samedi 18 avril 2009

Raúl RIVERO/Eternidades pasajeras y papel carbón


Raúl Rivero: Eternidades pasajeras y papel carbón
“A pesar de todo, no había editorial para aquel sueño”

Mi primer cuaderno estaba escrito a mano, con letra de molde, en hojas de libretas de escuela. Era una desastrosa colección de invenciones sobre el amor y la muerte escrita bajo la influencia de los boleros, las décimas campesinas y la obra de unos poetas municipales con más nombre en los bares que en las academias. A pesar de que después lo mecanografié, le puse en la portada una cita de Rilke y rompí las empecinadas consonancias de río y estío, de mar y amar y luna con ninguna, no había editorial para aquel sueño.

Sólo Olivia, una muchacha que se veía con sus ojos claros en todos los versos, pudo sentir -creo yo- algo semejante a la emoción con aquellas descargas inocentes y puras de las que salvo estos dones de la brujería: la posibilidad de hablar con los fantasmas y el hallazgo de una encrucijada para fijar la tristeza y abandonar el miedo. Me quedó, de toda aquella papelería, la fuente clara de mi otro primer libro, País frente al espejo. Eran también unas piezas de asombros con el respaldo de nuevas lecturas y el eco de voces de más fuerza. Mejor asimilados los bolerones y las décimas, pero tampoco hallé editores incautos, ni tenía dinero para sustentar mi vanidad.

Ese mundo privado de la poesía, comprometido con mis amores de adolescente y mis sobresaltos naturales, había comenzado a ensancharse poco a poco con la necesidad de hablar y de llevar a ese territorio, mi visión, la manera en que llegaban a mi vida, las ráfagas de cambios, las promesas de una felicidad que llegaría pronto para cubrirlo todo del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí. Era la Revolución y se decretaba la alegría y la batalla por la igualdad y la libertad y en contra de la pobreza y de la injusticia. Se clausuraban los accesos a las cárceles y a los cementerios y, en el mapa aquél que parecía un caimán, tendríamos espacio y afectos para todos.

Entonces mi primer libro, que en realidad era ya el tercero, se hizo otro y yo también porque me creí esa historia y la canté. La impuse entre aquellas páginas de adolescente que tenían que ver sólo con pequeños abandonos y con la angustia de que mi padre se fuera lejos y con la catástrofe de que Olivia supiera que el poema del mar era la crónica de un domingo bajo el peso de la recién descubierta soledad municipal.

Así es que, convencido de que mi verdadero y real primer libro, era un documento de mi época y el testimonio de un tiempo trascendente, lo cerré con una sección de poesía social, comprometida, con la seguridad de que cantaba nada más que las cosas que me pasaban por el corazón, y comencé a enviarlo a concursos literarios.

Lo pasé en limpio muchas veces en aquellas máquinas solteronas y duras de las redacciones de los periódicos donde trabajaba como reportero. Lo volví a pasar cuando me devolvieron el libro sin explicaciones los jurados del Premio David, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que votaron unánimes por Palos de Ciego, un libro misterioso, fuerte y rebelde del gran poeta Delfín Prats. Y de nuevo, cuando compartieron ese mismo premio Luis Rogelio Nogueras y Lina de Feria, los dos poetas más importantes de mi promoción con dos libros que se vuelven a leer como si ellos los rescribieran todas las noches: Cabeza de zanahoria y Casa que no existía.

En 1969, después de otro pase de máquina y todos los insomnios, un trío formado por Nicolás Guillén, Luis Marré y Raúl Luis, decidió darme el premio en la tercera edición de ese concurso. El libro se llama Papel de hombre y salió a la calle en una colección que en el siglo pasado fue desafiante y moderna. Estaba al cuidado del poeta Fayad Jamís. Para mí, que iba a cumplir 19 años y creía en la poesía como creo ahora mismo a pesar de los fracasos, los ex amores y las distancias (o también por la carga de esos dolores) verlo y tocarlo me produjo un sentimiento que debió parecerse a la felicidad, pero que hoy no puedo nombrar ni reproducir.

DESDE ENTONCES
Raúl Rivero (Camagöey, Cuba, 1945) ha publicado los poemarios Poesía sobre la tierra (1970), Poesía Pública (1981), Herejías elegidas (1998), Recuerdos olvidados (2003) y Vida y oficios: los poemas de la cárcel (2006). En 1980 recopiló en Nieve vencida sus crónicas como corresponsal en Moscú.


Articulo:
http://www.elcultural.es 12/04/2009