
Carlos Schulmaister carlos.schulmaister@gmail.com
Profesor de Historia, Argentina
Carlos SCHULMAISTER sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Carlos+Schulmaister+
Rebeldía generacional. Balance de medio siglo
Por Carlos Schulmaister
(Extracto del libro del autor Estética revolucionaria peronista. La tragedia de los ´70)
La juventud latinoamericana de los ´60 surgió como sector social consumidor y reproductor de la mítica rebeldía juvenil norteamericana difundida por el cine y la literatura.
La idolatría y la imitación de los rebeldes sin causa a lo James Dean, de los duros y difíciles a lo Marlon Brando, de los teddy boys más allá del bien y del mal, y de los edulcorados teenager a lo Pat Boone, Bill Halley, Elvis Presley o Brenda Lee, se extendió a la indumentaria, el peinado, los gestos y la forma de bailar y pararse.
Las industrias culturales mercantilizaron comportamientos y representaciones del ser joven a la [norte]americana, creando un mundo virtual burbujeante, complaciente y conformista, presuntamente rebelde para los mayores siendo sólo aturdimiento, alienación gratificante en un eterno presente hedonista dudosamente redimido después por la cultura hippie. “Rebeldía” colorida, alegre, iracunda, rockanrolera, romántica, soñadora y escapista, estéticamente transgresora, ocasionalmente anarquista y definitivamente pasatista, absorbida y neutralizada simbólicamente como mercancía.
Poco antes, el existencialismo, que había escocido a Europa desnudando el absurdo de la vida, redescubierto en la guerra, y la imposibilidad de paliar sensitivamente la insatisfacción, la angustia y el dramatismo de vivir y morir, mostró un tipo de juventud introvertida, conflictuada y conflictiva, adicta a la literatura y el teatro, pesimista al borde del escepticismo y sin saber manejar prácticamente su angustia.
La angustia y la desesperación calaron hondo en los universitarios alborotando su izquierdismo mecánico, deviniendo en otra izquierda, marxista sí, pero con resonancias heterodoxas como las del Tercermundismo político, ideológico y cultural, con influencias de Sartre, Nasser, Castro, Lumumba, Fanon y Lanza del Vasto, que miró sorprendida a Hungría, Argelia, Cuba, el Congo y Checoslovaquia, revolviéndose inquieta y lamiéndose las heridas de una subjetividad siempre exorcizada por los cánones marxistas geométricamente estructurados.
Tanta subjetividad oprimida supuró definitivamente tras la agonía guevarista, exhibiendo las componentes individualistas de todo compromiso -individualismo y altruismo son consustanciales al hombre-, viniendo a cuento la mentada explicación de Guevara acerca de por qué se había hecho guerrillero: —Por egoísmo…porque que era la única manera que tenía de ser feliz.
Desde entonces, insatisfacciones y búsquedas desorientadas, y limitaciones y contradicciones del paradigma marxista, llevarían a esta juventud a la autonegación y la entrega en un sueño utópico con resonancias del cristianismo primitivo, de San Francisco, las montoneras federales y Eva Perón, y el Che y sus reinterpretaciones marxistas.
La rebeldía comprometida cuestionaba a los teenager locales por reaccionarios, alienados y funcionales al sistema capitalista, desde un declamado status de superioridad moral respecto de los indiferentes, los individualistas y los frívolos de toda condición y edad.
Sus principios y valores, centrando en lo social la sensibilidad y la voluntad individuales, junto a una estética cuidadosamente descuidada y tímidamente narcisista, seducían crecientemente a millones de jóvenes.
Siendo de clase media iniciaba su formación y liturgia socialista en las universidades y su desfogue individualista con base literaria en las cafeterías cercanas, postulando la vida a todo o nada, en la plenitud decisional del yo, de adentro hacia fuera y de uno a los demás, para no morir asfixiados por el conformismo soporífero del sistema.
Sin embargo, vivir no era más difícil que antes –al fin y al cabo, sufrimiento y dolor son palabras muy antiguas-. Simplemente había surgido el novedoso encanto del nuevo militante universitario, transgresor y quijote, con exposición y anclaje en los imaginarios juveniles como modelo de identificación alternativo al sistema tradicional de valores.
Entre debates sociológicos y crisis espirituales, la rebeldía era el medio para autoconstituirse sin predeterminaciones, soñando escribir sus vidas poéticamente y sintiendo un regusto dulce ante los ambiguos sentimientos de rechazo y admiración que provocaban entre propios y extraños.
Fuera de esa película, miles de trabajadores vivían en cotidiana rebeldía por necesidad y urgencia, ajenos al rebelde abstracto y sin sentirse juventud en el concepto a la mode -acostumbrados como estaban a pasar sin transición de niños a hombres o mujeres-. Eran los rebeldes cotidianos del trabajo, conscientes de su clase y su explotación, que siendo peronistas viscerales se convertían por esfuerzo propio en cuadros militantes con cerebro, además de estómagos a satisfacer. Sin embargo, no eran vistos como antihéroes ni transgresores esteticistas, sino como peligrosos “bárbaros” del siglo XX.
Entre ambas rebeldías existía la misma diferencia que entre el Mayo Francés, fruto del exceso de consumo de la juventud francesa –ergo, de su ausencia de hambre alimentaria- y las crecientes luchas sociales de América latina para poder comer, y sin eufemismos.
De aquellos rebeldes reformistas con rápida adaptación posuniversitaria al sistema antes cuestionado, muy pocos se midieron sin soberbia con los militantes obreros como para plantearse una confluencia frentista o bien su proletarización y consiguiente peronización: los pocos que fueron, o volvieron…o quedaron en el camino. En cambio, los rebeldes del peronismo se dieron un baño de luna en el río de la revolución que lavaba todas las impurezas del cuerpo y del espíritu. Que la soñaran con métodos, matices e influencias teóricas y emocionales diversas, incluso contradictorias, no invalida sus características confusa pero visceralmente revolucionarias.
Había surgido la rebeldía armada, de vertientes peronistas y marxistas, mezcladas o separadas hasta que esas diferencias perdieron sentido bajo la Tiranía. La tierra se llenó de sangre y la sangre no abona ni perfuma la tierra.
Restaurada la democracia, liquidada la rebeldía, la sangre derramada fue negociada y por largo tiempo reinó el silencio, o el dolor de hablar; y el olvido, o el dolor de recordar; y las medias palabras, o el dolor de pensar y narrar; los testimonios individuales, o la autocensura del Estado; la justicia a medias, o la falta de conciencia… Simultáneamente, muchos sobrevivientes ex rebeldes antisistema y ex jóvenes se integraban y avalaban la agenda partidocrática en los sucesivos tramos políticos, incluida la Segunda Década Infame, la de los ´90.
En el 2000, al grito de “¡que se vayan todos!, la última rebeldía popular inorgánica sin distinciones etarias expulsó simbólicamente a los politiqueros del escenario político, y aunque ninguno se fue aquel ímpetu permitió desalojar la estupidez entronizada. Y después se fue apagando.
Actualmente, los nietos de los villeros setentistas, congelados en su clase y desocupados, con casaca identificatoria y celular, son subsidiados para simular rebeldía a favor o en contra según convenga, mientras dicen luchar no para ellos sino para los que por trabajar no pueden ir a las marchas.
Mientras tanto, los nietos universitarios de sus abuelos reformistas reconstruyen su isla revolucionaria con utopías nuevas o recicladas para la felicidad futura de quienes no van, no quieren o no pueden ir a la universidad. En ocasiones, cuando no están de toma de la universidad también salen a las calles.
Y en las calles anda la vida, a los tumbos, entre los baches del alma y la memoria, con sus más y sus menos, sus excesos y sus carencias, sus defectos y virtudes, viviendo el día a día, cansada de sufrir pero inmunizada contra el dolor y la sorpresa, sin sueños de robot, ni de apóstol ni rebelde, amortizada de tanta fantasía del pasado, suplicando que la dejen como está, con toda su mediocridad a flor de piel, y que no se metan con ella los corruptos, los mesiánicos ni los violentos que dicen defenderla, pues con semejantes amigos no necesita enemigos.
Hoy florecen los resentidos violentos mientras la rebeldía está extinguiéndose, y no por falta de jóvenes.
Los únicos privilegiados son los “oportunistas”, los pragmáticos sin principios que pasan por ventanilla.
El optimismo de sus facciones los delata.
Profesor de Historia, Argentina
Carlos SCHULMAISTER sobre Azul@rte:
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Rebeldía generacional. Balance de medio siglo
Por Carlos Schulmaister
(Extracto del libro del autor Estética revolucionaria peronista. La tragedia de los ´70)
La juventud latinoamericana de los ´60 surgió como sector social consumidor y reproductor de la mítica rebeldía juvenil norteamericana difundida por el cine y la literatura.
La idolatría y la imitación de los rebeldes sin causa a lo James Dean, de los duros y difíciles a lo Marlon Brando, de los teddy boys más allá del bien y del mal, y de los edulcorados teenager a lo Pat Boone, Bill Halley, Elvis Presley o Brenda Lee, se extendió a la indumentaria, el peinado, los gestos y la forma de bailar y pararse.
Las industrias culturales mercantilizaron comportamientos y representaciones del ser joven a la [norte]americana, creando un mundo virtual burbujeante, complaciente y conformista, presuntamente rebelde para los mayores siendo sólo aturdimiento, alienación gratificante en un eterno presente hedonista dudosamente redimido después por la cultura hippie. “Rebeldía” colorida, alegre, iracunda, rockanrolera, romántica, soñadora y escapista, estéticamente transgresora, ocasionalmente anarquista y definitivamente pasatista, absorbida y neutralizada simbólicamente como mercancía.
Poco antes, el existencialismo, que había escocido a Europa desnudando el absurdo de la vida, redescubierto en la guerra, y la imposibilidad de paliar sensitivamente la insatisfacción, la angustia y el dramatismo de vivir y morir, mostró un tipo de juventud introvertida, conflictuada y conflictiva, adicta a la literatura y el teatro, pesimista al borde del escepticismo y sin saber manejar prácticamente su angustia.
La angustia y la desesperación calaron hondo en los universitarios alborotando su izquierdismo mecánico, deviniendo en otra izquierda, marxista sí, pero con resonancias heterodoxas como las del Tercermundismo político, ideológico y cultural, con influencias de Sartre, Nasser, Castro, Lumumba, Fanon y Lanza del Vasto, que miró sorprendida a Hungría, Argelia, Cuba, el Congo y Checoslovaquia, revolviéndose inquieta y lamiéndose las heridas de una subjetividad siempre exorcizada por los cánones marxistas geométricamente estructurados.
Tanta subjetividad oprimida supuró definitivamente tras la agonía guevarista, exhibiendo las componentes individualistas de todo compromiso -individualismo y altruismo son consustanciales al hombre-, viniendo a cuento la mentada explicación de Guevara acerca de por qué se había hecho guerrillero: —Por egoísmo…porque que era la única manera que tenía de ser feliz.
Desde entonces, insatisfacciones y búsquedas desorientadas, y limitaciones y contradicciones del paradigma marxista, llevarían a esta juventud a la autonegación y la entrega en un sueño utópico con resonancias del cristianismo primitivo, de San Francisco, las montoneras federales y Eva Perón, y el Che y sus reinterpretaciones marxistas.
La rebeldía comprometida cuestionaba a los teenager locales por reaccionarios, alienados y funcionales al sistema capitalista, desde un declamado status de superioridad moral respecto de los indiferentes, los individualistas y los frívolos de toda condición y edad.
Sus principios y valores, centrando en lo social la sensibilidad y la voluntad individuales, junto a una estética cuidadosamente descuidada y tímidamente narcisista, seducían crecientemente a millones de jóvenes.
Siendo de clase media iniciaba su formación y liturgia socialista en las universidades y su desfogue individualista con base literaria en las cafeterías cercanas, postulando la vida a todo o nada, en la plenitud decisional del yo, de adentro hacia fuera y de uno a los demás, para no morir asfixiados por el conformismo soporífero del sistema.
Sin embargo, vivir no era más difícil que antes –al fin y al cabo, sufrimiento y dolor son palabras muy antiguas-. Simplemente había surgido el novedoso encanto del nuevo militante universitario, transgresor y quijote, con exposición y anclaje en los imaginarios juveniles como modelo de identificación alternativo al sistema tradicional de valores.
Entre debates sociológicos y crisis espirituales, la rebeldía era el medio para autoconstituirse sin predeterminaciones, soñando escribir sus vidas poéticamente y sintiendo un regusto dulce ante los ambiguos sentimientos de rechazo y admiración que provocaban entre propios y extraños.
Fuera de esa película, miles de trabajadores vivían en cotidiana rebeldía por necesidad y urgencia, ajenos al rebelde abstracto y sin sentirse juventud en el concepto a la mode -acostumbrados como estaban a pasar sin transición de niños a hombres o mujeres-. Eran los rebeldes cotidianos del trabajo, conscientes de su clase y su explotación, que siendo peronistas viscerales se convertían por esfuerzo propio en cuadros militantes con cerebro, además de estómagos a satisfacer. Sin embargo, no eran vistos como antihéroes ni transgresores esteticistas, sino como peligrosos “bárbaros” del siglo XX.
Entre ambas rebeldías existía la misma diferencia que entre el Mayo Francés, fruto del exceso de consumo de la juventud francesa –ergo, de su ausencia de hambre alimentaria- y las crecientes luchas sociales de América latina para poder comer, y sin eufemismos.
De aquellos rebeldes reformistas con rápida adaptación posuniversitaria al sistema antes cuestionado, muy pocos se midieron sin soberbia con los militantes obreros como para plantearse una confluencia frentista o bien su proletarización y consiguiente peronización: los pocos que fueron, o volvieron…o quedaron en el camino. En cambio, los rebeldes del peronismo se dieron un baño de luna en el río de la revolución que lavaba todas las impurezas del cuerpo y del espíritu. Que la soñaran con métodos, matices e influencias teóricas y emocionales diversas, incluso contradictorias, no invalida sus características confusa pero visceralmente revolucionarias.
Había surgido la rebeldía armada, de vertientes peronistas y marxistas, mezcladas o separadas hasta que esas diferencias perdieron sentido bajo la Tiranía. La tierra se llenó de sangre y la sangre no abona ni perfuma la tierra.
Restaurada la democracia, liquidada la rebeldía, la sangre derramada fue negociada y por largo tiempo reinó el silencio, o el dolor de hablar; y el olvido, o el dolor de recordar; y las medias palabras, o el dolor de pensar y narrar; los testimonios individuales, o la autocensura del Estado; la justicia a medias, o la falta de conciencia… Simultáneamente, muchos sobrevivientes ex rebeldes antisistema y ex jóvenes se integraban y avalaban la agenda partidocrática en los sucesivos tramos políticos, incluida la Segunda Década Infame, la de los ´90.
En el 2000, al grito de “¡que se vayan todos!, la última rebeldía popular inorgánica sin distinciones etarias expulsó simbólicamente a los politiqueros del escenario político, y aunque ninguno se fue aquel ímpetu permitió desalojar la estupidez entronizada. Y después se fue apagando.
Actualmente, los nietos de los villeros setentistas, congelados en su clase y desocupados, con casaca identificatoria y celular, son subsidiados para simular rebeldía a favor o en contra según convenga, mientras dicen luchar no para ellos sino para los que por trabajar no pueden ir a las marchas.
Mientras tanto, los nietos universitarios de sus abuelos reformistas reconstruyen su isla revolucionaria con utopías nuevas o recicladas para la felicidad futura de quienes no van, no quieren o no pueden ir a la universidad. En ocasiones, cuando no están de toma de la universidad también salen a las calles.
Y en las calles anda la vida, a los tumbos, entre los baches del alma y la memoria, con sus más y sus menos, sus excesos y sus carencias, sus defectos y virtudes, viviendo el día a día, cansada de sufrir pero inmunizada contra el dolor y la sorpresa, sin sueños de robot, ni de apóstol ni rebelde, amortizada de tanta fantasía del pasado, suplicando que la dejen como está, con toda su mediocridad a flor de piel, y que no se metan con ella los corruptos, los mesiánicos ni los violentos que dicen defenderla, pues con semejantes amigos no necesita enemigos.
Hoy florecen los resentidos violentos mientras la rebeldía está extinguiéndose, y no por falta de jóvenes.
Los únicos privilegiados son los “oportunistas”, los pragmáticos sin principios que pasan por ventanilla.
El optimismo de sus facciones los delata.
