CRÍTICA:
La escritura como bálsamo
Por J. A. M
Toni Morrison vuelve a escarbar en la épica racial en su último libro, surcado por esclavitudes y orfandades. La protagonista encuentra su catarsis en la literatura
Después de Amor (2003), Toni Morrison (1931) ha tardado un largo lustro en volver al mercado, pero su regreso es Una bendición en todos los sentidos posibles: escarba de nuevo en la épica racial y en el alma de aquella legendaria América fundacional, esclavista y colonial, vuelven las emociones a flor de piel de sus poliédricas protagonistas femeninas, que hacen de su mente su verdadera habitación propia, y regresan aquellos hermosos monólogos para la supervivencia emocional, ahogados en oralidad y en poesía de bíblicas cadencias, y la atmósfera onírica y simbólica que la autora de Ohio creó en esa magistral sacudida de la conciencia que es Beloved (1988). Los monólogos tienen ahora la voz de Florens, la joven esclava negra, la mujer "con olor a clavo", como la Gabriela de Amado, que sobrevive sin la dignidad que merece en una plantación de tabaco, entre penurias, dolorosas maternidades e incertidumbres, y que un día conoce a un herrero liberto y sanador con el que aprenderá la sinrazón de la pasión amorosa. Turbada desde entonces por el amor, la peor esclavitud que pueda uno imaginar, "una enfermedad más duradera y letal" que la malaria, entiende como una bendición del cielo el encargo de su señora Rebekka, irremediablemente enferma, de acudir en busca de ese herrero en quien deposita toda esperanza. Como la joven Hester Prynnes de La letra escarlata de Hawthorne, Florens se siente condenada también a llevar cosida en la conciencia la letra que revela su pecado de esclavitud, y tiene en el bosque su espacio simbólico de madurez y de futuro, un espacio salvaje que atraviesa como si de un viaje iniciático se tratara, entre sueños verídicos de realismo mágico ("tengo un sueño que me sueña a su vez. Estoy de rodillas sobre una blanda hierba de la que surge trébol blanco", "cosas más extrañas suceden continuamente en todas partes"), enfrentándose a una naturaleza que simboliza sus propios miedos y su dependencia del amor y otros demonios, como a minha mãe, el recuerdo recurrente de la madre que la vendió o su fragilidad de mujer, "la cabeza me da vueltas debido a la confusión sobre dos cosas: el hambre de ti y el temor a perderme". Escribe Florens su ansiado y ansioso viaje a la luz de los candiles y en segunda persona, pues se dirige al herrero que la enamoró, con el tono ardiente de un desahogo emocional y la ensoñación de la fantasía, "puedes considerar lo que te cuento como una confesión, pero llena de curiosidades habituales sólo en los sueños y en esos momentos en los que el vapor de una tetera adopta la forma del perfil de un perro". Como Sierva María, la enajenada heroína de Del amor y otros demonios de García Márquez, novela con la que Una bendición comparte el barroco colonial, el amor atormentado y una perfumada prosa poética, Florens podría recitarle a su amado los versos de Garcilaso, "Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me has traído", antes de enfrentarse al dolor del desamor, cuando el herrero la rechaza por enajenada y, sic transit gloria mundi, la envía de vuelta a la plantación desde la que Florens escribirá el relato íntimo que tendrá el lector en sus manos. En la escritura encuentra su catarsis. Espléndida nouvelle de voces y tiempos cruzados, de esclavitudes y orfandades, Una bendición compite en sensibilidad con Una canción de Salomón (1977), a la vez que comparte con Beloved la capacidad de enarbolar la bandera de la mujer: "¿Por qué es ella y siempre ella el centro de las cosas?", se preguntaba ya en la novela que le valió el Pulitzer. Morrison ha puesto mucho de su talento en esta nueva novela y en la figura de Florens, la mujer que encuentra en el paraíso de la pasión el infierno del desamor, y que elige poner por escrito sus razones de amor para redimirse, porque no es nunca la escritura un mal remedio si son amores contrariados los que infligen el dolor. –
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Primeras páginas de 'Una bendición', de Toni Morrison
No temas. Mi relato no puede hacerte daño a pesar de lo que he hecho y te prometo que yaceré tranquilamente en la oscuridad, tal vez llorando o en ocasiones viendo una vez más la sangre, pero nunca volveré a estirar mis extremidades para levantarme y enseñar los dientes. Te lo explico. Si quieres, puedes considerar lo que te cuento como una confesión, pero llena de curiosidades habituales solo en los sueños y en esos momentos en los que el vapor de una tetera adopta la forma del perfil de un perro. O cuando un muñeco de farfolla sentado en un estante aparece de pronto despachurrado en un rincón de la sala y el malévolo motivo por el que está ahí resulta evidente. Cosas más extrañas suceden continuamente en todas partes. Lo sabes. Sé que lo sabes. Un interrogante: ¿quién es responsable? Otro: ¿sabes interpretar? Si una pava real se niega a empollar, me apresuro a interpretarlo y, con toda seguridad, esa noche veo a minha mãe en pie y con su hijito de la mano, mis zapatos metidos en el bolsillo del delantal. Otros signos requieren más tiempo para comprenderlos. A menudo hay demasiados signos, o un brillante augurio se nubla con demasiada rapidez. Los clasifico todos e intento recordar, pero sé que es mucho lo que pierdo, como no interpretar a la culebra que repta hasta el umbral de la puerta para morir. Deja que comience por lo que sé con seguridad.
En el comienzo están los zapatos. De niña no soporto ir descalza y siempre pido por favor unos zapatos, no importa de quién sean, incluso en los días más calurosos. Mi madre, a minha mãe, frunce el ceño, le enoja lo que considera mi tendencia a emperifollarme. Solo las malas mujeres usan zapatos de tacón alto. Me dice que soy peligrosa y alocada, pero cede y permite que me calce los zapatos desechados en la casa de la senhora, puntiagudos, con un tacón roto y el otro desgastado y una hebilla en el empeine. El resultado, según Lina, es que mis pies son inútiles, siempre serán demasiado delicados para la vida y jamás tendrán las fuertes plantas, más duras que el cuero, que la vida requiere. Lina tiene razón. Florens, me dice, estamos en 1690. ¿Quién más en estos tiempos tiene las manos de esclava y los pies de dama portuguesa? Así pues, cuando parto en tu busca, ella y la señora me dan las botas del señor, apropiadas para un hombre pero no para una chica. Las rellenan con heno y cascabillo grasiento y me dicen que esconda la carta dentro de la media, aunque me pique el lacre. Sé leer, pero no leo lo que la señora escribe y lo que Lina y Dolor no pueden leer. Sin embargo, sé lo que he de decir a cualquiera que me detenga. La cabeza me da vueltas debido a la confusión sobre dos cosas: el hambre de ti y el temor a perderme. Nada me asusta más que este encargo y nada es más tentador. Desde el día que desapareces sueño y especulo. Para saber dónde estás y cómo llegar allí. Quiero correr por el sendero entre los arces y los pinos blancos, pero me pregunto en qué dirección. ¿Quién me lo dirá? ¿Quién vive en el bosque virgen entre esta granja y tú? Y, ¿me prestará su ayuda o me hará daño? ¿Qué me dices de los osos sin huesos del valle? ¿Recuerdas? ¿La manera en que mueven sus pellejos como si no hubiera nada debajo? El olor prendido a su belleza, sus ojos que nos conocen desde cuando también éramos fieras. Tú diciéndome que ese es el motivo por el que resulta fatal mirarlos a los ojos. Se acercarán, correrán hacia nosotros deseosos de amar y jugar, y nosotros lo interpretaremos mal y les devolveremos temor y enojo. Lina dice que ahí anidan también aves gigantes, mayores que vacas, y añade que no todos los nativos son como ella, de modo que he de tener cuidado. Los vecinos dicen que es una salvaje que reza, porque va a la iglesia y hasta se baña a diario, cosa que los cristianos no hacen jamás. Debajo lleva cuentas de color azul brillante y baila en secreto con las primeras luces del día cuando la luna es pequeña. Más que a los osos cariñosos o las aves mayores que vacas, temo a la noche sin caminos. Me pregunto cómo voy a encontrarte en la oscuridad. Ahora, por lo menos, hay un camino. Tengo órdenes. Todo está preparado. Veré tu boca y deslizaré mis dedos por ella. Tú apoyarás de nuevo el mentón en mi cabello mientras respiro en tu hombro, una y otra vez. Me alegro de que el mundo se abra para nosotros, aunque su novedad me hace temblar. Para llegar a ti debo abandonar el único hogar, la única gente que conozco. Lina dice que, a juzgar por el estado de mis dientes, debía de tener siete u ocho años cuando me trajeron aquí. Desde entonces, hemos hervido ocho veces ciruelas silvestres para hacer mermelada y tarta, por lo que debo de tener dieciséis. Antes de llegar aquí me pasaba los días recogiendo quingombó y barriendo cobertizos de tabaco, y las noches en el suelo de la cocina con a minha mãe.
Estamos bautizados y seremos felices cuando termine esta vida. Eso es lo que nos dice el reverendo padre. Una vez cada siete días aprendemos a leer y escribir. Tenemos prohibido abandonar el lugar, por eso los cuatro nos escondemos cerca de la marisma. Mi madre, yo, su hijito y el reverendo padre. Él tiene prohibido hacerlo, pero nos enseña de todos modos, atento por si aparecen malvados virginianos y protestantes que quieren capturarlo. Si lo pillan, irá a la cárcel o tendrá que pagar dinero o ambas cosas. Tiene dos libros y una pizarra. Nosotros tenemos palos para dibujar en la arena, guijarros para formar palabras sobre rocas planas y lisas. Cuando hemos memorizado las letras, formamos palabras enteras. Soy más rápida que mi madre, y su hijito no tiene la menor habilidad. Soy capaz de escribir con mucha rapidez y de memoria el credo niceno, incluidas todas las comas. La confesión no la rea lizamos por escrito, como estoy haciendo ahora. Lo he olvidado casi todo hasta ahora. Me gusta hablar. Lina habla, la piedra habla, incluso Dolor habla. Lo mejor de todo es hablar. Al principio, cuando me traen aquí, no digo una sola palabra. Todo lo que oigo es diferente de lo que las palabras significan para a minha mãe y para mí. Las palabras de Lina no dicen nada que yo conozca. Las de la señora tampoco. Lentamente se forman breves frases en mi boca y no en la piedra. Lina dice que el lugar de mis frases en la piedra es la Tierra de María, donde el señor se dedica a sus negocios.
De modo que es ahí donde mi madre y su hijito están enterrados. O lo estarán si alguna vez deciden descansar. Dormir en el suelo de la cocina con ellos no es tan agradable como dormir en el trineo roto con Lina. Cuando hace frío, rodeamos con tablas nuestra parte del establo de las vacas y nos cogemos de los brazos bajo las pieles. No olemos la bosta de vaca porque está congelada y nos cubren las pieles. En verano, si los mosquitos rondan las hamacas, Lina prepara un sitio fresco para dormir bajo las ramas. A ti no te gusta la hamaca, prefieres el suelo incluso cuando llueve y el señor te ofrece el almacén. Dolor ya no duerme cerca de la chimenea. Los hombres que te ayudan, Will y Scully, nunca pasan aquí la noche porque su dueño no se lo permite. Te acuerdas de ellos, ¿verdad?, no aceptaban órdenes tuyas hasta que se las daba el señor. Él podía hacerlo porque habían sido intercambiados por tierras en usufructo del señor. Lina dice que el señor tiene una manera inteligente de obtener sin dar. Sé que eso es cierto porque lo veo constantemente. Yo miro, mi madre escucha, el bebé en su cadera.
El senhor no paga toda la cantidad que debe al señor, y este dice que se quedará con la mujer y la niña, no el bebé, y la deuda estará saldada. A minha mãe le ruega que no lo haga. Su bebé todavía mama. Llévese a la chica, le dice, a mi hija, le dice. A mí. A mí. El señor acepta y cambia el saldo pendiente. En cuanto la hoja de tabaco cuelga para secarse, el reverendo padre me lleva en una balsa, luego en un queche, después en un barco y me mete entre sus cajas de libros y comida. El segundo día hace un frío que hiela la sangre y me alegro de tener una capa, por delgada que sea. El reverendo padre se excusa antes de irse a otra parte del barco y me dice que no me mueva de donde estoy. Se me acerca una mujer y me dice que me levante. Lo hago y me quita la capa de los hombros. Luego me quita los zuecos. Se marcha. La cara del reverendo padre se vuelve de un rojo pálido cuando regresa y se entera de lo ocurrido. Va de un lado a otro preguntando quién ha sido, pero nadie le contesta. Finalmente, coge unos trapos, trozos de vela tirados por ahí, y me envuelve los pies. Ahora sé que, al contrario que el senhor, aquí no quieren a los sacerdotes. Un marinero escupe al mar cuando el reverendo padre le pide ayuda. El reverendo padre es el único hombre amable que he visto jamás. Cuando llego aquí, creo que este es el lugar contra el que me ha advertido.
La congelación en el infierno que precede al fuego eterno donde los pecadores burbujean y se chamuscan para siempre. Pero él dice que el hielo viene primero. Y cuando veo los cuchillos de hielo que penden de las casas y los árboles y noto que el aire blanco me quema la cara, estoy segura de que llegará el fuego. Entonces Lina sonríe al mirarme y me envuelve para darme calor. La señora desvía la mirada. Tampoco a Dolor le alegra verme. Agita la mano ante su cara, como si la molestaran las abejas. Siempre está rara y Lina dice que vuelve a estar embarazada. No se sabe quién es el padre y Dolor no quiere decirlo. Will y Scully se ríen y niegan que tengan nada que ver. Lina cree que es el señor. Dice que tiene un motivo para creerlo. Cuando le pregunto qué motivo, responde que él es un hombre. La señora no dice nada. Yo tampoco. Pero algo me preocupa.
No porque tengamos más trabajo, sino porque las madres que amamantan a bebés insaciables me asustan. Sé qué expresión tienen sus ojos cuando quieren. Cómo los alzan para mirarme con dureza mientras dicen algo que no puedo oír.
Mientras dicen algo importante para mí pero sujetan la mano del chiquitín.
Una bendición de Toni Morrison - Traducción de Jordi Fibla - Lumen. Barcelona, 2009, 189 páginas. 20,90 euros
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El taller de Morrison
La Nobel de 1993 ha armado el puzle de su narrativa con las piezas que le han ido cediendo la tradición oral, la Biblia y los grandes autores:
- El narrador: los storytellers de la tradición oral del folclor africano y Faulkner y su depurada técnica del monólogo.
- El personaje: Jane Austen y su concepción naturalista de las figuras femeninas, y asimismo el análisis de la conciencia de la mujer que lleva a cabo Virginia Woolf.
- El estilo: la exaltación emocional y el lirismo de Faulkner y el onirismo del realismo mágico de García Márquez.
- El espacio narrativo: sus lecturas juveniles de Tolstói explican su minuciosa ambientación, y de Melville extrae su interés por la influencia de la naturaleza en el ser humano, pero les debe su concepción mítica y legendaria, unida a la idea de la raza y las estirpes, al Sur de Faulkner y al Macondo de García Márquez.
- El compromiso social: la tendencia alegórica y la contraposición entre individualidad y colectivo proceden de Nathaniel Hawthorne, y el espíritu liberal y feminista de sus muchas mujeres protagonistas se inspira en Austen.
Articulo: http://www.elpais.com 04/04/2009
