dimanche 5 avril 2009

Raquel SAN MARTIN/Entrevista Pepe ELIASCHEV


Entrevista Pepe Eliaschev
"El periodismo dio marcha atrás"
Por Raquel San Martín

Acaba de publicar "Me lo tenía merecido", un libro de memorias que describe como un strip tease alevoso. El autor de Lista negra habla aquí de su historia familiar, de la "manipulación" de los derechos humanos y del estado de la prensa argentina

El agregado de prensa de la embajada rusa en la Argentina esperó a Pepe Eliaschev con un café, la traducción al español de varios documentos familiares del periodista que él mismo había pedido y una advertencia: "Aquí hay un misterio. Hemos seguido los pasos de su abuelo y hay un año en el que no sabemos dónde estuvo". Como en una investigación periodística, Eliaschev reconstruyó entonces minuciosamente el derrotero de Eliukim Goldshtein, abuelo materno llegado a Buenos Aires en 1909, desde su Bogopol natal (hoy Ucrania), lo supo desertor de la milicia y lo ubicó en el barco en que cruzó el océano, a los 22 años.

De esas historias de reconstrucción documental, combinadas con el más subjetivo e inverificable ejercicio de la memoria personal, está hecho Me lo tenía merecido (Sudamericana), el libro que acaba de publicar Eliaschev. Sin seguir un orden cronológico, en primera persona, el periodista recorre su infancia en Palermo, sus años de escuela y su condición judía, la familia ampliada, las pasiones adolescentes, la primera relación sexual, el fanatismo por Racing, los exilios (diez años entre Venezuela, Estados Unidos y México), la carrera periodística aquí y en el exterior, y los episodios de censura (en 1984, con su programa televisivo Cable a tierra , y en 2005, con Esto que pasa , en Radio Nacional).

"Este libro es un strip tease deliberado y alevoso que pretende extraer de una peripecia muy personal una foto de época", define Eliaschev a adn cultura, en su prolija y luminosa oficina de Barrio Norte, donde resisten huellas del trabajo que llevó el libro: fotos amarillentas rescatadas y ampliadas en versión digital, cajas con documentos y el entusiasmo por haber redescubierto la sensación de escribir recuerdos personales sin preocuparse por la corrección del dato. Dice Eliaschev que de ese modo logró reconciliar "la obsesión por el dato histórico" con "la más absoluta libertad literaria". Por ejemplo, afirma que la historia de inmigración de sus abuelos, compartida con tantos argentinos, refleja esa "impronta muy fuerte de ausencia, nostalgia y pesadumbre" que nos caracteriza como país. Eliaschev, autor de Lista negra . La vuelta de los 70 ; La intemperie y Esto que queda , actual columnista del diario Perfil y conductor de un programa en FM Identidad, critica el estado de la profesión periodística, sobre todo en la televisión, donde ve "una banalización deliberada de la vida cotidiana".

Me lo tenía merecido se presentará en la próxima Feria del Libro el 29 de abril, en una conversación con Luis Brandoni, protagonista de una de las fotografías que acompañan el texto, todas con epígrafes en primera persona.

-¿Por qué escribir "una memoria", como dice la tapa del libro, y no una autobiografía?
-Siempre tuve la impresión de que el concepto de autobiografía era en parte solemne y en parte muy autoenaltecedor. En verdad, este libro fue un pedido que llegó a mí, me sorprendió y me perturbó mucho hasta que finalmente conseguí aceptar la propuesta. Hace muchos años que vengo leyendo reseñas en la prensa extranjera, sobre todo norteamericana, y viendo cómo fue penetrando en el mundo cultural la noción de "memoria", un género que permite un espacio de libertad muy importante, de acuerdo con el cual no todo lo que se coloca en un texto es acreditable, sustentable y certificable. La memoria es imprevisible, caprichosa, mentirosa, deformante, pero es lo que es. Por eso esta "memoria" es lo que siente y registra alguien de 63 años de cara a lo que le sucedió hace 53. El libro es la homologación permanente del periodista enfrentado con la necesidad de ser libre para recordar lo que ha sentido, pero sin abandonar la búsqueda de los datos.

-Por eso no hay un orden cronológico en el libro...
-Sí. El libro carecía de plan y nunca lo tuvo, pero sí había algunas instrucciones de trabajo básicas. Yo no me podía ceñir a un recorrido biográfico cronológico hasta el día de hoy. ...se fue uno de los mecanismos que me permitió chocarme con algo casi embriagante, que es la noción de la libertad literaria. Por lo pronto, romper con cualquier encuadramiento cronológico, ir y venir, decirle como contrato de lectura al lector: "desconfiá". Hay ensoñaciones, hay alucinaciones y también hay registros fieles. Cuando se trata de episodios históricos clave, como cubrir la guerra civil en Nicaragua, quise ser lo más verificable posible. Pero en experiencias más privadas, he sido fiel a mi memoria.

-Los periodistas estamos acostumbrados a desa- parecer detrás de la historia que contamos. Escribir en primera persona ¿fue un alivio o un problema?
-El primer combate que no he resuelto es algo en que insistí al editor: ¿a quién le interesa? Hay una tensión permanente e imposible de resolver entre las acusaciones de autorreferencialidad, que suelen ser en su mayor parte enunciadas desde la pureza periodística, versus la obligatoriedad de dar testimonio, sobre todo en un formato como el de la memoria, que es un ejercicio de subjetividad. Los editores me persuadieron de que lo que importaba era eso, el carácter testimonial, porque el recorrido permite a mucha gente compararse, retratarse, verificarse.

-¿Qué lazos hay entre ficción y periodismo?
-Hace 45 años, desde agosto de 1964, que ejerzo este oficio en la Argentina, en Italia, en EEUU, en Venezuela y en México. La pregunta sobre el apego a los hechos, la realidad y las fuentes que exige el periodismo inunda todas mis actividades profesionales. Pero a la vez no me provoca una gran contradicción lo periodístico con lo que pueda no parecerlo. Siempre he tenido una fascinación por la capacidad que tiene la lengua de nombrar e iluminar la realidad. Por eso, la experiencia más gozosa de este libro es que me propuso un clima de libertad absolutamente embriagadora. Descubrí mi vieja fascinación por apuntar a un eco interior, que te va ordenando qué se puede decir y qué no.

-Los argentinos tenemos una suerte de experiencia originaria con el exilio, con el estar fuera de lugar. Pienso en los inmigrantes, pero también en los exilios políticos del siglo XX. ¿Qué ecos cree que tiene eso en nuestra identidad social?
-En lo personal, millares de argentinos, sobre todo los provenientes de Europa del Este, nos encontramos durante todas nuestras vidas con un vacío imposible de iluminar, un agujero negro que se corta entre 1880 y 1910, la época en que llegaron mis abuelos, que no se puede trascender. Es una memoria que ha sido fácticamente aniquilada. Si voy hoy a las ciudades de mis abuelos, Jersón y Piervomaisk, no voy a encontrar nada. En una de ellas, los nazis sacaron las lápidas de los cementerios judíos para hacer caminos, así que ni siquiera quedaron los camposantos. Eso marca muchísimo, personal y socialmente. Creo que hay sufrimientos y dichas que han vivido nuestros ancestros y que prefiguran cómo es uno décadas después. Y en lo social, creo que en la Argentina eso ha dejado una impronta muy fuerte de ausencia, de nostalgia, de pesadumbre. Hay una pérdida, una desvinculación, una ruptura que marcan mucho nuestra condición de país.

-¿Qué problemas tenemos los argentinos con la construcción de nuestra memoria colectiva?
-Desde la perspectiva de quien ha vivido en otros países, me parece que es muy difícil encontrar un país que tenga una relación tan tortuosa y torturada con el pasado como la Argentina, y en el que, según mi propio registro adolescente, las polémicas y los enfrentamientos que derivaban en luchas políticas a propósito de visiones del pasado eran realmente notables. Eso habla de un problema no resuelto en la Argentina. Hay un peso abrumador y hasta asfixiante de personajes y hechos del pasado.

-Hoy está en auge el interés por la década del 70, por ejemplo en libros de investigación periodística. ¿A qué cree que se debe?
-Hay una regurgitación, una digestión pesada que no termina de ser concretada, que permite que nuevas capas políticas lleguen al poder autoproclamándose herederas de vocaciones anteriores, encarnando eventuales revanchas en torno a lo que no se pudo y ahora sí se puede, lo que no se dijo y ahora se dice. A mí me impresiona la fuerza con que la Argentina vive anclada en paradigmas y en sentimientos negativos con respecto al pasado. El auge de los años 70 se vincula con lo que se dio en el país a partir de 2003. El 25 de mayo de 2003 alguien dijo "Volvimos" en el balcón de la Casa Rosada y a partir de ahí se produjo un clic histórico psicológico monumental, un relato que a mí no me representa.

-¿Hay un uso político de los derechos humanos?
-La expresión "derechos humanos" ha sido lamentablemente desacreditada por su uso y abuso. Debería en realidad significar la reivindicación de la sacralidad del ser humano, de que hay garantías que no pueden ser violadas y territorios de privacidad que no pueden ser aniquilados. Es muy llamativo que en un período histórico de 25 años, para ponerle edad a la democracia, a un grupo político que durante 20 de esos años jamás consideró que la bandera de los derechos humanos valía ser enarbolada se le haya aparecido de pronto esa bandera como una revelación divina en 2003. Creo que ha habido una manipulación abyecta de ese tema por parte de personas que nunca habían tenido ninguna preocupación por él. Los jóvenes deberían recordar que en el país se produjo un fenómeno histórico sin precedentes en 1985, que fue el Juicio a las Juntas y a las cúpulas de las organizaciones guerrilleras, en el que el país entero pudo observar funcionando los mecanismos de la Justicia.

-¿Cómo acompañó el periodismo estos años de democracia?
-Cuesta abajo. Tengo una impresión realmente muy apesadumbrada sobre el estado del periodismo argentino, en particular el electrónico, con la TV a la cabeza, que ha vivido un retroceso con respecto a las armas de nuestra profesión y a nuestra relación con la lengua castellana. Entre 1983 y 2009 veo una marcha atrás, porque el periodismo se ha ido impregnando de unos valores nefastos. Hoy, en materia electrónica, se asemeja a la industria de los bienes raíces, los espacios están comercializados sin límites, ha desaparecido la responsabilidad editorial, hay una banalización deliberada de la vida cotidiana.

-¿Cómo se lleva con los comentarios de los lectores en su blog y en sus columnas en Internet?
-Acabo de pedir al editor de mi blog en Perfil que elimine los comentarios. Creo que se ha producido una democracia electrónica aparentemente irrestricta, que ha sido sencillamente deglutida por la muchedumbre como un método para preservar el derecho al insulto desde el anonimato. Es muy minoritaria la cantidad de personas que ejercen esa ciudadanía de manera responsable. Y eso no tiene que ver ni con Kirchner, ni con la dictadura militar, ni con la debacle de la Alianza. Esto no es un producto de los políticos, sino un rasgo fuerte del ADN argentino. Hay una muy escasa vocación civil. En ese sentido, padecemos una especie de indigencia ciudadana, seguimos prefiriendo el escrache, las "capuchas electrónicas". El individuo que se sube a mi blog y me insulta puede decir las barbaridades más grandes sin ninguna responsabilidad.

-En sus memorias, usted hace una "biografía" de su biblioteca y relata el destino de algunos de sus libros, las pérdidas y los reencuentros con ellos. Si tuviera que elegir tres o cuatro que lo han acompañado especialmente, los tenga hoy o no, ¿cuáles serían?
-Elegiría algunos ejemplares vinculados con mi padre, por ejemplo alguna de las obras de Stefan Zweig. También un libro de poemas de Francisco Urondo que él me dedicó con "A Eliaschev, que verá el mar". Y pienso en un ejemplar autografiado de Sobre héroes y tumbas , de Sabato, de 1962, que presté y nunca recuperé. Formo parte de la gente que sigue teniendo con el libro una relación casi fetichista.

Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 29/03/2009