dimanche 5 avril 2009

Camilo MARKS/La muerte nunca muere


La muerte nunca muere
Por Camilo Marks

"Lo que ahora escribo no es un diario: un diario es una relación diaria e inmediata de lo que sucede durante determinado período de tiempo. Durante mucho tiempo después de la muerte de mi hermano no pude pensar acerca de él, no podía pensar en él con cierto distanciamiento... Se necesita una eternidad para construir un mundo, y la eternidad es el refugio de lo que está perdido. La muerte nunca muere, y digo eso ahora -la muerte nunca muere- como si fuera una novedad, como si nadie se hubiera dado cuenta de esto antes que yo: pero la muerte es así (lo veo), sucede todos los días...".

Esta cita proviene de Mi hermano (Lom, $ 6.400), de la gran escritora afroamericana Jamaica Kincaid y también podría encontrarse, en distinta forma, con otros sentidos, en Autobiografía de mi madre, Annie John o Lucy, algunos de los títulos más conocidos dentro de su copiosa producción literaria. A riesgo de lo que ya viene pareciendo un trillado lugar común, un cliché casi ofensivo, Kincaid concibe textos inclasificables, imposibles de definir: no son biografías ni novelas, así como tampoco relatos o ficciones en prosa, ya que todos sus trabajos se basan en episodios de su vida o la vida de aquellos que han sido parte de su familia o su pasado.

La trayectoria de Jamaica Kincaid, cuyo nombre original fue Elaine Potter Richardson y se lo cambió porque sus parientes desaprobaban su vocación artística, posee ribetes únicos, quizá espectaculares: nacida en Antigua, ex colonia de las Antillas inglesas, en medio de la extrema pobreza, primero la lectura, y después el acto de escribir la salvaron del veredicto fanático y rencoroso de su progenitora: tendrás 10 hijos de 10 padres distintos. Jamaica, contra todas las expectativas y gracias a una fuerza de voluntad y un talento excepcionales, no sólo se liberó de ese siniestro futuro, sino que hoy es una de las plumas más admiradas en los Estados Unidos, tiene un matrimonio feliz y dos niños adorables, que son la fuente principal de su amor y preocupación. Mediante sucesivos y logrados testimonios, Kincaid ha ido revelando cómo fue posible ese milagro si todo en ella indicaba un porvenir de indigencia, destitución, miseria.

Mi hermano, de modo implícito pero reiterado, contiene el secreto de su técnica narrativa: ella no intenta esforzarse con el idioma para conseguir un resultado bello, ameno, conmovedor. Así y todo, una larga carrera dedicada a publicar libros de calidad se percibe, incluso, en los descuidos deliberados, el tanteo en busca de vocablos, el preguntarse, de manera incesante, si tiene sentido poner en el papel esto o aquello, en suma, la lucha palpable con el lenguaje, expresada en un estilo sobresaltado, a ratos convulso, salmódico, como los cánticos religiosos.

El protagonista de Mi hermano es Devon, el menor del grupo familiar, enfermo de sida y al cual Jamaica, quien reside en Vermont, el extremo norte de su país adoptivo, visita tras 20 años de ausencia de Antigua y que es el mismo tiempo en que no se ha hablado, ni una sola vez, con Drew, matriarca despiadada que únicamente es capaz de querer a alguien si está sufriendo o depende de ella. Devon está recluido en el pobrísimo y derruido hospital de la ciudad y el tema de su enfermedad es tabú entre los suyos. Jamaica, ahora próspera y famosa, le procura medicamentos importados, se endeuda, se desespera ante la incapacidad de aceptar la situación por parte de Devon y finalmente regresa a su hogar. El joven obtiene una recuperación asombrosa y vuelve a sus pésimas costumbres: mantiene relaciones sexuales con desconocidas y desconocidos sin darles a conocer que es portador del VIH, se niega a usar preservativos, comienza a beber de nuevo, mezclando ciertas sustancias con la cerveza y el licor, hasta que la pandemia vuelve a hacer presa en él de modo fulminante. Kincaid no ahorra ningún detalle al describir la descomposición física de un muchacho que otrora fue hermoso hasta lo irresistible. Tal vez en esa insistencia en los síntomas y las horribles muestras de destrucción corporal, así como en la circularidad de la historia, Kincaid caiga en pasajes un tanto abrumadores, reiterativos, innecesarios.

Mi hermano, en todo caso, pese al lúgubre tema, es un volumen de gran valor, de poderosa fuerza y garra, de singular acierto en los recursos utilizados. Publicado en 1997 y recién traducido al español, nos vuelve a reencantar con una elevada voz de las letras norteamericanas actuales.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 22/03/2009