lundi 26 octobre 2009

Elizaveta MIJAILOVNA/Escapar de los bolcheviques



Historia / En primera persona
Escapar de los bolcheviques
Por Elizaveta Mijailovna

En Memorias de otra princesa rusa, que Ediciones de la Flor publica el mes próximo, la autora, madre del fotógrafo Anatole Saderman, narra su infancia en la Rusia zarista, la huida en 1917 y su llegada a Buenos Aires. Aquí, un fragmento

Y realmente, al volver después del verano a Moscú, encontramos allí un aire pesado, como en vísperas de tormenta. Todos hablaban a media voz, parecían ocultar algo, guardando para sí sus tristes presentimientos, y ya nadie pensaba en diversiones. Los teatros y otras distracciones se volvían cada vez más escasos, desde luego sin contar el teatro de Stanislavsky del cual éramos antiguos abonados: lo seguimos siendo, efectivamente, desde los días de su fundación hasta los últimos días de nuestra estadía en Moscú.

A poco de nuestro regreso de Crimea, papá y tío Mitia se fueron al Cáucaso y de allí a Sochi. En el escaso mes de su ausencia se produjeron grandes cambios: a mediados de octubre se desencadenó la revolución en Petrogrado y luego en Moscú.

Este suceso inesperado nos tuvo particularmente alarmados, ya que a papá le tocó volver bajo un tiroteo en las calles de Moscú, y es indescriptible lo que hemos padecido hasta que, de pronto, llamó el teléfono y era papá que nos hablaba desde la casa de unos amigos, que se encontraba entre la estación y nuestro hogar.

Tardaron varias horas hasta llegar a casa, bajo este tiroteo, guareciéndose de las balas en los zaguanes de paso. Fue una gran dicha verlos finalmente en casa, contando los horrores que les había tocado vivir.

Desde este momento la vida pareció haberse detenido, hubo una paralización total. Moscú parecía vacía y muerta, mientras que en Petrogrado todo parecía hervir: las viejas autoridades cambiaban de una manera salvaje y extraña.

Los bolcheviques habían vencido. En febrero el Zar firmó la Constitución y el pueblo salió a la calle jubiloso, con escarapelas rojas en los ojales. Los conocidos, al encontrarse en la calle, se abrazaban, pero recuerdo que uno de ellos quiso echar un balde de agua fría sobre nuestros ánimos exaltados, afirmando que era demasiado prematuro festejar los acontecimientos. Por lo visto, este amigo sabía bien cómo se desarrollaba un movimiento revolucionario, pero mientras tanto, la revolución era un hecho. (Evidentemente, Nona confunde varias fechas: lo de la Constitución se remonta a la Revolución de 1905, y tampoco la firmó. Las escarapelas rojas y los abrazos en las calles eran fenómenos de la Revolución de febrero de 1917, cuando el Zar fue destronado. La vuelta de papá del Cáucaso coincidió con la Revolución de octubre del mismo año, ganada por la fracción bolchevique del Partido Social Demócrata. N. del T.)

Esta primera alegría se trocó luego en un año de penurias. En este lapso fueron requisados todos nuestros bienes. Al tío Samuel Katzevich le quitaron su comercio de ocho pisos, a su familia la echaron de su lujoso palacete, permitiéndoseles sólo llevarse a cada uno una pequeña valijita de mano, y por más que las chicas imploraron que se les permitiera llevar sus bicicletas, esto no fue admitido. Se mudaron a otra casa de su propiedad, y empezaron a pensar en la huida.

Esto no era fácil, ya que había una estricta vigilancia de "burgueses y ricachones".

Finalmente se pudo rescatar al tío Samuel, cosa que le costó a papá un tremendo esfuerzo y una considerable suma de dinero, y fue organizada su fuga al extranjero. Simultáneamente, también nosotros nos aprontábamos para la fuga. De todos lados llegaban noticias terribles. Eran muy escasos los fugitivos que lograban llegar hasta la frontera con vida: eran despojados de todos sus bienes y ultimados. Pero papá decidió emprender la fuga, y con nosotros todos los Katzevich y la familia del tío Arkady.

Éramos cuatro familias que se pusieron en marcha guiados por un "combinador", un judío polaco, probablemente un lejano pariente de la tía Sonia Katzevich que también viajaba con nosotros. Además de una gran familia, viajaban con nosotros dos institutrices -una de Nina y la otra de Ira- y nosotros llevábamos a nuestra mucama Pasha.

Nuestro camino nos llevaba a Minsk, aún ocupada por los alemanes, y decidimos esperar allí hasta que los bolcheviques fueran derrotados, calculando que esto llevaría entre tres y seis meses. ¡Qué manera de errar el cálculo! En octubre de 1948 se cumplieron treinta y un años de nuestra expatriación, de lo que se puede deducir que tras no pocas y penosas aventuras, pudimos llegar vivos a la ciudad de Minsk.

No veo mucha razón en describir ese último año en Moscú, bajo el régimen bolchevique. Ustedes, hijos míos, ya eran lo suficientemente grandes como para recordar que, prácticamente, no nos faltó nada. Papá conseguía todo lo que era necesario para nuestra manutención. Teníamos bolsas de harina y siempre había gran cantidad de otros productos.

Pero se me oprimía el corazón cuando llegó el momento de despedirme de la vieja niñera Katia. Recuerdo bien el último momento: los chicos fueron despachados con anterioridad para no provocar las suspicacias de los porteros y algunos vecinos que eran grandes enemigos de los "burgueses".

Por última vez recorrí todas las habitaciones, despidiéndome de todas las cosas porque, dígase lo que se diga, el corazón presentía que nunca más volveríamos a ese hogar.

Nos dimos un último y muy sentido abrazo. Pensar que ella vivió con nosotros más de treinta y cinco años, me había criado, fue la que me enseñó las primeras letras. Se sentía muy herida por el hecho de que llevábamos con nosotros a la mucama Pasha y no a ella. Me costó mucho trabajo convencerla de que a nadie más que a ella podía yo confiar todos nuestros bienes, y con este argumento quedó algo tranquilizada.

Y, realmente, ¡cuántos bienes de valor tuvimos que dejar a los bolcheviques! Pero poco a poco Katia empezó a sacar de los armarios algunas cosas, tales como buenos manteles, cortinas sobrantes, abrigos de piel, y los fue llevando a la casa de la tía Mania, la que unos años después nos los trajo a Berlín, junto con un vaso lleno de brillantes que ella, enseguida de nuestra partida, escondió en la tierra de un macetón con plantas.

[Traducción: Anatole Saderman]
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 17/10/2009