
Teófilo y la teosofía
Recordé que Teófilo Cid había sido miembro del grupo surrealista "La Mandrágora", pero yo no estaba para diálogos surrealistas en un restaurante.
A Teófilo Cid lo conocí muy poco. Se sabía que había sido funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que era el hombre más elegante de Santiago y que de repente, sin que nadie pudiera explicarse por qué, se había transformado en una especie de indigente por decisión propia. Yo había leído su libro de cuentos oníricos titulado Bouldroud, sus crónicas del diario La Nación y algunos de sus poemas. Lo divisé varias veces, pero conversé con él en una sola ocasión. Eso ocurrió por ahí por 1961.
Nos habíamos puesto de acuerdo con Jorge Teillier y quedamos de juntarnos a comer en un restaurante que estaba en la calle Huérfanos, cerca del cine Rex. Ya habíamos hecho el pedido, cuando apareció alguien que le dirigió unas palabras a Jorge. "Es el poeta Carlos de Rokha", me dijo. Lo invité a que acercara una silla y se sentara con nosotros. Ahí estábamos los tres, cuando otra persona se aproximó a la mesa. Andaba con un traje que algún día fue elegante, pero ahora estaba muy sucio, gastado y lleno de manchas. Me pareció la encarnación misma de esa contradicción que podríamos llamar el dandy-clochard. Jorge y yo habíamos pedido un bistec a lo pobre y Carlos había dicho que no tenía hambre, así que sólo pidió un vaso de vino. Noté que la otra persona miraba los platos insistentemente, mientras conversaba con Jorge. Lo invité a sentarse y le pregunté si quería comer algo. Vaciló un poco, pero antes que contestara, Jorge le dijo: "No te preocupes, te estamos invitando". "¿Ustedes se conocen?", preguntó Teillier. "No tengo el gusto", dijo él. Me extendió la mano y se presentó: "Teófilo Cid". Carlos de Rokha no decía nada. Bebía su vino lentamente, como ensimismado, con la vista fija en la copa. Se acercó el mozo, miró a Teófilo con cierto estupor, como si mirara a un vagabundo al cual acabábamos de recoger de la calle, y dijo tratando de disimular su desagrado: "¿Y él va a comer?". "Por supuesto", contesté.
Teófilo y Jorge conversaban entre ellos. Noté que durante la conversación Teófilo me observaba de soslayo, lo que me puso muy nervioso. De repente me clavó los ojos y me preguntó si sabía quién era Madame Blavatsky". "No, no sé", le dije. "Y de la teosofía... ¿ha oído hablar de la teosofía?". "He escuchado el nombre", respondí desconcertado. "La teosofía es una disciplina seria, pero algunos la consideran esotérica, en el sentido negativo del término, porque no captan su verdadero significado", dijo. Empecé a inquietarme con ese interrogatorio cuyo propósito no lograba entender. "Helena Blavatsky fue la fundadora de la teosofía", continuó. Recordé que Teófilo había sido miembro del grupo surrealista "La Mandrágora", pero yo no estaba para diálogos surrealistas en un restaurante. "Perdone", insistió Teófilo, "quiero preguntarle algo más. ¿Sabe usted cuál era el verdadero nombre de doña Helena?". Me encogí de hombros. "Su nombre era Helena Hahn. Se llamaba igual que usted. Blavatsky era el apellido del esposo".
Teófilo ofreció una verdadera charla sobre la teosofía. Explicó que el libro canónico era La doctrina secreta, de Helena Blavatsky, y que los teósofos buscaban sumar todas las religiones existentes para llegar a la verdad y a la esencia de Dios. Lo sorprendente era que integraban también cosas tan incompatibles como las ciencias experimentales y el ocultismo. En este punto intervino Jorge Teillier para preguntar si era cierto que la dama en cuestión había sido acusada de fraude. "Ella cita miles de libros y es humanamente imposible que los hubiera leído todos", agregó. "A ver", corrigió Teófilo, "ella no dice que los leyó todos. Según la señora Blavatsky, gran parte de esos conocimientos le fueron transmitidos mientras dormía". "¿Mientras dormía? No sé, me parece poco creíble", dijo Jorge. "Claro, es difícil de creer, justamente porque rompe nuestros esquemas", repuso Teófilo. Yo podría haber aportado algo a la conversación, mencionando, por ejemplo, que el nombre Teófilo y la palabra teosofía tenían la misma raíz, pero no me atreví. Preferí callarme y seguir escuchando a esos interlocutores de lujo.
Helena Blavatsky fue la fundadora de la teosofía y su nombre era Helena Hahn.
Articulo: http://diario.elmercurio.com 08/03/2009
***
3 Poemas de Teófilo CID
NIÑOS EN EL RÍO
Allí,
Bajo los puentes,
Donde pasa el río urbano
Arrastrando en su bruma el ensueño de la gente;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros esculpidos por glacial fruición de muerte.
Fue arrebol de su dominio
El fluvial convoy silvestre
Donde brilla como témpano el vacío,
En fanal en que ellos vieron florecer la llama esbelta
Y el carnal derretimiento de sus pétalos ardidos.
Allí,
Junto a las duras piedras humanizadas,
En lo hondo de la espuma,
Entre redes de fulgor;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros enjoyados por la ráfaga invernal.
Cuando iban ya sus bocas a decir lo que se ama,
En cariátides de hielo se quedaron,
Sus sueños congelados en los labios.
¡Oh, palabras que no hienden su vestido corporal!
Cuando iban ya sus ojos a mirar ojos más tiernos
Se quedaron convertidos
En emblemas de rigor.
¡Oh, palabras que no sienten su amargura forestal!
Cuando iban ya sus manos a tocar la gloria extrema,
El estambre de la flor correspondida,
Una gélida escultora congelo sus rostros finos.
¡Oh, palabras que no quiebran su cristal!
Puede ahora, por la ruta de la hierba
Lucir el árbol, honda, su esmeralda
Y echar sus aves a volar;
Pero el día está escondido de vergüenza
Y, en la ausente claridad,
Las lágrimas vacilan como pájaros de exilio.
La nota puede acaso retornar a la garganta
Y en un temblor de idilio diluir su coro antiguo;
Pero el día tiene el rostro entre las manos
Y en la espesa claridad que se filtra de sus dedos
Las nubes ya no quieren caminar.
Oh, enojo del Destino -Manto grave
Que ha cubierto las pupilas con su trémulo llanto;
Nadie sabe ya decir donde se encuentran,
En qué parque de alegría epitelial
Sus sombras comen;
En que lírica tahona
Sus sombras se hartan;
En que lecho de cabina maternal
Sus sombras duermen.
Nadie sabe ya decir la palabra del idioma
Natural que corresponde,
La palabra de piedad
Que surge pálida en la noche,
Como el blanco de los dientes,
Como el blanco de los ojos,
Como el blanco de las almas.
Nadie sabe ya llorar
En la antigua soledad resonante como un órgano,
Llorar a solas de piedad
Por aquellos que no fueron sino flores desdeñadas
Sin pasión de jardinero que su aroma cultivara.
¡Nadie, nadie, nadie!
El mundo ya no tiene lágrimas que dar;
Se quedaron apozadas
En el fondo de los cuerpos
Y en el lago cerebral que allí disponen
Los árboles no sacian su ansiedad.
Nadie ha mirado estos puentes,
La avenida sombría que cubren
Y los álgidos jardines que atan.
Nadie.
Solamente la noche
Que también suele ofrecer
El bouquet de sus miradas a los pobres.
Y en sus manos de escultora perennal
Plasmó sus cuerpos.
¡Ay de aquel que es observado por la noche!
La noche no sabe discernir.
Sea amante dichoso o niño desolado,
Pone su fresca atonía en los ojos,
Contrae sus lenguas sepulcrales
En torno a la raíz de las palabras
Y deja caer un astro que, cual veneno, se disuelve.
Solamente la noche
Los miró con amor,
Con ese amor que brota
De las cosas que se hallan mas allá de las cosas mismas.
Solamente la noche los amó
Y pensó que siendo ella una artista inmemorial
Bien podría esculpirlos con su aliento.
Y ahora están allí,
Henchidos por la brisa que recorre sus sentidos,
Llevando estériles mensajes.
Allí,
Allí.
Yo os pido por eso
Que no vengáis con lágrimas tardías
A llorar su silencio
Y a intentar que de nuevo
La luna en sus ojos resplandezca
Y el perfume en sus sentidos
Y el ensueño entre sus labios.
¡No vengáis con vuestras ánforas oh madres!
A ungir de aceite inútil su madura rigidez.
Están unidos por la brisa que lleno de hojas sus almas
Y de otoño virginal los fríos cuerpos.
Están unidos y vuestras lágrimas podrían separarlos.
Bajo los puentes
Donde el río parte en dos el egoísmo,
Donde lucen las parejas su privada primavera,
Y el policía hace el amor a la más dulce
De las doncellas de servicio;
Junto al parque,
Que en invierno llora sólo por toda la ciudad...
Allí,
Bajo los puentes,
Allí quedaron
Con un nudo interrogante entre los labios.
EL BAR DE LOS POBRES
Hoy he ido a comer donde comen los pobres,
Donde el pútrido hastío los umbrales inunda
Y en los muros dibuja caracteres etruscos,
Pues nada une tanto como el frío,
Ni la palabra amor, surgida de los ojos,
Como la flor del eco en la cópula perfecta.
Los pobres se aproximan en silencio.
Monedas son sus sueños
Hasta que el propio sol airado los dispersa
Para sembrarlos sobre el hondo pavimento.
En tanto, cada uno es para el otro
Claro indicio, fervor de siembra constelada.
Y en la pesada niebla de los hábitos
que en ráfagas a veces se convierten
De una muda erupción
De alcohólica armonía,
yo siento que el destino nos aplasta,
Como contra una piedra prehistórica.
Pues somos los que pasan
Cuando los más abren los ojos claros
Al amplio firmamento
Que adunan los crepúsculos antiguos.
El mundo es sólo el sol para nosotros,
Un sol que ha comenzado por besar las terrazas
De los barrios abstractos.
Masticamos sus migajas,
Sintiendo que un espasmo egoísta nos mantiene,
Pues somos individuos, por más que a ciencia cierta
El nombre individual es sólo un signo etrusco.
En los que aquí mastican su pan de desventura
Un viejo gladiador vencido existe
Que puede aún llorar la lejanía,
Los menús elegir de la tristeza
Y darse a la ilusión de que, con todo,
Es un sobreviviente de la locura atómica.
Sentados en podridos taburetes
Ellos gastan los últimos billetes
Vertidos por la Casa de Moneda.
Los billetes son diáfanos, decimos,
Carne de nuestra carne,
Espuma de la sangre.
Con billetes el mundo
Congrega sus rincones
Y parece mostrar una estrella accesible
Sin ellos, el paisaje es sólo el sol
Y cada cual resbala sobre su propia sombra.
Pero la Casa de Moneda piensa por todos
Y los billetes, ¡Oh encanto del bar miserable!
Nos suministra sueños congelados,
Menús soñados el día desnudo de fama
Al levantar los vasos se produce el granito
Del brindis que nos une en un pozo invisible.
Alguien nos dice que el sol ha salido
Y que en el barrio alto
La luz es servidora de los ricos
¡La misma luz que fue manantial de semejanza!
Hoy he ido a comer donde comen los pobres
Y he sentido que la sombra es común
Que el dolor semejante es un lenguaje
Por encima del sol y de las Madres.
MADRUGADORAS
Comentario de Braulio Arenas: " ¿Por qué perra y no perro?, preguntábamos a Teófilo al llegar al final de este poema suyo. Al interrogarle, pensábamos en el can llevado en su viaje a la luna por los expedicionarios de Julio Verne, muerto en el viaje, arrojado fuera de la nave, y siguiéndoles, atraído por la fuerza de gravedad del vehiculo, a través del espacio. El mismo poeta no se explicaba por qué perra famosa y no perro famoso. Este poema fue publicado en el número primero de nuestra revista "Mandrágora" (diciembre de 1938). Sólo muchos años más tarde tendríamos la explicación, pues fue una perrita la que viajó en el Spútnik de los soviéticos. "
Sumergida en tiempo
En imágenes
En distintas direcciones
En focos de alta mar
En odio al vesperal dominio
En tí misma
Yo vivo a través de tu candor
Como la sangre en una vena
Un farol de equinoccio
Al final del sitio plano
Del hangar más alto
En estas cordilleras
Donde la voz escucha su propia sombra
El milano atrae sus hijuelos
En este adiós de tí
De tí la madrugadora
Perdida en un hemisferio de cristal
En una curva sin dibujos
A la intemperie
Como una perra famosa
lamida por el éter.
Sitio: http://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/escritos/cid.html
Recordé que Teófilo Cid había sido miembro del grupo surrealista "La Mandrágora", pero yo no estaba para diálogos surrealistas en un restaurante.
A Teófilo Cid lo conocí muy poco. Se sabía que había sido funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que era el hombre más elegante de Santiago y que de repente, sin que nadie pudiera explicarse por qué, se había transformado en una especie de indigente por decisión propia. Yo había leído su libro de cuentos oníricos titulado Bouldroud, sus crónicas del diario La Nación y algunos de sus poemas. Lo divisé varias veces, pero conversé con él en una sola ocasión. Eso ocurrió por ahí por 1961.
Nos habíamos puesto de acuerdo con Jorge Teillier y quedamos de juntarnos a comer en un restaurante que estaba en la calle Huérfanos, cerca del cine Rex. Ya habíamos hecho el pedido, cuando apareció alguien que le dirigió unas palabras a Jorge. "Es el poeta Carlos de Rokha", me dijo. Lo invité a que acercara una silla y se sentara con nosotros. Ahí estábamos los tres, cuando otra persona se aproximó a la mesa. Andaba con un traje que algún día fue elegante, pero ahora estaba muy sucio, gastado y lleno de manchas. Me pareció la encarnación misma de esa contradicción que podríamos llamar el dandy-clochard. Jorge y yo habíamos pedido un bistec a lo pobre y Carlos había dicho que no tenía hambre, así que sólo pidió un vaso de vino. Noté que la otra persona miraba los platos insistentemente, mientras conversaba con Jorge. Lo invité a sentarse y le pregunté si quería comer algo. Vaciló un poco, pero antes que contestara, Jorge le dijo: "No te preocupes, te estamos invitando". "¿Ustedes se conocen?", preguntó Teillier. "No tengo el gusto", dijo él. Me extendió la mano y se presentó: "Teófilo Cid". Carlos de Rokha no decía nada. Bebía su vino lentamente, como ensimismado, con la vista fija en la copa. Se acercó el mozo, miró a Teófilo con cierto estupor, como si mirara a un vagabundo al cual acabábamos de recoger de la calle, y dijo tratando de disimular su desagrado: "¿Y él va a comer?". "Por supuesto", contesté.
Teófilo y Jorge conversaban entre ellos. Noté que durante la conversación Teófilo me observaba de soslayo, lo que me puso muy nervioso. De repente me clavó los ojos y me preguntó si sabía quién era Madame Blavatsky". "No, no sé", le dije. "Y de la teosofía... ¿ha oído hablar de la teosofía?". "He escuchado el nombre", respondí desconcertado. "La teosofía es una disciplina seria, pero algunos la consideran esotérica, en el sentido negativo del término, porque no captan su verdadero significado", dijo. Empecé a inquietarme con ese interrogatorio cuyo propósito no lograba entender. "Helena Blavatsky fue la fundadora de la teosofía", continuó. Recordé que Teófilo había sido miembro del grupo surrealista "La Mandrágora", pero yo no estaba para diálogos surrealistas en un restaurante. "Perdone", insistió Teófilo, "quiero preguntarle algo más. ¿Sabe usted cuál era el verdadero nombre de doña Helena?". Me encogí de hombros. "Su nombre era Helena Hahn. Se llamaba igual que usted. Blavatsky era el apellido del esposo".
Teófilo ofreció una verdadera charla sobre la teosofía. Explicó que el libro canónico era La doctrina secreta, de Helena Blavatsky, y que los teósofos buscaban sumar todas las religiones existentes para llegar a la verdad y a la esencia de Dios. Lo sorprendente era que integraban también cosas tan incompatibles como las ciencias experimentales y el ocultismo. En este punto intervino Jorge Teillier para preguntar si era cierto que la dama en cuestión había sido acusada de fraude. "Ella cita miles de libros y es humanamente imposible que los hubiera leído todos", agregó. "A ver", corrigió Teófilo, "ella no dice que los leyó todos. Según la señora Blavatsky, gran parte de esos conocimientos le fueron transmitidos mientras dormía". "¿Mientras dormía? No sé, me parece poco creíble", dijo Jorge. "Claro, es difícil de creer, justamente porque rompe nuestros esquemas", repuso Teófilo. Yo podría haber aportado algo a la conversación, mencionando, por ejemplo, que el nombre Teófilo y la palabra teosofía tenían la misma raíz, pero no me atreví. Preferí callarme y seguir escuchando a esos interlocutores de lujo.
Helena Blavatsky fue la fundadora de la teosofía y su nombre era Helena Hahn.
Articulo: http://diario.elmercurio.com 08/03/2009
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3 Poemas de Teófilo CID
NIÑOS EN EL RÍO
Allí,
Bajo los puentes,
Donde pasa el río urbano
Arrastrando en su bruma el ensueño de la gente;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros esculpidos por glacial fruición de muerte.
Fue arrebol de su dominio
El fluvial convoy silvestre
Donde brilla como témpano el vacío,
En fanal en que ellos vieron florecer la llama esbelta
Y el carnal derretimiento de sus pétalos ardidos.
Allí,
Junto a las duras piedras humanizadas,
En lo hondo de la espuma,
Entre redes de fulgor;
Allí,
Allí quedaron,
Los rostros enjoyados por la ráfaga invernal.
Cuando iban ya sus bocas a decir lo que se ama,
En cariátides de hielo se quedaron,
Sus sueños congelados en los labios.
¡Oh, palabras que no hienden su vestido corporal!
Cuando iban ya sus ojos a mirar ojos más tiernos
Se quedaron convertidos
En emblemas de rigor.
¡Oh, palabras que no sienten su amargura forestal!
Cuando iban ya sus manos a tocar la gloria extrema,
El estambre de la flor correspondida,
Una gélida escultora congelo sus rostros finos.
¡Oh, palabras que no quiebran su cristal!
Puede ahora, por la ruta de la hierba
Lucir el árbol, honda, su esmeralda
Y echar sus aves a volar;
Pero el día está escondido de vergüenza
Y, en la ausente claridad,
Las lágrimas vacilan como pájaros de exilio.
La nota puede acaso retornar a la garganta
Y en un temblor de idilio diluir su coro antiguo;
Pero el día tiene el rostro entre las manos
Y en la espesa claridad que se filtra de sus dedos
Las nubes ya no quieren caminar.
Oh, enojo del Destino -Manto grave
Que ha cubierto las pupilas con su trémulo llanto;
Nadie sabe ya decir donde se encuentran,
En qué parque de alegría epitelial
Sus sombras comen;
En que lírica tahona
Sus sombras se hartan;
En que lecho de cabina maternal
Sus sombras duermen.
Nadie sabe ya decir la palabra del idioma
Natural que corresponde,
La palabra de piedad
Que surge pálida en la noche,
Como el blanco de los dientes,
Como el blanco de los ojos,
Como el blanco de las almas.
Nadie sabe ya llorar
En la antigua soledad resonante como un órgano,
Llorar a solas de piedad
Por aquellos que no fueron sino flores desdeñadas
Sin pasión de jardinero que su aroma cultivara.
¡Nadie, nadie, nadie!
El mundo ya no tiene lágrimas que dar;
Se quedaron apozadas
En el fondo de los cuerpos
Y en el lago cerebral que allí disponen
Los árboles no sacian su ansiedad.
Nadie ha mirado estos puentes,
La avenida sombría que cubren
Y los álgidos jardines que atan.
Nadie.
Solamente la noche
Que también suele ofrecer
El bouquet de sus miradas a los pobres.
Y en sus manos de escultora perennal
Plasmó sus cuerpos.
¡Ay de aquel que es observado por la noche!
La noche no sabe discernir.
Sea amante dichoso o niño desolado,
Pone su fresca atonía en los ojos,
Contrae sus lenguas sepulcrales
En torno a la raíz de las palabras
Y deja caer un astro que, cual veneno, se disuelve.
Solamente la noche
Los miró con amor,
Con ese amor que brota
De las cosas que se hallan mas allá de las cosas mismas.
Solamente la noche los amó
Y pensó que siendo ella una artista inmemorial
Bien podría esculpirlos con su aliento.
Y ahora están allí,
Henchidos por la brisa que recorre sus sentidos,
Llevando estériles mensajes.
Allí,
Allí.
Yo os pido por eso
Que no vengáis con lágrimas tardías
A llorar su silencio
Y a intentar que de nuevo
La luna en sus ojos resplandezca
Y el perfume en sus sentidos
Y el ensueño entre sus labios.
¡No vengáis con vuestras ánforas oh madres!
A ungir de aceite inútil su madura rigidez.
Están unidos por la brisa que lleno de hojas sus almas
Y de otoño virginal los fríos cuerpos.
Están unidos y vuestras lágrimas podrían separarlos.
Bajo los puentes
Donde el río parte en dos el egoísmo,
Donde lucen las parejas su privada primavera,
Y el policía hace el amor a la más dulce
De las doncellas de servicio;
Junto al parque,
Que en invierno llora sólo por toda la ciudad...
Allí,
Bajo los puentes,
Allí quedaron
Con un nudo interrogante entre los labios.
EL BAR DE LOS POBRES
Hoy he ido a comer donde comen los pobres,
Donde el pútrido hastío los umbrales inunda
Y en los muros dibuja caracteres etruscos,
Pues nada une tanto como el frío,
Ni la palabra amor, surgida de los ojos,
Como la flor del eco en la cópula perfecta.
Los pobres se aproximan en silencio.
Monedas son sus sueños
Hasta que el propio sol airado los dispersa
Para sembrarlos sobre el hondo pavimento.
En tanto, cada uno es para el otro
Claro indicio, fervor de siembra constelada.
Y en la pesada niebla de los hábitos
que en ráfagas a veces se convierten
De una muda erupción
De alcohólica armonía,
yo siento que el destino nos aplasta,
Como contra una piedra prehistórica.
Pues somos los que pasan
Cuando los más abren los ojos claros
Al amplio firmamento
Que adunan los crepúsculos antiguos.
El mundo es sólo el sol para nosotros,
Un sol que ha comenzado por besar las terrazas
De los barrios abstractos.
Masticamos sus migajas,
Sintiendo que un espasmo egoísta nos mantiene,
Pues somos individuos, por más que a ciencia cierta
El nombre individual es sólo un signo etrusco.
En los que aquí mastican su pan de desventura
Un viejo gladiador vencido existe
Que puede aún llorar la lejanía,
Los menús elegir de la tristeza
Y darse a la ilusión de que, con todo,
Es un sobreviviente de la locura atómica.
Sentados en podridos taburetes
Ellos gastan los últimos billetes
Vertidos por la Casa de Moneda.
Los billetes son diáfanos, decimos,
Carne de nuestra carne,
Espuma de la sangre.
Con billetes el mundo
Congrega sus rincones
Y parece mostrar una estrella accesible
Sin ellos, el paisaje es sólo el sol
Y cada cual resbala sobre su propia sombra.
Pero la Casa de Moneda piensa por todos
Y los billetes, ¡Oh encanto del bar miserable!
Nos suministra sueños congelados,
Menús soñados el día desnudo de fama
Al levantar los vasos se produce el granito
Del brindis que nos une en un pozo invisible.
Alguien nos dice que el sol ha salido
Y que en el barrio alto
La luz es servidora de los ricos
¡La misma luz que fue manantial de semejanza!
Hoy he ido a comer donde comen los pobres
Y he sentido que la sombra es común
Que el dolor semejante es un lenguaje
Por encima del sol y de las Madres.
MADRUGADORAS
Comentario de Braulio Arenas: " ¿Por qué perra y no perro?, preguntábamos a Teófilo al llegar al final de este poema suyo. Al interrogarle, pensábamos en el can llevado en su viaje a la luna por los expedicionarios de Julio Verne, muerto en el viaje, arrojado fuera de la nave, y siguiéndoles, atraído por la fuerza de gravedad del vehiculo, a través del espacio. El mismo poeta no se explicaba por qué perra famosa y no perro famoso. Este poema fue publicado en el número primero de nuestra revista "Mandrágora" (diciembre de 1938). Sólo muchos años más tarde tendríamos la explicación, pues fue una perrita la que viajó en el Spútnik de los soviéticos. "
Sumergida en tiempo
En imágenes
En distintas direcciones
En focos de alta mar
En odio al vesperal dominio
En tí misma
Yo vivo a través de tu candor
Como la sangre en una vena
Un farol de equinoccio
Al final del sitio plano
Del hangar más alto
En estas cordilleras
Donde la voz escucha su propia sombra
El milano atrae sus hijuelos
En este adiós de tí
De tí la madrugadora
Perdida en un hemisferio de cristal
En una curva sin dibujos
A la intemperie
Como una perra famosa
lamida por el éter.
Sitio: http://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/escritos/cid.html
