
Literatura / Ana María Shua
"Muestro las vueltas de la vida"
Por María Eugenia García
Escritora precoz, la autora de Los amores de Laurita acaba de publicar Que tengas una vida interesante (Emecé), sus cuentos completos. En esta entrevista, habla de las claves del género, de sus años de aprendizaje y de su sentido del humor
En el prólogo de la flamante edición de sus cuentos completos para adultos ( Que tengas una vida interesante , Emecé), Ana María Shua advierte a los lectores que los cuentos nacen de un fracaso: el del cuentista que busca afanoso el secreto del universo, aquel detalle que "lo explica y lo contiene". Sin posibilidades de encontrarlo, la clave, en cambio, está en la revelación. "En un cuento algo queda expuesto, revelado (pero nunca develado), algo que no es posible expresar de otro modo, porque si lo fuera, escribiríamos un ensayo y no una ficción", detalla. Dispuesta a pensar en voz alta en esos misterios de la ficción, la autora se sienta en un sillón del living de su casa con una sonrisa y comparte generosa los secretos de una carrera cimentada en más de 40 libros publicados, entre poemas, microrrelatos, novelas y cuentos.
Allá en el principio, cuando era chica, Shua sólo podía escribir poesía. "En la primaria yo era la poetisa del aula, como se decía en esa época. Escribía para todas las fechas patrias y las maestras me sacaban el jugo. De más grande, me propuse aprender a narrar, pero no me salía. Tenía una carga de exigencia muy grande. Quería que mi primer cuento fuera un aporte a la literatura universal y eso, bueno, obviamente no sucedía", cuenta entre risas.
-¿Cómo consiguió superar esa traba?
-La narrativa llega con una cierta madurez, que no es la madurez intelectual, sino la emocional. La mayoría de los autores empiezan con sus primeros libros de cuentos o novelas después de los 25. En parte, aprendí la técnica del cuento con la propuesta de una revista femenina a la que llegué pidiendo trabajo como periodista. Se llamaba Nocturno . Me dijeron que si podía escribir un cuentito romántico, me lo publicaban. Como un cuentito romántico de revista femenina no tenía que ser un gran aporte a la literatura universal, pude empezar. Después de eso ya me largué y empecé a escribir para mí. Escribir un relato y advertir que podía escribir otro fue una experiencia maravillosa.
-Y pensó ya en la escritura como una profesión...
-Sí, pero te digo, ya en la primaria era bastante profesional. Como las composiciones me salían muy bien y muy rápido, escribía una para mí y otras para vender. Las cambiaba por figuritas.
Que tengas una vida interesante reúne sus libros Los días de pesca (1981), Viajando se conoce gente (1998) y Como una buena madre (2001). A ellos se les suman cuentos que estaban desperdigados en antologías y cinco textos inéditos. "Están todos los cuentos excepto unos pocos de Los días de pesca . Fue mi primer libro, y si bien tiene algunos cuentos muy buenos, quizás hasta los mejores que escribí, también tiene otros que eran meros ejercicios de estilo", explica.
Shua parece una persona curiosa. O al menos eso reflejan sus historias, que se prestan al juego formal y dan a luz a personajes únicos, cuidados, queribles. Una mujer descubre sorprendida los amores de su madre ya anciana; una nena hace desaparecer mágicamente a su hermana y no sabe cómo romper el hechizo; un hombre se ahoga mar adentro ante la mirada morbosa de los turistas; una señora madura cumple la fantasía de posar desnuda. Algunos relatos privilegian la risa; otros, la crueldad, la parodia o la tristeza. "Si uno se va a tomar el trabajo de leer un cuento no quiere que lo distraigan con tonterías, sino que haya cuestiones verdaderamente importantes -dice la autora-. Que haya cuestiones de vida o muerte, como las hay en ?Caperucita Roja´. Eso esperan los chicos y eso esperan también los grandes."
-Cuando relee sus cuentos, ¿se reconoce en todos o algunos le suenan ajenos?
-Me pasan dos cosas. El día que estoy deprimida y no me quiero, leo los cuentos más viejos y me parece que ahí ya se notaba el germen de mi mediocridad. Y el día en que me siento gloriosa, leo los primeros y... En realidad, te voy a decir la verdad, nunca los releo. Pero a veces hojeo algunos de mis primeros cuentos y digo "Uy sí, cómo se me ocurrió esto, qué bueno". Obviamente, si quiero escribir algo así, ya no me sale, porque uno va cambiando. Ahora escribo otras cosas que son diferentes.
-Y el estilo, ¿cambió con los años?
-Fui cambiando muchas cosas. Ya no escribo literatura fantástica. Creo que al principio tenía una fuerte influencia cortazariana de la que me fui despegando. Y hay cambios que yo misma no percibo claramente, cosas que verán los críticos. Hay un cierto juego que me hizo notar Guillermo Martínez en la presentación del libro. Él dice que suelo avanzar con el cuento en una cierta dirección, para después tomar un desvío completamente imprevisible. No un remate sorpresivo, sino casi un cambio de género dentro del cuento. Me quedé pensando de dónde me saldría eso y advertí que hay dos cuentos que yo admiro muchísimo y que tienen esa característica. Uno es "Los muertos", de Joyce, de Dublineses , y otro es "Un hombre bueno es difícil de encontrar", de Flannery O´Connor. Esos dos cuentos, que me gustan de una manera suprema, tienen esa característica. Se ve que, consciente o inconscientemente, busco ese efecto, que en definitiva es el efecto de la vida. Al final, todos los más extraños experimentos literarios se fundan en una especie de realismo. La gente escribe literatura del absurdo y dice "bueno, pero la vida es absurda". También yo busco mostrar las vueltas de la vida, cómo de pronto te acaricia y luego te pega un sopapo.
-El humor está muy presente en su obra.
-Sí, no es algo que elija sino parte de mi personalidad y aparece en todo lo que escribo. No me gusta la literatura en broma pero sí la literatura con humor, algo muy distinto. El humor es como una puerta que se abre de pronto en una pared lisa. A veces me propongo deliberadamente no escribir con humor, porque es bueno para un autor trabajar a contrapelo de su facilidad.
-¿Sentarse a escribir un cuento es diferente a encarar una novela?
-Completamente diferente. Como si trabajara con distintas partes del cerebro. Nunca me ha pasado empezar escribiendo un género y terminar en otro. Jamás un proyecto de novela se transformó en cuento, ni un minicuento creció hasta transformarse en cuento. Siempre hay una decisión previa y en función de esa decisión previa trabaja mi cabeza.
-¿Piensa el cuento de principio a fin antes de sentarse a escribir?
-Para nada. Cada cuento tiene su propia historia. Escritores tan disímiles como Abelardo Castillo y Fontanarrosa han dicho que no pueden empezar a escribir si no tienen claro el final. A mí no me pasa eso en absoluto. Voy andando por los caminos del cuento y son esos caminos los que me llevan hacia el final, los voy descubriendo a medida que escribo. El cuento "Los días de pesca", por ejemplo, empezó casi como un ejercicio de estilo, tratando de escribir en una prosa muy lisa, en un tono casi infantil. Ese tono me llevó a recordar mi infancia, los días en que iba a pescar con mi papá. Por ese tiempo la muerte de mi padre estaba muy fresca, había sucedido hacía dos o tres años. El texto se paralizó y unos años después lo recuperé, lo volví a encontrar. Me quedé pensando por qué había relacionado los días de pesca con la muerte de mi padre y me di cuenta de que en realidad mi papá había muerto de una embolia, había muerto ahogado. En cierto modo, lo pescaron, murió como un pez fuera del agua. Y a partir de eso, volví a trabajar el cuento. Si ése no es mi mejor cuento, le pega en el palo.
-¿Cómo enfrenta la escritura de una novela?
-Con la novela sufro. Todos los novelistas sufren. El cuento no es un juego, es una cosa seria, por momentos duele un poco y uno nunca sabe si le va a salir bien o le va a salir mal. Con una novela uno invierte una cantidad grande de tiempo y energía, años enteros de trabajo, en algo que hasta último momento no sabe si va a tener algún valor literario. Cuando veo esas escenas de películas berretas en que el escritor enloquecido agarra la máquina de escribir y la tira por la ventana porque no se le ocurre nada, siempre me digo: ése es un novelista, seguro que no es un cuentista. Uno que se quedó atascado después de un año y medio de trabajar en la novela [se ríe]. Con las minificciones en cambio me siento absolutamente cómoda. Es un género que me sale casi espontáneamente. Ese jugar con las palabras es casi mi forma más natural de expresarme.
-En sus cuentos trabaja mucho con la oralidad.
-Sí, me gusta mucho el lenguaje coloquial. Pero trato de no pegarlo a las últimas palabras de onda. Lo que me gusta es estilizarlo. El que hacía eso muy bien era Bioy Casares. Borges, como era inteligente en todo, también fue muy sensato en cuanto a esos detalles. Siempre recomendaba no ser tan precisos en los detalles del mundo actual, que cambian constantemente. Es preferible escribir en un lenguaje un poquito más neutro. El problema del envejecimiento del lenguaje coloquial se nota mucho en algunos textos de Cortázar, que han quedado muy anticuados por el uso de formas que ya no existen, que pasaron de moda.
-¿Cómo construye las voces? Porque, como usted dice, no están pegadas al habla real pero son verosímiles.
-Bueno, es difícil trabajar con el diálogo en castellano. El que hacía eso como nadie en el mundo era Puig, que tenía una oreja extraordinaria. Yo no tengo tanta oreja y quizás por eso prefiero poner relativamente poco diálogo en los cuentos. Cuando aparece, tiene que estar perfecto y entonces es mejor que sea cortito. ¿Cómo lo hago? Bueno, de distintas maneras. Hay que escuchar, prestar atención, y a veces se trata de elaborar una especie de promedio. Otras veces es todo lo contrario, uno encuentra una persona en particular que habla de cierta manera interesante y lo roba, sin contemplaciones. A mí me pasó eso con el cuento sobre Monzón, "La revancha". Me pidió Sergio Olguín un cuento para una antología, pero yo no sabía nada sobre boxeo. Entonces pensé, voy a empezar con la famosa pelea contra Benvenutti, voy a ver si consigo un ejemplar de El Gráfico de esa época. Me fui a un lugar donde venden libros y revistas viejas y le dije al tipo: ¿No tendrá Gráficos de los años 70? Él me respondió: "¿Por qué?, ¿usted qué está buscando?" Le dije: "la pelea entre Monzón y Benvenutti". "Uuh -me dice el tipo, y le cambió la cara-. La pelea entre Monzón y Benvenutti, ¡nunca me voy a olvidar cuando sobrevino esa piña de Monzón!". Yo escuché la palabra "sobrevino" y pensé que nunca se me hubiera ocurrido decir que una piña "sobrevino". El tipo sabía muchísimo de boxeo y tenía una manera de hablar muy particular, muy interesante. Entonces le pedí permiso y volví al día siguiente con el grabador y ¡le robé la voz! Mezclé las historias que él me contaba con muchas otras que no tenían nada que ver y se armó el cuento.
-Trabaja mucho en primera persona, ¿no?
-Sí, a mí me gusta mucho trabajar con la primera persona porque me gusta todo lo que la primera persona no sabe, prefiero trabajar con límites. Y la primera persona impone muchos límites. Puede conocer su propio interior, pero en cuanto al resto del mundo, lo mira como miraría una cámara. En cambio, no me gusta tanto narrar desde un narrador omnisciente, que sabe todo. Esa falta de límites me marea un poco.
-Algunos escritores se limitan en la escritura de cuentos porque el mercado apunta más a la novela.
-Es así. Pero a pesar de que el público lo rechaza y la mayor parte de la gente no tiene ganas de leer cuentos, los escritores argentinos, y creo que los escritores latinoamericanos, somos en primer lugar cuentistas. Somos más cuentistas que novelistas y todos nuestros grandes maestros, los mejores escritores argentinos, han sido sobre todo grandes cuentistas. Hubo algunas novelas muy interesantes, pero recién con Puig puedo decir que hay un gran novelista argentino.
-¿Lee a escritores nuevos?
-Sí, claro, entre otras cosas porque soy jurado de concursos todo el tiempo. Y los que ganan son buenos. Todo el mundo quiere escribir en la Argentina, se hace un concurso de cuentos y llegan 800, 1000, 1500 cuentos. Son cifras desbordantes. Y los que ganan, chicos o grandes, se están dedicando a eso de una forma casi profesional. A mí me pasó en dos concursos sucesivos, el primero lo ganó Hernán Vanoli y el segundo, creo, Félix Bruzzone. Se va dando una selección natural. Me acuerdo de haber premiado, por ejemplo, cuentos de Gamerro hace muchos años. Sí, se sigue escribiendo cuento en Argentina, y muy bueno, por suerte.
© LA NACION
Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Reunió sus poemas en El sol y yo , y entre otros libros escribió las novelas Soy Paciente y Los amores de Laurita , los microrrelatos de La sueñera y los cuentos de Como una buena madre . Con obras publicadas en Brasil, Italia, Alemania y otros países, recibió varios premios nacionales e internacionales
Articulo: http://adncultura.lanacion.com.ar 29/03/2009
"Muestro las vueltas de la vida"
Por María Eugenia García
Escritora precoz, la autora de Los amores de Laurita acaba de publicar Que tengas una vida interesante (Emecé), sus cuentos completos. En esta entrevista, habla de las claves del género, de sus años de aprendizaje y de su sentido del humor
En el prólogo de la flamante edición de sus cuentos completos para adultos ( Que tengas una vida interesante , Emecé), Ana María Shua advierte a los lectores que los cuentos nacen de un fracaso: el del cuentista que busca afanoso el secreto del universo, aquel detalle que "lo explica y lo contiene". Sin posibilidades de encontrarlo, la clave, en cambio, está en la revelación. "En un cuento algo queda expuesto, revelado (pero nunca develado), algo que no es posible expresar de otro modo, porque si lo fuera, escribiríamos un ensayo y no una ficción", detalla. Dispuesta a pensar en voz alta en esos misterios de la ficción, la autora se sienta en un sillón del living de su casa con una sonrisa y comparte generosa los secretos de una carrera cimentada en más de 40 libros publicados, entre poemas, microrrelatos, novelas y cuentos.
Allá en el principio, cuando era chica, Shua sólo podía escribir poesía. "En la primaria yo era la poetisa del aula, como se decía en esa época. Escribía para todas las fechas patrias y las maestras me sacaban el jugo. De más grande, me propuse aprender a narrar, pero no me salía. Tenía una carga de exigencia muy grande. Quería que mi primer cuento fuera un aporte a la literatura universal y eso, bueno, obviamente no sucedía", cuenta entre risas.
-¿Cómo consiguió superar esa traba?
-La narrativa llega con una cierta madurez, que no es la madurez intelectual, sino la emocional. La mayoría de los autores empiezan con sus primeros libros de cuentos o novelas después de los 25. En parte, aprendí la técnica del cuento con la propuesta de una revista femenina a la que llegué pidiendo trabajo como periodista. Se llamaba Nocturno . Me dijeron que si podía escribir un cuentito romántico, me lo publicaban. Como un cuentito romántico de revista femenina no tenía que ser un gran aporte a la literatura universal, pude empezar. Después de eso ya me largué y empecé a escribir para mí. Escribir un relato y advertir que podía escribir otro fue una experiencia maravillosa.
-Y pensó ya en la escritura como una profesión...
-Sí, pero te digo, ya en la primaria era bastante profesional. Como las composiciones me salían muy bien y muy rápido, escribía una para mí y otras para vender. Las cambiaba por figuritas.
Que tengas una vida interesante reúne sus libros Los días de pesca (1981), Viajando se conoce gente (1998) y Como una buena madre (2001). A ellos se les suman cuentos que estaban desperdigados en antologías y cinco textos inéditos. "Están todos los cuentos excepto unos pocos de Los días de pesca . Fue mi primer libro, y si bien tiene algunos cuentos muy buenos, quizás hasta los mejores que escribí, también tiene otros que eran meros ejercicios de estilo", explica.
Shua parece una persona curiosa. O al menos eso reflejan sus historias, que se prestan al juego formal y dan a luz a personajes únicos, cuidados, queribles. Una mujer descubre sorprendida los amores de su madre ya anciana; una nena hace desaparecer mágicamente a su hermana y no sabe cómo romper el hechizo; un hombre se ahoga mar adentro ante la mirada morbosa de los turistas; una señora madura cumple la fantasía de posar desnuda. Algunos relatos privilegian la risa; otros, la crueldad, la parodia o la tristeza. "Si uno se va a tomar el trabajo de leer un cuento no quiere que lo distraigan con tonterías, sino que haya cuestiones verdaderamente importantes -dice la autora-. Que haya cuestiones de vida o muerte, como las hay en ?Caperucita Roja´. Eso esperan los chicos y eso esperan también los grandes."
-Cuando relee sus cuentos, ¿se reconoce en todos o algunos le suenan ajenos?
-Me pasan dos cosas. El día que estoy deprimida y no me quiero, leo los cuentos más viejos y me parece que ahí ya se notaba el germen de mi mediocridad. Y el día en que me siento gloriosa, leo los primeros y... En realidad, te voy a decir la verdad, nunca los releo. Pero a veces hojeo algunos de mis primeros cuentos y digo "Uy sí, cómo se me ocurrió esto, qué bueno". Obviamente, si quiero escribir algo así, ya no me sale, porque uno va cambiando. Ahora escribo otras cosas que son diferentes.
-Y el estilo, ¿cambió con los años?
-Fui cambiando muchas cosas. Ya no escribo literatura fantástica. Creo que al principio tenía una fuerte influencia cortazariana de la que me fui despegando. Y hay cambios que yo misma no percibo claramente, cosas que verán los críticos. Hay un cierto juego que me hizo notar Guillermo Martínez en la presentación del libro. Él dice que suelo avanzar con el cuento en una cierta dirección, para después tomar un desvío completamente imprevisible. No un remate sorpresivo, sino casi un cambio de género dentro del cuento. Me quedé pensando de dónde me saldría eso y advertí que hay dos cuentos que yo admiro muchísimo y que tienen esa característica. Uno es "Los muertos", de Joyce, de Dublineses , y otro es "Un hombre bueno es difícil de encontrar", de Flannery O´Connor. Esos dos cuentos, que me gustan de una manera suprema, tienen esa característica. Se ve que, consciente o inconscientemente, busco ese efecto, que en definitiva es el efecto de la vida. Al final, todos los más extraños experimentos literarios se fundan en una especie de realismo. La gente escribe literatura del absurdo y dice "bueno, pero la vida es absurda". También yo busco mostrar las vueltas de la vida, cómo de pronto te acaricia y luego te pega un sopapo.
-El humor está muy presente en su obra.
-Sí, no es algo que elija sino parte de mi personalidad y aparece en todo lo que escribo. No me gusta la literatura en broma pero sí la literatura con humor, algo muy distinto. El humor es como una puerta que se abre de pronto en una pared lisa. A veces me propongo deliberadamente no escribir con humor, porque es bueno para un autor trabajar a contrapelo de su facilidad.
-¿Sentarse a escribir un cuento es diferente a encarar una novela?
-Completamente diferente. Como si trabajara con distintas partes del cerebro. Nunca me ha pasado empezar escribiendo un género y terminar en otro. Jamás un proyecto de novela se transformó en cuento, ni un minicuento creció hasta transformarse en cuento. Siempre hay una decisión previa y en función de esa decisión previa trabaja mi cabeza.
-¿Piensa el cuento de principio a fin antes de sentarse a escribir?
-Para nada. Cada cuento tiene su propia historia. Escritores tan disímiles como Abelardo Castillo y Fontanarrosa han dicho que no pueden empezar a escribir si no tienen claro el final. A mí no me pasa eso en absoluto. Voy andando por los caminos del cuento y son esos caminos los que me llevan hacia el final, los voy descubriendo a medida que escribo. El cuento "Los días de pesca", por ejemplo, empezó casi como un ejercicio de estilo, tratando de escribir en una prosa muy lisa, en un tono casi infantil. Ese tono me llevó a recordar mi infancia, los días en que iba a pescar con mi papá. Por ese tiempo la muerte de mi padre estaba muy fresca, había sucedido hacía dos o tres años. El texto se paralizó y unos años después lo recuperé, lo volví a encontrar. Me quedé pensando por qué había relacionado los días de pesca con la muerte de mi padre y me di cuenta de que en realidad mi papá había muerto de una embolia, había muerto ahogado. En cierto modo, lo pescaron, murió como un pez fuera del agua. Y a partir de eso, volví a trabajar el cuento. Si ése no es mi mejor cuento, le pega en el palo.
-¿Cómo enfrenta la escritura de una novela?
-Con la novela sufro. Todos los novelistas sufren. El cuento no es un juego, es una cosa seria, por momentos duele un poco y uno nunca sabe si le va a salir bien o le va a salir mal. Con una novela uno invierte una cantidad grande de tiempo y energía, años enteros de trabajo, en algo que hasta último momento no sabe si va a tener algún valor literario. Cuando veo esas escenas de películas berretas en que el escritor enloquecido agarra la máquina de escribir y la tira por la ventana porque no se le ocurre nada, siempre me digo: ése es un novelista, seguro que no es un cuentista. Uno que se quedó atascado después de un año y medio de trabajar en la novela [se ríe]. Con las minificciones en cambio me siento absolutamente cómoda. Es un género que me sale casi espontáneamente. Ese jugar con las palabras es casi mi forma más natural de expresarme.
-En sus cuentos trabaja mucho con la oralidad.
-Sí, me gusta mucho el lenguaje coloquial. Pero trato de no pegarlo a las últimas palabras de onda. Lo que me gusta es estilizarlo. El que hacía eso muy bien era Bioy Casares. Borges, como era inteligente en todo, también fue muy sensato en cuanto a esos detalles. Siempre recomendaba no ser tan precisos en los detalles del mundo actual, que cambian constantemente. Es preferible escribir en un lenguaje un poquito más neutro. El problema del envejecimiento del lenguaje coloquial se nota mucho en algunos textos de Cortázar, que han quedado muy anticuados por el uso de formas que ya no existen, que pasaron de moda.
-¿Cómo construye las voces? Porque, como usted dice, no están pegadas al habla real pero son verosímiles.
-Bueno, es difícil trabajar con el diálogo en castellano. El que hacía eso como nadie en el mundo era Puig, que tenía una oreja extraordinaria. Yo no tengo tanta oreja y quizás por eso prefiero poner relativamente poco diálogo en los cuentos. Cuando aparece, tiene que estar perfecto y entonces es mejor que sea cortito. ¿Cómo lo hago? Bueno, de distintas maneras. Hay que escuchar, prestar atención, y a veces se trata de elaborar una especie de promedio. Otras veces es todo lo contrario, uno encuentra una persona en particular que habla de cierta manera interesante y lo roba, sin contemplaciones. A mí me pasó eso con el cuento sobre Monzón, "La revancha". Me pidió Sergio Olguín un cuento para una antología, pero yo no sabía nada sobre boxeo. Entonces pensé, voy a empezar con la famosa pelea contra Benvenutti, voy a ver si consigo un ejemplar de El Gráfico de esa época. Me fui a un lugar donde venden libros y revistas viejas y le dije al tipo: ¿No tendrá Gráficos de los años 70? Él me respondió: "¿Por qué?, ¿usted qué está buscando?" Le dije: "la pelea entre Monzón y Benvenutti". "Uuh -me dice el tipo, y le cambió la cara-. La pelea entre Monzón y Benvenutti, ¡nunca me voy a olvidar cuando sobrevino esa piña de Monzón!". Yo escuché la palabra "sobrevino" y pensé que nunca se me hubiera ocurrido decir que una piña "sobrevino". El tipo sabía muchísimo de boxeo y tenía una manera de hablar muy particular, muy interesante. Entonces le pedí permiso y volví al día siguiente con el grabador y ¡le robé la voz! Mezclé las historias que él me contaba con muchas otras que no tenían nada que ver y se armó el cuento.
-Trabaja mucho en primera persona, ¿no?
-Sí, a mí me gusta mucho trabajar con la primera persona porque me gusta todo lo que la primera persona no sabe, prefiero trabajar con límites. Y la primera persona impone muchos límites. Puede conocer su propio interior, pero en cuanto al resto del mundo, lo mira como miraría una cámara. En cambio, no me gusta tanto narrar desde un narrador omnisciente, que sabe todo. Esa falta de límites me marea un poco.
-Algunos escritores se limitan en la escritura de cuentos porque el mercado apunta más a la novela.
-Es así. Pero a pesar de que el público lo rechaza y la mayor parte de la gente no tiene ganas de leer cuentos, los escritores argentinos, y creo que los escritores latinoamericanos, somos en primer lugar cuentistas. Somos más cuentistas que novelistas y todos nuestros grandes maestros, los mejores escritores argentinos, han sido sobre todo grandes cuentistas. Hubo algunas novelas muy interesantes, pero recién con Puig puedo decir que hay un gran novelista argentino.
-¿Lee a escritores nuevos?
-Sí, claro, entre otras cosas porque soy jurado de concursos todo el tiempo. Y los que ganan son buenos. Todo el mundo quiere escribir en la Argentina, se hace un concurso de cuentos y llegan 800, 1000, 1500 cuentos. Son cifras desbordantes. Y los que ganan, chicos o grandes, se están dedicando a eso de una forma casi profesional. A mí me pasó en dos concursos sucesivos, el primero lo ganó Hernán Vanoli y el segundo, creo, Félix Bruzzone. Se va dando una selección natural. Me acuerdo de haber premiado, por ejemplo, cuentos de Gamerro hace muchos años. Sí, se sigue escribiendo cuento en Argentina, y muy bueno, por suerte.
© LA NACION
Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Reunió sus poemas en El sol y yo , y entre otros libros escribió las novelas Soy Paciente y Los amores de Laurita , los microrrelatos de La sueñera y los cuentos de Como una buena madre . Con obras publicadas en Brasil, Italia, Alemania y otros países, recibió varios premios nacionales e internacionales
Articulo: http://adncultura.lanacion.com.ar 29/03/2009
