samedi 2 mai 2009

Ronald DWORKIN/La deliberación y el disenso


Crítica de libros / Filosofía
La deliberación y el disenso

La democracia posible
Por Ronald Dworkin
Paidós
Trad.: Ernesto Weikert García
214 páginas
$ 110

Dicen que la sola presencia del filósofo norteamericano Ronald Dworkin en un debate público puede ser intimidante. Histriónico y sin prejuicios, suele ser feroz con sus oponentes. Puesta en papel, esa pasión se traduce en algunas de las páginas más brillantes de La democracia posible . Su intento por revitalizar la democracia norteamericana lo obliga a reconocer, en este libro, la necesidad de dos instancias: la de consensuar ciertos elementos básicos al momento de enfrentar posiciones, pero también el papel indisoluble del disenso, ejercicio éste que a él parece fascinarlo.

Profesor de la Universidad de Nueva York y del University College de Londres y, sin duda, uno de los pensadores políticos más influyentes y articulados de la actualidad, el autor de trabajos clásicos como Tomando en serio los derechos ha desarrollado su tarea filosófica guiado por cuestiones tales como la relación entre libertad e igualdad, los problemas de la justicia distributiva y la teoría del derecho.

La democracia posible -un texto destinado a ser discutido por fuera de la academia- fue lanzado antes de la crisis económica actual pero cuando las políticas de George W. Bush ya mostraban sus peores consecuencias. Los efectos nocivos de la reducción de impuestos, la violación a los derechos humanos en el marco de la lucha contra el terrorismo y el papel unilateral otorgado públicamente a la religión son, para Dworkin, elementos que atentan contra algunos de los principios básicos de la democracia.

Uno de los objetivos del volumen es reestablecer el diálogo entre liberales y conservadores, pero siempre con el objetivo final de argumentar a favor de la visión de los primeros. Para encarar esta tarea el autor entiende que el primer paso es desafiar el latiguillo de que Estados Unidos está dividido en dos culturas políticas irreconciliables: los propios conservadores y los liberales. Incluso, señala, esta suerte de diagnóstico insistente es parcialmente responsable de ese mismo quiebre. En primer lugar, es necesario identificar dos principios sobre los que todos acordamos: que "toda vida humana tiene un tipo especial de valor objetivo" y que "cada persona tiene una responsabilidad especial en la consecución del logro de su propia vida". Convenido esto, Dworkin comienza a desgranar el modo diverso en que pueden ser interpretados esos principios. Esa divergencia nos puede enfrentar a posiciones abismalmente diferentes, pero al menos estaremos de acuerdo en aquellos principios básicos y, sobre todo, en identificar claramente en qué disentimos. El consenso puede así existir sólo alrededor de aquellas dos formulaciones elementales; llevarlo más allá deja de ser un requisito. Y es justamente el énfasis en el papel del debate público -que se lograría, por ejemplo, a través de la introducción en la educación formal de clases de teoría política- el camino que puede salvar a la democracia norteamericana. El diagnóstico que Dworkin vuelca sobre el presente es sombrío -el conocimiento del ciudadano norteamericano es pobre, el dominio de las simplificaciones mediáticas, profundo-, pero la salida resulta posible: se trata de recuperar la centralidad de la argumentación sin evadir los posibles enfrentamientos. A la par de sus gestos ampulosos sobre la tarima, la sagacidad de Dworkin hace de la deliberación el corazón de la política.

Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 18/04/2009