dimanche 27 septembre 2009

Ian WELDEN/Milagros: Las Vidas del Tiempo & La Esperanza nuestra de cada Día


IAN WELDEN Valby, Copenhague, Dinamarca. Nació en Santiago de Chile en 1948.

Estudió Comunicación de masas y gráfica en la Universidad Técnica del Estado. También estudio cine en la Escuela de Cine de la Universidad Técnica de Santiago. En 1974 viajó a Barcelona donde, aparte de escribir toneladas de poemas y cuentos que jamás publicó, trabajó como interprete y radiooperador a bordo de un barco que buscaba petróleo a 15 millas de la costa de Barcelona.

En 1975 viajó a Dinamarca donde clavó su bandera chilena para siempre. Aquí trabajó en los campamentos para refugiados de la Cruz Roja, donde, entre muchas otras tareas, coleccionó poemas y relatos de refugiados de casi todos los rincones del mundo. También inauguró una exposición de gráfica titulada "GUERRA MUNDIAL - TERCERA FASE", acerca de la guerra civil en la otrora Yugoslavia.

Ahora, disfrutando su ocio, escribe poemas y relatos cortos que él llama "milagros".

E-mail:
Ian.welden@mail.dk

Ian Welden sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Ian+WELDEN


Milagro
Las vidas del tiempo
Por Ian Welden

“Silencio en la noche
ya todo está en calma
el músculo duerme
la ambición descansa..."
Carlos Gardel



¿Cómo no acordarme? Fueron tiempos sagrados y milagrosos en que el mundo giraba exclusivamente para mí.
Cada paso que daba era una aventura prodigiosa. Mis padres me protegían con orgullo y ternura y aprendí rápidamente a utilizar mi curiosidad, investigando los asombrosos misterios de las cosas que hicieron de mi temprana existencia la experiencia más asombrosa que habría de vivir.

Caracol caracol
saca tus cachitos al sol.


Eran pequeñas cúpulas labradas en madera frágil y barnizadas por el rocío. Con sus cuatro minúsculos tentáculos coronando las delicadas y enigmáticas joyitas, los caracoles majestuosos desfilaban por el jardín de mi infancia, dejando una estela de plata a su pasar. Creo que fueron mis primeros amigos, los espléndidos caracoles.

En esos tiempos frescos y luminosos en que cada cosa jamás estaba en su sitio, podía contar con ellos. Sabía que siempre estarían esperándome.

También contaba con mi padre y mi madre. Ellos me amaban y eso lo sentía como algo bueno y acogedor. Era reconfortante ver a mi padre trabajando en su taller de carpintería, siempre sonriendo con su pipa colgando de la boca. Y a mi madre tendiendo sábanas blanquísimas a la brisa, cantando "La Comparsita" a todo pulmón bajo el sol de una profunda mañana de diciembre.

"Si supieras que aún dentro de mi alma
Conservo aquel cariño que tuve para ti..."


Me fascinaba vagar por entre los poderosos nogales que rodeaban nuestra casa y observar a los gorriones que anidaban en las ramas cuando la primavera irrumpía de súbito y orgullosa en el jardín. Ya más adelante treparía a esos árboles nobles y dejaría gusanos y migas de pan en los nidos jugando a ser el viejito pascuero.
A veces caían avecillas nuevas y yo las recogía con sumo cuidado, las atendía y alimentaba hasta que morían. Y ya aún mas adelante en el futuro, siendo adolescente, las mataba con fruición con el flamante rifle de aire que mis padres me regalaron una premonitora navidad.

Pero todavía estaba muy lejos de imaginar que un día iba a atravesarle el estómago con mi bayoneta a un soldadito pequeño y aterrorizado como yo, y que este gritaría "¡Mamá!" antes de caer en el lodo cubierto de cadáveres.

Si. Así, un día cualquiera, precipitadamente y para siempre, puede terminar la alucinación de la niñez.

Como todo muere, mis padres lo hicieron también en silencio cuando cumplí los veintiún años de edad. Yo venía llegando de una guerra masiva y desalmada convertido por supuesto en un monstruo.
Los enterré en el patio trasero de lo que quedaba de nuestra casa, escupí al cielo con menosprecio y me sentí desolado y enfermo como esas avecillas que caían del cielo.

Vagué interminablemente por los escombros de la ciudad con mi fusil muy cerca de mi corazón, buscando no sabía que. Sentía que el universo entero se había transformado en un cementerio donde hordas de almas solitarias, hambrientas y temerosas deambulábamos sin destino recogiendo coles y patatas de las cenizas. Dormíamos en las tristes cáscaras de los otrora vanidosos rascacielos puentes y palacios.

Los maestros en la escuela siempre nos señalaban que el ser humano, de todas las criaturas, es el animal con más capacidad de sobrevivencia y adaptación. No sé de donde ni como reaparecieron el sol, la luna y las estrellas.
Las calles y los edificios fueron lentamente reconstruidos y el viento dulce y libre de vicios brotó a borbotones desde las fieles montañas sanando por un tiempo nuestra locura colectiva.

Volví mansamente y sin fusil a mi casa destruida, a mi jardín y al canto lejano y fantasmal de mi madre.

"Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.

Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor..."


Inspirado por el recuerdo de mi padre, su martilleo y su aroma a maderas, fui armando poco a poco el rompecabezas de mi hogar.
Trabajé cinco años en la soledad más absoluta. Iba puntualmente todos los días a las siete de la tarde a bañarme y comer en los campamentos de la Cruz Roja y luego daba un paseo nocturno por la ciudad ya nuevamente maquillada y coqueta.
Como aún no existía el dinero, un vaso de cerveza o de vino era ofrecido gratuitamente todas las noches por el nuevo gobierno de El Presidente.
Y en la centenaria y oscura taberna "El Vagabundo Feliz" conocí a un ser maravilloso que me arrebató de la soledad regalándome nuevamente mi vida.

Yo había violado a hembras durante la guerra. Era parte de la estrategia para desmoralizar al enemigo pero también un inspirador botín para los soldados. Nuestros oficiales y dirigentes medían nuestro compromiso y heroísmo por la cantidad de violaciones a nuestro haber. Ellos también lo hacían más elegantemente ocultos en sus búnkeres y fortines.
Pero el bendito acontecimiento de ser consolado de las desdichas, absuelto de los pecados y codiciado por una mujer me transportó a una serena realidad aún no conocida. Esa misma noche me la llevé de la mano a vivir conmigo y ya al día siguiente colgaban delicadas cortinas rosadas en las ventanas y avecillas alborotadas tomaban baños de luz en las posas de sol en el jardín.

Me purificó con sus ojos mañaneros y me domó con su cuerpo generoso. Me enseñó los verdaderos secretos y significados de las estrellas que contábamos por la noche. Yo le mostré a mis amigos los caracoles y recogíamos las avecillas caídas para volver a ponerlas en sus nidos. Nos amábamos en las madrugadas mientras los roqueríos de las playas nos protegían cual guardianes descomunales. Nos alimentábamos de exóticas criaturas multicolores que el mar nos ofrecía con ternura. Y bebíamos aguas afrodisíacas de las fértiles vertientes que brotaban de las colinas exclusivamente para nosotros.

Reíamos.
En realidad no lo había hecho desde mi infancia. Reíamos juntos y bailábamos con ternura los melancólicos tangos que llegaban desde algún misterioso país lejano, cansados y crujiendo, a la vieja radio de mi padre.

"Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio
la golondrina un día su vuelo detendrá..."


Y mi golondrina detuvo para siempre su vuelo una silenciosa tarde de verano.

Construí un ataúd de madera de pino y la enterré al lado de la tumba de mis padres.
Nuestro hijo de apenas dos años de edad lloraba desconsoladamente porque yo también lloraba desconsoladamente.
Y así se nos pasó el tiempo intransigente hasta que un día abrí los ojos y el niño estaba en mi taller aserruchando y martillando cual carpintero virtuoso.
Fumaba de mi pipa y se rascaba la barba y los bigotes cubiertos de aserrín. En la cocina una adolescente de cabellos negros y ojos azules producía aromas y vapores exquisitos.

Me levanté de mi sillón milenario dejando para siempre en sus almohadones mis lágrimas ya secas y me dispuse a vivir nuevamente.
La ciudad estaba irreconocible con sus rascacielos prepotentes, sus luces tricolores y sus esquinas pobladas por seres violentos.
Gigantescas pantallas multicolores colgaban de los edificios exaltando agresivamente a las multitudes a comprar y a votar por El Padre o por El Presidente. Los magníficos y majestuosos árboles de las alamedas y las íntimas y amistosas placitas habían sido desplazados por monstruosas construcciones de vidrio y metal, en cuyo interior habían ciudadelas que imitaban exactamente lo que ocurría en el exterior. Y la bulla, cruel y ensordecedora que había reemplazado brutalmente el silbido del viento, el canto de las aves, el susurro del mar, el álido murmullo de las conversaciones y el silencio de los caminos.

El Padre, un general de ejército muy popular por sus triunfos en la guerra, tenía ahora al país en su bolsillo. Pero quería más. Tenía grandes ambiciones políticas, visiones de un imperio global. Necesitaba si consolidar su posición de dirigente máximo ante el mundo entero mediante un evento electoral grandioso y definitivo que derrotara para siempre a su rival El Presidente.

"Caminito que entonces estabas
bordeado de trébol y juncos en flor
una sombra ya pronto serás
una sombra lo mismo que yo..."


Recuerdo que esa noche soñé con mi golondrina. Me tendía sus manos y me invitaba a ir con ella.

Mi hijo y su mujer tuvieron dos mellizas que con el tiempo aprendieron a quererme. En un comienzo me temían y lloraban cada vez que veían a este viejo loco y peludo vagando por el jardín cazando mariposas o deteniéndose a hablarle a las tumbas ya cubiertas de musgo tiempo.

Mi hijo y su mujer trabajaban día y noche en la carpintería, y sintiéndose solas y abandonadas como yo, las mellizas venían a mi y yo les contaba acerca de mi niñez, de mi golondrina perdida y de las avecillas caídas que yo consolaba en sus agonías.

Un día amanecí muy muy viejo. Entonces mis nietas ya convertidas en dos mujercitas hermosas me ayudaban a salir de la cama y me sentaban en mi sillón frente al televisor. Me interesaba ver los noticiarios y seguir el proceso electoral.
Más adelante me trasladé al viejo dormitorio mío y de mi golondrina desde donde podía vigilar su tumba, oler los últimos resquicios de su perfume e intentar ordenar mis tantos recuerdos desarmados.

Un atardecer largo y cálido como un desierto yo estaba escribiendo estas memorias cuando las mellizas irrumpieron en mi cuarto con lágrimas en los ojos. Yo entendí inmediatamente. Lloramos juntos. Yo creía que había ardido mi habilidad de llorar de pena. Mi hijo entró en silencio vistiendo mi viejo uniforme de partisano. Con una ametralladora colgando de su hombro izquierdo me dio un profundo abrazo. Y se fue, así no más, con su mujer y sus hijas a las montañas.

Y nuevamente comenzó la matanza y la locura colectiva. Mi casa fue ocupada por las tropas azules de El Presidente. Eran niñitos pálidos y asustados. Me dejaron en paz en mi cuarto y me traían el desayuno y la cena puntualmente. Salían a hacer sus terribles crímenes por las noches.

Volvían ebrios y ensangrentados en los crepúsculos. A veces traían en sus hombros a algún cadáver azul. Otras veces traían a prisioneras a quienes violaban y torturaban para luego lanzarlas a las calles incendiadas como si se tratara de perras extraviadas. En medio de la gran orgía de terror se escuchaban las voces ocultas El Padre y El Presidente en la radio. La televisión sólo mostraba imberbes películas desteñidas de Elvis Presley.

Y luego todo fue interrumpido nuevamente por el siniestro silencio de la derrota de todos.

Ahora después de un año de soledad infinita, en esta mi pobre habitación, escucho una vez más los entusiasmados quehaceres de la reconstrucción. El Padre y El Presidente han hecho un pacto de colaboración y amistad.

Ahí los veo mi pantalla de televisión, relucientes y sonrientes cual comercial de dentífrico. De mi hijo y su familia solo el lejano y frío rumor de las montañas. He sobrevivido lamiendo como una rata arrincoda las pocas raciones que dejaron los soldaditos.

Pero ya estoy muy cansado y le temo a la vida. Mejor será salir al jardín con mucho cuidado y tenderme a dormir entre los lirios que cubren la tumba de mi golondrina. Alguien por ahí se encargará de apagar la luz y cerrar la puerta para siempre.

"Acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos
de los buenos momentos que antaño disfruté
cerquita de mi madre santa viejita
y de mi noviecita que tanto idolatré..."


Ian Welden
Septiembre 2009
ian.welden@mail.dk

Ilustración de Maritza Álvarez
maritza_alvarez_vargas@hotmail.com
http://verbal-maritza.blogspot.com/

Citas de Carlos Gardel


***
Milagro
La Esperanza nuestra de cada Día
Por Ian Welden

Me desperté muy témpano en la mañana con una reacción alérgica en la piel. Mi pobre cuerpo estaba reseco y arrugado como la corteza de un viejo roble. Los poros semiabiertos mostraban profundidades de pequeños volcanes a punto de entrar en erupción.

Me apresuré a tomar el autobús hacia el consultorio de mi doctora. La Avenida de los Álamos estaba inusualmente llena de multitudes alborotadas y agresivas. Serían como las ocho y llovía prepotentemente y con saña sobre mi barrio de San Gabtiel. Tenía que llegar al otro extremo de la ciudad, el sector céntrico de Santa Lucía. Hombres y mujeres jóvenes con maletines de cuero de cocodrilo y rostros iracundos se abrían paso a codazos para llegar a sus escritorios y sus compurtadoras.

Abusando de sus poderes físicos, de sus juventudes exuberantes, uno me dio una bofetada en el rostro y una mujer hermosísima me enfrentó a gritos porque yo no le podía dar la pasada y me escupió.

Los ciclistas enloquecidos, hablando en sus celulares, ignoraban las más elementales reglas del tránsito y los semáforos, atropellando a niñitos incautos. Estos mismos niños se desquitaban con las guaguas propinando puntapiés a los cochecillos exclamando groserías. Las jóvenes madres golpeaban a su vez a los escolares con sus paraguas y sus zapatos con tacones de aguja.

Logré colgarme del autobús. El chofer condujo cual vándalo a través de la ciudad frenando súbitamente de adrede para que los ancianos perdieran el equilibrio y se golpeaban contra los asientos y el piso. Los ancianos a su vez azotaban con sus bastones a los inmigrantes y estos vandalizaron el autobús y lincharon al chofer.

Me alejé corriendo del vehículo en llamas y subí a saltos las escalas del consultorio. La sala de recepción estaba atestada de seres monstruosos y agresivos. La mayoría eran hombres adultos que vociferaban sus dolencias, defecaban en el suelo y destrozaban las sillas y mesas de la sala lanzándolas contra las paredes.

Me acerqué a la recepcionista y le enrejé tiritando de miedo mi tarjeta plástica del seguro social. Me preguntó descortésmente cual era mi problema. Se me había olvidado la razón de mi visita al médico. Ella me insistió a gritos y yo le mostré mis brazos resecos, dándome cuenta de que la alergia ya había invadido mis mejillas, ojos, boca. El dolor era insoportable y mi sangre formó una repugnante poza en el piso. Esto enfureció a la seceretaria quien sin compasión me obligó a lavar todos los suelos de la clínica.

Horas después, la doctora, una mujer jóven y hermosa, que suele ser atenta y sonriente, me recibió a empujones, me miró de reojo, me lanzó una receta (Locoid 1% -emulsion) y nuevamente a empujones me sacó de su despacho.

Con mi ropa totalmente ensangrentada salí por fin a la Calle Santa Lucía. Viejos deformes se abrían paso sin piedad entre la multitud en sus pequeños coches eléctricos, derribando y escupiéndo a los transeúntes. Sus ojos eran blancos y sin vida, sus bocas sin dientes llenas de espuma amarilla.

Perros salvajes desinhibidos y resolutos me persiguieron y lograron clavarme los dientes al subir al autobús. El viaje de regreso a San Gabriel demoró cinco horas, cuando habitualmente demora una. Esta vez el vehículo estaba lleno de soldados armados con ametralladoras automáticas y sus rostros ocultos por pasamontañas negros. En las solapas de sus uniformes verdes de combate llevaban la insignia de una calavera rodeada por un sin fín de estrellitas blancas.

Entré a la farmacia desesperado a buscar mi medicina sintiendo que mis mejillas explotaban como pequeñas bombas suicidas. El farmacéutico, un enano jorobado y tuerto se negó encolerizado a atenderme con el pretexto de que yo era una persona indeseable. Intenté increparle su absurdo comportamiento cuando en ese instante entró un gigantezco sargento con cuatro soldados armados hasta los testículos. Me abofetearon con crueldad, me esposaron las manos y me sacaron a la calle a puntapiés.

La Avenida de los Álamos había sido ocupada por algún ejército extranjero. Hileras de cadáveres quemados yacían por doquier y gente corría perseguida por las metrallas de los soldados invasores. Bombas destruían hospitales y colegios.

El sargento me empujó contra una muralla y me susurró con acento extranjero, muy cerca de mi boca y con su revólver clavado en mi estómago: "Dame nombres hijo de puta! NOMBRES!". Luego me introdujo su arma en mi boca ensangrentada y apretó el gatillo. Escuché una pequeña explosión, vomité y desperté sobre un montículo de viejos, mujeres, niños y guaguas. Algunos estaban totalmente quemados y otros, como yo, quejumbrosos y agonizando.

Logré ponerme de pié y tambalear desapercibido entre cadáveres, soldados psicóticos, hordas de refugiados, incendios y humaredas hasta mi casa.

Aquí estoy ahora oculto entre los escombros de mi hogar, lamiéndome las heridas y sintiendo mucha pena por mi mismo. Sin embargo y a pesar de todo, muero esperanzado, observando como mis poros se han abierto cual doncellas apasionadas y de ellos crecen plantas vitales, flores multicolores, árboles robustos y gigantescos y hombres y mujeres jóvenes, millones de ellos, hermosos y descontaminados.

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