dimanche 5 avril 2009

Héctor CEDIEL GUZMAN/ A la Agonía de un Poeta

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Héctor Cediel Guzmán
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A la Agonía de un Poeta
Por Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel

Sin ti, pasé de la agonía, a una muerte profunda. Escasamente me despierto para tomarme una pastilla, contra el dolor en el alma y limpiarle a los ojos, la tierra. Extraño tus besos con aroma francés y al insomnio permanente, que dejó tu partida; desde entonces, más que un emigrante, soy un desplazado, un azota mundos sin esperanzas; un ciudadano sin tierra y con las raíces descabezadas. Mi Sol, no es el mismo que los ilumina a ustedes y el libro que escribo, se transformará en árbol…No sé si el miedo al destino, nos transforma en contrarrevolucionarios o en estatuas, a medida que nos momificamos; como esas modelos hermosas, a quienes se les seca la buena sangre. Ya le he limpiado al corazón las telarañas, pero le desapareció el encanto a la fe que profesaba. Mi vida ha quedado libre de mucha basura, de los aromas turbios del desamor, de los árboles de la soledad y de la escalera, que me permite descender al infierno o subir de cuando en vez hasta el cielo, para comparar ambos paraísos. Arden las paredes de mis huesos y se templa el miedo, como el acero toledano. Me he crucificado involuntariamente a muchos recuerdos; a aquellos sueños que rescate y evité ahogarse, en el llanto del río. La muerte es un viaje, que debería producir risa. He amado cuerpos heridos, como hojas por el granizo; ahora el cielo llora hielo y se deshielan las mortajas de la Antártica. No quiero amanecer muerto, sin haberte amado una vez más. Te quiero para morir, como una cereza en tu boca; empalando como un turista de paso tu sexo, antes que se convierta en una caverna desdentada. Quiero beberme contigo un café, antes de morirme. Matarme de tristeza, sería menos doloroso que asesinado por un anarquista revolucionario. Sé que el derecho a la vida, ya no figura en los derechos ciudadanos. No necesito para amar a un maniquí, ni una hembra para lucir en la tour Eiffel, ni menos a la matrona murte que me ofreció su amado engendro en bandeja de plata, para saldar con un mínimo de honor su vergüenza. No soporto a esas mujeres fastidiosas, que parecen haber dado a luz mascotas mariconas. Quiero despedirme de las que amé y de las que amaré, en los próximos años; después que se derrumbe el occidente y que se estrelle mi barco contra un submarino. Lo más duro será despedirme del Sol, de las flores, de los paisajes y de las florestas ecuatoriales de mis amigas. El destino me ha empitonado, un buen par de veces y he sabido sobrevivir, a un buen par de cornadas. He aprendido a subsistir en la desdicha, así como los peces lo aprendieron a hacer en el agua o los demonios en el fuego. He sido despiadado, cuando me he confundido con los burladeros, que me ofrecía la vida; suenan los clarines, como hojas revueltas por el viento; como la hojarasca que confunde a los valores o nos cambian de lugar los mojones por los que nos guiamos en la vida, para atracar en un remanso. Agonizo en un mar de tinta roja, que en mi primavera era azul cobalto; ahora es del color de los abismos, como los nombres que se borran de nuestra memoria, sin decir: ¡Good bye! Me muero con las botas puestas; navegando como un barco cargado con oro puro, escapando de los vientos diabólicos de los corazones, que solo rebuscan prisioneros en sus incursiones. ¡Soy el sueño de un océano! ¡Los meses que quise vivir de enero a enero, en Europa! Soy un marinero que observa con honor, a los arreboles de sus últimos crepúsculos ¿Llueve? ¡No!, es un suspiro de la tristeza…

2008-03-01