
En el Lenguaje Lascivo de los Perros
http://cazadoresdelasombradelave-adguerra.blogspot.com/
Email: Comolosojosdeuntoroentristecido@hotmail.com
Loscazadoresdelasobradelave@gmail.com
http://cazadoresdelasombradelave-adguerra.blogspot.com/
Email: Comolosojosdeuntoroentristecido@hotmail.com
Loscazadoresdelasobradelave@gmail.com
Adalberto Guerra Matanzas – 1967 - West Palm Beach , Florida
La poesía fue desde mis años tempranos como un escondrijo contra el soplo del viento, y la palabra llego a ser en mí como un rostro fuerte; yo abrace la palabra como la única salida del encierro y la palabra me saco a la luz, me dio vida y revistió mis huesos y solo entonces llegue a ser.
Palabras para los visitantes
Cómo pudiera yo agradecerles las constantes visitas a mi página que no fuese dejándoles saber de vez en cuando las últimas cosas que estoy escribiendo, pero llegado el momento de concluir el libro de narrativa, (En el lenguaje lascivo de los perros) llegan también algunos cambios necesarios en la difusión de los cuentos de manera pública, por lo que en un futuro cercano algunos de los textos aquí publicados serán retirados total o parcialmente. Los textos más recientes aparecerán en “fragmentos” y los visitantes habituales que me escriban solicitándolo tendrán vía email el resto del texto como muestra de aprecio por su asiduas visitas.
Su servidor.
Ad Guerra
El lenguaje de los perros
Por Adalberto GUERRA MATANZAS
El crecimiento descontrolado de las familias de Santa Ana de Viajacas desde la época temprana del encierro se había convertido en el real problema de la finca, ni la necesidad de agua potable, ni el racionamiento, ni otras mil limitaciones habían hecho posible disminuir la fertilidad en las mujeres o el deseo fervoroso de sus hombres por ellas, a grado tal que cuando regresaban de labrar la tierra a la misma hora de la tarde se escuchaba una especie de gritería colectiva de hembra y macho y el aire se impregnaba de un olor a azufre y sudor que daba la impresión que estábamos presenciado una múltiple y larga carrera de caballos. Todos los días a la misma hora los perros saltaban atropelladamente las cercas y corrían hacia todas partes sin dirección alguna girando las cabezas en círculos, a veces guiados por el olfato, otras por instinto o a puro ojo y cuando encontraban a sus perras las seducían con el lenguaje lascivo de los perros. Las gallinas se tiraban de buche en la tierra blanca y empinaban la cola aunque no hubiera gallo en el patio y ponían huevos de vicio, así también parían las solteronas de Santa Ana de Viajacas, de vicio. Poco a poco la población creció al grado que se unían las casas unas a las otras por un improvisado techo que daba la impresión que se dormía bajo una gran sabana de cinc; por lo que hubo la necesidad de hacer calles y delinear las viviendas y hacer leyes contra la promiscuidad y contra la natalidad y contra la libertad de los hombres y los animales de ejercer sus instintos naturales y ni así lograron contener la caída del muro exterior de Santa Ana de Viajacas que no pudo contener a sus habitante y se rompió de súbito como un zurrón de agua. La población animal había crecido tanto que los hombres tomaron costumbres bestiales y era difícil distinguir entre unos y otros, algunos les daban propiedades humanas a los animales, como darle cerveza a un burro o enseñar a bailar a un caballo, así llego un hombre que juraba hacer hablar a un perro y se congregaron junto al asustadizo animalillo y el dueño lo tomó en sus brazos y le dio unas palmadas en el lomo como achuchándolo contra una bandada de perdices invisibles y dentro del confuso rugido de miedo o fiereza extraña emanó un “ay papa” para el asombro de los concurridos. Con la difusión de la novedosa noticia llegó gente de todas partes y se improviso una tarima con un letrero que decía: “El perro que habla” –“Función única a las 5 de la tarde”. La funciones duraron varios días hasta que un desamparado agarro a un perro por la cola y puso una lata para la colecta en el medio de la calle y achucho el perro al mismo tiempo que accionaba sus cuerdas bocales como a un bandoleón con la notable maestría que da el hambre y lo hiso decir “ay papa”, “agua” y cantar “la cucaracha, la cucaracha”, desde entonces los desamparados tienen perros y comparten con ellos sus panes y conversan y se pierden con ellos en los pasillos oscuros de la noche y entienden más que nadie la concupiscencia de la carne.
Los hijos de nadie
Por Adalberto GUERRA MATANZAS
Los domingos no eran días especiales en Santa Ana de Viajacas pero nos vestíamos con si esperáramos a alguien y nadie venia por el camino de la entrada que se fue tupiendo de un grueso marabú, nadie venia o se marchaba de Santa Ana de Viajacas y aumentaron los hijos con el tiempo y llegaron a parecerse entre sí con el tiempo, ya sea por la manera de mirar al cielo o por el color verdoso de la piel y el penetrante olor a cuero de vaca, se perecían entre sí de tal manera que fue imposible ponerles nombres diferente y se usaba el mismo nombre una y otra vez alternándose las letras hasta agotarse todas las posibles combinaciones y se regresaba entonces una vez más al nombre original. Estábamos cercados por todas partes y aquel encierro nos había hecho diferentes, extremadamente diferentes, aprendimos a vivir como pudimos, nuestra escuela se improvisaba en cualquier lugar de Santa Ana de Viajacas; y la localidad cambiaba diariamente, nos enseñaban estrategia de combate ligada con matemática guajira, una cosa rara,…. que “si un caballo pesa lo mismo que cinco chivos’’, que…“ si nos atacan con caballos le soltamos seis chivos por caballo’’...que “no estamos solos….por lo menos una vez al año los veladores de La Sobreviviente han visto fuego levantarse en el aire y muchos gritos que pudiera ser de otras regiones en conflicto”.
Estábamos cercados y nadie venia los domingos o nunca, pero nos vestíamos como esperando a alguien y se ponía en cada mesa un plato de sopa y una silla extra por si llagaba alguien y nadie venia por el camino de la entrada que ya lo cubría el marabú. Aquella soledad ponía verde a las solteronas de Santa Ana de Viajacas y olían como a vacas en celo y vociferaban por la soledad y se rascaban constantemente como si tuvieran el cuerpo cubierto de espinas, fue necesario para aplacar la picazón bañarlas en la tina de abrevar los animales y restregarlas con una escoba de palmiche desde lejos y aún seguían vociferando y dibujando la silueta de un hombre con las manos y se les hinchaba el vientre y parián todas en la misma noche, así nos fuimos poco a poco llenando de hijos que vociferaban y marabú por todas partes, los nuevos hijos tenían una apariencia única, verdosos cráneos que se alargaban desmedidamente hacia la parte frontal, alguien entonces invento una armazón de hierro para contener el crecimiento del cráneo que ataban fuertemente con alambres y cuando contenían el crecimiento hacia el frente crecía hacia los laterales o hacia atrás o se les abotonaban los ojos o les crecían las pestañas y el cabello con rapidez tal que había que recórtalos dos veces al día, finalmente resulto incontenible el mal y poco a poco fueron cambiando el parecido que tenían entre sí dependiendo del ajuste que se le aplicaba al armazón de hierro, aunque aún mantenían la verdosa coloración que los identificaba, eran hijos de nadie y así llegaron a llamarles y así se comportaban. Lo dudaban todo, hasta la guerra. Se hablaban en secreto y desaparecían como llegaron por un milagro, lo creíamos así hasta que encontraron un hueco en la cerca y se ordeno entonces un censo, una tabulación del ganado y las gallinas y cuanta alma respiraba y colocaron veladores en la cercas, y empezó desde entonces la guerra contra nosotros mismos.
Del rey de los toldos lo heredamos
Por Adalberto GUERRA MATANZAS
Un 29 de junio de 1856 salió por primera vez el apellido de mi familia en los periódicos, un fabricante de toldos de origen portugués puso el nombre de la familia en alto, tan en alto que salió de La Plaza de Marte de la Habana a las 5 de la tarde volando en su aerostático Villa de París y aun le estamos esperando.
La locura de conquistar el aire alcanzo a la familia desde entonces, desde entonces, los chicos nacían mirando al cielo, decían las parteras y agregaban “como genuinos descendientes del toldero”. Se dibujaron desde entonces globos en los bordados de las canastillas de los recién nacidos y cuadrúpedos que caían del cielo en paracaídas lanzados desde una nave aerostática, para acentuar el sello familiar se fabricaban biberones distintivos con agarraderas de madera en forma de globos, los chicos perseguían a otros chicos con los brazos extendido en similitud de vuelo. Uno de los tatarabuelos se lanzo a 40 pies de altura desde la cima de una palma real sosteniendo dos pencas de guano debajo de los brazos y murió del trastazo o de miedo, nadie sabe.
Muchos años más tarde uno de mis tíos tuvo la brillante idea de hacer un avión de madera con un pequeño motor de turbina de agua, la idea se puso en marcha con la complicidad de todos de una forma u otra, se discutieron los planos y se propuso la constitución de los materiales de construcción, como no había medios de consulta se le preguntaba a los más viejos que vieron volar al bisabuelo: la forma que cayó, la distancia en relación al tronco de la palma y la posible inclinación del cuerpo, el mes del año y las corrientes de aire, se calcularon los detalles y se hicieron demostraciones reales con pencas de palma. Las mujeres cosieron las alas y el traje del piloto de un rustico cuero de vaca, hicieron una banderita para identificar el país. Los hombres cortaron la madera de ateje y le dieron forma a las aspas, montaron las vigas del cuerpo de la nave, la pintaron con una argamasa de polvo blanco de la tierra y resina de árbol, por fuera tenia la apariencia real de un aparato aerodinámico y de cerca tenia olor a vaca muerta, pero así se le fue dando forma a aquel disparate alado, se le coloco un letrero que decía “GuBaRoMa” en alusión a las dos primeras letras del nombre de los hermanos de mi madre, Gustavo, Bartolo, Rogelio, María, que después de muchas discusiones se cambio entonces a “Aéreo De La Viajaca” en alusión a nombre de la finca de nuestra posesión por si no caía en la región o caía fuera del país donde hablaran otro idioma, algunos hasta aseveraban que construirían un puente aéreo para traer pescado fresco a las fincas y llevar vegetales a otros mercados de las islas, lo que alentó a otros campesinos a apoyar el proyecto. Poco a poco se fue completando la tarea, toda la labor se realizo en el pico de una loma para poder propulsar el aparato con más facilidad. Los hombres trabajaban incansablemente, se puso una fecha de despegue y se completaron las tareas en tiempo, el último detalle fue la banderita del país hecha a mano que ataron a una vara de bambú y la clavaron a la cola del aparato con la esperanza de que le reconocieran otras tierras. Se dieron cita todos a la misma hora en el pico de la loma que años más tarde llego a llamarse la Soberviviente, el piloto lucia su traje de cuero rustico y olía a vaca en celo, algunos confiados en el éxito trajeron racimos de plátanos, yucas, calabazas por si se daba la oportunidad de empezar el comercio. Después de varios intentos arrancaron la turbinita de agua que era el corazón de la nave y el piloto oliendo a vaca acelero el motor halando un cable que se había atado a un pie y todos se posicionaron para empujar el armatoste, el piloto dio la orden: CORTEN, CORTEN, CORTEN y cortaron la soga que suspendía la nave y los hombres empujaron a un tiempo y de hecho despego la nave al caer al vacío de la loma, y subió y dio una vuelta de trescientos sesenta grados y se desplomo loma abajo, el piloto colgaba del cable del acelerador por un pie por la parte de afuera de la nave como tirado por cordeles de marionetas giraba y vociferaba mientras salían calabazas como bolas de cañón y yucas en el aire y pedazos de madera y cuero de vaca y humo y gasolina. La nave fue a parar a un campo de piña y se arrastro por unos 100 pies. Después de largas horas de desmonte llegaron a la nave y encontraron al piloto aun vociferando, colgado por un pie con el cuerpo lleno de espinas de piña y aceite del motor y pigmentación verde de cuanta vegetación encontró en el descenso y olía intensamente a vaca, a estiércol de vaca. Lo bañaron en la tina de abrevar los animales, de lejos lo restregaban con una escoba de ramas de palmiche y lo tendieron encima de una mesa como a un mantel y le extrajeron las espinas entre todos como se apartan las impurezas del arroz y aún vociferaba CORTEN, CORTEN, CORTEN y halaba el pie como si aun accionara el acelerador y extendía los brazos a cuanta cosa se ponía el frente de él y lo giraba como a un timón y hablaba desordenadamente de las variedades de frutas de la finca como un vendedor de paraguas y envejeció en un día y murió con una coloración verde hasta dentro de la boca y oliendo aun a cuero de vaca y lo enterraron en el surco que dejo la nave en el campo de piña en una caja que hicieron los hombres recolectando las tablas que se desprendieron de la nave y resaltaban las letras inscritas en las tablas ADA, único remanente que quedo del “Aéreo De La Viajaca” y las parteras desde entonces empezaron a nombrar a los recién nacidos que nacieran “como genuinos descendientes del toldero mirando al cielo", con nombres como Adán, Adelfa, Adelfo Adelo, Adela, Adrian, Adelina, Adolfo, Ada, Adin, Adonis y Adalberto… mi nombre.
La sobreviviente
Por Adalberto GUERRA MATANZAS
En la época en que mi padre buscaba oro en las murallas del Ingenio el abuelo paso como una especie de decreto verbal sobre la loma desde donde salió el Aéreo De La Viajaca, diciendo: “no se excavara en esa región, ni se dará al ganado para pasto, ni se fabricara sobre la tierra misma. La memoria del más ilustre miembro de nuestra familia vive allí y se retuerce entre los campos de piña como una salamandra y sale en las noches gritando y vociferando envuelto en un cuero rustico de vaca y vuela sobre la casa misma y sobre nuestras posesiones...yo le he visto”. Desde entonces la ordinaria loma llego a llamarse La Sobreviviente porque sobrevivió y conservo su forma erguida como un faro entre la planicie extrema que dejaron las excavaciones.
Mi padre pasaba mirando La Sobreviviente con el pico al hombro con cierta envidia porque era la única tierra que no había sido removida, en toda la región se bajo el terreno tres metros en profundidad según recomendaban los expertos en botijas y nada, más La Sobreviviente seguía allí en constante desafío con su color verde amarillo de las plantaciones de piña que ya la poblaban y la tumba del piloto como un lunar verde en medio de la planicie blanca. Alguien trato de fabricar en La Sobreviviente después de la muerte del abuelo y perdió la memoria por un mes y anduvo por el campo de piña arrastrándose como una salamandra y regreso vociferando con el cuerpo lleno de espinas y envejeció en un día y murió encerrado en una coloración verde. Los chicos empinaban sus cometas y se deslizaban en yaguas desde la cima de La Sobreviviente y se hacían fiestas en el pico de la loma y se daban en matrimonio a las solteronas de Santa Ana de Viajacas, cualquier tipo de actividad se hacía en La Sobreviviente menos pasar la noche o habitarla o perturbar la memoria de su muerto que aun seguía allí embalsamado en su verdosa pigmentación bajo la tierra.
Todo cambio de súbito en los años de la guerra en La Sobreviviente cuando se hizo una torre para vigilar los fantasmas y espantar a los vendedores de cepillos de lavar y a los predicadores. Se cambiaron los decretos, las reglas de las excavaciones y todas las reglas que las guerras cambian. Desde entonces se veía la imagen del piloto retorcerse como una salamandra entre los sembradíos de piña, sudando profusamente bajo la vestimenta de cuero rustico de vaca, se quejaba como un perro jibaro como si halara por un pie la tierra, vociferaba como si odiara el blanco, o el encierro en el cajón de las tres letras, se burlaba de los veladores que quisieron matarle pero estaba muerto...“De haber volado no estuvieras rodeado de estos muros hacia todas partes y enemigos que nos cercan”... le decían los viejos mirándole retorcerse como una salamandra entre las piñas. De súbito se extinguieron los sembradíos de piñas y se trilló el pasto verde de La Sobreviviente, nadie pensó en el oro ni en las excavaciones porque estaba restringido el comercio y..." para qué sirven las monedas de oro en una tierra rodeada por todas partes"-se decían los viejos. Así de súbito perdió su encanto y llego a tener en poco tiempo el aspecto de una pila de tierra ahoyada por todos los animales de la tierra a la vez.
