
Francisco Jesús Muñoz Soler nacido en Málaga el 24 de Diciembre de 1.957, ciudad que a resguardado sus días. Es miembro de la Red Mundial de Escritores (REMES), del movimiento Poetas del mundo, La voz de la palabra escrita y Militeraturas, también a publicado en las Revistas de Literatura digitales Artepoética, Remolinos, Encontrarte, Cinosargo, Letras Nuevas, Palabras de Tramontana, Amigos de la Urraka, Divague, El Laberinto de Ariadna, Herederos del Caos, Perito,40cheragh , Urraka Internacional, Es hora de Embriagarse, Voces de Hoy, Almiar/Mar de Poesías, Letras, Ariadna-RC Laberinto La Rosa Profunda, Nevando en la Guinea, Espíritu Literario, Laberinto de Togoraz, Pensamientos Likidos, Dulce Arsénico, Contra la Oscuridad, Buracos Quentes, Carrollera, Palabras Salvajes, Antaria, Mondo Kronhela, Efory Atocha, Album Nocturno, Imaginante, Nueva Literatura, Sinalefa.
Bibliografía: 2008- El sabor de las palabras.
E-mail: franciscomuozs2003@yahoo.es
Francisco Jesús MUÑOZ SOLER sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Francisco+Jes%C3%BAs+MU%C3%91OZ+SOLER
La Isla infinita (4)
Por Francisco Jesús MUÑOZ SOLER
ARRIBAMOS A ALAMAR
Arribamos a Alamar con exceso de bultos
a un último piso con salón minúsculo
de un conjunto de construcciones miméticas e impersonales,
de un urbanismo destructivo y ramplón,
parecía un lugar en ninguna parte.
Cual sueño en mal estado el salón perdió su función
fue reclamo de todo tipo de intrusos
cercanos, cariñosos, alejados, pesados,
como cumpliendo un horario de transporte
iban llenando y vaciando la Central Termini
del popular ex pelotero radicado en el extranjero
que por cuestiones de su carácter
acomodó a todo ese tipo de circulantes
mientras su familia transitaba del dormitorio a la cocina.
Por suerte los trenes cambiaron de rumbo
porque de temprano hacia Playa marchamos,
rezagados durante dos días fueron llegando
en tropel despistados a Central Termini
pero ya nunca llegó el receptor de los halagos.
ESTAR A DOSCIENTOS METROS DEL MAR
Estar a doscientos metros del mar
y no bañarse debería ser pecado,
tanto era mi interés y deseo
que pasadas las horas
en las que el sol castiga con más virulencia
la piel de los blanquitos como yo
y tal vez por eso de la capa de ozono
de todo bicho viviente,
me aventuré con un vecino sordomudo
por un erial que llevaba a la costa,
llena de rocas interminables
solo había una especie de oasis
donde se podía disfrutar del baño
eso sí atravesando las rocas con las chanclas puestas,
acompañado de mi servicial amigo
al cual deposité en confianza mi camiseta
pude disfrutar cerca de un grupo de muchachit@s
de una relajante tarde de agua marina
me sentía anónimo en aquella especie de balsa
donde esos chiquillos negros y pobres
gozaban con naturalidad de su hábitat,
quizás pensando de donde había salido aquel marciano,
pero la gozada del baño no me la quitó nadie
y con la cuidadora sombra de mi vecino
retorné con sabor a sal en mi piel
y con la satisfacción de creerme un igual
en aquel olvidado mundo mágico.
LA FASCINACIÓN DE SUS EXUBERANTES BELLEZAS
La fascinación de sus exuberantes bellezas
cruce mágico entre lo español, africano y a veces indígena,
generadoras de esencias perturbadoras de deseos en el aire
como los de su mágica isla, intensas, perversas, inclasificables,
raíz autóctona que fascinante cabalga las venas
de una tierra que absorbe con su concentrada belleza
y desprende atmósferas de aromas únicos
que ciernen sus hechiceras y enigmáticas presencias,
creadoras de sabores nuevos en cada esquina de deleites
desbordadas de eléctricas sensaciones que estremecen
las razones, las cuestiones y los ambientes,
sentirse atravesado por el goce que vierte
el perfume mágico del súmmum máximo
de la estética de la hermosura del deleite
es tocar la dicha de sentirse único en momentos como ese,
comprenderlo no es suficiente, es necesario estar abierto
a esa irrepetible magia, sentirla y hacerla tuya.
Entonces conocerás la magia desde tu vientre.
ME ADVIRTIERON QUE FUESE PERTRECHADO
Me advirtieron que fuese pertrechado
de extrafuerte repelente ahuyenta vampiros,
pequeños tigres voladores de agudísimos aguijones
expertos degustadores de RH sabrosones,
y en esas me acosté en la mullida cama
rendido por las peripecias del ocioso día
ya casi dormido caí en dos cuentas
la primera que estaba desprotegido
sin el salvador ungüento de mis capilares
y la del pertinaz ruido del molino de viento,
con tremendo esfuerzo y poco ímpetu
hice como el que me embadurné
y apagué el cacharro de los aspavientos
no sin llevar a mi pensamiento
que para qué tanto trajín, si las calores
no eran para soportar semejante tormento;
Ay, es menos ciego el que no ve
que quién no sabe
y con las canillas coronadas quedé
durante todos los días de mi estancia,
eso sí mimando mi piel con los protectores cuidados
del orientado vendaval domesticado
y de oloroso barniz embadurnado.
RESBALA EN LAS CANALETAS
Resbala en las canaletas
las refrescantes últimas aguas
de la lluvia de la tarde
y en el soportal del patio
intento refrescarme la fiebre
que me acompaña desde el tercer día
de mi necesitada estancia,
aprovecho estas frescas aguas
acunándolas con mi mano
y restregándomelas por mi pecho,
mi cuello, mi frente y mi cara,
como bálsamo actúa
acompañando a los antibióticos
que me alivian la pertinaz fiebre,
pero este trasero patio
me traslada a mi infancia
a la casa de mi abuela,
es tan parecido en su forma
en sus esencias, en sus colores,
en sus cacharros, en su detenido tiempo,
es devolverme a los felices días
de mi añorada y adorable infancia,
me hace estar mágicamente
en ese espacio de tiempo lejano
que emite como un candil perpetuo
en el centro de mi mismo.
EN UN PACÍFICO PUEBLO
En pacífico pueblo
situado en el eje exacto
de la isla suspendida en el tiempo
hay una pequeña iglesia
cuya fachada supura amarga tristeza,
anónimamente enclavada entre casas
solo su cara manchada de olvido
reclamó en mí su presencia,
la sensación de dolor y amargor
que me produjo ese abandono
en tierras de buenas gentes
necesitadas de creer en algo
que les llene el vacío sin fondo
que estructura su doble pobreza,
es proporcional a la rabia
de ver la hendidura de las sectas
nacidas en las costillas de una tierra
que si pudiera reinventaría el nacimiento
de Jesucristo y sus apóstoles,
nacerían en un desierto o valle encantado
para mayor gloria de sus estrellas,
pero a falta de ello prometen cielos
y ofrecen cultura beligerante y castradora
contra la esencia de la vida
perfecta para sus hazañas bélicas,
y mientras la fachada de la iglesia
llora su olvidado desmoronamiento
pasan los días adormecidos y ausentes.
EN EL EXTREMO DEL PAUSADO PUEBLO
En el extremo del pausado pueblo
en su ultima calle, ya lindero
con un terreno donde la naturaleza
forma un término con su verdor,
los chiquillos a media tarde
toman el asfalto de la carretera
con la refrescante llegada del agua,
porterías enfrentadas con diminutas piedras
les orienta el espacio de competencia
y semidesnudos, solo un short les arropa
dan rienda suelta a sus fantasías
con sus pies descalzos conectados a un terreno mágico
que les trasmite el más lúdico de los toques,
ni siquiera el arcén oscuramente empantanado
por unas obras al albur del olvido
les coarta la libertad intransferible del gozo.
NOS ADENTRAMOS EN LA MÍTICA CIUDAD
“Un lugar definitivo es La Boca”.
EDEL MORALES
Nos adentramos en la mítica ciudad
sobresaltados por los tormentosos huecos
que acuchillaban los avejentados bajos
del escarabajo cincuentenario que nos transportaba,
y los latigazos que como hidras explosivas deflagraban
en lo más intimo de nuestros ánimos,
ranchitos de vencidas y sucias maderas
que coronaban el camino a manera de bienvenida
exhalando una tórrida e injusta miseria,
fuimos bordeando el corazón
de la ilustre ciudad del divino misterio
dejando a un lado su mística belleza
envuelta en un halo de pesadumbre y tristeza,
fue como una huida hacia el confín
hacía un mundo salvo de ese espeso sudor
que hundía las caras de sus paisanos,
como huyendo de un estertor de anunciada muerte
de un vivir por vivir
en un agobiante y oscuro eclipse preñado
por atribulados y raquíticos espermas
semejantes a las bajas y turbias aguas
que enfangan la olvidada playa de La Boca,
que como matriz clueca gime por ausentes hijos
o como cavidad desdentada reprime su mejor sonrisa,
después de un buen almuerzo llenamos la sobremesa
de magnífica y hermosa tertulia
saboreando un mar abierto de esperanza,
ya de vuelta, otra vez nos deleitamos
con el espectacular y bellísimo valle de Los Ingenios
su cóncava figura, magnífica y aromática
nos insufló el mágico hervor de los venideros sueños
repletos de azuladas mañanas de esfuerzos y esperanzas,
de días que vomitaran las injustas miserias por La Boca.
CAMINO DE VUELTA…. A LA HABANA
I
En una sostenida media tarde de quietud
con tremenda tristeza expiró el suspiro
de mi prestado tiempo en el encontrado pueblo,
acompañado de mi hospitalario Cicerone
rodando la maleta y con mi porte de extranjero
por la quebrada e interminable calle, caminé
quizás volteando en demasía la cabeza
para intentar retener hasta el último instante
todos los hermosos y entrañables detalles que gocé
en aquel intransitable y olvidado rincón
reino de zanjas y montículos de tierras,
de sonoras auroras de puercos sacrificados
con su diario rastro de maquillaje en el asfalto,
de patios destartalados con árboles frutales
proveedores de fragantes auroras tropicales,
de humilde y aparentes tranquilas gentes
y vacas que celan hasta la luz de los cielos,
hasta un costado de la céntrica y escueta plaza
donde se acomodaban autóctonas máquinas,
que a modo de colectivos taxis trasponían
con olor a petróleo en su intrínseca y retenida atmósfera,
hacía la ciudad con nombre de la tercera persona
del misterio más grande de la humanidad,
así dejé el emotivo y compendioso espacio
de mis precisados y sanadores sentidos momentos.
II
Con antiguo glamour arribamos a la ciudad de la Gracia,
desde el previsto lugar, a pie iniciamos el tránsito
trazado por Cicerone por calles, plazas y atajos encantados
para alcanzar la esquinada estación de bicitriculos
hibrido bici-taxi, de original y artesanal compostura,
al imaginar el descomunal esfuerzo del delgado espirituano
sentí tremendo apuro, pero la naturalidad de mi amigo cubano
y lo ágil y dispuesto del experto transportador
alivió mi inicial aprensión de subir al cajón acoplado,
a ritmo de pedaleo pausado, constante y controlado
fui apreciando los vestigios y las yemas de los pulgares
identificativos de la vetusta y bella paloma de grácil gracia,
que a bordo de la seronera urbana me ungió las entrañas,
y con ese apacible y hermoso animo llegamos a la central estación
donde deberíamos esperar un corcel rodado con dos lugares desocupados.
III
Noventa minutos, tan anchos y amplios
que cabe un mundo de incesante trasiego humano,
cuajados en el mismo eje del corazón de la gran Antilla
allí donde tiene cobijo el anclaje del equilibrio trashumante
de las vastas arterias de la gran señora de las islas,
en ese temporal espacio volví a encarar
aún de soslayo, al monstruo cuadriculado
que nos regala la enfermedad de la prisa.
Cómodamente sentado en mi lugar de espera
sillones adosados de un mobiliario atrasado,
me enfrenté a las opresoras manecillas
que manejaba con deliberada crueldad y antojo
los traslados, gestos, emociones que componían
un vaivén de servidumbre de canalizados espectros circulantes
al socaire de los establecidos horarios.
Mientras Cicerone acechaba la terminal, separada
de mi estancia por una puerta acristalada
por dónde podía ver las deseadas llegadas
que hacían escala vomitando apresuradamente presencias,
desde los confines de oriente y occidente, se cruzaban
los contingentes y nos mirábamos expectantes
Camaguey, Las Tunas, Holguín, Santiago…..
nuestro destino no llegaba… al fin La Habana,
con resuelta astucia y diligencia, argumentó
a los pilotos la necesidad de nuestro traslado
pero sólo un disponible hueco quedaba…..
En nosotros no había lugar para la prisa
teníamos que aguardar la siguiente línea
y a eso nos dispusimos sin malestar ni desagrado,
con la sapiencia de la espera acompañado
pude apreciar el denso trajín de personas,
la diversidad de sus mezclas, de sus destinos,
sus agrupaciones y la composición de sus bultos,
el enriquecedor carrusel de intercambios de gestos
de intuidas conversaciones plenas de acentos y sabores.
Caía la tarde y el cansancio de la jornada se reflejaba
en las caras, en los cuerpos, en los pesados ademanes,
en la acusada fricción de batalla en los ropajes,
desde mi neurálgica atalaya recogía esencias
de humildes presencias que mostraban el quehacer
diario de inquietudes, risas, sinsabores, abrazos,
con esas eternas miradas que nos define.
Y llegó nuestro deseado corcel azulado
y una parte de mí se marchó por la ventana,
la vi partir en una invisible alfombra mágica
hacia los arco iris de los verdes valles,
hacia la quietud, hacia la armonía de mis cielos.
IV
Subimos deprisa, casi clandestinos
entre el tumulto de pasajeros,
con mi ya liviana maleta de extranjero
que tuvo que descansar en el pasillo,
con ocupantes prefijados, los salvadores resquicios
quedaron alejados, diálogos de miradas
nos lanzábamos con alivio resignado.
Ensimismado me deje llevar por los detalles
del ambivalente escenario, microcosmos humano
originario de mi desconocido oriente
desgranado en su sazón, con sabor cercano,
compulsión de vida en abigarrado estado
que envolvente manaba destellos de voces y gestos,
y el bellísimo recorrido hacia La Habana
que esperaba transcurriese por las anchas arterias
de exuberante verdor de la ocho vías,
me fue llevando por vivísimos capilares
que incesante tejía vida a flor de piel,
coral de caminos y lugares de paz fascinante
a veces mancillada por míseras covachas
que ejercían de edemas entre tanta belleza.
El pasaje era de lo más variado, familias enteras
amigos, conocidos, compañeros de trabajo,
de resueltas y humildes actitudes e inquietudes,
hablaban de sus proyectos, sus pasadas mañanas
con ojos de entrañable humanidad que caminaban,
anónimos protagonistas que en forma de luces
me atravesaban desde todos los ángulos y distancias,
con los sentidos absorbidos por tanta incontinencia
empecé a sentirme aterido ¡en el Caribe!,
mi ropaje, sandalias, short y pulóver
y una tos pertinaz con fiebre de compaña
que fueron surgiendo de mis adentros
con el acusado frescor que me erizaba
los vellos, la respiración y lo que de razón me quedaba.
Santa Lucía, Fomento, suavemente íbamos avanzando
por el verde tropel que ajustado envolvía
al corcel rodado de vientre helado,
parte del contingente se cubría como podía
pero nadie rechistaba ni murmuraba comentario,
aprovechando un curioso descanso avituallado
en una zona de viviendas familiares
pude bajar para recuperar el resuello
y preguntarme porqué el brutal aire
parecía ser disfrutado como lujo desatado,
intercedí al piloto que amable aminoró
el helor de los diecisiete a los veintiún grados,
ya pasada la colonial villa de los laureles
la tarde, los ánimos y los comentarios
fueron cayendo junto a la testimonial lluvia
que no quería que dejase ese cielo
sin cantarme un hermoso hasta luego.
Bibliografía: 2008- El sabor de las palabras.
E-mail: franciscomuozs2003@yahoo.es
Francisco Jesús MUÑOZ SOLER sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Francisco+Jes%C3%BAs+MU%C3%91OZ+SOLER
La Isla infinita (4)
Por Francisco Jesús MUÑOZ SOLER
ARRIBAMOS A ALAMAR
Arribamos a Alamar con exceso de bultos
a un último piso con salón minúsculo
de un conjunto de construcciones miméticas e impersonales,
de un urbanismo destructivo y ramplón,
parecía un lugar en ninguna parte.
Cual sueño en mal estado el salón perdió su función
fue reclamo de todo tipo de intrusos
cercanos, cariñosos, alejados, pesados,
como cumpliendo un horario de transporte
iban llenando y vaciando la Central Termini
del popular ex pelotero radicado en el extranjero
que por cuestiones de su carácter
acomodó a todo ese tipo de circulantes
mientras su familia transitaba del dormitorio a la cocina.
Por suerte los trenes cambiaron de rumbo
porque de temprano hacia Playa marchamos,
rezagados durante dos días fueron llegando
en tropel despistados a Central Termini
pero ya nunca llegó el receptor de los halagos.
ESTAR A DOSCIENTOS METROS DEL MAR
Estar a doscientos metros del mar
y no bañarse debería ser pecado,
tanto era mi interés y deseo
que pasadas las horas
en las que el sol castiga con más virulencia
la piel de los blanquitos como yo
y tal vez por eso de la capa de ozono
de todo bicho viviente,
me aventuré con un vecino sordomudo
por un erial que llevaba a la costa,
llena de rocas interminables
solo había una especie de oasis
donde se podía disfrutar del baño
eso sí atravesando las rocas con las chanclas puestas,
acompañado de mi servicial amigo
al cual deposité en confianza mi camiseta
pude disfrutar cerca de un grupo de muchachit@s
de una relajante tarde de agua marina
me sentía anónimo en aquella especie de balsa
donde esos chiquillos negros y pobres
gozaban con naturalidad de su hábitat,
quizás pensando de donde había salido aquel marciano,
pero la gozada del baño no me la quitó nadie
y con la cuidadora sombra de mi vecino
retorné con sabor a sal en mi piel
y con la satisfacción de creerme un igual
en aquel olvidado mundo mágico.
LA FASCINACIÓN DE SUS EXUBERANTES BELLEZAS
La fascinación de sus exuberantes bellezas
cruce mágico entre lo español, africano y a veces indígena,
generadoras de esencias perturbadoras de deseos en el aire
como los de su mágica isla, intensas, perversas, inclasificables,
raíz autóctona que fascinante cabalga las venas
de una tierra que absorbe con su concentrada belleza
y desprende atmósferas de aromas únicos
que ciernen sus hechiceras y enigmáticas presencias,
creadoras de sabores nuevos en cada esquina de deleites
desbordadas de eléctricas sensaciones que estremecen
las razones, las cuestiones y los ambientes,
sentirse atravesado por el goce que vierte
el perfume mágico del súmmum máximo
de la estética de la hermosura del deleite
es tocar la dicha de sentirse único en momentos como ese,
comprenderlo no es suficiente, es necesario estar abierto
a esa irrepetible magia, sentirla y hacerla tuya.
Entonces conocerás la magia desde tu vientre.
ME ADVIRTIERON QUE FUESE PERTRECHADO
Me advirtieron que fuese pertrechado
de extrafuerte repelente ahuyenta vampiros,
pequeños tigres voladores de agudísimos aguijones
expertos degustadores de RH sabrosones,
y en esas me acosté en la mullida cama
rendido por las peripecias del ocioso día
ya casi dormido caí en dos cuentas
la primera que estaba desprotegido
sin el salvador ungüento de mis capilares
y la del pertinaz ruido del molino de viento,
con tremendo esfuerzo y poco ímpetu
hice como el que me embadurné
y apagué el cacharro de los aspavientos
no sin llevar a mi pensamiento
que para qué tanto trajín, si las calores
no eran para soportar semejante tormento;
Ay, es menos ciego el que no ve
que quién no sabe
y con las canillas coronadas quedé
durante todos los días de mi estancia,
eso sí mimando mi piel con los protectores cuidados
del orientado vendaval domesticado
y de oloroso barniz embadurnado.
RESBALA EN LAS CANALETAS
Resbala en las canaletas
las refrescantes últimas aguas
de la lluvia de la tarde
y en el soportal del patio
intento refrescarme la fiebre
que me acompaña desde el tercer día
de mi necesitada estancia,
aprovecho estas frescas aguas
acunándolas con mi mano
y restregándomelas por mi pecho,
mi cuello, mi frente y mi cara,
como bálsamo actúa
acompañando a los antibióticos
que me alivian la pertinaz fiebre,
pero este trasero patio
me traslada a mi infancia
a la casa de mi abuela,
es tan parecido en su forma
en sus esencias, en sus colores,
en sus cacharros, en su detenido tiempo,
es devolverme a los felices días
de mi añorada y adorable infancia,
me hace estar mágicamente
en ese espacio de tiempo lejano
que emite como un candil perpetuo
en el centro de mi mismo.
EN UN PACÍFICO PUEBLO
En pacífico pueblo
situado en el eje exacto
de la isla suspendida en el tiempo
hay una pequeña iglesia
cuya fachada supura amarga tristeza,
anónimamente enclavada entre casas
solo su cara manchada de olvido
reclamó en mí su presencia,
la sensación de dolor y amargor
que me produjo ese abandono
en tierras de buenas gentes
necesitadas de creer en algo
que les llene el vacío sin fondo
que estructura su doble pobreza,
es proporcional a la rabia
de ver la hendidura de las sectas
nacidas en las costillas de una tierra
que si pudiera reinventaría el nacimiento
de Jesucristo y sus apóstoles,
nacerían en un desierto o valle encantado
para mayor gloria de sus estrellas,
pero a falta de ello prometen cielos
y ofrecen cultura beligerante y castradora
contra la esencia de la vida
perfecta para sus hazañas bélicas,
y mientras la fachada de la iglesia
llora su olvidado desmoronamiento
pasan los días adormecidos y ausentes.
EN EL EXTREMO DEL PAUSADO PUEBLO
En el extremo del pausado pueblo
en su ultima calle, ya lindero
con un terreno donde la naturaleza
forma un término con su verdor,
los chiquillos a media tarde
toman el asfalto de la carretera
con la refrescante llegada del agua,
porterías enfrentadas con diminutas piedras
les orienta el espacio de competencia
y semidesnudos, solo un short les arropa
dan rienda suelta a sus fantasías
con sus pies descalzos conectados a un terreno mágico
que les trasmite el más lúdico de los toques,
ni siquiera el arcén oscuramente empantanado
por unas obras al albur del olvido
les coarta la libertad intransferible del gozo.
NOS ADENTRAMOS EN LA MÍTICA CIUDAD
“Un lugar definitivo es La Boca”.
EDEL MORALES
Nos adentramos en la mítica ciudad
sobresaltados por los tormentosos huecos
que acuchillaban los avejentados bajos
del escarabajo cincuentenario que nos transportaba,
y los latigazos que como hidras explosivas deflagraban
en lo más intimo de nuestros ánimos,
ranchitos de vencidas y sucias maderas
que coronaban el camino a manera de bienvenida
exhalando una tórrida e injusta miseria,
fuimos bordeando el corazón
de la ilustre ciudad del divino misterio
dejando a un lado su mística belleza
envuelta en un halo de pesadumbre y tristeza,
fue como una huida hacia el confín
hacía un mundo salvo de ese espeso sudor
que hundía las caras de sus paisanos,
como huyendo de un estertor de anunciada muerte
de un vivir por vivir
en un agobiante y oscuro eclipse preñado
por atribulados y raquíticos espermas
semejantes a las bajas y turbias aguas
que enfangan la olvidada playa de La Boca,
que como matriz clueca gime por ausentes hijos
o como cavidad desdentada reprime su mejor sonrisa,
después de un buen almuerzo llenamos la sobremesa
de magnífica y hermosa tertulia
saboreando un mar abierto de esperanza,
ya de vuelta, otra vez nos deleitamos
con el espectacular y bellísimo valle de Los Ingenios
su cóncava figura, magnífica y aromática
nos insufló el mágico hervor de los venideros sueños
repletos de azuladas mañanas de esfuerzos y esperanzas,
de días que vomitaran las injustas miserias por La Boca.
CAMINO DE VUELTA…. A LA HABANA
I
En una sostenida media tarde de quietud
con tremenda tristeza expiró el suspiro
de mi prestado tiempo en el encontrado pueblo,
acompañado de mi hospitalario Cicerone
rodando la maleta y con mi porte de extranjero
por la quebrada e interminable calle, caminé
quizás volteando en demasía la cabeza
para intentar retener hasta el último instante
todos los hermosos y entrañables detalles que gocé
en aquel intransitable y olvidado rincón
reino de zanjas y montículos de tierras,
de sonoras auroras de puercos sacrificados
con su diario rastro de maquillaje en el asfalto,
de patios destartalados con árboles frutales
proveedores de fragantes auroras tropicales,
de humilde y aparentes tranquilas gentes
y vacas que celan hasta la luz de los cielos,
hasta un costado de la céntrica y escueta plaza
donde se acomodaban autóctonas máquinas,
que a modo de colectivos taxis trasponían
con olor a petróleo en su intrínseca y retenida atmósfera,
hacía la ciudad con nombre de la tercera persona
del misterio más grande de la humanidad,
así dejé el emotivo y compendioso espacio
de mis precisados y sanadores sentidos momentos.
II
Con antiguo glamour arribamos a la ciudad de la Gracia,
desde el previsto lugar, a pie iniciamos el tránsito
trazado por Cicerone por calles, plazas y atajos encantados
para alcanzar la esquinada estación de bicitriculos
hibrido bici-taxi, de original y artesanal compostura,
al imaginar el descomunal esfuerzo del delgado espirituano
sentí tremendo apuro, pero la naturalidad de mi amigo cubano
y lo ágil y dispuesto del experto transportador
alivió mi inicial aprensión de subir al cajón acoplado,
a ritmo de pedaleo pausado, constante y controlado
fui apreciando los vestigios y las yemas de los pulgares
identificativos de la vetusta y bella paloma de grácil gracia,
que a bordo de la seronera urbana me ungió las entrañas,
y con ese apacible y hermoso animo llegamos a la central estación
donde deberíamos esperar un corcel rodado con dos lugares desocupados.
III
Noventa minutos, tan anchos y amplios
que cabe un mundo de incesante trasiego humano,
cuajados en el mismo eje del corazón de la gran Antilla
allí donde tiene cobijo el anclaje del equilibrio trashumante
de las vastas arterias de la gran señora de las islas,
en ese temporal espacio volví a encarar
aún de soslayo, al monstruo cuadriculado
que nos regala la enfermedad de la prisa.
Cómodamente sentado en mi lugar de espera
sillones adosados de un mobiliario atrasado,
me enfrenté a las opresoras manecillas
que manejaba con deliberada crueldad y antojo
los traslados, gestos, emociones que componían
un vaivén de servidumbre de canalizados espectros circulantes
al socaire de los establecidos horarios.
Mientras Cicerone acechaba la terminal, separada
de mi estancia por una puerta acristalada
por dónde podía ver las deseadas llegadas
que hacían escala vomitando apresuradamente presencias,
desde los confines de oriente y occidente, se cruzaban
los contingentes y nos mirábamos expectantes
Camaguey, Las Tunas, Holguín, Santiago…..
nuestro destino no llegaba… al fin La Habana,
con resuelta astucia y diligencia, argumentó
a los pilotos la necesidad de nuestro traslado
pero sólo un disponible hueco quedaba…..
En nosotros no había lugar para la prisa
teníamos que aguardar la siguiente línea
y a eso nos dispusimos sin malestar ni desagrado,
con la sapiencia de la espera acompañado
pude apreciar el denso trajín de personas,
la diversidad de sus mezclas, de sus destinos,
sus agrupaciones y la composición de sus bultos,
el enriquecedor carrusel de intercambios de gestos
de intuidas conversaciones plenas de acentos y sabores.
Caía la tarde y el cansancio de la jornada se reflejaba
en las caras, en los cuerpos, en los pesados ademanes,
en la acusada fricción de batalla en los ropajes,
desde mi neurálgica atalaya recogía esencias
de humildes presencias que mostraban el quehacer
diario de inquietudes, risas, sinsabores, abrazos,
con esas eternas miradas que nos define.
Y llegó nuestro deseado corcel azulado
y una parte de mí se marchó por la ventana,
la vi partir en una invisible alfombra mágica
hacia los arco iris de los verdes valles,
hacia la quietud, hacia la armonía de mis cielos.
IV
Subimos deprisa, casi clandestinos
entre el tumulto de pasajeros,
con mi ya liviana maleta de extranjero
que tuvo que descansar en el pasillo,
con ocupantes prefijados, los salvadores resquicios
quedaron alejados, diálogos de miradas
nos lanzábamos con alivio resignado.
Ensimismado me deje llevar por los detalles
del ambivalente escenario, microcosmos humano
originario de mi desconocido oriente
desgranado en su sazón, con sabor cercano,
compulsión de vida en abigarrado estado
que envolvente manaba destellos de voces y gestos,
y el bellísimo recorrido hacia La Habana
que esperaba transcurriese por las anchas arterias
de exuberante verdor de la ocho vías,
me fue llevando por vivísimos capilares
que incesante tejía vida a flor de piel,
coral de caminos y lugares de paz fascinante
a veces mancillada por míseras covachas
que ejercían de edemas entre tanta belleza.
El pasaje era de lo más variado, familias enteras
amigos, conocidos, compañeros de trabajo,
de resueltas y humildes actitudes e inquietudes,
hablaban de sus proyectos, sus pasadas mañanas
con ojos de entrañable humanidad que caminaban,
anónimos protagonistas que en forma de luces
me atravesaban desde todos los ángulos y distancias,
con los sentidos absorbidos por tanta incontinencia
empecé a sentirme aterido ¡en el Caribe!,
mi ropaje, sandalias, short y pulóver
y una tos pertinaz con fiebre de compaña
que fueron surgiendo de mis adentros
con el acusado frescor que me erizaba
los vellos, la respiración y lo que de razón me quedaba.
Santa Lucía, Fomento, suavemente íbamos avanzando
por el verde tropel que ajustado envolvía
al corcel rodado de vientre helado,
parte del contingente se cubría como podía
pero nadie rechistaba ni murmuraba comentario,
aprovechando un curioso descanso avituallado
en una zona de viviendas familiares
pude bajar para recuperar el resuello
y preguntarme porqué el brutal aire
parecía ser disfrutado como lujo desatado,
intercedí al piloto que amable aminoró
el helor de los diecisiete a los veintiún grados,
ya pasada la colonial villa de los laureles
la tarde, los ánimos y los comentarios
fueron cayendo junto a la testimonial lluvia
que no quería que dejase ese cielo
sin cantarme un hermoso hasta luego.
