dimanche 5 avril 2009

Con-fabulación nº82/El legado de Camus


Con-fabulación nº82
Périodico virtual
http://con-fabulacion.blogspot.com/
E-mail: confabulacion1@gmail.com


De la victoria absurda
El legado de Camus

Durante todos los años -contradictorios, dolorosos, esperanzadores o ambiguos- que nos tocaron en suerte, Albert Camus nos ha acompañado como una música esencial, una conciencia alerta y enriquecedora, un sabio vigía para la noche incesante. Es, como pocos, uno de los autores a los que debemos regresar con una fidelidad servil y agradecida. Nacido en Argelia en 1913, y fallecido en 1960, poco tiempo después de recibir el Nobel de Literatura, su temprana desaparición, su itinerario ejemplar, el alto concepto en el que tuvo al hombre moderno, pese a ser inventor de prolijos avernos, lo transformaron en una leyenda de la filosofía, la novela y el ensayo moderno, a los que encontró nuevas dimensiones, vetas que permanecían ocultas, pero eran, exactamente, las más sustanciales. La peste, el Mito de Sísifo, el Extranjero, El hombre rebelde y magistrales obras de teatro, son a la vez hondas variaciones acerca de las heridas fundamentales que entraña el estar vivos, documentos desgarradores sobre los límites de la conciencia, y un concierto de voces arduamente obsesionadas por la salvación. El ensayo que presentamos, y que da título a uno de sus libros, es prueba fehaciente de todo ello, y demuestra su estadía en lo que René Char llamó -refiriéndose a hombres como él- la serenidad crispada.

Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.

Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.

Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.

Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia.

¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.

Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.

Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: «A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. «¿Cómo? ¿Por caminos tan estrechos...?». Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. «Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo ilimitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.

En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.

Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

***
Stefania Mosca: Punta de lanza
Por Enrique Hernández-D’Jesús

Ha muerto en Caracas, la semana anterior, una de las figuras más notables de las últimas generaciones literarias de Venezuela: la ensayista y novelista Stefania Mosca, quién publicó en vida libros como Memoria del olvido, Seres cotidianos, Banales, Mi pequeño mundo y Maternidad. A continuación publicamos el texto escrito por el poeta y editor Enrique Hernández D’Jesús, quien la tuvo hasta su desaparición en la lista de sus indispensables.

Escribir sobre Stefania es atravesar todo aquel territorio que necesita penetrar hasta lo más profundo del ser humano. Su manera de encontrar las cosas es terriblemente esplendorosa, porque allí anida un secreto suyo que transforma los puntos cardinales en agorerías y por supuesto más allá de los fantasmas que cercan a la escritora poeta, nos conduce también a precisar el objeto que es norma vital de la prosa inteligente. Es necesario llamarla para que escuche su propia y definitiva oración, oración que tiembla con el pulso a todo riesgo. De dónde sacar tantas y profundas heridas, todas multiplicadas por el espectro de la inteligencia de la sin razón. Hay que leer a Stefania para relatarse uno mismo el fin de una jornada esplendorosa y terrible, pero que, como águila solitaria todo lo que dice corresponde al reino del homenaje que trata de rendírsele. Ella lo es todo, la brisa que pasa, apenas se sostiene de un lado a otro del espejo. Y aquí si vamos a precisar que el espejo es una cuestión de honor, honor que pisa más lejos de lo que uno se imagina, porque detrás de cada uno de nosotros siempre habrá un pájaro vigilante.

La jornada que comienza es tormenta que se cuela en lo más profundo del ser humano. Humano porque atraviesa todo el espacio vital que el escritor necesita para desnudarse, siempre, con la fortuna de no encontrar nunca lo que se persigue, pero donde habita sin lugar a dudas una noche rabiosa, como el aullido, el discurso del viejo lobo. Ese puede ser el contacto permanente con la sabiduría del que nada sabe pero vive y vive haciendo temblar las paredes de la melancolía. Ahí lo tiene caminando muy ligero para que nadie la alcance nunca, jamás. Porque son pedazos de un mismo y asombroso cuerpo humano, cuerpo que no deja de iluminarse en las postrimerías del baile, y un poeta que clama por sus preparativos de viajes, o acaso en lugar del resplandor, es un cuaderno donde las notas poéticas se pierden en los festejos y sacrificios, de un animal que camina con sueños y más sueños. Un pájaro que nada en la esfera llamada tierra y que se parece más de lo que uno cree al ángel de las delicias, porque hemos estado allí y no nos cansamos de inventar todo lo que corresponde a la sabiduría de los textos, llenos todos ellos de fantásticas quimeras que son como la punta del iceberg donde aparecen y desaparecen los más grandes ejemplos de la poética. Viaje al fondo del océano, escritura primigenia, el primer símbolo de lo que vamos a ser nunca. Cuestión de honor, ya lo dijimos y se trata precisamente de invadir cualquier espacio donde renazcan las virtudes y las no virtudes, por eso, nos incita todo lo que este ser humano ha dicho y seguirá diciendo para gloria del espíritu y sabiduría de la vida. Que sea siempre así, y la inventaremos desde el principio hasta el fin, porque ella es punta y lanza del amor y la arbitrariedad y de la belleza de la palabra.

Agrego este poema de Gonzalo Ramírez:

UN DELIRIO EN TODA SU PUREZA

Un delirio en toda su pureza. Un delirio por amor y sin equivalentes. Un delirio que nos enseñe a no ceder.

Los dedos sólo hablan de verdad cuando es llegado el instante del acariciar: la caricia es su lengua.

Una certeza abierta que se prolonga cada día en un dar dándose a luz, a pesar de la oscuridad que me nombra, que tengo, que soy.

Mamar el cielo, como los taoístas, con entera devoción: bienaventurada lactancia para comenzar el día.

Y llega la inevitable, por padecida, interrupción. Hay el más inexpresable dolor de por la tarde: es la voz compungida de Diego que trae una oscura noticia. Ah, amadísima Stefania, por qué a ti, varona de dolores, por qué así. Hasta cuándo, puta madre muerte, vas a seguirme pegando abajo, donde duele.

***
Navíos de caronte de Carlos Fajardo Fajardo
Por Gustavo Quesada Vanegas *

“La mano que maneja la pluma
vale tanto como la que maneja el arado”
Arthur Rimbaud


Conozco a Carlos Fajardo Fajardo desde comienzos de los noventa del siglo XX, cuando él y su hermandad de poetas y de gestores culturales: “Si mañana despierto”, se abrían espacio en los ambientes literarios de Bogotá. Jóvenes, seguros y denodados, en más de una ocasión nos coludimos para programar eventos literarios. Desde esos días Carlos Fajardo se manifestaba como lo que es: “un horrible trabajador” – tal denominaba Rimbaud al poeta vidente-, ya sea haciendo la maestría de literatura y luego el doctorado, como docente, como ensayista que busca las claves de las nuevas culturas y las nuevas sensibilidades, o como poeta que trasciende lo sensible cotidiano para navegar en la aguas profundas de las desgarraduras del hombre. Su pasión por el verbo lo ha llevado siempre a una disciplina de carácter total. De ahí sólo podría surgir una obra rigurosa con capacidad de develar el mundo y anclarse en la memoria de la cultura. Muchos reconocimientos y premios atestiguan esa búsqueda y esa inmersión ética en nuestros torvos tiempos, para resurgir con la palabra exacta, la única capaz de abrir el futuro desde los resquicios de lo onírico y el horizonte de lo humano, porque como diría Jorge Gaitán Durán lo estético y lo ético tienen una ligazón indisoluble.

Mi soledad es más grave que una esquirla
clavada en el corazón
más terrible que la sed del viajero
más basta que los mares de mi patria


Navíos de Caronte, libro bellamente editado por la Colección Los Conjurados de Común Presencia, iluminado con navíos surgidos del pincel de Edgar Insuasty, es un poemario con cuatro puertas que uno no sabe si se abren o están cerradas para los viajeros: Navíos, Diásporas, Puertos, Exilios. ¿De qué habla el poeta? En el mundo de hoy el desplazamiento y la migración surgen en Córdoba o Nariño (Colombia), en Rusia, en Sudán, en Marruecos, en Túnez o África del Sur, en la China, en el Salvador, en Guatemala o en México. Inversamente a lo sucedido desde el siglo XVI y hasta la mitad del siglo XX, cuando desde el centro las corrientes migratorias se dirigían al Tercer Mundo, hoy presenciamos “la colonización inversa”. Pero mientras los viajeros del centro encontraron siempre una recepción abierta y en poco tiempo se constituyeron en parte de las élites dominantes, valga el caso de los migrantes europeos hacia América por todo el siglo XIX y el siglo XX, los actuales migrantes no encuentran recepción distinta a la de la policía. Y a donde quiera que lleguen, sea Europa o América del Norte, los esperan la discriminación y el abandono. Y esto cuando logran llegar, cuando sus huesos no van a parar al fondo del mar.

“Soy extranjero/ sin nombre/ sin ley/ sin luna. /Soy extranjero/ sin lengua/ sin palabras. /Soy extranjero/ sin madre/ sin patria/ sin un árbol que recuerde”.

Quedarse sin lengua, sin memoria, en una tierra extraña, es quedarse sin patria. ¿Cómo portar la patria cuando la propia lengua es otra, cuando se vive en las sombras, cuando se es representación del mal? El poemario es contundente: se inicia el viaje con expectativa, se arriba a puertos que proscriben la entrada, se llega al exilio, a la soledad y a la autonegación: “Esta ciudad para mi se oculta. /No soy más que un despojo/ en una calle enemiga”. No se trata de la tragedia de un grupo humano o de una cultura específicos. Es una tragedia universal. Inmensas masas humanas se desplazan de sur a norte, luego de que sus sociedades fueran desarticuladas y saqueadas por el colonialismo y cuando han sido destruidas por la guerra; cuando las potencias coloniales construyeron fronteras que separaron hermanos y aglomeraron culturas diferentes; cuando la única alternativa que se encuentra es ser un paria en España, en Francia, en Italia o en Alemania. “La Otra Orilla” es el lugar del desarraigo, de la pérdida de los sueños, de la disolución de lo humano: “¿(…) alguien habrá encendido un fuego a nuestro nombre?/ ¿Presentirán este vacío del vacío, sin dolor alguno?”

¿Dónde quedaron entonces las promesas de la razón y la Ilustración? ¿Dónde el humanismo del que han hecho gala las naciones “civilizadas” argumento socorrido para justificar su colonialismo sobre el resto del mundo? El mundo global abre sus fronteras, sobre todo las del otrora llamado Tercer Mundo, para que circulen el dinero, las mercancías y los símbolos pero no los hombres. Los desplazados terminan en el fondo del mar: “En casa nadie sabe/ que ahora somos dos cadáveres/ sin compañía alguna”

Es posible que el poeta haya percibido en toda su dimensión esta crisis de proporciones inusuales en sus periplos por Colombia y por el mundo. Es posible que haya recibido el terrible sacudón en alguna parte de España o en las comunas de Cali o Medellín: Quizá en una esquina de Bogotá cuando se nos acercan los desplazados. Todos lo hemos percibido, todos padecemos el impacto de las noticias de las pateras o la zozobra de los balseros, o las casas llenas de chinos que esperan pasar por Colombia rumbo a Centroamérica y de allí a México y a los Estados Unidos. Pero no todos podemos transformar el dolor humano en arte. En el ambiente se respiran todavía fragmentos de los “Cuadernos de Sarajevo” de Juan Goytisolo, como el caso más cercano de un texto que recorre el dolor de un pueblo, de un momento histórico y lo lanza al espacio para sacudir la conciencia universal.

La lectura y la relectura de Navíos de Caronte nos exige, además, una digresión: toda obra de arte nace de una experiencia singular en la sensibilidad y la conciencia del artista, pero sólo su trabajo, su esfuerzo denodado, su medir cada hecho creativo en su justa dimensión hace de su experiencia algo universal. Tal es el caso del poemario que comentamos: el desgarramiento del dolor humano se hace universal en palabras contenidas, cinceladas con sudor y con talento, hijas de quien ve en la poesía la posibilidad cierta todavía de señalar el dolor y el sufrimiento: “Ancho es el mar. / Mis cabellos se agitan por los tempranos vientos. /Sumergido en la inmensidad de la luna /se me acaba la tarde./ Que nadie se fije en nuestros aguados ojos. /La muerte será más cruel y pura /en océanos de nadie”.

No hay realismo. No hay cuerpos. No hay nombres ni apellidos. Los migrantes, los desplazados, son fantasmas que sueñan, que deambulan, que sienten dolor y nostalgia, que rememoran el cuerpo de la amada o el calor del fogón de la casa de la madre; que dibujan el árbol o sienten las medusas en los ojos como certificado de su propia muerte. No hay desbordes lingüísticos ni quejidos sentimentales. Contención, precisión y una herida abierta de la primera a la última página.

Pero llegados a la parte final, “Exilios” el autor nos subvierte la mirada: En el mundo actual se han finiquitado los lugares. Donde quiera que estemos: la ciudad, la calle, la distancia, nuestro destino es el de los exiliados. La casa de los juegos, la calle de la añoranza, la infancia, la voz de la amada, todo nos anuncia que los lugares se han perdido en la memoria y que la memoria nos conduce al exilio. No hay lugares. Todo es un grande y a la vez pequeño mundo, ajeno, veloz e implacable, que arrasa los recuerdos, los colores, las texturas que le podrían dar sentido a la existencia. Si antes el exilio era un lugar físico, ahora es un lugar permanente de la sensibilidad y de la existencia. ¿Cuál es el territorio que pisamos? ¿Qué tienen que ver conmigo las ciudades, las muchedumbres, el tiempo al que no contienen los relojes, las luces que hacen todo más oscuro?

“Acostúmbrate, dicen tus cartas /a ese destino de ciudad /que hoy sostiene tu mirada”.

*Poeta, ensayista y catedrático colombiano

***
La fiesta del equinoccio
Por Federico Díaz-Granados *

Nuestro admirado Aldo Pellegrini nos invitó a contribuir a la confusión general. Por eso el Gimnasio Moderno, esta casa centenaria, acoge en la tarde de hoy a todos los confabulados interesados en emprender la verdadera aventura esencialista de la creación y el asombro, fiel a su talante liberal e incluyente y a la herencia humanista de los padres fundadores que nos enseñaron que sólo a través de la poesía y la literatura podríamos entender las proporciones de una sociedad más justa y solidaria.

Se nos ha recordado a todos que en los tiempos primitivos la poesía servía para llorar y celebrar el mundo. Hoy la poesía continúa teniendo, entre tantas, la función de exaltar la existencia y lamentar y combatir la muerte.

El poeta portugués Eugenio de Andrade nos ha mencionado que la única y verdadera moral de la poesía “es que se rebele contra la ausencia del hombre en el hombre porque si éste se atreve a -cantar en el suplicio- es porque no quiere morir sin mirarse en sus propios ojos y reconocerse y detestarse o amarse”.

Desde Homero hasta San Juan de la Cruz, de Virgilio hasta William Blake, desde el lamento del pobre Job hasta Fernando Pessoa, desde Hölderlin hasta Nazim Hikmet la mayor ambición del quehacer poético siempre ha sido la misma: Ecce Homo, repite De Andrade y parece decir cada poema: He aquí al hombre, he aquí su fugacidad sobre la tierra. Porque el futuro del hombre es el hombre, estamos de acuerdo, pero el hombre de nuestro futuro no nos interesa desfigurado y ahí sobrevivirá la eterna y misteriosa poesía. Ausencia y presencia, vacío y plenitud, duda y certeza estarán presentes por siempre en la palabra.

¿Quién sino el poeta para devolverle al mundo un poco de la belleza y el horror que éste nos ha otorgado? ¿Quién sino el poeta para traducir la libertad del hombre y de sus sueños? La poesía no va a resolver, ni ha resuelto nunca los conflictos, ni el problema del hambre y seguramente hoy no solucionará el flagelo del secuestro o el de los desaparecidos o el de los torturados, pero siempre nos ha acompañado (a lo mejor desde el abuelo pitecántropo) y nos ha ayudado a sobrevivir gracias a su belleza. Quizá esa sea su única obligación, ser bella, sea cual sea su tiempo y su tema y revelar como un álgebra lo oscuro y lo desconocido. Por eso celebrar el Día Mundial de la Poesía es festejar el triunfo del asombro, la solidaridad y el compromiso en tiempos de la globalización y la deshumanización. No sería justo estar aquí sino fuéramos conscientes que exaltar el Día Universal de la Poesía, en el equinoccio de primavera, es proclamar una vez más el triunfo de la poesía como la verdadera resistencia del hombre en su paso por esta aventura de la vida sobre la Tierra.

En este complicado, difícil y caótico mundo que nos correspondió la poesía se sigue definiendo como un milagro y se sigue defendiendo ante toda propuesta virtual. El hombre está en crisis hace mucho tiempo y su catástrofe nos recuerda una especie de Titanic de nuestra modernidad. Por eso, cuando quede el último de nosotros, solitario sobre la única roca erguida sobre la tierra, en aquella noche final de los tiempos, sólo tendrá a su lado la poesía, la palabra, la plegaria o la imprecación como compañía.

Saint-John Perse dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel que cuando las mitologías se desvanecen, lo sagrado encuentra en la poesía su refugio y quizá su relevo, porque la poesía moderna se adentra en una aventura cuya meta es conseguir la integración del hombre. Eso es lo que festejamos en la tarde de hoy, la integración del hombre a través de la palabra de siempre.

La poesía, escribió García Márquez, “por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que enumeró en su Ilíada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad media. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana que cuece los garbanzos en la cocina y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”.

Bienvenidos poetas, bienvenidos todos ustedes a esta casa de poesía y celebremos nuestra gran recompensa de presenciar el milagro del hecho poético en tiempos de la amnesia y la paranoia donde no tienen cabida los milagros ni la taumaturgia. Bienvenidos poetas herederos de una tradición honda y verdadera que hoy cada uno de ustedes homenajea con su voz.

En conclusión quisiera citar a Pablo Neruda quien nos recordó que: “sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres. Así la poesía no habrá cantado en vano”.

Que la poesía sea nuestro pastor y nada nos falte…

*Poeta, catedrático y ensayista colombiano

***
Homenaje a Blanca Varela

Con su muerte desaparece una de las últimas figuras del surrealismo, al que tinturó con una mirada muy personal, conjuntándolo con latencias latinoamericanas y obsesiones singulares. Nunca abandonó su linaje de peruana a pesar de que una buena parte de su vida transcurrió en el viejo continente. Nació en Lima en 1926 y murió en la misma ciudad el pasado 12 de marzo. Mantuvo una amistad inquebrantable con Henry Michaux, Octavio Paz –quién le dedicó un ensayo magistral-, Jean Paul Sartre, Sebastián Salazar Bondy, Alberto Giacometti y Fernand Léger... Entre sus libros más conocidos se cuentan: Ese puerto existe, Luz de día, Valses y otras falsas confesiones, Ejercicios materiales, El Libro del barro, Concierto animal, Canto villano, la Antología Como Dios en la nada y el Falso teclado.

CURRICULUM VITAE

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

ESCENA FINAL

he dejado la puerta entreabierta
soy un animal
que no se resigna a morir

la eternidad es la oscura bisagra que cede
un pequeño ruido en la noche de la carne

soy la isla que avanza sostenida por la muerte
o una ciudad ferozmente cercada por la vida

o tal vez no soy nada
sólo el insomnio y la brillante indiferencia de los astros

desierto destino
inexorable el sol de los vivos se levanta
reconozco esa puerta
no hay otra

hielo primaveral
y una espina de sangre
en el ojo de la rosa.