Tonterías Gatescas ¡
de Roxy AGUILAR R.
Evasiones
Habíamos planeado la fuga colegial un día antes, las burdas señoritas de modales huérfanos, de un grado más avanzado que nosotras, nos habían sonsacado para emprender una aventura que prometía ser la experiencia más estrafalaria de nuestras cortas vidas. Habría alcohol, muchachos endebles pero atractivos para nuestras hormonas trastornadas por los cambios drásticos de un organismo púber, un lugar exótico para el escenario de la diversión latente y muchas ganas de demostrar nuestros anárquicos sentimientos en contra de una autoridad arbitraria, como lo era nuestra secundaria.
Quedamos de vernos frente a la escuela, para fingirles el ingreso a la misma a nuestros incautos padres. Pero algo salio mal, alguien nos denuncio y el portero de la institución se dio a la tarea de seguir a ese grupo de muchachitos, inexpertos en escapes de un sistema agobiante, pues torpemente se evidenciaban por su vestimenta equivalente.
Corrimos aproximadamente un kilómetro, evadiendo señoras hinchadas de ideas para la comida del día; autos que pitaban por la intolerancia de aceptar que nosotros llevábamos más prisa y por ello nos interponíamos en su camino y perros emergidos de escondrijos debidamente ubicados salían a nuestro encuentro para unirse al motín en proceso.
El escape fue todo un éxito, el enérgico portero no pudo contener esas diáfanas almas adolescentes recargadas de sueños desordenados.
Recuperando el aliento despilfarrado en la carrera, nos detuvimos en una esquina. En broma, Pacheco, el mayor de los muchachos del grupo, nervudo como un toro juvenil sediento de tropeles en un campo inmenso lleno de aromáticas florerillas primaverales, lanzo un comentario que en mi supersticiosa cabeza reboto como una pelotita inquieta.
- Esto es mal augurio, nos hemos escapado tantas veces, y nunca nos habían seguido. A mí se me hace que ustedes tres traen la mala suerte para el grupo.Con una mirada picara y un dedo inquisidor, Pacheco señalo, a Jimena, Estrella y a mí. Las nuevas del grupo.
Todos rieron, pero esas palabras en mí provocaron un dejo de desconcierto.
Habíamos planeado la fuga colegial un día antes, las burdas señoritas de modales huérfanos, de un grado más avanzado que nosotras, nos habían sonsacado para emprender una aventura que prometía ser la experiencia más estrafalaria de nuestras cortas vidas. Habría alcohol, muchachos endebles pero atractivos para nuestras hormonas trastornadas por los cambios drásticos de un organismo púber, un lugar exótico para el escenario de la diversión latente y muchas ganas de demostrar nuestros anárquicos sentimientos en contra de una autoridad arbitraria, como lo era nuestra secundaria.
Quedamos de vernos frente a la escuela, para fingirles el ingreso a la misma a nuestros incautos padres. Pero algo salio mal, alguien nos denuncio y el portero de la institución se dio a la tarea de seguir a ese grupo de muchachitos, inexpertos en escapes de un sistema agobiante, pues torpemente se evidenciaban por su vestimenta equivalente.
Corrimos aproximadamente un kilómetro, evadiendo señoras hinchadas de ideas para la comida del día; autos que pitaban por la intolerancia de aceptar que nosotros llevábamos más prisa y por ello nos interponíamos en su camino y perros emergidos de escondrijos debidamente ubicados salían a nuestro encuentro para unirse al motín en proceso.
El escape fue todo un éxito, el enérgico portero no pudo contener esas diáfanas almas adolescentes recargadas de sueños desordenados.
Recuperando el aliento despilfarrado en la carrera, nos detuvimos en una esquina. En broma, Pacheco, el mayor de los muchachos del grupo, nervudo como un toro juvenil sediento de tropeles en un campo inmenso lleno de aromáticas florerillas primaverales, lanzo un comentario que en mi supersticiosa cabeza reboto como una pelotita inquieta.
- Esto es mal augurio, nos hemos escapado tantas veces, y nunca nos habían seguido. A mí se me hace que ustedes tres traen la mala suerte para el grupo.Con una mirada picara y un dedo inquisidor, Pacheco señalo, a Jimena, Estrella y a mí. Las nuevas del grupo.
Todos rieron, pero esas palabras en mí provocaron un dejo de desconcierto.
Proseguimos con el viaje y decidimos ir al malecón, éste se encontraba en una localidad vecina, no muy lejos de la ciudad, la decisión de parar ahí fue lógica si la pensamos desde el punto exacto de la inmadurez, pues un rió de mala fama, como lo era el Grijalva, era una patria potencial para un grupo de muchachitos que peleaban contra un fantasma que ni siquiera podían ver.
Llegamos al pueblito pintoresco como a eso de las diez de la mañana, el sol todavía pintaba calido.
Katia, la más extrovertida del grupo, era como un maremoto arremetiendo contra una medrosa playa, furiosa e incontenible, siempre buscaba problemas sólo por su humanitaria labor social de divertir a los amigos. Propuso ir a las islas enanas que se encontraban al frente de nosotros y ubico a un lanchero al cual ya conocía por sus visitas anteriores. Con un poco de coqueteo lozano, consiguió un buen precio para que nos trasportara de ida y vuelta. Pacto la hora y con un calido beso la propina le hizo llegar.
Nadamos, comimos y reímos cuanto pudieron soportar nuestros juveniles cuerpos.
Lucy, otra de las compañeras del grupo; morena como la más dulce azúcar, con el cabello ensortijado como la maraña de ideas perniciosas que deseaba poner en practica con los infelices estudiantes de la escuela, nos contaba que al lado derecho de la isla donde nos encontrábamos, salía una pequeña playa, a determinada hora del día, donde podíamos tomar el sol cual iguanas de azotea, de esas que pululaban por aquel animado pueblo, el problema era que no recordaba la hora exacta y que el tiempo de estancia en la isla casi se agotaba y el lanchero llegaría por nosotros en cualquier momento.
Fue entonces que Estrella, con ese dejo de despiste que acentuaban esos hermosos ojos verdes, como el mismo río que ahora profanábamos, señalo algo que se asomaba a un costado de la isla. ¡Era la playa referida por Lucy!.La emoción recorrió mi cuerpo como una suave brisa húmeda importunando a cada bello de mi piel. Vuelta loca de la impresión que causo en mí ese fenómeno natural, casi rogué a las compañeras de aventuras de ese día extravagante que me acompañaran a ver de cerca el suceso. Sólo tres de ellas accedieron. Katia, Lucy y Jimena.
Sobreexcitada me adelante y pise aun la húmeda arena fina de rió que brotaba de las profundas aguas.
Pronto tomábamos el sol, como si en Puerto Arista nos encontráramos, cuando en un pequeño parpadeo Katia sintió en el aire el dejo de ausencia que alguien esparce cuando de un lugar se aleja. Alarmada pronunció.
- ¿y Jimena?
A la par del sentimiento de desconcierto mezclado por el horror que provocaba la mala fama del río, Lucy y yo volteamos desconcertadas a todos lados, cuando sin decir nada más Katia brinco al afluente y la corriente vomito un grito de desesperación, Jimena brinco descompuesta hacia la superficie, aterradas Lucy y yo observamos la escalofriante escena, la cual para mi se extendió por más tiempo ante la impotencia de quedarme sola a orilla de la playa ante la imposibilidad de poder nadar. Lucy ya se encontraba dentro del escabroso escenario húmedo de gritos de suplicantes enunciados de vida. Pero al poco tiempo salio con heridas en pies, manos y espalda.
A mí sólo me quedo el consuelo de clamar ayuda a aquel lejano público indiferente ante la tragedia latente de una muerte anunciada. Chillaba hasta que el sonido se distorsionaba y su sentido se perdía, la indiferencia trago a los compañeros de aventura que con un ademán frió nos dieron la espalda.El río inmune a mi suplicas se alejaba con ellas con una baile estrambótico que las lanchas le enseñaban al pasar sobre él.
Sin más esperanza de recupéralas caí desplomada ante aquella humillante derrota con aquel inclemente ser.
Pero algo paso, a lo lejos un viejo cayuco se desbarranco de una orilla y se acerco veloz ante los gritos míos, un anciano con semblante sereno paso junto a mí y me regalo esperanza, aquella humilde embarcación saco a las dos chiquillas en apuros, y las regreso a la vida.
Ya en la playa vomitaron la poca de muerte que aun tenían en el cuerpo.
Llegamos al pueblito pintoresco como a eso de las diez de la mañana, el sol todavía pintaba calido.
Katia, la más extrovertida del grupo, era como un maremoto arremetiendo contra una medrosa playa, furiosa e incontenible, siempre buscaba problemas sólo por su humanitaria labor social de divertir a los amigos. Propuso ir a las islas enanas que se encontraban al frente de nosotros y ubico a un lanchero al cual ya conocía por sus visitas anteriores. Con un poco de coqueteo lozano, consiguió un buen precio para que nos trasportara de ida y vuelta. Pacto la hora y con un calido beso la propina le hizo llegar.
Nadamos, comimos y reímos cuanto pudieron soportar nuestros juveniles cuerpos.
Lucy, otra de las compañeras del grupo; morena como la más dulce azúcar, con el cabello ensortijado como la maraña de ideas perniciosas que deseaba poner en practica con los infelices estudiantes de la escuela, nos contaba que al lado derecho de la isla donde nos encontrábamos, salía una pequeña playa, a determinada hora del día, donde podíamos tomar el sol cual iguanas de azotea, de esas que pululaban por aquel animado pueblo, el problema era que no recordaba la hora exacta y que el tiempo de estancia en la isla casi se agotaba y el lanchero llegaría por nosotros en cualquier momento.
Fue entonces que Estrella, con ese dejo de despiste que acentuaban esos hermosos ojos verdes, como el mismo río que ahora profanábamos, señalo algo que se asomaba a un costado de la isla. ¡Era la playa referida por Lucy!.La emoción recorrió mi cuerpo como una suave brisa húmeda importunando a cada bello de mi piel. Vuelta loca de la impresión que causo en mí ese fenómeno natural, casi rogué a las compañeras de aventuras de ese día extravagante que me acompañaran a ver de cerca el suceso. Sólo tres de ellas accedieron. Katia, Lucy y Jimena.
Sobreexcitada me adelante y pise aun la húmeda arena fina de rió que brotaba de las profundas aguas.
Pronto tomábamos el sol, como si en Puerto Arista nos encontráramos, cuando en un pequeño parpadeo Katia sintió en el aire el dejo de ausencia que alguien esparce cuando de un lugar se aleja. Alarmada pronunció.
- ¿y Jimena?
A la par del sentimiento de desconcierto mezclado por el horror que provocaba la mala fama del río, Lucy y yo volteamos desconcertadas a todos lados, cuando sin decir nada más Katia brinco al afluente y la corriente vomito un grito de desesperación, Jimena brinco descompuesta hacia la superficie, aterradas Lucy y yo observamos la escalofriante escena, la cual para mi se extendió por más tiempo ante la impotencia de quedarme sola a orilla de la playa ante la imposibilidad de poder nadar. Lucy ya se encontraba dentro del escabroso escenario húmedo de gritos de suplicantes enunciados de vida. Pero al poco tiempo salio con heridas en pies, manos y espalda.
A mí sólo me quedo el consuelo de clamar ayuda a aquel lejano público indiferente ante la tragedia latente de una muerte anunciada. Chillaba hasta que el sonido se distorsionaba y su sentido se perdía, la indiferencia trago a los compañeros de aventura que con un ademán frió nos dieron la espalda.El río inmune a mi suplicas se alejaba con ellas con una baile estrambótico que las lanchas le enseñaban al pasar sobre él.
Sin más esperanza de recupéralas caí desplomada ante aquella humillante derrota con aquel inclemente ser.
Pero algo paso, a lo lejos un viejo cayuco se desbarranco de una orilla y se acerco veloz ante los gritos míos, un anciano con semblante sereno paso junto a mí y me regalo esperanza, aquella humilde embarcación saco a las dos chiquillas en apuros, y las regreso a la vida.
Ya en la playa vomitaron la poca de muerte que aun tenían en el cuerpo.
