dimanche 5 avril 2009

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CRÓNICA: SILLÓN DE OREJAS
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Un anhelo estremece y obsesiona a los espíritus más sensibles del sector del libro: ser recibidos en el Ministerio de Cultura con el mismo secreto y circunstancia con que lo ha sido hace unos días "lo más granado de la industria cinematográfica".

Esa reunión de características casi clandestinas (¿se darían citas previas de seguridad?), a la que acudió una veintena larga de directores, productores y distribuidores para discutir los problemas y las soluciones del cine español, fue presidida por el mismísimo CAM (no confundir, por favor, con las siglas de la Canadian Association of Magicians), lo que indica la extrema importancia concedida al encuentro. Ahora, editores, libreros y distribuidores no ocultan sus celos ni su sensación de postergación, y mis topos me avisan de que, subterráneamente, ya se está formando un movimiento extremista de protesta que, bajo la consigna de "¡Vivan las negociaciones secretas!", podría intentar ocupar la Dirección General del Libro, y exigir un rescate al Ministro a cambio de la libertad de su titular y de la apertura inmediata de conversaciones en las que se tratarían, por ejemplo, asuntos como la desgravación fiscal para las industrias culturales, la reconversión de las librerías, el Observatorio del Libro, el control de las dotaciones para fondos bibliográficos, y un largo etcétera de papel y digital. El nuevo clima de secreto ministerial coincide, por cierto, con el lanzamiento publicitario del libro de Mari Pau Domínguez La casa de los siete pecados (Grijalbo), una premiada novela histórica (cuya lectura he abandonado, a pesar de los entusiasmos de Saramago consignados en la faja de la cubierta), cuya acción transcurre precisamente en la llamada "Casa de las siete chimeneas", que constituye -se lo recuerdo- la parte más noble (siglo XVI) de las actuales dependencias del Ministerio. Fue allí, quizás en misterioso aposento o en húmeda mazmorra sin luz, donde CAM y los cineastas, reunidos durante mucho tiempo ("las horas se encadenaron unas a otras en un rosario de incertidumbres", puede leerse en la novela citada), arreglaron definitivamente el cine español y pulsaron metafóricamente las teclas liberadoras Ctrl+Alt+Supr para cancelar todos los malos -malísimos- rollos que le afectan. Ahora los del libro exigen igualdad de trato.

Dios

Probablemente Dios existe, pero, al cabo, tal vez no sea más -ni menos- que una ecuación perfecta. Estamos demasiado hechos a la tradicional iconografía que lo representa como un patriarca barbado -tal como la interpreta Miguel Ángel en la Sixtina y William Blake en sus magníficas acuarelas- como para que nos sea fácil concebirlo de forma tan abstracta. Y, sin embargo, quizás ése resulte el modo más adecuado para explicarnos su naturaleza Trina (y, sin embargo, Una). Entre la incesante avalancha de libros acerca de Dios y la religión (una de las tendencias indiscutibles de la no-ficción en esta primera década del milenio) me detengo en el del matemático John Allen Paulos, quien pulveriza a su modo en Elogio de la irreligión (Tusquets) los argumentos clásicos (incluyendo la "apuesta" interesada de Pascal) y modernos (el "diseño inteligente") para concluir ingenuamente que "reconocer honestamente la ausencia de buenos argumentos lógicos para creer en la existencia de Dios (....) podría contribuir a que este mundo se aproximara más a un cielo en la Tierra". El astrónomo Mario Livio intenta responder en ¿Es Dios un matemático? (Ariel) a otra pregunta menos retórica y mucho más acuciante: "¿Cómo es posible que la matemática, un producto del pensamiento humano independiente de la experiencia, se ajuste de modo tan perfecto a los objetos de la realidad física? La aparente omnipresencia de la matemática (y, por tanto, de la música) en las explicaciones del mundo informa una fecunda tradición, iniciada en los pitagóricos, que recoge magistralmente Joscelyn Godwin en la recopilación Armonía de las esferas (Atalanta). En cuanto al actual debate en torno a Dios -y a las implicaciones que la fe o su carencia reviste para la cultura laica y democrática- he leído con provecho la civilizada e inteligente discusión a tres voces filosóficas (Giovanni Vattimo, Michel Onfray y Paolo Flores D'Arcais) recogida en ¿Ateos o creyentes? (Paidós), un interesante librito que puede terminarse en el autobús mientras uno se dirige al Obispado a enterarse de los trámites para declararse apóstata (de acuerdo con el canon 751 del Código de Derecho Canónico) o, si corresponde, para inscribirse en el seminario diocesano.

Sádico

Con Juliette o Las prosperidades del vicio, la editorial Tusquets añade otra obra fundamental a la (innominada) biblioteca Sade de su serie La Sonrisa Vertical. Al igual que Justine o Los infortunios de la virtud -de la que es continuación y reflejo invertido- la historia desarrolla un argumento novelesco más complejo que otras obras del "Divino Marqués" (por ejemplo, Las 120 jornadas de Sodoma, también publicada en esta misma colección), aunque su prolijidad (968 páginas) y excesivas digresiones filosófico-morales la siguen convirtiendo en un hueso difícil -y no muy apetecible- de roer. Juliette, la hermana viciosa de la desdichada Justine, aprovecha la estancia en el convento para corromperse y abandonarse al disfrute de la perversión y del mal, en los que se inicia gracias a los oficios de la abadesa. A partir de ahí, la protagonista inicia un camino de desenfreno y crueldad cuyo sentido viene expresado en su parlamento final: "Lo confieso, me gusta el crimen de una forma horrorosa, sólo él irrita mis sentidos, y profesaré sus máximas hasta el último momento de mi vida (...) La naturaleza no ha creado a los hombres sino para que se diviertan de todo de lo que disponen sobre la Tierra; ésta es su ley más preciada, será siempre la de mi corazón. Tanto peor para las víctimas...". Palabras terribles (y, por cierto, merecedoras de una traducción menos apresurada) que, en todo caso, recuerdan -como señalan Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración (Akal)- que la obra de Sade, como la de Nietzsche, representa (al contrario que la de Kant) "la crítica intransigente de la razón práctica (...) Esta crítica eleva el principio científico a principio destructor". A Sade no hay que leerlo como narrador, sino como filósofo que transforma el hecho aberrante en "aberración lógicamente estructurada" (Klossowski), a partir del único y absoluto principio de la transgresión de todas las leyes, y por medio de una insólita herramienta filosófica: la pornografía. Maldito sucesivamente por la Monarquía absoluta, por la República, el Terror y el Imperio, Sade cree que el placer -del que el horror no es más que otro nombre- es lo único que pone verdaderamente en jaque al orden establecido. Se comprende que su estela teórica fascinara no sólo a los surrealistas, sino a los "transgresores" intelectuales soixante-huitards. Eso era, claro, antes de que Pol Pot viniera a poner las cosas en su sitio.

Articulo:
http://www.elpais.com 04/04/2009