paso de las tijeras de su tía Ofelia, y a sus facciones puntiagudas y huidizas, le hacían parecer un extraño y es­curridizo roedor.

Por un rato largo siguió ofreciendo los boletos a los esca­sos transeúntes que apresuraban el paso ante la persistente lluvia. Lue­go, el hambre comenzó a arañarle las tripas. Optó por irse, ya que el negocio no marchaba bien.

Jugando a la "pata coja" y sin hacer caso de los bocinazos, las deslumbrantes luces de una pastelería lo hicieron detenerse abruptamente ante la vitrina. Un espectáculo maravilloso lo dejó hipnotizado.

Allí había pasteles relle­nos con deliciosas cremas y deco­rados con los más brillantes, apeti­tosos y coloridos frutos que pudie­ra imaginar. Unas hermosas tortas morenas con elaborados pompones de chocolate lo dejaron arrobado.
-Fe-liz cum-ple-años -leyó a trompicones-. Yo me las zamparía to'as aunque no tuvieran leyenda -musitó, goloso.
Con un brillo de astucia en los ojillos, miró el dinero obte­nido tan fácilmente y sin pensarlo mucho entró decidido al local.

Para su sorpresa, el dine­ro le alcanzó para dos gordos pas­teles cubiertos de coco rallado y chorreantes de almíbar. Cual refi­nado sibarita, aumentó el momen­to de placer paladeándolos lenta­mente frente a la vitrina; en cada mordida se imaginaba saborear to­das y cada una de esas delicias.

Saciada su hambre, se en­frentó de nuevo al problema de que el boleto seguía sucio, no se iba a poder vender, y con el agravante de que ahora estaba pringoso de al­míbar. Intentó llorar e hipar igual que antes, pero esta vez el resulta­do no fue el mismo; las personas que pasaron a su lado siguieron su camino indiferentes a su llanto.

Finalmente, después de varios intentos fallidos, se rindió ante la idea de la inminente paliza que le esperaba, pero ahora no iba a poder contarle a su tía la historia real y entregarle el billete mancha­do con barro, porque lo pegajoso del manjar y el azúcar lo delataría.
"Le voy a decir que se me perdió, po..., total... igual me va a pegar".

Como era un hombre eje­cutivo, escondió el boleto entre sus ropas y marchó decidido a aguan­tar el chaparrón.

La tía, aparte de gritar y darle los coscachos de costumbre por el descuido, se resignó ante la pérdida.
-Mal que mal, harto que me ayú'a el Juanucho, a veces ven­de más que yo. ¡Y el chiquillo ape­nas tiene ocho años no más, no le pueo pedir más.

Varios días después, Ofelia llegó radiante de gozo. Uno de los números que le habían en­tregado para vender había salido ganador de varios millones y el dueño de la agencia le había paga­do su comisión.

No se cansaba de contar­les a los vecinos del conventillo que por sus manos había pasado el bo­leto de la suerte y repetía con frui­ción los números, aprendidos de memoria, que habían hecho millo­nario a alguien gracias a ella, y se quedaba absorta murmurando:
-Así es la suerte del po­bre, vecina..., pensar que lo tuve en mis manos..., así es la suerte del po­bre.

Al escuchar a su tía, Juanucho miraba a hurtadillas el billete pegoteado, comparando los números con una unción casi mís­tica; muy orgulloso de ser el único dueño de aquel tesoro, lo doblaba cuidadosamente, volviendo a guar­darlo con toda reverencia en su es­condite secreto.