
Crítica de libros / Narrativa extranjera
Un Fausto de la inmigración
Por Fernando López
El maestro de almas , novela de Irène Némirovsky recientemente recuperada, presenta una historia de mezquindad y nobleza, en la que el protagonista está dispuesto al éxito a cualquier precio con tal de no volver a hundirse en la miseria de los orígenes
El maestro de almas
Por Irène Némirovsky
Salamandra
Trad.: José Antonio Soriano Marco
221 Páginas
$ 59
"El temple de sus nervios es el único capital del que obtienen la fuerza", se dice a sí mismo Darío Asfar mientras observa el bullicio de la fiesta. En medio de los frívolos burgueses parisienses ve caras familiares, caras de extranjeros como él, llegados de lugares que los franceses ni siquiera imaginan; bajo la máscara del bienestar, reconoce en ellos las huellas de la indigencia y el crónico miedo a recaer en la pobreza: la misma inquietud que siente en carne propia y que le ha dejado esos ojos de lobo hambriento. No son -como podría suponerse- privilegiados de entreguerras que sólo piensan en divertirse, bailar y beber. Están ahí en busca de notoriedad, de una amante rica, un socio capitalista, algo que les asegure el sustento.
¿Qué tienen en común estos magnates, actrices, fulleros, aventureras y financistas sino la ansiedad por guardar las apariencias para conservar el éxito a cualquier precio y el temor de volver a la miseria de sus orígenes?
Darío los ve fingir como a jugadores que siempre necesitan aguantar más que el rival, ocultar sus debilidades aunque sea a costa de angustias y fobias. "Lo que necesitan -concluye- es un confesor que conozca sus sucios secretos, los escuche y los despida con un ego te absolvo"; alguien que les permita saciarse sin remordimientos, que los drogue. Él, que ha trepado en la escala social gracias a su astucia, su labia y su falta de escrúpulos, sabrá entregarles lo que buscan: el secreto para seguir viviendo a gusto sin sufrir por eso. Terapeuta improvisado o psicoanalista de pacotilla, logrará todavía más: se adueñará de sus almas. Y cumplirá su destino. Se cree condenado a ser un sinvergüenza quizá desde que era un pilluelo andrajoso en un puerto del mar Negro, antes del vagabundeo por Europa, de su título arrancado con esfuerzo a Occidente "como quien roba un trozo de pan a una extraña"; antes de que con la práctica de un aborto (a cambio del dinero para salvar a su mujer y su cría) forzara el primer límite e iniciara su tortuoso ascenso. Gracias a su intuición, sus pacientes ya no serán, como en Niza, porteras, obreros o burócratas de medio pelo, sino esta hipócrita sociedad parisiense, crédula y moralmente frágil, que lo desprecia como médico pero que lo admirará como charlatán exótico que alivia los dolores del alma.
El semanario Gringoire inició en mayo de 1939 la publicación de esta novela por entregas. Irène Némirovsky la tituló Les échelles du Levant ("Las escalas de Levante"), expresión referida a las ciudades del Oriente Próximo que han articulado desde los tiempos del Imperio otomano el comercio -y también el flujo migratorio- entre Europa y Asia, pero, ya que el mismo título corresponde a un libro de Amin Maalouf publicado en 1996, se eligió para esta edición El maestro de almas , tal como se la conoce también en francés.
Las escalas son las estaciones que señalan la marcha de una inmigración que huye de la pobreza y busca acceder al Occidente prometedor. La época que evoca Némirovsky -el relato se inicia en 1920- registra un aumento vertiginoso de la inmigración en Francia y de la aversión a esos intrusos (provenientes del Este europeo, judíos o no), "extenuados y comidos por los piojos" según un senador de la época. Rusa y judía como su personaje, la escritora provenía de una familia acomodada que huyó del tumulto revolucionario en vez del hambre. Pero hay alguna resonancia entre su trayectoria y la del joven levantino, cuya codicia describe de la misma manera implacable que su obsesión por asegurar el futuro de la familia. Esa mirada poco complaciente hacia los judíos, presente en muchas de sus obras, dio lugar a malentendidos y maliciosas acusaciones de antisemitismo. Némirovsky nunca negó su origen, todo lo contrario. Pero "¿por qué iba a negarse un pueblo a ser visto como es, con sus virtudes y sus defectos?", se preguntaba en 1940, al publicar Los perros y los lobos . La admirable autora, asesinada en Auschwitz en 1942 y redescubierta hace poco, confiaba en que muchos israelitas se reconocerían en sus personajes: "Sé que digo la verdad". Y al fin, Asfar es, antes que judío, un exiliado, y su conducta -su afán trepador- responde a la violencia racial y económica que padece por parte de una sociedad xenófoba y lábil, pintada con similar crudeza.
El relato trabaja sobre oposiciones claras y personajes tomados del estereotipo, pero Némirovsky los enriquece con su indagación psicológica y les confiere una humanidad palpitante, compleja. Y a veces hondamente conmovedora, como en las páginas que traducen la zozobra final del ricacho que ha servido de peldaño para el ascenso de Asfar, hombre al mismo tiempo noble y mezquino, que "vende su alma para alimentar a los suyos", como bien apuntan en el esclarecedor epílogo Olivier Philipponat y Patrick Lienhardt, biógrafos de la autora. Ellos también definen El maestro de almas con rara exactitud: "Libro terrible, persistente, presuroso (...) es el relato de una integración indigna comprada con una abjuración: el mito de Fausto trasladado al mundo de la inmigración".
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 27/07/2009
Un Fausto de la inmigración
Por Fernando López
El maestro de almas , novela de Irène Némirovsky recientemente recuperada, presenta una historia de mezquindad y nobleza, en la que el protagonista está dispuesto al éxito a cualquier precio con tal de no volver a hundirse en la miseria de los orígenes
El maestro de almas
Por Irène Némirovsky
Salamandra
Trad.: José Antonio Soriano Marco
221 Páginas
$ 59
"El temple de sus nervios es el único capital del que obtienen la fuerza", se dice a sí mismo Darío Asfar mientras observa el bullicio de la fiesta. En medio de los frívolos burgueses parisienses ve caras familiares, caras de extranjeros como él, llegados de lugares que los franceses ni siquiera imaginan; bajo la máscara del bienestar, reconoce en ellos las huellas de la indigencia y el crónico miedo a recaer en la pobreza: la misma inquietud que siente en carne propia y que le ha dejado esos ojos de lobo hambriento. No son -como podría suponerse- privilegiados de entreguerras que sólo piensan en divertirse, bailar y beber. Están ahí en busca de notoriedad, de una amante rica, un socio capitalista, algo que les asegure el sustento.
¿Qué tienen en común estos magnates, actrices, fulleros, aventureras y financistas sino la ansiedad por guardar las apariencias para conservar el éxito a cualquier precio y el temor de volver a la miseria de sus orígenes?
Darío los ve fingir como a jugadores que siempre necesitan aguantar más que el rival, ocultar sus debilidades aunque sea a costa de angustias y fobias. "Lo que necesitan -concluye- es un confesor que conozca sus sucios secretos, los escuche y los despida con un ego te absolvo"; alguien que les permita saciarse sin remordimientos, que los drogue. Él, que ha trepado en la escala social gracias a su astucia, su labia y su falta de escrúpulos, sabrá entregarles lo que buscan: el secreto para seguir viviendo a gusto sin sufrir por eso. Terapeuta improvisado o psicoanalista de pacotilla, logrará todavía más: se adueñará de sus almas. Y cumplirá su destino. Se cree condenado a ser un sinvergüenza quizá desde que era un pilluelo andrajoso en un puerto del mar Negro, antes del vagabundeo por Europa, de su título arrancado con esfuerzo a Occidente "como quien roba un trozo de pan a una extraña"; antes de que con la práctica de un aborto (a cambio del dinero para salvar a su mujer y su cría) forzara el primer límite e iniciara su tortuoso ascenso. Gracias a su intuición, sus pacientes ya no serán, como en Niza, porteras, obreros o burócratas de medio pelo, sino esta hipócrita sociedad parisiense, crédula y moralmente frágil, que lo desprecia como médico pero que lo admirará como charlatán exótico que alivia los dolores del alma.
El semanario Gringoire inició en mayo de 1939 la publicación de esta novela por entregas. Irène Némirovsky la tituló Les échelles du Levant ("Las escalas de Levante"), expresión referida a las ciudades del Oriente Próximo que han articulado desde los tiempos del Imperio otomano el comercio -y también el flujo migratorio- entre Europa y Asia, pero, ya que el mismo título corresponde a un libro de Amin Maalouf publicado en 1996, se eligió para esta edición El maestro de almas , tal como se la conoce también en francés.
Las escalas son las estaciones que señalan la marcha de una inmigración que huye de la pobreza y busca acceder al Occidente prometedor. La época que evoca Némirovsky -el relato se inicia en 1920- registra un aumento vertiginoso de la inmigración en Francia y de la aversión a esos intrusos (provenientes del Este europeo, judíos o no), "extenuados y comidos por los piojos" según un senador de la época. Rusa y judía como su personaje, la escritora provenía de una familia acomodada que huyó del tumulto revolucionario en vez del hambre. Pero hay alguna resonancia entre su trayectoria y la del joven levantino, cuya codicia describe de la misma manera implacable que su obsesión por asegurar el futuro de la familia. Esa mirada poco complaciente hacia los judíos, presente en muchas de sus obras, dio lugar a malentendidos y maliciosas acusaciones de antisemitismo. Némirovsky nunca negó su origen, todo lo contrario. Pero "¿por qué iba a negarse un pueblo a ser visto como es, con sus virtudes y sus defectos?", se preguntaba en 1940, al publicar Los perros y los lobos . La admirable autora, asesinada en Auschwitz en 1942 y redescubierta hace poco, confiaba en que muchos israelitas se reconocerían en sus personajes: "Sé que digo la verdad". Y al fin, Asfar es, antes que judío, un exiliado, y su conducta -su afán trepador- responde a la violencia racial y económica que padece por parte de una sociedad xenófoba y lábil, pintada con similar crudeza.
El relato trabaja sobre oposiciones claras y personajes tomados del estereotipo, pero Némirovsky los enriquece con su indagación psicológica y les confiere una humanidad palpitante, compleja. Y a veces hondamente conmovedora, como en las páginas que traducen la zozobra final del ricacho que ha servido de peldaño para el ascenso de Asfar, hombre al mismo tiempo noble y mezquino, que "vende su alma para alimentar a los suyos", como bien apuntan en el esclarecedor epílogo Olivier Philipponat y Patrick Lienhardt, biógrafos de la autora. Ellos también definen El maestro de almas con rara exactitud: "Libro terrible, persistente, presuroso (...) es el relato de una integración indigna comprada con una abjuración: el mito de Fausto trasladado al mundo de la inmigración".
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 27/07/2009
