Yvan Salmon dit Victor Noir, (1848 mort en 1870) periodistaLuis E. Aguilera
Presidente
Sociedad de Escritores de Chile (SECH)
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La Serena – Chile
Cuento del libro “De Flores y Amores”
Los Cementerios
Por Ana María Patrone
Escritora de Montevideo, Uruguay
Reside San Pablo, Brasil
.Los cementerios ejercen en mí una extraña fascinación. Me gusta caminar por sus calles cortitas que no conducen a nada. Me quedo mirando extasiada las enredaderas que suben por sus muros de ladrillos envejecidos. Hay en ellos un encanto especial, de algo parado en el tiempo, que está esperando sin ninguna prisa.
Pasan las estaciones, caen las hojas de los árboles, vuelven a nacer verdes y brillantes, renacen las flores, se secan, se deshojan. Se suceden los meses, los años, los árboles quedan desnudos y al caminar, el suave crujido de la hojarasca se transforma en el único murmullo en medio del silencio.
Los cementerios tienen un cierto romanticismo que emana de las frases de amor y añoranza impresas en el mármol, en el bronce: palabras cubiertas por el polvo y por la tierra, por las hojas y las flores secas.
Cuando caminamos, sin destino, por los cementerios, nos detenemos en las tumbas y las leemos y en ese momento aquellas palabras quietas y dormidas, dirigidas a una persona que no conocemos y que no podremos conocer, adquieren momentánea, loca vida.
Recuerdo una tarde en el cementerio de Père Lachaise. Fuimos a llevarle violetas a Chopin, su flor preferida. Su tumba es la única que tiene siempre flores frescas.
Père Lachaise alberga las tumbas más ilustres: Simone de Beauvoir, Moliere, Alfred de Musset, La Fontaine, Proust, Beaudelaire y tantos otros.
Cuando falleció Yves Montand, actores, actrices y amigos seguían su cajón que iba al encuentro de la tumba de Simone Signoret, su compañera por más de treinta años. Caían las hojas de los plátanos, mudo homenaje del otoño francés. Quien allí estuvo, debe haber oído deslizándose entre el ruido rítmico de los pasos, su voz inconfundible, cantando por última vez:
Je voudrais tant que tu te souviennes des jours heureux où nous étions amis. En ce temps la vie était plus belle et le soleil plus brûlant qu’aujourd'hui.
Hace ya algunos días que falleció el padre de un amigo. Fuimos al entierro en un cementerio grande y central aquí en San Pablo. Era mediodía y hacía calor. Caminábamos en silencio con algunos compañeros de trabajo. Uno de ellos nos señaló el panteón de su
familia. Mostraba una elegancia marchita, algunos vidrios rotos y mucha tierra, cubriendo el mármol gris.
El sol se infiltraba entre los árboles y dejaba más vivo y brillante el bronce de las tumbas, también destacaba el polvo de los vidrios, el musgo que crece entre las piedras, el amarillo violento e irracional de los jacintos.
Este cementerio está ubicado en un lugar alto, sobre una colina. Abajo se ve la ciudad, viva, ruidosa, burbujeante. En ese momento San Pablo nos pareció tan lejana, tan fuera de contexto, que le dimos rápidamente la espalda y continuamos nuestro incierto camino. En medio del silencio se oía el ruido seco y rítmico de los pasos, como un corazón que se empeñaba obstinadamente en latir.
Ajenos a todo, nuestros rostros pálidos, serios y compenetrados, iluminados en forma despiadada por el sol del mediodía. Seguimos caminando mudos, inmersos en nuestros propios pensamientos. Ese sol brutal nos hacía transpirar, nos enjugábamos la frente con pañuelos arrugados y humedecidos que guardábamos celosamente en nuestras manos calientes.
Los senderos se entrelazaban y formaban un laberinto sin fin. Comenzó a invadirnos una cierta zozobra. De repente, una camelia blanca, naciendo tímidamente nos hizo sonreír. Su blancura se destacaba del negro de los mármoles. Era de un blanco, tan blanco, como el velo de aquella novia que murió ya ni se sabe cuándo, en Buenos Aires, antes de llegar al altar, presumiblemente picada por una araña venenosa, escondida entre su cabello y el velo. Aún puede verse el velo traidor sobre su cajón, en el cementerio de La Recoleta.
Era de un blanco, tan blanco, como el cajón de mi hija Patricia, que murió con sólo cuatro meses y ahora tendría luminosos veinte años.
Apresuramos el paso. Apretamos los labios, con fuerza, para que de ellos no saliesen palabras amargas. Cerramos los ojos para que nadie viese nuestras lágrimas y para no vislumbrar ninguna flor blanca que nos trajese a la memoria tristes reminiscencias.
El sol fue desapareciendo entre las nubes. No transpiramos más. El pañuelo se secó y reposa en el fondo del bolsillo. Nuestras piernas están cansadas, pero seguimos caminando. Ahora empieza a hacer frío, el viento juega con las hojas. Ya no intentamos encontrar la salida. Evitamos mirarnos hasta de soslayo, seguimos caminando juntos, entre las plantas. Allá arriba, helada y blanca, la luna llena.
Reside San Pablo, Brasil
.Los cementerios ejercen en mí una extraña fascinación. Me gusta caminar por sus calles cortitas que no conducen a nada. Me quedo mirando extasiada las enredaderas que suben por sus muros de ladrillos envejecidos. Hay en ellos un encanto especial, de algo parado en el tiempo, que está esperando sin ninguna prisa.
Pasan las estaciones, caen las hojas de los árboles, vuelven a nacer verdes y brillantes, renacen las flores, se secan, se deshojan. Se suceden los meses, los años, los árboles quedan desnudos y al caminar, el suave crujido de la hojarasca se transforma en el único murmullo en medio del silencio.
Los cementerios tienen un cierto romanticismo que emana de las frases de amor y añoranza impresas en el mármol, en el bronce: palabras cubiertas por el polvo y por la tierra, por las hojas y las flores secas.
Cuando caminamos, sin destino, por los cementerios, nos detenemos en las tumbas y las leemos y en ese momento aquellas palabras quietas y dormidas, dirigidas a una persona que no conocemos y que no podremos conocer, adquieren momentánea, loca vida.
Recuerdo una tarde en el cementerio de Père Lachaise. Fuimos a llevarle violetas a Chopin, su flor preferida. Su tumba es la única que tiene siempre flores frescas.
Père Lachaise alberga las tumbas más ilustres: Simone de Beauvoir, Moliere, Alfred de Musset, La Fontaine, Proust, Beaudelaire y tantos otros.
Cuando falleció Yves Montand, actores, actrices y amigos seguían su cajón que iba al encuentro de la tumba de Simone Signoret, su compañera por más de treinta años. Caían las hojas de los plátanos, mudo homenaje del otoño francés. Quien allí estuvo, debe haber oído deslizándose entre el ruido rítmico de los pasos, su voz inconfundible, cantando por última vez:
Je voudrais tant que tu te souviennes des jours heureux où nous étions amis. En ce temps la vie était plus belle et le soleil plus brûlant qu’aujourd'hui.
Hace ya algunos días que falleció el padre de un amigo. Fuimos al entierro en un cementerio grande y central aquí en San Pablo. Era mediodía y hacía calor. Caminábamos en silencio con algunos compañeros de trabajo. Uno de ellos nos señaló el panteón de su
familia. Mostraba una elegancia marchita, algunos vidrios rotos y mucha tierra, cubriendo el mármol gris.
El sol se infiltraba entre los árboles y dejaba más vivo y brillante el bronce de las tumbas, también destacaba el polvo de los vidrios, el musgo que crece entre las piedras, el amarillo violento e irracional de los jacintos.
Este cementerio está ubicado en un lugar alto, sobre una colina. Abajo se ve la ciudad, viva, ruidosa, burbujeante. En ese momento San Pablo nos pareció tan lejana, tan fuera de contexto, que le dimos rápidamente la espalda y continuamos nuestro incierto camino. En medio del silencio se oía el ruido seco y rítmico de los pasos, como un corazón que se empeñaba obstinadamente en latir.
Ajenos a todo, nuestros rostros pálidos, serios y compenetrados, iluminados en forma despiadada por el sol del mediodía. Seguimos caminando mudos, inmersos en nuestros propios pensamientos. Ese sol brutal nos hacía transpirar, nos enjugábamos la frente con pañuelos arrugados y humedecidos que guardábamos celosamente en nuestras manos calientes.
Los senderos se entrelazaban y formaban un laberinto sin fin. Comenzó a invadirnos una cierta zozobra. De repente, una camelia blanca, naciendo tímidamente nos hizo sonreír. Su blancura se destacaba del negro de los mármoles. Era de un blanco, tan blanco, como el velo de aquella novia que murió ya ni se sabe cuándo, en Buenos Aires, antes de llegar al altar, presumiblemente picada por una araña venenosa, escondida entre su cabello y el velo. Aún puede verse el velo traidor sobre su cajón, en el cementerio de La Recoleta.
Era de un blanco, tan blanco, como el cajón de mi hija Patricia, que murió con sólo cuatro meses y ahora tendría luminosos veinte años.
Apresuramos el paso. Apretamos los labios, con fuerza, para que de ellos no saliesen palabras amargas. Cerramos los ojos para que nadie viese nuestras lágrimas y para no vislumbrar ninguna flor blanca que nos trajese a la memoria tristes reminiscencias.
El sol fue desapareciendo entre las nubes. No transpiramos más. El pañuelo se secó y reposa en el fondo del bolsillo. Nuestras piernas están cansadas, pero seguimos caminando. Ahora empieza a hacer frío, el viento juega con las hojas. Ya no intentamos encontrar la salida. Evitamos mirarnos hasta de soslayo, seguimos caminando juntos, entre las plantas. Allá arriba, helada y blanca, la luna llena.
