samedi 18 avril 2009

Ian WELDEN/Milagro: De limosneros y dadivosos


IAN WELDEN Valby, Copenhague, Dinamarca. Nació en Santiago de Chile en 1948.

Estudió Comunicación de masas y gráfica en la Universidad Técnica del Estado. También estudio cine en la Escuela de Cine de la Universidad Técnica de Santiago. En 1974 viajó a Barcelona donde, aparte de escribir toneladas de poemas y cuentos que jamás publicó, trabajó como interprete y radiooperador a bordo de un barco que buscaba petróleo a 15 millas de la costa de Barcelona.

En 1975 viajó a Dinamarca donde clavó su bandera chilena para siempre. Aquí trabajó en los campamentos para refugiados de la Cruz Roja, donde, entre muchas otras tareas, coleccionó poemas y relatos de refugiados de casi todos los rincones del mundo. También inauguró una exposición de gráfica titulada "GUERRA MUNDIAL - TERCERA FASE", acerca de la guerra civil en la otrora Yugoslavia.

Ahora, disfrutando su ocio, escribe poemas y relatos cortos que él llama "milagros".

E-mail:
charlesrobeson@gmail.com ; ian.welden@mail.dk

Ian Welden sobre
Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Ian+WELDEN


Milagro:
De limosneros y dadivosos
Por Ian Welden

Cuando pequeñita salía de la mano de mi madre a caminar por la curiosa ciudad de Santiago de Chile. Cuando mis padres o las profesoras hablaban de "el mundo" yo creía que se referían a esta urbe agitada y desordenada, llena de sorprendentes ocurrencias y seres tan disímiles como el agua y el fuego. Y limosneros; tantos limosneros por todas partes con sus tarritos tintineando una monedita solitaria y sus adoloridos lamentos: "...una limosnita por a amor a Dios!".

Habían ciegos, mutilados, mujeres harapientas con guagüitas semi desnudas colgando de sus brazos, jorobados, cesantes hambrientos, niños deformes... todos gritando "una limosnita por amor a Dios!".

Algunos adultos decían que no había que darles dinero. Que eran flojos inútiles y tramposos. Que no querían trabajar. Otros decían que eran millonarios. Que ganaban fortunas recibiendo dádivas de la gente ingenua.

Mi madre guardaba respetuoso silencio cuando nos encontrábamos con ellos y daba muchas moneditas por aquí y por allá. Yo recuerdo que me producían una lástima profunda que me costaba mucho soportar en mi pequeño corazón, pero también repugnancia. Y me sentía culpable de algún horrible pecado aún desconocido para mi.

Busqué la palabra "limosna" en el diccionario y el resultado fue sorprendente: "Cosa que se da por amor a Dios para socorrer una necesidad". Y "dádiva": "Cosa que se da gratuitamente". Con esta información pude comprender mejor al mundo, a los limosneros y a las dádivas. Busqué entonces intuitivamente "dadivoso": "Liberal, generoso, propenso a hacer dádivas".

O sea que mi madre era dadivosa, deduje. Me sentí orgullosa de ella y en mis momentos de dudas, tristezas o confusiones comencé a pedirle a mis padres, parientes, profesores, amigas e incluso desconocidos en la calle "Un abracito por amor a Dios!".

Teníamos a una tía abuela viejita y muy pobre que vivía al otro lado de la ciudad; ahí donde las casas son de madera y los techos son tan frágiles que se vuelan si alguien suspira o estornuda. La tía Saruca había sido prostituta en su juventud, decían mis mayores. Le faltaba además una pierna y andaba con dos muletas. Yo busqué la palabra "prostituta" una vez en el diccionario y decía "Mujer que vende su cuerpo por dinero". Creí entender entonces por qué tenía una sola pierna. En su barrio vivía un hombre llamado Jesús María. Y todos los enfermos y viejos iban donde él con mucho respeto a pedirle que les diera consuelo y consejos.

Saruca me llevó un día a conocerlo. Era muy dulce y parlanchín (según el diccionario: "Que dice lo que se debe callar") y sintiéndome perturbada ante su presencia le pedí "un abracito por amor a Dios!". Él me sonrió, me tendió la mano y me abrazó tiernamente.

O sea que me dio "...una cosa que se da por amor a Dios para socorrer una necesidad".

Ante esa situación tan inusual, muchos viejos enfermos, ladrones, prostitutas, limosneros y gente solitaria del barrio de mi tía me imitaron, recibiendo abrazos de ese extraño y sonriente joven pelucón y barbudo. Ese extraño dadivoso.

La noticia se hizo pública en todo Santiago de Chile y en las esquinas de la ciudad comenzaron a aparecer los llamados "limosneros de abrazos". Gente solitaria y necesitada de amor y consuelo humano pedían humildemente "un abracito por amor a Dios!" a los apurados transeúntes.

Algunos decían que no había que aceptarlos, que la policía debería encarcelarlos por depravación y lascivia. Otros decían que eran prostitutas oportunistas y homosexuales degenerados.

Mi madre y yo les sonreíamos y les dábamos sus necesitados abracitos.

Y ahora ya muy muy vieja y aún viviendo en Santiago de Chile, sentada al lado de mi estufa porque ya es otoño y hace mucho frío, despierto de estos recuerdos, tan sola, necesitando desesperadamente un abrazo de ese ser dadivoso que una vez me dio una limosna con tanto amor.

Ian Welden - Abril 2009 Copenhague., Dinamarca.