
La literatura de una disidente
El Nobel premia a los sin voz
La autora rumano-alemana Herta Müller recibe el reconocimiento por una obra en defensa de las minorías y contra los totalitarismos - Fue perseguida por Ceausescu
Las habitaciones berlinesas del Gremio de Libreros Alemanes se quedaron pequeñas para la marabunta de reporteros y cámaras que esperaban ayer a Herta Müller, flamante premio Nobel de Literatura. Había que abrir paso a esta representante de las minorías, a una disidente que sufrió la persecución de Nicolae Ceausescu durante su juventud en Rumania, a la brillante narradora de la resistencia al autoritarismo y de la sistemática destrucción de las relaciones humanas en las dictaduras.
Por un momento, parecía temblar ante el asalto de los fotógrafos. Pronto se vio que esta mujer menuda de ojos azules y labios pintados, cuyo rostro muy blanco destacaba ayer entre el negro de su pelo y el de su ropa, no se arredra. Aguantó el chaparrón de flases, se giró a un lado y al otro, se sentó con las piernas cruzadas, volvió a posar un rato y se puso a hablar de su escritura.
Cuando se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín, el premio más prestigioso y mejor dotado de la literatura (casi un millón de euros) ha recaído -acaso no por casualidad- sobre una escritora nacida y crecida al otro lado del telón de acero. Una autora que tuvo que escapar de su país perseguida y amenazada por la Securitate, la temible policía secreta del régimen comunista.
Nacida en Rumania en 1953, en el seno de una familia de la minoría rumana de origen germano, Herta Müller escribe en alemán, su lengua materna. En Berlín aterrizó en 1987. Pero su total asimilación en la sociedad que la acogió -como la consagración de su literatura contenida, asfixiante y onírica- llegó ayer, cuando Peter Englund, de la Academia Sueca, anunció a mediodía que este año la galardonada era una "escritora alemana".
Ya por la tarde, Müller reconocía en Berlín que la noticia aún no había "llegado" a su cabeza: "Es demasiado pronto y necesito tiempo para registrarlo". Y a continuación explicó las vinculaciones entre el vigésimo aniversario de la caída del "socialismo real" y su obra. "Hay una conexión entre mi escritura y el hecho de haber vivido 30 años en una dictadura", dijo. Otros, recordó, "no sobrevivieron; a ellos no los resucitó la caída del régimen". "Lo que has vivido bajo una dictadura no se olvida cuando arrancas una hoja del calendario".
En 1987 el Gobierno alemán pagó 8.000 marcos de la época (unos 4.000 euros) para que Müller pudiera venir a Berlín. Su familia tuvo que reunir la misma cantidad, para ellos astronómica, para pagar los sobornos que le permitieron huir de la censura y la represión. "El tema de mi escritura no lo he elegido yo, se me echó encima", explicó la escritora, que se dijo sorprendida por el empeño que el aparato represor de una dictadura puede llegar a poner en perseguir a un escritor.
La Academia Sueca reconoce en los libros de Müller los "paisajes del desarraigo". En medio de un entusiasmo un tanto patriótico, Müller mantenía ayer su reserva. "Entra usted en una galería ilustre con Thomas Mann, Heinrich Böll y Günter Grass", le dijo un periodista alemán. "No tengo sitio en la cabeza para andar por ahí con una galería dentro", le espetó ella. "El premio es un suceso externo que está muy bien, es bonito, pero mi meta es escribir. Ése es mi trabajo".
Los medios y algunos políticos alemanes no tardaron ayer en mostrar su regocijo por "el décimo Nobel de Literatura" para el país. "Soy una escritora alemana porque escribo en alemán y el rumano lo aprendí a los 14 años", se justificó Müller. "Es una lengua hermosa que me gusta mucho, aunque en la que no sé escribir".
El libro de relatos En tierras bajas fue, en 1990, la primera obra de la autora rumano-alemana traducida al castellano. Lo publicó Siruela en la versión de Juan José del Solar. Ése y la novela El hombre es un gran faisán en el mundo (de la que existe versión en gallego) eran los únicos títulos disponibles ayer en las librerías españolas. Como en el resto de Europa, Müller es una autora cuyo gran prestigio crítico no ha ido acompañado del éxito de ventas.
Al menos hasta ayer, cuando Müller, más que ansiosa por los números parecía deseosa por dejar la sala y volver a su verdadera y única tarea, la de escribir. "El Nobel no me causa ningún miedo; lo de abandonar esta profesión se me ocurre después de cada libro que termino, pienso que será el último, que ya basta. Así que hay cosas peores. Cuando me ponga a freír un huevo o vaya a comprar patatas no iré en calidad de premio Nobel".
Con mayor gravedad se mostró el ministro de Cultura del Gobierno alemán, el democristiano Bernd Neumann (CDU). No quiso perderse la foto con la flamante galardonada. Le entregó un ramo de flores y largó un pequeño discurso laudatorio: "Señora Müller, estamos orgullosos". Todavía sentada, Herta Müller esbozó media sonrisa irónica, se encogió de hombros y tardó unos segundos en responder. "Muchas gracias".
Obra traducida
De la veintena de libros de ensayo, poesía y prosa de Müller, sólo se ha traducido al español un puñado:
- En tierras bajas (Siruela). Una niña analiza el ambiente opresivo de un pueblo en 15 relatos.
- El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela). Novela corta sobre una comunidad rural rumano-alemana.
- La piel del zorro y La bestia del corazón, descatalogadas, fueron publicadas por Plaza & Janés y Mondadori.
***
'El hombre es un gran faisán en el mundo'
de Herta Müller
LA RANA DE TIERRA
El molino ha enmudecido. Las paredes y el tejado han enmudecido. Y las ruedas también. Windisch ha pulsado el interruptor y apagado la luz. Ya es de noche entre las ruedas. El aire oscuro ha devorado el polvo de harina, las moscas, los sacos. El guardián nocturno duerme sentado en el banco del molino. Tiene la boca abierta. Debajo del banco brillan los ojos de su perro. Windisch carga el saco con las manos y con las rodillas. Lo apoya contra la pared del .molino.El perro lo mira y bosteza. Sus blancos colmillosson una dentellada. La llave gira en la cerradura de la puerta del molino.
La cerradura hace un clic entre los dedos de Windisch. Windisch cuenta. Oye latir sus sienes y piensa:
«Mi cabeza es un reloj». Se guarda la llave en el bolsillo. El perro ladra. «Le daré cuerda hasta que el resorte reviente», dice Windisch en voz alta. El guardián nocturno se cala el sombrero en la frente. Abre los ojos y bosteza. «Soldado en guardia», dice.
Windisch se dirige al estanque del molino. En la orilla hay un almiar. Es una mancha oscura sobre la superficie del estanque y se hunde en el agua como un embudo. Windisch saca su bicicleta de entre la paja.
«Hay una rata entre la paja», dice el guardián nocturno. Windisch quita las briznas de paja del sillín y las tira al agua. «La he visto», dice, «ha saltado al agua». Las briznas flotan como cabellos, formando pequeños remolinos. El embudo oscuro también flota. Windisch contempla su imagen ondulante. El guardián nocturno da un puntapié al perro en la barriga. El perro lanza un aullido. Windisch mira el embudo y oye el aullido bajo el agua. «Las noches son largas», dice el guardián nocturno. Windisch se aleja un paso de la orilla. Contempla la imagen inmutable del almiar, apartada de la orilla. No se mueve. No tiene nada que ver con el embudo. Es clara. Más clara que la noche.
El periódico cruje. El guardián nocturno dice: «Tengo el estómago vacío». Saca un poco de pan y tocino. El cuchillo refulge en su mano. Empieza a masticar. Con el filo se rasca la muñeca. Windisch empuja su bicicleta unos pasos. Mira la luna. El guardián nocturno dice en voz baja y mascando: «El hombre es un gran faisán en el mundo».
Windisch levanta el saco y lo acomoda en la bicicleta. «El hombre es fuerte», dice, «más fuerte que las bestias ». Una punta del periódico se ha desgajado. El viento tironea de ella como una mano. El guardián nocturno pone el cuchillo en el banco. «He dormido un poquito », dice. Windisch está inclinado sobre su bicicleta. Levanta la cabeza. «y yo te he despertado», dice. «Tú no», dice el guardián nocturno, «mi mujer me ha despertado». Y se sacude las migajas del chaleco. «Sabía que no podría dormirme», dice. «La luna está enorme. Soñé con la rana seca. Estaba agotado. Y no podía irme a dormir. La rana de tierra estaba en mi cama. Me puse a hablar con mi mujer y la rana me miró con los ojos de mi mujer. Tenía la trenza de mi mujer. Llevaba puesto su camisón, remangado hasta el vientre. Le dije: "Tápate, que tienes los muslos secos". Eso le dije a mi mujer. La rana de tierra se cubrió los muslos con el camisón. Yo me senté en la silla, junto a la cama. La rana de tierra sonrió con la boca de mi mujer. "Esa silla rechina", dijo. La silla no rechinaba.
La rana de tierra se soltó la trenza de mi mujer sobre el hombro. Era tan larga como su camisón. Le dije: "Te ha crecido el pelo". Y la rana de tierra alzó la cabeza y gritó: "Estás borracho, te vas a caer de la silla".» La luna tiene una mancha de nubes rojas. Windisch está apoyado contra la pared del molino. «El hombre es tonto», dice el guardián nocturno, «y siempre está dispuesto a perdonar».
El perro devora una corteza de tocino. «Le he perdonado todo», dice el guardián nocturno. «Le perdoné lo del panadero. Y el tratamiento que se hizo en la ciudad.» Desliza la punta de su dedo por la hoja del cuchillo. «y me convertí en el hazmerreír de todo el pueblo.» Windisch suspira. «Ya no podía mirarla a los ojos», dice el guardián nocturno. «Lo único que no le he perdonado es que se muriera tan rápido, como si no hubiera tenido a nadie.»«Sabe Dios para qué existirán las mujeres», dice Windisch. El guardián nocturno se encoge de hombros: «No para nosotros», dice. «Ni para mí, ni para ti. No sé para quién.» Y acaricia al perro. «y nuestras hijas», dice Windisch, «sabe Dios, algún día también serán mujeres».
Sobre la bicicleta hay una sombra, y otra sobre la hierba. «Mi hija», dice Windisch, «mi Amalie ya tampoco es virgen». El guardián nocturno mira la mancha de nubes rojas. «Mi hija tiene las pantorrillas como sandías», dice Windisch. «Tú lo has dicho: ya no puedo mirada a los ojos. Tiene una sombra en los ojos.»
El perro gira la cabeza. «Los ojos mienten», dice el guardián nocturno, «pero las pantorrillas no». Y separa los pies. «Mira cómo camina tu hija», dice, «si separa las puntas de los pies al caminar, es que ha pasado algo». El guardián nocturno hace girar su sombrero en la mano. El perro lo mira, tumbado apaciblemente. Windisch calla. «Hay rocío, la harina se humedecerá», dice el guardián nocturno, «y al alcalde no le hará ninguna gracia».
Sobre el estanque vuela un pájaro. Lentamente y sin desviarse, como siguiendo un cordel. Casi rozando el agua, como si fuera tierra. Windisch lo sigue con la mirada. «Como un gato», dice. «Una lechuza», dice el guardián nocturno. Y se lleva la mano a la boca. «Hace ya tres noches que veo luz en casa de la vieja Kroner.» Windisch empuja su bicicleta. «No puede morirse», dice, «la lechuza aún no se ha posado en ningún techo».
Windisch camina entre la hierba y contempla la luna. «Te lo digo yo, Windisch», exclama el guardián nocturno, «las mujeres engañan».
***
LA AGUJA
Aún hay luz en casa del carpintero. Windisch se detiene. El cristal de la ventana reluce. Refleja la calle. Refleja los árboles. La imagen atraviesa la cortina. Penetra en la habitación por entre los ramilletes de encaje. Junto a la estufa de azulejos hay una tapa de ataúd apoyada en la pared. Aguarda la muerte de la vieja Kroner. Su nombre está escrito sobre ella. Pese a los muebles, la habitación parece vacía entre tanta claridad.
El carpintero está sentado en una silla de espaldas a la mesa. Su mujer, de pie ante él, se ha puesto un camisón de dormir a rayas. Tiene una aguja en la mano. De la aguja cuelga un hilo gris. El carpintero tiene el dedo Índice estirado hacia ella. Con la punta de la aguja, su mujer le quita una astilla de la carne. El dedo sangra. El carpintero lo contrae. La mujer deja caer la aguja. Baja los párpados y ríe. El carpintero le mete la mano bajo el camisón. Se lo levanta. Las rayas se enroscan. El carpintero recorre los senos de su mujer con el dedo sangrante. Los senos son grandes. Tiemblan. El hilo gris cuelga en la pata de la silla. La aguja se balancea con la punta hacia abajo. Junto a la tapa del ataúd está la cama. La almohada es de damasco, con lunares grandes y pequeños. La cama está tendida. La sábana es blanca, y el cubrecama también.
La lechuza pasa volando ante la ventana. Con un largo aletazo recorre el cristal. Su vuelo es crispado. Bajo la luz oblicua, la lechuza se duplica. Inclinada, la mujer va de un lado a otro ante la mesa. El carpintero le mete la mano entre las piernas. La mujer mira la aguja que cuelga. La coge. El hilo se balancea. La mujer deja resbalar su mano por el cuerpo. Cierra los ojos. Abre la boca. El carpintero la lleva a la cama cogida por la muñeca. Tira sus pantalones sobre la silla. El calzoncillo parece un remiendo blanco entre las perneras. La mujer alza los muslos y dobla las rodillas. Su vientre es de pasta. Sus piernas forman una especie de bastidor blanco sobre la sábana.
Encima de la cabecera cuelga una foto en un marco negro. La madre del carpintero apoya su pañuelo de cabeza contra el ala del sombrero de su esposo. En el cristal hay una mancha. Sobre la barbilla de la madre, que sonríe desde la foto. Sonríe ya próxima a la muerte. A un año escaso. Sonríe hacia una habitación situada pared por medio. La rueda del pozo gira porque la luna es enorme y bebe agua. Porque el viento se enreda entre sus rayos.
El saco está húmedo. Cuelga sobre la rueda trasera como un cuerpo dormido. «Como un muerto cuelga detrás de mí este saco», piensa Windisch. Windisch siente su sexo tieso y contumaz pegado al muslo.
«La madre del carpintero se ha enfriado», piensa Windisch.
***
"Me he quedado muda"
La escritora alemana Herta Müller ha sido galardonada con el Nobel de Literatura 2009
"Estoy sorprendida y todavía no me lo puedo creer. De momento no puedo decir más", ha dicho Müller en una primera reacción difundida por su editorial alemana Hanser. Ya antes, al recibir la noticia a través del secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, la escritora había dicho que se había quedado muda pero prometió a su interlocutor que recuperaría el habla para el 10 de diciembre, cuando le sea entregado el premio en Estocolmo. El premio a la escritora alemana de origen rumano ha sido anunciado por primera vez en directo a través de
YouTube.com.El Nobel premia a los sin voz
La autora rumano-alemana Herta Müller recibe el reconocimiento por una obra en defensa de las minorías y contra los totalitarismos - Fue perseguida por Ceausescu
Las habitaciones berlinesas del Gremio de Libreros Alemanes se quedaron pequeñas para la marabunta de reporteros y cámaras que esperaban ayer a Herta Müller, flamante premio Nobel de Literatura. Había que abrir paso a esta representante de las minorías, a una disidente que sufrió la persecución de Nicolae Ceausescu durante su juventud en Rumania, a la brillante narradora de la resistencia al autoritarismo y de la sistemática destrucción de las relaciones humanas en las dictaduras.
Por un momento, parecía temblar ante el asalto de los fotógrafos. Pronto se vio que esta mujer menuda de ojos azules y labios pintados, cuyo rostro muy blanco destacaba ayer entre el negro de su pelo y el de su ropa, no se arredra. Aguantó el chaparrón de flases, se giró a un lado y al otro, se sentó con las piernas cruzadas, volvió a posar un rato y se puso a hablar de su escritura.
Cuando se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín, el premio más prestigioso y mejor dotado de la literatura (casi un millón de euros) ha recaído -acaso no por casualidad- sobre una escritora nacida y crecida al otro lado del telón de acero. Una autora que tuvo que escapar de su país perseguida y amenazada por la Securitate, la temible policía secreta del régimen comunista.
Nacida en Rumania en 1953, en el seno de una familia de la minoría rumana de origen germano, Herta Müller escribe en alemán, su lengua materna. En Berlín aterrizó en 1987. Pero su total asimilación en la sociedad que la acogió -como la consagración de su literatura contenida, asfixiante y onírica- llegó ayer, cuando Peter Englund, de la Academia Sueca, anunció a mediodía que este año la galardonada era una "escritora alemana".
Ya por la tarde, Müller reconocía en Berlín que la noticia aún no había "llegado" a su cabeza: "Es demasiado pronto y necesito tiempo para registrarlo". Y a continuación explicó las vinculaciones entre el vigésimo aniversario de la caída del "socialismo real" y su obra. "Hay una conexión entre mi escritura y el hecho de haber vivido 30 años en una dictadura", dijo. Otros, recordó, "no sobrevivieron; a ellos no los resucitó la caída del régimen". "Lo que has vivido bajo una dictadura no se olvida cuando arrancas una hoja del calendario".
En 1987 el Gobierno alemán pagó 8.000 marcos de la época (unos 4.000 euros) para que Müller pudiera venir a Berlín. Su familia tuvo que reunir la misma cantidad, para ellos astronómica, para pagar los sobornos que le permitieron huir de la censura y la represión. "El tema de mi escritura no lo he elegido yo, se me echó encima", explicó la escritora, que se dijo sorprendida por el empeño que el aparato represor de una dictadura puede llegar a poner en perseguir a un escritor.
La Academia Sueca reconoce en los libros de Müller los "paisajes del desarraigo". En medio de un entusiasmo un tanto patriótico, Müller mantenía ayer su reserva. "Entra usted en una galería ilustre con Thomas Mann, Heinrich Böll y Günter Grass", le dijo un periodista alemán. "No tengo sitio en la cabeza para andar por ahí con una galería dentro", le espetó ella. "El premio es un suceso externo que está muy bien, es bonito, pero mi meta es escribir. Ése es mi trabajo".
Los medios y algunos políticos alemanes no tardaron ayer en mostrar su regocijo por "el décimo Nobel de Literatura" para el país. "Soy una escritora alemana porque escribo en alemán y el rumano lo aprendí a los 14 años", se justificó Müller. "Es una lengua hermosa que me gusta mucho, aunque en la que no sé escribir".
El libro de relatos En tierras bajas fue, en 1990, la primera obra de la autora rumano-alemana traducida al castellano. Lo publicó Siruela en la versión de Juan José del Solar. Ése y la novela El hombre es un gran faisán en el mundo (de la que existe versión en gallego) eran los únicos títulos disponibles ayer en las librerías españolas. Como en el resto de Europa, Müller es una autora cuyo gran prestigio crítico no ha ido acompañado del éxito de ventas.
Al menos hasta ayer, cuando Müller, más que ansiosa por los números parecía deseosa por dejar la sala y volver a su verdadera y única tarea, la de escribir. "El Nobel no me causa ningún miedo; lo de abandonar esta profesión se me ocurre después de cada libro que termino, pienso que será el último, que ya basta. Así que hay cosas peores. Cuando me ponga a freír un huevo o vaya a comprar patatas no iré en calidad de premio Nobel".
Con mayor gravedad se mostró el ministro de Cultura del Gobierno alemán, el democristiano Bernd Neumann (CDU). No quiso perderse la foto con la flamante galardonada. Le entregó un ramo de flores y largó un pequeño discurso laudatorio: "Señora Müller, estamos orgullosos". Todavía sentada, Herta Müller esbozó media sonrisa irónica, se encogió de hombros y tardó unos segundos en responder. "Muchas gracias".
Obra traducida
De la veintena de libros de ensayo, poesía y prosa de Müller, sólo se ha traducido al español un puñado:
- En tierras bajas (Siruela). Una niña analiza el ambiente opresivo de un pueblo en 15 relatos.
- El hombre es un gran faisán en el mundo (Siruela). Novela corta sobre una comunidad rural rumano-alemana.
- La piel del zorro y La bestia del corazón, descatalogadas, fueron publicadas por Plaza & Janés y Mondadori.
***
'El hombre es un gran faisán en el mundo'
de Herta Müller
LA RANA DE TIERRA
El molino ha enmudecido. Las paredes y el tejado han enmudecido. Y las ruedas también. Windisch ha pulsado el interruptor y apagado la luz. Ya es de noche entre las ruedas. El aire oscuro ha devorado el polvo de harina, las moscas, los sacos. El guardián nocturno duerme sentado en el banco del molino. Tiene la boca abierta. Debajo del banco brillan los ojos de su perro. Windisch carga el saco con las manos y con las rodillas. Lo apoya contra la pared del .molino.El perro lo mira y bosteza. Sus blancos colmillosson una dentellada. La llave gira en la cerradura de la puerta del molino.
La cerradura hace un clic entre los dedos de Windisch. Windisch cuenta. Oye latir sus sienes y piensa:
«Mi cabeza es un reloj». Se guarda la llave en el bolsillo. El perro ladra. «Le daré cuerda hasta que el resorte reviente», dice Windisch en voz alta. El guardián nocturno se cala el sombrero en la frente. Abre los ojos y bosteza. «Soldado en guardia», dice.
Windisch se dirige al estanque del molino. En la orilla hay un almiar. Es una mancha oscura sobre la superficie del estanque y se hunde en el agua como un embudo. Windisch saca su bicicleta de entre la paja.
«Hay una rata entre la paja», dice el guardián nocturno. Windisch quita las briznas de paja del sillín y las tira al agua. «La he visto», dice, «ha saltado al agua». Las briznas flotan como cabellos, formando pequeños remolinos. El embudo oscuro también flota. Windisch contempla su imagen ondulante. El guardián nocturno da un puntapié al perro en la barriga. El perro lanza un aullido. Windisch mira el embudo y oye el aullido bajo el agua. «Las noches son largas», dice el guardián nocturno. Windisch se aleja un paso de la orilla. Contempla la imagen inmutable del almiar, apartada de la orilla. No se mueve. No tiene nada que ver con el embudo. Es clara. Más clara que la noche.
El periódico cruje. El guardián nocturno dice: «Tengo el estómago vacío». Saca un poco de pan y tocino. El cuchillo refulge en su mano. Empieza a masticar. Con el filo se rasca la muñeca. Windisch empuja su bicicleta unos pasos. Mira la luna. El guardián nocturno dice en voz baja y mascando: «El hombre es un gran faisán en el mundo».
Windisch levanta el saco y lo acomoda en la bicicleta. «El hombre es fuerte», dice, «más fuerte que las bestias ». Una punta del periódico se ha desgajado. El viento tironea de ella como una mano. El guardián nocturno pone el cuchillo en el banco. «He dormido un poquito », dice. Windisch está inclinado sobre su bicicleta. Levanta la cabeza. «y yo te he despertado», dice. «Tú no», dice el guardián nocturno, «mi mujer me ha despertado». Y se sacude las migajas del chaleco. «Sabía que no podría dormirme», dice. «La luna está enorme. Soñé con la rana seca. Estaba agotado. Y no podía irme a dormir. La rana de tierra estaba en mi cama. Me puse a hablar con mi mujer y la rana me miró con los ojos de mi mujer. Tenía la trenza de mi mujer. Llevaba puesto su camisón, remangado hasta el vientre. Le dije: "Tápate, que tienes los muslos secos". Eso le dije a mi mujer. La rana de tierra se cubrió los muslos con el camisón. Yo me senté en la silla, junto a la cama. La rana de tierra sonrió con la boca de mi mujer. "Esa silla rechina", dijo. La silla no rechinaba.
La rana de tierra se soltó la trenza de mi mujer sobre el hombro. Era tan larga como su camisón. Le dije: "Te ha crecido el pelo". Y la rana de tierra alzó la cabeza y gritó: "Estás borracho, te vas a caer de la silla".» La luna tiene una mancha de nubes rojas. Windisch está apoyado contra la pared del molino. «El hombre es tonto», dice el guardián nocturno, «y siempre está dispuesto a perdonar».
El perro devora una corteza de tocino. «Le he perdonado todo», dice el guardián nocturno. «Le perdoné lo del panadero. Y el tratamiento que se hizo en la ciudad.» Desliza la punta de su dedo por la hoja del cuchillo. «y me convertí en el hazmerreír de todo el pueblo.» Windisch suspira. «Ya no podía mirarla a los ojos», dice el guardián nocturno. «Lo único que no le he perdonado es que se muriera tan rápido, como si no hubiera tenido a nadie.»«Sabe Dios para qué existirán las mujeres», dice Windisch. El guardián nocturno se encoge de hombros: «No para nosotros», dice. «Ni para mí, ni para ti. No sé para quién.» Y acaricia al perro. «y nuestras hijas», dice Windisch, «sabe Dios, algún día también serán mujeres».
Sobre la bicicleta hay una sombra, y otra sobre la hierba. «Mi hija», dice Windisch, «mi Amalie ya tampoco es virgen». El guardián nocturno mira la mancha de nubes rojas. «Mi hija tiene las pantorrillas como sandías», dice Windisch. «Tú lo has dicho: ya no puedo mirada a los ojos. Tiene una sombra en los ojos.»
El perro gira la cabeza. «Los ojos mienten», dice el guardián nocturno, «pero las pantorrillas no». Y separa los pies. «Mira cómo camina tu hija», dice, «si separa las puntas de los pies al caminar, es que ha pasado algo». El guardián nocturno hace girar su sombrero en la mano. El perro lo mira, tumbado apaciblemente. Windisch calla. «Hay rocío, la harina se humedecerá», dice el guardián nocturno, «y al alcalde no le hará ninguna gracia».
Sobre el estanque vuela un pájaro. Lentamente y sin desviarse, como siguiendo un cordel. Casi rozando el agua, como si fuera tierra. Windisch lo sigue con la mirada. «Como un gato», dice. «Una lechuza», dice el guardián nocturno. Y se lleva la mano a la boca. «Hace ya tres noches que veo luz en casa de la vieja Kroner.» Windisch empuja su bicicleta. «No puede morirse», dice, «la lechuza aún no se ha posado en ningún techo».
Windisch camina entre la hierba y contempla la luna. «Te lo digo yo, Windisch», exclama el guardián nocturno, «las mujeres engañan».
***
LA AGUJA
Aún hay luz en casa del carpintero. Windisch se detiene. El cristal de la ventana reluce. Refleja la calle. Refleja los árboles. La imagen atraviesa la cortina. Penetra en la habitación por entre los ramilletes de encaje. Junto a la estufa de azulejos hay una tapa de ataúd apoyada en la pared. Aguarda la muerte de la vieja Kroner. Su nombre está escrito sobre ella. Pese a los muebles, la habitación parece vacía entre tanta claridad.
El carpintero está sentado en una silla de espaldas a la mesa. Su mujer, de pie ante él, se ha puesto un camisón de dormir a rayas. Tiene una aguja en la mano. De la aguja cuelga un hilo gris. El carpintero tiene el dedo Índice estirado hacia ella. Con la punta de la aguja, su mujer le quita una astilla de la carne. El dedo sangra. El carpintero lo contrae. La mujer deja caer la aguja. Baja los párpados y ríe. El carpintero le mete la mano bajo el camisón. Se lo levanta. Las rayas se enroscan. El carpintero recorre los senos de su mujer con el dedo sangrante. Los senos son grandes. Tiemblan. El hilo gris cuelga en la pata de la silla. La aguja se balancea con la punta hacia abajo. Junto a la tapa del ataúd está la cama. La almohada es de damasco, con lunares grandes y pequeños. La cama está tendida. La sábana es blanca, y el cubrecama también.
La lechuza pasa volando ante la ventana. Con un largo aletazo recorre el cristal. Su vuelo es crispado. Bajo la luz oblicua, la lechuza se duplica. Inclinada, la mujer va de un lado a otro ante la mesa. El carpintero le mete la mano entre las piernas. La mujer mira la aguja que cuelga. La coge. El hilo se balancea. La mujer deja resbalar su mano por el cuerpo. Cierra los ojos. Abre la boca. El carpintero la lleva a la cama cogida por la muñeca. Tira sus pantalones sobre la silla. El calzoncillo parece un remiendo blanco entre las perneras. La mujer alza los muslos y dobla las rodillas. Su vientre es de pasta. Sus piernas forman una especie de bastidor blanco sobre la sábana.
Encima de la cabecera cuelga una foto en un marco negro. La madre del carpintero apoya su pañuelo de cabeza contra el ala del sombrero de su esposo. En el cristal hay una mancha. Sobre la barbilla de la madre, que sonríe desde la foto. Sonríe ya próxima a la muerte. A un año escaso. Sonríe hacia una habitación situada pared por medio. La rueda del pozo gira porque la luna es enorme y bebe agua. Porque el viento se enreda entre sus rayos.
El saco está húmedo. Cuelga sobre la rueda trasera como un cuerpo dormido. «Como un muerto cuelga detrás de mí este saco», piensa Windisch. Windisch siente su sexo tieso y contumaz pegado al muslo.
«La madre del carpintero se ha enfriado», piensa Windisch.
***
"Me he quedado muda"
La escritora alemana Herta Müller ha sido galardonada con el Nobel de Literatura 2009
"Estoy sorprendida y todavía no me lo puedo creer. De momento no puedo decir más", ha dicho Müller en una primera reacción difundida por su editorial alemana Hanser. Ya antes, al recibir la noticia a través del secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, la escritora había dicho que se había quedado muda pero prometió a su interlocutor que recuperaría el habla para el 10 de diciembre, cuando le sea entregado el premio en Estocolmo. El premio a la escritora alemana de origen rumano ha sido anunciado por primera vez en directo a través de
Müller (nacida en 1953), es poeta y novelista. Su obra narra la vida en Rumania bajo la tirania del dictador Ceaucescu. El galardón, dotado con cerca de un millón de euros, reconoce en Müller su capacidad para describir "el paisaje de los desposeídos". En España están editadas varias de sus obras, entre otras En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo (ambas en Siruela), La bestia del corazón (Mondadori) y La piel del zorro (Plaza&Janés).
La obra de la Premio Nobel de Literatura Herta Müller encarna en buena parte el destino de las minorías alemana en los países del centro de Europa que, tras el fin de la II Guerra Mundial, en muchas ocasiones tuvieron que pagar por partida doble las culpas del nacionalsocialismo. La escritora, que vive en Berlín desde 1987, nació en Nytzkydorf (Rumanía) en 1953 y en una familia de la minoría alemana en ese país -a la que pertenecieron otros escritores emblemáticos alemanes como Paul Celan u Oskar Pastior- y desde muy pronto trató de tender puentes entre las dos culturas a las que pertenecía.
Herta Müller estudió filología germánica y filología rumana simultáneamente, tratando de profundizar los conocimientos de las dos literaturas a las que sentía que pertenecía. Con la Rumanía oficial, regida por el dictador Nicolai Ceacescu, entró en conflicto muy pronto al ser despedida de su primer trabajo, como traductora en una fábrica de máquinas, por negarse a colaborar con la Securitate, el servicio secreto de la Rumanía comunista.
Su primer libro, Niederungen (En tierras bajas), también fue motivo de conflicto. El manuscrito reposó durante cuatro años en la editorial antes de que finalmente pudiese publicarse, en 1982, con recortes impuestos por la censura rumana. Dos años después, la versión original del libro apareció en Alemania, ante lo que las autoridades rumanas reaccionaron imponiéndole a Herta Müller la prohibición de publicar. En Alemania, en cambio, Niederungen le valió un reconocimiento literario inmediato y la novela recibió el premio Aspekte, al mejor debut en lengua alemana del año. En ese libro, compuesto de una larga narración de unas ochenta páginas y de otras narraciones breves, Müller enfoca, con mirada infantil, la vida de un pueblo alemán perdido en Rumanía.
Se trata de un pueblo venido a menos tanto en lo económico como en lo moral. "No soportamos a los demás ni nos soportamos a nosotros mismos y los otros tampoco nos soportan", dice en algún momento la voz de la niña que narra la historia. La historia que cuenta Herta Müller en Niederungen es, en buena parte, una historia de represión permanente y de incomunicación que empieza por la vida familiar y sigue con las relaciones de los individuos con el estado. Las descripciones cotidianas se mezclan con historias tomadas de supersticiones populares y con leyendas lo que hizo que en su momento la forma de hacer literatura recordará al crítico Friedrich Christian Delius los recursos utilizados por el mexicano Juan Rulfo en Pedro Páramo.
Niederungen había acabado con las posibilidades de Herta Müller de hacer carrera literaria en Rumanía pero le abrió, por contra, todas las puertas en Alemania. En 1987 la escritora logró abandonar Rumanía y se instaló en Berlín, donde vive y trabaja desde entonces. La Rumanía de Ceacescu - y el destino de la minoría alemana allí- es el tema de buena parte de sus obras. En Der Mensch ist ein groses Fasan auf der Welt (El ser humano es un gran faisán en el mundo) aborda el destino de una familia alemana que espera con ansiedad la autorización para abandonar Rumanía. En su última novela, Atemschaukel, cuenta la historia de un chico de 17 años que después de la II Guerra Mundial es llevado por los rusos para ayudar en un campo de trabajo a la reconstrucción de la Unión Soviética en un destino que compartieron muchos miembros de la minoría alemana. Los rusos consideraban que con ello los alemanes pagaban sus culpas como cómplices de Hitler, sin importarles que algunos de ellos hubieran sido también víctimas del nazismo.
En Atemschaukel, por ejemplo, hay un personaje, David Lommer, que es judío y que sin embargo termina también en el campo de trabajo con los otros miembros de la minoría alemana. Atemschaukel es el intento de Herta Müller por desentrañar lo que se escondía detrás del silencio de su madre, y de otros muchos rumanos-aleanes de su generación, que no se atrevían a hablar nunca del tiempo que habían pasado en campos de trabajo soviéticos.
Con su madre, Herta Müller nunca pudo hablar sobre el tema pero si lo hizo con el poeta Oskar Pastior que también había estado en un campo de trabajo e incluso los dos escritores llegaron a plantear la posibilidad de escribir juntos un libro sobre el tema. El proyecto fue interrumpido por la súbita muerte de Pastior, en 2006 cuando acababa de recibir el Premio Georg Büchner, ante lo que Müller optó por aprovechar sus conversaciones con el poeta, y con otros que habían tenido la misma experiencia, para abordar el tema en forma de novela.
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"Mi obra es una propuesta de relectura"
El historiador y ensayista cubano, Rafael Rojas, gana el I Premio de Ensayo Isabel de Polanco con su libro 'Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución Hispanoamericana'
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965), brillante historiador y ensayista exiliado en México desde 1991, ha logrado este viernes el I Premio de Ensayo Isabel de Polanco con su libro Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución Hispanoamericana, en el que traza una semblanza de las primeras ocho figuras de republicanos en América Latina. En esta primera convocatoria (con una dotación de 100.000 dólares) el tema a tratar era el Bicentenario de las Independencias de América Latina, "su época, su evolución, su presente y su futuro, desde cualquier enfoque académico y metodológico".
El libro ganador desgrana la historia de personajes como los venezolanos Simón Bolivar y Andrés Bello, el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, los cubanos Félix Varela y José María Heredia, y los mexicanos Lorenzo de Zavala y Fray Servando Teresa de Mier. Su ensayo analiza la figura de los republicanos americanos como "corrientes ideológicas que fueron desenfocadas por otras tradiciones" como la polarización entre liberales y conservadores, en palabras de Rojas. El autor ha señalado que su obra es "una propuesta de relectura" de esta tradición republicana que se vivió con fuerza en los primeros años de la Independencia americana.
El premio (organizado por la Fundación Santillana y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara) se ha sabido después de la deliberación del jurado presidido por Carlos Fuentes y en el que también estaban Gonzalo Celorio, secretario de la Academia de la Lengua Mexicana y secretario permanente del jurado del Premio; Raúl Padilla López, presidente de la FIL y Fernando Esteves, director general de Santillana Ediciones Generales.
Rafael Rojas, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) de México, lleva años embarcado en desentrañar los conflictos de la memoria de Cuba y, por tanto, la de Hispanoamérica. Autor de una docena de libros, la compleja indagación histórica del pasado de Cuba le ha llevado a arrojar luz sobre los complejos caminos que conducen a la profunda identidad de la isla, asunto recurrente en su obra.
En España acaba de publicar El estante vacío y en 2006 ganó el XXXIV Premio Anagrama de Ensayo con Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio cubano, libro cuyo título alude a la sensación de "cementerio" de una cultura que tras la desaparición de sus clásicos (Lezama, Piñera, Carpentier, Guillén, Arenas, Sarduy, Cabrera Infante) experimenta las costumbres funerarias de un mundo desgarrado por la revolución, la disidencia y el exilio. La idea, en definitiva, de una ciudadanía mutilada como consecuencia de un régimen que ha suprimido el legado intelectual del exilio.
Según ha declarado recientemente Rojas, la cultura está llamada a jugar un papel fundamental en el proceso de reconciliación de la isla: "la cultura allana el camino para una reconciliación, no para un idilio acrítico sino con memoria. La narrativa de la memoria se da dentro y fuera de Cuba", afirma. Para Rojas es necesario entender la riqueza y la diversidad del mapa de la isla y reflexionar sobre la necesidad de democratizar el pasado y recuperarlo frente a la "hegemonía del sujeto revolucionario".
Otros de sus libros publicados hasta la fecha son El arte de la espera. Notas al margen de la política cubana (1998), Un banquete canónico (2000), La política del adiós (2003) y La escritura de la independencia (2003). Además, es codirector de la revista Encuentro de la Cultura Cubana desde 2002 y colabora en las publicaciones Letras Libres, Claves de Razón Práctica, EL PAÍS y El Nuevo Herald.
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TRIBUNA: La literatura de una disidente CECILIA DREYMÜLLER
Paisajes de la apátrida
Por Cecilia DREYMÜLLER
Enajenación respecto al propio país, la vida bajo la dictadura y la búsqueda de una patria nueva son los temas que Herta Müller maneja como variaciones, con dolorosa insistencia, en su amplia obra, que abarca una veintena de libros de narrativa, ensayo y poesía. Esta, hasta hoy, más bien marginada escritora señala con títulos como Lo cierto es que no me hicieron nada (poesía) o La mirada extraña o el pedo en la farola (ensayo) el fondo autobiográfico de un proyecto literario altamente politizado y sustentado por una escritura dura, lúcida, mordaz y de alto vuelo poético.
La fama de autora revelación perseguida por la Securitate precedía en Alemania la publicación de su primer libro, el turbador tomo de relatos En tierras bajas (1990). Herta Müller se negó a colaborar con los servicios secretos de la Rumania de Ceausescu y fue represaliada durante años en su patria -cuyo régimen le impidió publicar- hasta que logró escapar en 1987 a Alemania, donde ha sido galardonada con todos los grandes premios literarios.
Herta Müller indaga en las consecuencias psicosociales del sistema totalitario, basado, en el caso de Rumania, en la represión, la violencia y la complicidad de un catolicismo trasnochado. Sus primeros relatos y novelas -entre los que destacan La piel del zorro y La bestia del corazón- describen el miedo cotidiano ante el terror de unos personajes aislados, sometidos a confinamiento y tortura, al borde del suicidio. Las experiencias de Müller, primero con el comunismo y el pasado nazi no asimilado, luego con la existencia del emigrante de un país del Este, se traducen no sólo en inquietantes historias sobre la aniquilación psíquica del ciudadano disidente, sino también en imágenes de enorme densidad poética y gran sensualidad.
Su novela más reciente, Columpio del aliento, publicada este verano, se adentra en un oscuro capítulo del pasado de la población alemana de Rumania que, como la madre de la autora, fue deportada a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la novela va más allá de la crónica del Gulag: recrea la vivencia de un deportado que sobrevive gracias a la poesía. Este inquietante documento de un mundo sin esperanza se ilumina con la indignación poética de Herta Müller.
Cecilia Dreymüller es autora de Incisiones. Panorama crítico de la narrativa en lengua alemana desde 1945 (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).
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TRIBUNA: La literatura de una disidente JOSÉ MARÍA GUELBENZU
En beneficio de las letras
Por José María GUELBENZU
¿Qué premia el Premio Nobel? Su creador, el multimillonario sueco Alfred Nobel, lo fundó acuciado por la mala conciencia de haber inventado una fuerza de destrucción que, por otra parte, también se ha utilizado como fuerza de construcción: la dinamita. En su célebre testamento dispuso que una Fundación Nobel se hiciera cargo de la totalidad de su fortuna, la invirtiera en valores seguros y dividiera los intereses en cinco partes iguales destinadas a premiar a personas cuya obra beneficiase a la humanidad. La quinta parte correspondiente al premio que nos ocupa ha de ir a parar "a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura".
Herta Müller es una escritora perteneciente a una minoría de lengua alemana radicada en Rumania, donde nació. Las minorías lingüísticas en los países del Este de Europa son muy comunes, muy mezcladas y muy constantes. La suerte de la señora Müller es que su idioma original, el alemán, le abre puertas que otras minorías semejantes tienen mucho más cerradas; ella es algo más reconocida por su pertenencia a un idioma influyente. El testamento de Nobel no habla de autores reconocidos sino de obras sobresalientes. Por eso se consideran más auténticos los premios que se otorgan a escritores que aún no han alcanzado una difusión universal; obras hurtadas, por el arte del comercio, a una mayoría de lectores, bien a causa de la lengua original (Wislawa Szymborska, por ejemplo) o de su exigencia y dificultad intrínsecas (Samuel Beckett, por ejemplo). Éste es el caso del premio Nobel 2009.
Herta Müller sabe bien lo que son las dictaduras porque vivió bajo una de las más mezquinas y miserables, la de Ceausescu, y además la sufrió doblemente como perteneciente a una minoría. El retrato de la miseria moral de esa dictadura y la exposición de la gente manchada por ella lo hace con toda lucidez: contando cómo el miedo y la mediocridad encanallan y cómo la supervivencia diaria crea también héroes. Tan duro como sobrevivir era, en su caso, escribir, de ahí su expresiva prosa sin concesiones. Su "idealismo" consiste en mirar de frente a la realidad, con la pizca de humor y de poesía necesarias para ser edificante. Con ella se cumple otra vez la intención de dar a conocer al mundo entero una obra escrita en beneficio de la humanidad.
José María Guelbenzu es crítico y escritor.
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TRIBUNA: La literatura de una disidente CAIUS DOBRESCU
Un torrente moral
Por Caius DOBRESCU
Herta Müller, delgada, huesuda, rodeada de vibraciones eléctricas, nerviosa, expansiva y al mismo tiempo contenida, es fuente perpetua de encandilamiento y asombro tanto para sus amigos y admiradores como para sus enemigos. Enemigos de verdad, y bastantes, porque su terca y mordaz franqueza siempre les ha resultado enormemente incómoda a los sumisos y a los ineptos. En la Rumania de la década de los ochenta, se convirtió en la pesadilla de la policía política de Nicolae Ceausescu, la cual, a pesar de las brutales presiones psíquicas y las amenazas, se vio incapaz de quebrar la voluntad y el espíritu desafiante de este ser humano pequeño y frágil.
Herta Müller nació en Nytzkydord, provincia de Banat, hoy parte de Rumania, un área multiétnica que cayó bajo el dominio austriaco a finales del siglo XVII. Hija de campesinos alemanes, Müller siempre denunció el fuerte conservadurismo de su entorno (y especialmente el entusiasmo nazi en la década de 1940, cuando, de acuerdo con su propio testimonio, su padre se encontraba en la Waffen-SS), pero también deploró las privaciones inhumanas a las que el régimen comunista sometió a los alemanes de Banat (su madre fue enviada a un campo de trabajo de la Unión Soviética).
En la década de 1970 estudió literatura alemana y rumana en la Universidad de Timisoara y se introdujo en la escena literaria clandestina de la ciudad. En aquella época formó parte de un osado experimento: el denominado Aktionsgruppe Banat, una reunión de jóvenes escritores rumanos en alemán (Richard Wagner, William Totok, Rolf Bossert), que aprovechó la denominada desestalinización para lanzar un programa de conferencias artística y políticamente radicales. Pronto un neoestalinismo nacionalista y brutal sustituyó al fingido liberalismo del régimen y los jóvenes escritores fueron sometidos a las presiones de la policía política.
Tras licenciarse, en 1976, sobrevivió como traductora de una industria socialista local y probó otros trabajos menores (como profesora de guardería) mientras trataba de resistir las amenazas cada vez más obscenas de la Securitate, que pretendía convertirla en informadora. Rechazó categóricamente esa complicidad y en 1982 y 1984 consiguió publicar dos volúmenes de relatos cortos en los que el hiperrealismo rayaba con lo onírico, en una silenciosa denuncia de la locura del régimen de Ceausescu.
Tras el agotador acoso de la Securitate, a Müller se le permitió emigrar a Alemania Occidental en 1987, junto con Richard Wagner, su esposo de entonces. El talento de Müller, liberado de la presión y la humillación de la vida en Rumania, atravesó una fase creativa floreciente y esplendorosa. Escribió al menos 18 libros.
Su trayectoria literaria también se disparó: ha recibido hasta hoy más de 20 grandes premios literarios alemanes. Sus libros fascinaban constantemente a los críticos alemanes, con su lenguaje sofisticado, profundamente alemán y sin embargo “extranjero”, un idioma muy personal, impregnado de refinados giros semánticos que recordaban voluntariamente su dialecto alemán nativo o incluso el rumano. El rumano, es para ella una lengua aborrecida por ser la de un poder represivo, criminal e inhumano, pero a la vez apreciada por ser una forma de nostalgia privada, de reminiscencia cultural y de diferencia personal (en 2005 publicó un libro en rumano como expresión de su ambigüedad, se componía de collages con palabras y titulares de periódicos).
Aunque su sentido de la claridad moral podría recordarnos a Camus, su sentido de las complejidades y los enigmas de la experiencia ética posiblemente nos recuerde a Coetzee (curiosamente, dos descendientes, como ella, de culturas de colonos). Pero por encima de todo, Herta Müller es Herta Müller, un torrente de energía y resistencia moral, pero también una fuente de invención lingüística.
Caius Dobrescu es poeta, escritor, profesor y crítico rumano.
Articulos: http://www.elpais.com 09/10/2009
