dimanche 9 août 2009

J. Ernesto AYALA-DIP/En primera persona



CRÍTICA
En primera persona
Por J. Ernesto AYALA-DIP

Los dos libros que hoy comentamos son de autores a los que une haber nacido en la década de los cincuenta, con una diferencia de cuatro años, y haber escrito dos libros de parecida voluntad autobiográfica. No los vincula un afán generacional, pero pertenecen a una misma generación histórica.

Y probablemente, también pertenezcan a un similar perfil sociológico. Si se quisiera buscar alguna otra vinculación, no sería irrelevante el hecho de haber publicado sus libros este mismo año: una ayudita del azar para hacer más redonda la circunstancia. Estoy hablando de Las cosas como eran, de la poetisa Esperanza Ortega (Palencia, 1953), y de Fuga lenta, el primer libro del médico de profesión Juan Martínez de las Rivas (Buenos Aires, 1957). Los dos libros están escritos en primera persona. El uso de esta instancia narrativa no es para subrayar la naturaleza personal de lo narrado: su función parece más bien, en ambos textos, una manera muy sutil e implícita de privilegiar una voz en busca de un orden (narrativo) dentro de ese desorden que es la vida cuando apenas se tienen los años de la adolescencia. De esta manera ambos relatos se nutren no tanto de una autoexigencia de ficcionalidad (como si se intentara disimular la materia real de lo que se cuenta), como sí de una necesidad de sentido literario, estético (y ético, claro, a la postre). Coinciden también ambos autores en el paisaje familiar, o en ámbitos comunes como son los colegios (mitad internos mitad públicos en su trayectoria escolar), en el rastreo de claves que descifren esos cotos cerrados (para usar un título de Juan Goytisolo) en que se convierten para los niños las miradas, los gestos y los murmullos de sus padres.

Veamos ahora las diferencias. A mi parecer estriban en los métodos y en las preguntas. En Fuga lenta, Martínez de las Rivas debe bucear entre los prejuicios de una familia acomodada y cosmopolita en irreversible proceso de decadencia económica y estatus social. Y también debe hacerlo para explicarse con la mayor racionalidad posible por qué sus padres disimulan lo que no deberían disimular y exhiben lo que no deberían exhibir. Vivir por encima de sus posibilidades cuando la hacienda familiar va menguando. O echar mano de un pariente rico para sufragar el colegio de prestigio, sin remordimiento. Se diría que éste es el tema angular que persigue las evocaciones del narrador de Fuga lenta. Buscar un sentido a su existencia adulta, una vez interrogados los materiales de su ámbito familiar en su niñez y adolescencia. Un relato de formación: sin ira, sin ajuste de cuentas. En Las cosas como eran, el método de investigación familiar (nuestras familias siempre son un misterio que desvelar) es distinto. El misterio es parte de la madeja: si se la deshila el misterio ha de quedar intacto. Por eso Esperanza Ortega opera con partes de esa madeja familiar. Las muñecas, las escaleras, la ropa, el cine, los colegios, las palabras, lo invisible, los libros, los alimentos, no son sólo capítulos del libro que leemos: son metáforas de una vida que explican al que narra. El narrador es observado por ellas. En cada capítulo de Las cosas como eran se impone algo invisible ("un segundo de luz / paraíso", nos dice en un poema de Lo que va a ser de ti la autora), lo indefinible. Probablemente la materia, por indecible, más luminosa de este libro. Recomiendo mucho estos dos títulos. Están soberbiamente escritos, cada uno en su registro particular y necesario. Dos libros para leer. O para escuchar.

Fuga lenta. Juan Martínez de las Rivas. Acantilado. Barcelona, 2009. 375 páginas. 22 euros. Las cosas como eran. Esperanza Ortega. Menoscuarto. Palencia, 2009. 291 páginas. 17 euros.

***
Primeras páginas de
'Fuga lenta'
de Juan Martínez de las Rivas

Uno

Mi padre, que en su juventud había sido un donjuán de categoría internacional y andanzas transcontinentales, solía quejarse de que mi familia, es decir, mi madre y mis abuelos maternos, había empantanado su prometedora existencia, su trayectoria de cazamillonarias talentoso. La decisión de casarse con mi madre, no la más rica pero sí la más ingenua de las candidatas, se había revelado desatinada a pesar de la concienzuda elección entre las herederas a su alcance. Erró la elección porque mi abuelo materno, que heredó una fortuna sólida, logró arruinarse sin que se le viera disfrutarla ni dilapidarla, para disgusto y sorpresa de mi padre, que gastaba con soltura y placer cada billete que caía en sus manos. Mi abuelo materno era austero y frugal desde joven, y cuando, ya de viejo, agotaba el dinero heredado, pareció culminar una vocación de pobreza. Su ruina, disimulada por sus costumbres morigeradas, pasó por un tiempo a los ojos de sus parientes por una exacerbación de la tacañería que desde generaciones distinguía a los de su apellido. Como muestra de ese rasgo se contaba de mi bisabuelo materno que, tras regalar un sombrero viejo a un criado y descubrir luego que en cabeza ajena lucía menos ajado, le exigió que se lo devolviera.

El chasco de mi padre fue mayor a causa del espejismo que produjo la tacañería, muy celebrada porque parecía garantizar la transmisión íntegra y aumentada de las posesiones de mi abuelo Juan. La elección de mi madre como fuente de fortuna, a pesar de contar con signos muy favorables (hija única, desconocedora de la existencia mundana, y familia adornada con algunos títulos nobiliarios antiguos y uno reciente, que probaba la vigencia de la riqueza y de la influencia del clan), condujo a mi padre a un fracaso inesperado y sin enmienda.

«No cometas mi equivocación: cásate con una heredada y no con una heredera», me aleccionaba. No es que buscara mi complicidad, imposible si se trataba de minusvalorar a mi madre. Era una ironía: aconsejar sobre el matrimonio de conveniencia a un niño de diez años. Mi abuelo Juan, en cambio, no se llevó sorpresas con mi padre, sino que supo desde el primer día a qué atenerse: ya en la celebración de la boda se le presentaron, reclamando el cobro de sus deudas, los primeros acreedores del novio felizmente casado con su hija.

Los lamentos y reproches de mi padre por sus oportunidades perdidas se acompañaban en ocasiones de datos. Nombres, apellidos y patrimonio de las que habían sido candidatas a enriquecerlo y que en mala hora fueron descartadas. Como aquella portuguesa del linaje de los banqueros de apellido teologal, que, en lugar de asfixiarlo en un pisito de clase media del barrio de Argüelles, le habría encomendado la administración de sus plantaciones africanas. En el lugar apropiado (en una de aquellas colonias ultramarinas, por ejemplo), mi padre habría mostrado las dotes de hombre de negocios que estaba convencido de poseer. Su problema, según declaraba, era haber heredado de sus antepasados la visión del negociante (y las aficiones de los ricos, añadía de paso), pero no la propiedad de los negocios ni el capital para invertir. Le faltaba un punto de apoyo, por decirlo con una expresión que le gustaba emplear. Su objetivo existencial era recuperar la riqueza que le hubiera correspondido si su padre no se hubiera casado por segunda vez tras abandonar a mi abuela paterna durante la guerra civil. El lujo y la riqueza, según tenía comprobado, eran sus elementos. Para su desgracia topó con mi abuelo materno, cuya ambición había sido desentenderse del dinero y sus molestias, aunque fuera al precio de dejarse mal administrar.

Que mi padre estuviese dotado para seducir a mujeres ricas no significaba, como podría maquinalmente pensarse, que fuera indolente. Al contrario: dirigía, es de suponer que por sus méritos, una fábrica americana de bebidas y ganaba un sueldo alto. La dificultad, para mi madre, era que el dinero no llegaba a nuestra casa sino en entregas escasas. Los ingresos de mi padre desaparecían en diversiones nocturnas y las necesidades domésticas quedaban sin cubrir. Las discusiones entre mi padre y mi madre se sucedían. Se encerraban en su dormitorio, contiguo del mío, y a través de la pared me llegaban palabras inglesas que al principio no entendía, salvo una, thousand, que se repetía a menudo y cuyo significado adiviné por parecerse al término tausend que conocía por mis estudios en el colegio alemán. Hablaban en inglés sólo cuando discutían de dinero. Si los oía hablar en el idioma de sus secretos aguzaba el oído para pescar a través del tabique palabras que pudiera desvelar. Pero si la discusión se agriaba, prefería ensordecerme disparando penalties a mi mesa de estudio.

Con la costumbre de deber dinero se relajó en mi madre la preocupación por el efecto que estos apuros causarían en mi mente infantil y tuve la ocasión de aprender precozmente palabras de la escasez, que empezaron a pronunciarse a menudo, como Montepío (mostrador tras el que un hombre recoge y devuelve periódicamente nuestras piezas de plata), anticuario (la última solución) o embargo (dos hombres aburridos que esgrimen un papel y llaman en vano a la puerta cerrada con todos los pestillos). Cada cierto tiempo desaparecía un mueble, como el gran espejo de la entrada, de al menos dos metros de alto, con un marco de madera labrado al completo con rosas exentas minuciosamente reproducidas y que dejó vacía una pared entera como recuerdo, un anuncio de la quiebra que estaba por llegar.

La tarde en la que se llevaron el espejo los adultos estaban inquietos. Mi padre paseaba de un lado a otro de la entrada. Por confidencia de la cocinera que aún manteníamos y que gozaba de una visión impasible de nuestros episodios familiares, había yo averiguado que el aprieto de aquel día era una deuda que urgía saldar. Aunque mi madre me había recomendado que no saliera de mi cuarto, tras un rato de reflexión me encaminé a la entrada para dar a conocer a mi padre el remedio de su angustia:
—Si necesitáis dinero puedo daros los sellos del Papa. Había imaginado que mi donación produciría un gran alborozo, una suerte de estallido de felicidad.

Al tiempo que resolvía yo nuestra crisis, descubrirían mis padres que ya no era tan pequeño e incapaz. Pero, en lugar de celebrar la idea, mi padre me miró sin expresión y no dijo palabra. La mirada duró hasta la aparición de mi madre, que mi padre acompañó con el gesto de ¿qué hace el niño aquí?, que me llevó a ser confinado de nuevo en mi cuarto. ¿Cuál era el fallo del plan? Seguramente ignoraba mi padre el valor de mis sellos, porque lo de la filatelia era cosa de mi madre y del abuelo Juan. Dos años antes, en los días de mi primera comunión, mi abuelo me había regalado un librito titulado Coleccionar sellos, sí,pero..., ¿cómo? Poco después, mi madre me llevó a una tienda en un barrio apartado de casa y compró para mí un álbum de sellos. El tendero era un hombre estirado y relamido. No se parecía en nada a los vendedores de tebeos o de artículos de broma. No vestía mandil sino traje y corbata. No hacía cambios, sólo vendía. No era necesario hacer cola ante el mostrador para comprar en su local: estuvimos solos todo el rato.

Hablaba de sus sellos como si fueran algo que no debiera confiarse a los niños. Mi madre le creía o le seguía la corriente y le daba trato de experto en materia ardua.
—Entonces, ¿qué aconsejaría usted para que mi hijo empiece su colección?
—Los del Vaticano, desde luego.
Con gesto pausado, el vendedor mostró a la luz de un foco unos sellos grandes, cuadrados, monocromos, dibujados sin gracia. En ellos aparecía el papa Pablo sentado en su trono, con los hombros cubiertos por un manto, saludando de lejos, o quizá bendiciendo, a unos fieles que no se veían.
—Son los que más se están revalorizando—añadió el experto.

Como mis padres recibían a menudo cartas del extranjero, había empezado a interesarme por los sellos y a guardar los que me gustaban, recortados con un trozo de sobre pegado. Tenía una caja de galletas a medio llenar. Pero nunca había visto unos sellos tan feos.
—¿Son una buena inversión?—quiso confirmar mi madre.
—Por supuesto. Su valor se multiplica en poco tiempo.
Quizá, igual que los jarabes de peor sabor resultan más curativos, los sellos más feos fueran los más valiosos. Dos años llevaba el álbum que contenía los sellos del Papa multiplicando su precio en la estantería de mi habitación. ¿No era hora de comprobar el acierto de aquella adquisición tan rentable?
Aunque mis padres se lamentasen de vivir con estrecheces en comparación con nuestros antepasados y parientes, la mayoría de las personas que nos rodeaban nos consideraban ricos.

Sobre todo cuando íbamos en el coche americano de mi padre. Me di cuenta cuando vino una tarde a recogerme al colegio y mis compañeros rodearon su Ford azul celeste y me asaetearon con preguntas admirativas que no era capaz de responder, como la velocidad máxima que alcanzaba y el número de marchas de su motor. No importó mi ignorancia, porque unos contestaban a otros:
—Éste es el último modelo. Viene de América.
—Hay que mirar la velocidad en el cuentakilómetros.

El Ford nos acompañó unos años, quizá fueran tres. Poco después de la desaparición del espejo, mi padre vendió el coche y nunca compró otro. Decía que prefería ir en taxi.

Una vez pregunté a mi madre si le parecía bien que lo hubiera vendido.
—Eso, precisamente, fue algo que tu padre hizo bien. Se portó como debía. Estuve enferma y había que pagar a los médicos.
Fue una operación peligrosa, ahora te lo puedo decir porque salió bien. Esas operaciones son caras y tu padre vendió su coche para pagar la mía.
—No sabía que estabas enferma.
—Ya no. Me operaron hace unos meses. Cuando te dije que me iba de viaje y te dejé en casa del abuelo Juan, ¿te acuerdas?
Hizo gesto de pensar, supongo que me acarició el pelo, y recordó:
—Lo que no me pareció nada bien fue que vendiera mi coche de soltera. Era un coche inglés, pequeño pero bonito. Me lo había regalado mi padre. Venderlo fue lo primero que
hizo nada más casarnos.

En mi madre se advertía un malestar creciente. Catalina, la cocinera portuguesa que entonces empezaba a compaginar el trabajo de nuestra casa con otros, lo achacaba a que mi padre salía con mujeres. Empecé a oír la expresión «tener amiguitas».
—Catalina, ¿mi madre se enfada porque mi padre tiene amiguitas?
—Ahora es peor, Juanito: tiene una amiguita.
—¿Y es peor tener una amiguita que varias?
—Mucho peor. Ya lo entenderás cuando crezcas.

La amiguita era una cantante argentina que mi padre había contratado para que actuara en un local nocturno que había abierto con dinero de un sablazo (otra palabra con la que convenía estar familiarizado) que había dado a mi abuela materna. Mi madre recorría el pasillo del piso hablando en voz alta con Catalina. En su tono había algo de humor, pero más desesperación y furia contra mi padre:
—¡Vaya la tal Irma o Nirma o Dirma, o cómo se llame esa cantante...! ¡Para colmo me dice mi marido que va a lanzar su carrera artística y que será un gran negocio! ¡Lo que me faltaba por oír!

En las calles había muchos carteles que anunciaban actuaciones de circos, de boxeadores, de cómicos y de cantantes. Empecé a buscar en ellos el nombre de la amiguita. Quería ver cómo era y compararla con mi madre. Me intrigaba que pudiera haber otra mujer más guapa, porque en eso pensaba yo que se fundaba todo el caso. Pero no conseguí ver su foto en ningún cartel.

A pesar de sus arrebatos, en los que perdía el cuidado de que conociera yo sus aflicciones, mi madre recuperaba pronto la compostura y el empeño por unirnos. Su estrategia consistía en consentir a mi padre más o menos lo que quisiera con tal de que dedicara los domingos a la familia. En estos días que pasábamos juntos mis padres, mi hermana pequeña Isabel y yo, casi siempre sucedía lo mismo, como en representaciones sucesivas de una pieza de teatro. Nos levantábamos temprano y con buen ánimo. Todos, excepto mi padre, que dormía hasta tarde y que al despertar se quejaba de dolor de cabeza y molestias estomacales (pedía sal de frutas Eno, siempre había que tener sal de frutas a mano). Daba pena echado en la cama sin hacer nada o acaso hojeando el periódico o la revista americana Time, a la que estaba suscrito. No se podía hablar gran cosa con él, porque enseguida se ponía a hojear.

Cuando mi padre salía a la calle era el más alto (un metro noventa y dos), el más fuerte (por lo mismo y por sus más de cien kilos de peso), el más elegante (creía yo, por sus buenos trajes y zapatos a medida, y por su pelo rubio bien cortado y peinado) y el más ingenioso (cuando hablaba con otras personas era más divertido que cuando se dirigía a nosotros) de los padres que conocía. Pero echado en la cama sin ganas de nada, trasnochado, su aspecto era penoso. Solía ir del todo desnudo bajo una bata de cuadros escoceses y se lo veía gordo y la piel de su barriga y de sus piernas era demasiado lechosa y las uñas de los dedos de sus pies tenían una deformación que se llamaba uña encarnada y no era nada agradable de ver. Además, no me gustaba que cada vez que se ladeaba en la cama se le vieran el pene y los testículos. Yo le preguntaba si quería venir a mi cuarto, pero no quería. No quería jugar al ajedrez ni a las cartas. No quería pintar, a pesar de lo bien que se le daba. Lo sabía porque en el desván se guardaban cuadros suyos y porque tiempo antes me había enseñado a manejar y cuidar los pinceles y me había dicho una frase que no se me olvidaba:
—Dibujar es una manera de pensar o de hablar. El que aprende a dibujar bien se vuelve más inteligente. Pero ahora no quería dibujar. Ni ver cromos. Ni ninguna otra cosa. A media mañana, mi madre, mi hermana y yo íbamos a misa y, cuando volvíamos, mi padre parecía en mejor estado. Las misas eran larguísimas, se acababan los asuntos en que pensar mucho antes de que llegara la bendición final, y el ayuno para comulgar me debilitaba tanto que a veces me mareaba, de modo que el desayuno y la visión de mi padre afeitado, peinado y vestido infundían de nuevo el ánimo de que ese día sería redondo.

El acontecimiento central de los domingos era la comida. Algunas veces comíamos cocido madrileño en casa. La cocinera de mi abuelo había enseñado a mi madre a prepararlo. Era la única receta que mi madre conocía. Más adelante aprendimos madre e hijo a la vez a freír huevos. Pero si no andábamos mal de dinero salíamos a comer a algún restaurante. A mi padre le gustaba sobre todo comer marisco y grandes piezas de carne de vaca, como las que asaban en el Rancho Tranquilino, cuya especialidad era el churrasco, al que se había aficionado durante su estancia de juventud en Argentina. A mí me debería gustar también el churrasco, porque había nacido en Buenos Aires, como me recordaba mi padre. Empezaba siempre con gusto y ganas, pero a los pocos bocados la carne empezaba a parecerme una montaña. Una bola creciente llenaba mi boca. La regañina se aproximaba. Me rendía ante un caro pedazo de carne de la mejor calidad importada de mi país natal asada con las rayas negras de la parrilla de leña y provocaba la ira de mi padre. El día se echaba a perder. Otras veces me libraba de ser el culpable de que mi padre no pudiera estar a gusto con su familia, porque antes de enfadarse conmigo la había tomado con un camarero que no le servía como él quería.
Esas amonestaciones a los camareros daban vergüenza. No podía enorgullecerme de un padre al que todo parecía mal, fastidiado, impaciente por marcharse, que bebía demasiado vino tinto Paternina banda azul y licor de whisky Drambuie. Después de comer, acompañábamos a mi padre a un hotel lujoso del centro, donde él pedía el segundo o tercer vaso de Drambuie y se iba apagando en un sillón. Al rato solía decir que se quedaba en la sauna del hotel, porque necesitaba eliminar toxinas, y entregaba un billete a mi madre para que nos llevara a mi hermana y a mí en taxi a casa, donde la excitación sin consumar del domingo en familia, la culpa y la inercia de los sucesos vividos nos desganaban de todo hasta la noche.
Nuestra casa, el piso en el que vivíamos, no gustaba a nuestra madre. A veces hablaba como si tuviera manía al lugar que habitábamos y que ni siquiera era nuestro: pertenecía al abuelo Juan, que nos lo había prestado cuando llegamos de Argentina, donde pasaron mis padres el año en que nací. Catalina opinaba que el señor marqués (es decir, mi abuelo Juan) no ponía el piso a nombre de mi madre porque mi padre lo vendería, se embolsaría el dinero y se marcharía a vivir a América, que era el lugar que en verdad le gustaba para vivir. Parecía que el abuelo era juicioso y generoso: diez años de préstamo. Pero mi madre lo veía de otra manera. Oí cómo contaba a una de sus amigas que nuestro piso había sido un regalo que su padre había ofrecido a su amiguita (¡también el abuelo Juan se daba a ellas!) y que ésta había rechazado, por parecerle poca cosa para ella. Tras la protesta, había recibido la amiguita otro piso mucho mejor. Mi madre pensaba a menudo en mudarnos a otra casa, a una casa propia. Los subordinados de mi padre prosperaban y se compraban casitas en el campo. Uno compró una finca y nos invitó a comer paella y chuletas. Algún día nos tocaría a nosotros superar la crisis en la que vivíamos y prosperar, pensábamos. Mi madre y yo veíamos casas en revistas y anuncios, y, a veces, llegábamos a creer que era posible. Una vez visitamos los cuatro de la familia una parcela en la urbanización de Mirasierra, cerca del colegio donde yo estudiaba.

Mi padre parecía convencido de la compra. El terreno estaba en una ladera, entre grandes pinos piñoneros. No había casa ni cimientos, ni entrada, ni salida, ni los límites de la parcela estaban señalados. El suelo era un continuo de rocas, acículas, piñas y tierra oscura. Todo—parcela, calles, vivienda— era imaginario, como la figuración que me hice de que nos trasladaríamos a una casa construida en ese lugar y en él nos convertiríamos en una familia normal.
A medida que mi padre bebía más nuestra vida empeoraba, aunque entonces creía yo, cuando me acostumbré a su ebriedad y entendí sus reglas y dejó de atemorarme el desconocido en que se convertía, que las borracheras sólo eran incidentes, malos ratos que podían borrarse con otros buenos.
Mi madre lo disculpaba hablando de su infancia desventurada: daba pena lo mal que lo había pasado mi padre de niño. Los relatos fragmentarios de infancia y juventud de mi padre componían una autobiografía oral pública que lo justificaban y ablandaban el corazón de mi madre, que era la depositaria de aquellos recuerdos:
El abuelo de tu padre fue el vizcaíno más rico de su época. Ganó fortunas con minas, con bodegas de vinos, como armador de barcos. Tenía su propio y lujosísimo vagón de tren para venir a Madrid a hacer política. Decían que cuando salía al mar le gustaba sacar langostas de las nasas y dejar monedas de oro en pago de ellas. El padre de tu padre tuvo dinero desde joven y después de casarse con tu abuela se fue a vivir a la Costa Azul, donde nació tu padre. Compró una villa cerca de Montecarlo porque estaba empeñado en hacer saltar la banca del casino. No era ningún tonto o iluso, como te podrá parecer; había estudiado su carrera en Oxford y sabía de números. Pero la cosa no salió bien, como de todos modos era de esperar, y tus abuelos tuvieron que dejar precipitadamente su villa de la Costa Azul cuando las deudas se acumularon. En la villa quedó abandonado tu padre, que tenía entonces cinco años, al cuidado de su nanny, que se encontró sin dinero y sin saber el paradero de tus abuelos. Una mañana aparecen unos funcionarios y redactan un inventario de todo lo que hay en la casa, incluidos los juguetes de tu padre. Lo embargan todo por las deudas de juego, hasta el Teddy bear, imagínate. Los funcionarios cuelgan un cartel en la casa: Se subasta. Espero que por lo menos tú veas lo malo que es el juego...

Mi padre puntualizaba algunos de los relatos: Me llevaron entonces a Inglaterra, a vivir con un pariente de mi madre, uncle Herbert, que vivía en Londres, en Eaton Square. Uncle Herbert había perdido unos años antes a su hijo Wilfrid, un escritor que murió al poco de alcanzar cierto éxito con su primera novela: asomado al balcón para observar la celebración de la Nochevieja en la Ciudad de México, una bala disparada al aire le atravesó la cabeza.

Pero mi madre administraba el cuerpo de la narración:
Tu padre ocupó en cierto modo el lugar del hijo, del escritor que murió, su habitación. Cinco años pasaron hasta que su padre lo recogió en Londres. Le dijo que se había divorciado de su madre y lo ingresó en un internado del norte de España. Tenía diez años y apenas recordaba el idioma español. Al final de ese curso escolar, estalló la guerra civil y tu padre y tu abuela se embarcaron hacia Argentina, mientras que tu abuelo se quedó en España y se casó de nuevo. Así quedó tu padre apartado de su familia.

En Argentina tu abuela llevó una vida que no se debe contar, sobre todo a niños.
(Esa vida me intriga y tiempo después me entero de algo: muchos amantes, adicción al juego, negocios de la peor reputación). Tu padre habría querido seguir estudiando, pero no pudo proseguir sus estudios, no podía pagarlos. Fíjate tú, que te quejas de los buenos colegios en los que estudias, que dices que al colegio del Prado vas a pastar hierba: tu padre era muy bueno en los estudios, pero tuvo que abandonarlos. No pudo convertirse en ingeniero, como su abuelo, ni ingresar en Oxford, como su padre. Desde muy joven tuvo que trabajar en lo que salía.

(Los nombres de esos empleos juveniles sonaban en mis oídos más atractivos que la ingeniería de mi bisabuelo: pintor de carteles, reportero de espectáculos, intérprete...). Viajó a Estados Unidos y después a Inglaterra y luego a España. Buscó a su padre y a su familia en Bilbao. Sus parientes lo rechazaron. Le dejaron una nota en el hotel en la que le decían que no le consideraban de la familia. Su padre, tu abuelo, se había casado por segunda vez y se había ido a vivir a Málaga. ¿Comprendes que tu padre tenga sus rarezas de carácter ahora que sabes cómo ha sido su vida?
Y mi padre aún podía añadir:
—Hay muchas cosas que no sabes. Ya te iré contando, cuando vayas creciendo, para que sepas cómo es la vida.

***
Primeras páginas de
'Las cosas como eran'
de Esperanza Ortega

La casa

En mi casa había dos casas. Todo estaba presidido por el número dos. Mis padres se habían casado dos veces cada uno y de sus dos primeros matrimonios procedían mis tres hermanos mayores. De este tema no se hablaba mucho, pero tampoco es que fuera un asunto prohibido, algo que se nos quisiera ocultar a mis dos hermanas y a mí, que era la pequeña, es decir, la niña. La prueba de que no había nada que ocultar es que se conservaban los muebles de los dormitorios de los matrimonios anteriores. A aquellos dos cuartos los recuerdo tristes y sombríos. Pertenecían a otro tiempo y sufrían la condena de una opacidad fantasmagórica que no me daba miedo, pero sí cierta desconfianza. Yo pasaba por ellos con prisa. Percibía, no sé de qué manera, que si a sus muebles les crecieran manos y con ellas me agarraran de la cintura, me trasladarían a un sueño ajeno, repleto de ojos que me iban a observar sin reconocerme. Aquellos dormitorios habían sido transplantados desde otras casas a mi casa, y databan del tiempo en que mis padres aún no se conocían. No había continuidad entre ellos y el resto de las habitaciones. Los dos tenían su propia luz, penumbrosa, que parecía provenir de su interior, pues eran alcobas italianas que estaban muy lejos de los balcones, y yo diría que sus paredes conservaban también un rumor suyo, hondo, hondísimo, ensordecido por los ruidos del mundo de los vivos.

Según le oí comentar a mi madre, el dormitorio de su primer matrimonio era de estilo cubista, un estilo que se había llevado mucho en la época en que se casó, los años treinta. Se había casado a los veinte años «por poderes». Su novio, que era teniente, tuvo que luchar contra los sublevados de Asturias en el año 34. Precisamente por eso se casó por poderes, como gesto romántico, cuando se suponía que él estaba en peligro. Pero aquel matrimonio no duró mucho tiempo porque a su marido le fusilaron durante la Guerra Civil, en Paracuellos del Jarama, sólo tres años después. Mi madre decía que con la historia de su vida podía haberse escrito una novela. Tras pasar por una checa, se las había arreglado para conseguir un salvoconducto y regresar desde Madrid a su casa, en Palencia; pero para llegar hasta allí había tenido que atravesar la frontera con Francia. Todo esto ella sola, a los veinte años, con un niño en los brazos y sin una peseta en el bolsillo. Aquel niño era mi hermano Jose, que había nacido en la cama cubista un 15 de octubre, el mismo día de mi cumpleaños, dieciocho años antes que yo.

En el cabecero de la cama del primer matrimonio de mi padre había un pequeño agujero que nunca se arregló. Se trataba de un tiro que había entrado por la ventana. El disparo no fue intencionado, llegó allí de manera casual. Según me explicaban, en aquella época la vida y la muerte convivían sin estorbarse demasiado. La primera mujer de mi padre murió en plena guerra, mientras daba a luz a su tercer hijo, que tampoco sobrevivió al parto. Ahora que lo pienso, seguro que murió en aquella cama, la misma en que habrían nacido mis dos hermanos mayores. Todo esto sucedía en Palencia, mientras mi padre intentaba camuflarse para hacer frente a dos procesos por su pasado republicano. Luego he entendido que tanto las circunstancias políticas como las personales cambiaron el rumbo de su vida y su carácter quedó tocado por una mezcla de melancolía y de vergüenza. Entonces el agujerito aquel me parecía la señal de que había servido de conejo en una cacería. Y sin embargo, si no llega a ser por aquella guerra en la que se disparaba al buen tuntún, mis dos hermanas y yo no hubiéramos existido. De eso no me cupo nunca la más mínima duda.

Al contrario de aquellos dormitorios sombríos del pasado, el cuarto de mis padres siempre estaba lleno de luz. Era una habitación soleada y espaciosa que poseía una claridad inaugural, propia del primer día de la creación. Se componía de dos camas de madera torneada, dos mesillas de noche de mármol, un armario y una cómoda, en donde mi madre había colocado el tocador. Lo mejor de todo el conjunto era el armario, que además de ser suavísimo —daba gusto tocarlo—, tenía incrustados en las puertas seis pájaros de nácar que iban a ponerse a cantar de un momento a otro. Eso lo decían las visitas. No comentaban que parecieran ir a volar porque permanecían erguidos, con las alas plegadas y el pico alzado hacia arriba, en la posición del canto.

Aquel dormitorio maravilloso sólo tenía un defecto, una especie de trampa para los poco avisados. Al pielero de cada una de las camas lo remataban unas molduras en forma puntiaguda, que, si no andabas con mucho cuidado, se te clavaban en las piernas y te hacían ver las estrellas. Una especie de maldición era la responsable de que a mí me ocurriera precisamente eso cuando corría para escuchar la música de la Virgen de Lourdes, que salía de un cofre plateado que mi madre tenía encima de la mesilla. El dormitorio de mis padres permanece asociado en mi memoria a aquella melodía a un tiempo sencilla y extraordinaria. La música concertaba con la claridad cegadora, digna de una aparición, que invadía el recinto nada más abrir las ventanas. Por la mañana, tanto durante el verano como durante el invierno, el sol parecía esperar ansioso, apoyado en el alféizar, a que se descorrieran las cortinas del dormitorio de mis padres. Entonces inundaba la habitación entera, iluminando las paredes pintadas de azul celeste, precisamente del color del manto de la Virgen de las estampas. Al mismo tiempo sonaba la música del milagro de Lourdes, como si una mano invisible hubiera abierto el cofre, mientras nosotros permanecíamos inmóviles, cegados por aquella luz dulcemente invasora.

Quizá recuerdo aquella habitación permanentemente iluminada porque no entraba en el dormitorio de mis padres nada más que de día, aunque nunca me hubieran prohibido hacerlo de noche. O a lo mejor lo que ocurría era que me acostaban pronto o que yo misma había entendido que no debía aparecer por allí después de que se encendiera la luz eléctrica. Una vez me levanté de la cama e irrumpí de improviso en su dormitorio, no sé por qué razón, y recuerdo que mi padre estaba en calzoncillos. Su reacción fue violenta, se puso colorado. No se enfadó conmigo. Enseguida se volvió contra mi madre y le reprochó que hubiera dejado entrar a la niña a horas tan intempestivas.

Sin embargo, un día me dijeron que fuera a ver a mi padre cuando ya era noche cerrada. Esta vez me sonrió de una forma muy rara y me dijo algo por lo bajo que no entendí del todo, porque no vocalizaba bien. Su cabeza, en un extremo de la almohada, era su cabeza, pero el cuello y los brazos estaban abandonados encima de las sábanas, como si no fueran suyos. Salí de allí enseguida, no era agradable ver a mi padre en un estado tan calamitoso. La casa parecía dormida. Todos andaban de puntillas y hablaban entre susurros para no despertarla. Ni siquiera crujían las tarimas. A la mañana siguiente, al abrir los ojos, me encontré con la cara de una señora que iba vestida de negro. Era mi tía Conchi. Me miraba desde muy cerca, con ansiedad, como si llevara horas allí, sin atreverse a despertarme. Vocalizaba suavemente, extremadamente atenta a cada palabra que salía de sus labios, mientras me ayudaba a vestirme, como si yo no supiera ponerme la blusa y la falda que la noche anterior había dejado sobre el respaldo de la silla. Fue unos días más tarde cuando me di cuenta de que lo sucedido aquella noche era irremediable. Pero ya era imposible dar vuelta atrás y desandar el camino para despedirme de mi padre. Lo que sí que podía hacer era acercarme y alejarme de su dormitorio cuantas veces quisiera, recorrer el pasillo sin ningún objeto, a no ser el de comprobar de nuevo que su cama seguía vacía.

Cuando cumplí quince años, me operaron de la columna y tuve que permanecer cinco meses en la cama, inmóvil, sin que se me permitiera incorporarme. Desde el mes de octubre hasta la primavera. Me llevaron en una ambulancia y me instalaron en el dormitorio que había sido de mis padres porque era el cuarto más alegre y espacioso de la casa. Desde la cama descubrí otra habitación. Ahora veía sus altos techos blancos y la lámpara de minúsculos cristales transparentes. A veces entretenía mi aburrimiento contando los cristales. Los días eran largos y había tiempo para todo.

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http://www.elpais.com 01/08/2009